Verónica volvió a aquella casa que le recordaba de todo y nada bueno... Volvió a su soledad silenciosa, a esa en que sólo podía hablar con sus peluches, o con sus cuadernos, o con ella misma. Sientiendo esa loca cordura que le llevaba a saber que se quería. Sin ataduras de nuevo, valorando de quién era el problema y teniendo la certeza de que a ella no le pertenecía, la pelota estaba ahora en otro tejado que no era el suyo y debía olvidarlo cuanto antes. Volvió a desesperarse por ocupar su mente, buscar situaciones límite y estresantes para que su cuerpo se rindiera a los brazos de morfeo al llegar a casa, y no quedarse mirando al techo en busca de sus recuerdos.
Semanas pasarían cuando aquel hombre de sabia justicia, maestro y protector, le diría que entraba a formar parte del clan, de aquel a los que ella quería ver como ágeles guardianes de todo trabajador y no como caimanes en busca de dinero fresco, sabía que si lo tomaba como la segunda opción, se decepcionaría. Combinaba aquella sala claustrofóbica con el cuartucho donde solucionar los problemas de los demás, la barra en la noche y el ejercicio físico para aquellas pruebas que le abrirían las puertas a un futuro un poco más estable. De las veinticuatro horas que tenía el día, probablemente dormiría un par de ellas.
En aquellos meses serían muchos los que se la rifarían, un alma cándida, destrozada por todo lo vivido, moldeable, manejable por una sonrisa o una caricia... O eso pensaban. Ella cogió la calle del medio, decidió que nada merecía la pena, ni nadie, ni siquiera ella misma, así pues la hostilidad se abría paso en su vida.Todo aquel que se acercase y no fuese directo o claro, no se arrimaría más de cinco metros.
En el trabajo nocturno podría conocer a muchos pero niguno llamaba su atención de manera extraordinaria, en el diario prefería no pensar en esas cosas y en el altruista solo intentaba ser ella misma. En este último sería donde más halagos, dulces y patochadas conseguiría, pero no la llenaba nada, solo se centraba en su labor y poco más.
Meses despues... Llegó una de esas fechas especiales para el resto de la humanidad, pero para ella era un día más, solo su pequeña luz le guiaba en aquellos momentos. Una niña de seis añitos que sentía como si fuese su hermana o quizá un vínculo más especial. Aquel día, la pequeña quería ver a los tres hombres que se disfrazaban haciendo realidad las ilusiones de todos esos diminutos seres. Verónica no dudó en llevarla y ver junto a ella aquel conjunto de luces, música y magia. Siempre solía preparar alguna sorpresa para aquellos eventos, era su debilidad. Pero aquella noche la sorpresa sería suya.
Al llegar allí, en medio del gentío, entre las cabezas de padres soportando los pequeños cuerpos de sus hijos a sus hombros, unos ojos... Aquellos ojos que la miraban atentos e iluminados. A escondidas, intentando evitar el encontronazo visual, siendo imposible. Ella notó unos ojos en su nuca, no sabía por qué pero sentía que alguien observaba y controlaba cada uno de sus movimientos. Al girarse... Sus ojos, su sonrisa infantil que despertaba en ella lo que nunca había tenido, aquella cara dichosa por volver a ver a la muchacha, en esta ocasión algo más feliz. Cogió a su pequeña en brazos y se dirigió hacia él. Como siempre, ella no guardaría rencor a alguien que amó tanto. Andrés, viendo su reacción fue iluminando, aún más, sus labios. Al llegar a su punto, ella inclinó la cabeza hacia su cara, mostrando su interés por besar sus mejillas, él se puso muy nervioso, apenas supo reaccionar y en medio de todo ese manojo de histeria casi rozan sus labios. Él no esperaba aquella reacción de la morena, esperaba orgullo, indiferencia, pero ella no era así, no podía serlo por mucho que se lo propusiera. Así pues, se saludaron cordialmente, con cariño y aquel respeto perdido.
A la mañana siguiente, era el día mágico, el día en que todos aquellos pequeños que estuvieron esa noche recibirían su recompensa anual al esfuerzo diario del colegio, de la educación y bla, bla, bla... Verónica no se libraba del trabajo ni en aquellos días, así que como si fuera un día normal se dirigió a su lugar de aburrimiento extremo. Pero aquel día ella se sentía especial, se sentía desbordada por aquel reencuentro tan diplomático tras todo lo que había sucedido. Aquello debió transmitirse al resto y sucedió algo que debía ser, algo que llevaría esperando meses, que tantas conversaciones, tantos abrazos en malos momentos, tantas risas, tanta comprensión habían ido fraguando poco a poco. Aquel día recibió su regalo de reyes en forma de beso, un gesto que le volvió a remover por dentro algo que creía perdido. Algo que pensaba que ya no volvería a sentir. Fueron los treinta minutos más felices desde hacía mucho tiempo pero... Una vez más, le volvieron a dar el golpe en el estómago al hacerla creer una más, un error más... Al menos si algo debía agradecer es que todo ocurrió en un mismo día y no hubo torturas posteriores.
A partir de ahí empezaría un calvario sentimental con unos y otros... Nunca nadie la haría sentir esa especialidad que tanto anhelaba. Cuando realmente debía ser ella quien se diera esa importancia, nunca lo hacía, ella hacia que no le importaba lo que los demás pensasen o dijesen, realmente era así, pero cuando tenía algún encuentro, casual o no, con un hombre, tenía la necesidad de sentirse única aunque solo fuese por una hora. Removió entre los ecos de su pasado, su agenda, sus fotos... Aquel chico... Ese que siempre estuvo y estaría para ella, pero le era tan dificil verle como quería...
Aquel chico sería su única salvación... Su motivo de alegría diaria, el que le regalaba sonrisas al despertar, el que ponía toda la energía e ilusión en hacerla sentir la mujer más bella del mundo, el que la seguía hasta la guillotina si fuese necesario, el que se partía un brazo por estar con ella, el que, por no hacerla llorar, sería capaz de tirarse a las vías del tren... Todo eso Verónica lo veía, lo sentía y lo valoraba pero ella estaba vacía, no era capaz de despertar aquel corazón ennegrecido por el dolor de años atrás, del sueño alcanzable que se convirtió en pesadilla. Con aquel chico haría mil y una locuras, reirían juntos pero nunca sería lo mismo... Nunca.
Retomaron aquella relación donde la habían dejado, consiguieron hacer de su amistad una complicidad infinita, una cómoda vida, una estabilidad que ella necesitaba de algún modo. Viajarían tras el sueño de nunca acabar, de seguir los pasos el uno del otro y apoyarse en todo lo que fuese necesario. Se comprometían moralmente. Pero no con el corazón.
martes, 29 de noviembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
Parte 9
Volverían a pasar meses hasta la siguiente fiesta... Entre tanto hacían una vida normal, común de pareja. Ella ya no sentía lo mismo y eso se dejaba ver en actitudes que el hombre nunca entendía, no sabía cómo podía haber cambiado tanto. La miraba en silencio intentando indagar en su mente para saber por qué se había perdido aquella conexión tan fuerte de años atrás. Se preguntaba si quizá era por lo prohibido de su anterior etapa, que posiblemente aquello era lo que avivaba la razón de unirse, se lamentaba en su alma por no haber aprovechado el amor que emanaba de aquellos ojos, no supo hacerlo y ahora no lo encontraba.
- Morena, creo que hay algo en ti que ha cambiado mucho. Que ya no sientes lo mismo y te ves obligada a estar a mi lado por algo, que no se lo que es, pero yo no quiero que estés conmigo sino deseas hacerlo. Eres libre y siempre lo fuiste.- Desesperado por encontrar el motivo, se explicaba ante sus labios dulces.
- Nada me obliga a estar contigo, se que siento algo por ti, lo se, sino no estaría aquí ya. Yo tambien intento encontrar ese sentimiento perdido pero, en cada raya que te metes o cada copa que te bebes, atizas con un látigo mi esperanza de que esto vuelva a ser lo que era. Porque quizá tu no recuerdes lo que haces o dices, pero son pensamientos y acciones verdaderas, ahí dejas salir a tu yo real y lo que has sentido o sientes por mi. Haciéndome ver que no fui, ni soy, ni seré el amor de tu vida, sino el error más grande que pudiste cometer... Eso es lo único que va minando mi ilusión.- Le explicó con toda la valentía que fue capaz, dejándose muchas cosas en el tintero por miedo a su reacción.
Andrés quedó en silencio, sopesando la verdad de sus palabras, hundido en sus lagunas mentales y sabiendo que había mucho de cierto en todo aquello. Siempre sería la culpable de que su vida se fuese al traste, aunque él no quisiera verlo así, porque tambien sabía que el único que no supo conducir su situación fue él mismo, por encarcelarse en su razón en lugar de dejar volar su corazón. Ahora debería tratarla como lo que siempre quiso, como su princesa, como aquella a la que dar todo su ser y su alma pero ello conllevaba tambien lo malo que había en él...
Días más tarde de esta conversación volvieron a salir, esta vez solos, para que nada ni nadie arruinasen una buena noche. Anduvieron juntos por los lugares donde antaño se escondían, esta vez en libertad, riendo y, como niños, jugando con lo que se iban encontrando por el camino. De repente él cayó en la cuenta de estar cerca de uno de esos locales a los que antiguamente iba, cogió la mano de ella y fueron hacia allí. Al entrar... Melenones, chupas de cuero, guitarras y baterias azotando los altavoces, un antro de escasos metros cuadrados, el camarero parecía sacado de la banda heavy más antigua del mundo... Realmente ese sí era su ambiente, aunque tambien le rodeaban las penurias del sentirse vivo con algo químico, pero era diferente. Pidieron un par de copas y mientras se las ponían, ella pensaba que si hacía lo mismo que él, quizá consiguiera encontrar el por qué a sus respuestas agresivas...
- ¿Te quedas aquí un momento? Voy a por una sorpresa...- Le preguntó con una sonrisa misteriosa de esas que le volvían loco. Dejándole allí con el estómago del revés, cuando a Verónica se le ocurría algo de repente... Nunca esperaba que fuese nada bueno.
Al llegar de nuevo al rincón donde se habían asentado, sacó de su bolsillo una bolita de papel... Andrés la miraba negando con la cabeza, ella insitía en que sí, el que no, ella que sí... Pasaron treinta minutos y ya no quedaba nada de aquella bolita... Él apenas lo había probado, ella consumió todo casi de un golpe. No sentía nada, absolutamente nada diferente a lo que sentía una hora antes. Se bebió hasta el agua de los hielos que caía al suelo, eso sí que lo sentía, la sed, tenía mucha sed. Sin saber cómo, se vió subida en un bordillo que había haciendo de guardarropa y bailando como si fuese la stripper del local. Un grupo de hombres le jaleaban como si nunca hubiesen visto una mujer bailando. Andrés se empezó a sentir muy incómodo con la situación, sabía que no podría pararla, al igual que tampoco podía con seis rockeros... Decidió irrumpir el baile, agarrarla por la cintura y llevársela en volandas como si fuese un llavero.
Salieron de allí, él la colocó el abrigo mientras ella bailaba ya sin música y reía sin saber por qué, tarareando la última canción que sonaba en aquel local. De pronto se sintió el padre de la mujer a la que convertía en su cuerpo en noches de pasíón. Peleaba con ella por llegar al coche, se sentía el ser más despreciable del mundo viendo lo que había conseguido, sabía que debía dejar todos aquellos remedios de felicidad artificial, ahora se había dado cuenta. No podía seguir haciendo aquello. Había conseguido corromper a su angel, a la que , con veintiún años, le había mostrado tener más sentido común que él con treintaicuatro y una hija, años atrás, ahora eran un poco más adultos. No quería aquella vida para ellos... no. No servía de nada tenerla así.
Al llegar a la cama, ella se volvió loca, empezó a quitarle y quitarse la ropa arráncandola de cuajo de sus cuerpos. Le rompió varios botones de la camisa, él intentaba atar sus manos y reducirla para que durmiese, que lo necesitaba más que cualquier otra cosa que le apeteciese hacer en aquel momento, pero era puro nervio, no se dejaba. Entre lágrimas le decía, "¿esto es lo que buscabas?¡Pues aquí lo tienes!¡Vamos valiente!" No le gustaba nada el espectáculo que estaba viendo pero... era un hombre...
A la mañana siguiente, cuando la resaca de alcohol y drogas dejaron paso a la de los pensamientos y sentimientos, fue él quien decidió tomar la iniciativa de dejarla en libertad, en libertad total. No quería arruinar su vida como ya lo había hecho antes con otras personas. Tumbado a su lado, besaba su espalda, su cuello, observando sus pestañas, sus labios que le hacían perder el control, tocaba las puntas de su pelo suave, con aquel olor tan especial, tan suyo... Sus dudas volvían a su mente, perder y dejar vivir o vivir con ella y destrozarse a ambos...
- ¿Qué me miras? - Despertó sonriente, preguntando. Mientras le miraba, recapacitaba sobre lo afortunada que se sentía de estar allí en aquel momento con él, viendo su sonrisa brillando, sus manos tocándola solamente a ella. Sabiendo que la noche antes no habían tocado nigún cuerpo más que el suyo.
- Nada, te miro y pienso en que no puedo quererte más fuerte.- Le respondió. Suspiró y continuó.- Por eso creo que tu sitio no está aquí morena. Tu sitio está con un chico que sea solo para ti, que solo te mire a ti y no tenga tantos miedos ni traumas creados por nada ni nadie. Tú no eres para mi. Ni yo soy para ti.- Al fin decía todo lo que sentía de verdad. Las lágrimas de ella empezaron a caer sobre su mano.
- ¿Eso piensas de verdad? ¿eso es lo que de verdad quieres? ¿quieres que te odie el resto de mi vida? - Le reprochaba ella entre sollozos. - Muy bien Andrés, te has lucido cariño. No te preocupes que dejaré de ser tu problema para siempre ¿vale? No volverás a saber de mi. Tranquilo.- Sentenció mientras se levantaba de la cama y comenzaba a recoger los restos de la noche anterior.
Ese mismo día ya había recogido sus pocos trastos, al llegar la noche ya tenía la mochila y una caja en la puerta para marcharse. Él, inmóvil en el salón, mirando al suelo sin decir nada. En silencio, como solía hacer cuándo no tenía el valor suficiente. Verónica le miró por última vez, se colgó la mochila al hombro, la caja entre sus brazos y se marchó dejando las llaves de la casa encima de los zapatos de él. Mientras bajaba las escaleras, ya no lloraba, sólo anidaba rabia en su interior, recuerdos, todo lo que a partir de aquel día dormiría con ella durante mucho tiempo. Los sueños y pesadillas se repetirían contínuamente despertándola en mares de lágrimas. Decidió apagar aquel teléfono que solamente tenía para él. No quería tener la tentación de llamarle o escribirle. El miedo había podido con ellos y con su amor. Quizá no era tan fuerte como quisieron aparentar en su día...
- Morena, creo que hay algo en ti que ha cambiado mucho. Que ya no sientes lo mismo y te ves obligada a estar a mi lado por algo, que no se lo que es, pero yo no quiero que estés conmigo sino deseas hacerlo. Eres libre y siempre lo fuiste.- Desesperado por encontrar el motivo, se explicaba ante sus labios dulces.
- Nada me obliga a estar contigo, se que siento algo por ti, lo se, sino no estaría aquí ya. Yo tambien intento encontrar ese sentimiento perdido pero, en cada raya que te metes o cada copa que te bebes, atizas con un látigo mi esperanza de que esto vuelva a ser lo que era. Porque quizá tu no recuerdes lo que haces o dices, pero son pensamientos y acciones verdaderas, ahí dejas salir a tu yo real y lo que has sentido o sientes por mi. Haciéndome ver que no fui, ni soy, ni seré el amor de tu vida, sino el error más grande que pudiste cometer... Eso es lo único que va minando mi ilusión.- Le explicó con toda la valentía que fue capaz, dejándose muchas cosas en el tintero por miedo a su reacción.
Andrés quedó en silencio, sopesando la verdad de sus palabras, hundido en sus lagunas mentales y sabiendo que había mucho de cierto en todo aquello. Siempre sería la culpable de que su vida se fuese al traste, aunque él no quisiera verlo así, porque tambien sabía que el único que no supo conducir su situación fue él mismo, por encarcelarse en su razón en lugar de dejar volar su corazón. Ahora debería tratarla como lo que siempre quiso, como su princesa, como aquella a la que dar todo su ser y su alma pero ello conllevaba tambien lo malo que había en él...
Días más tarde de esta conversación volvieron a salir, esta vez solos, para que nada ni nadie arruinasen una buena noche. Anduvieron juntos por los lugares donde antaño se escondían, esta vez en libertad, riendo y, como niños, jugando con lo que se iban encontrando por el camino. De repente él cayó en la cuenta de estar cerca de uno de esos locales a los que antiguamente iba, cogió la mano de ella y fueron hacia allí. Al entrar... Melenones, chupas de cuero, guitarras y baterias azotando los altavoces, un antro de escasos metros cuadrados, el camarero parecía sacado de la banda heavy más antigua del mundo... Realmente ese sí era su ambiente, aunque tambien le rodeaban las penurias del sentirse vivo con algo químico, pero era diferente. Pidieron un par de copas y mientras se las ponían, ella pensaba que si hacía lo mismo que él, quizá consiguiera encontrar el por qué a sus respuestas agresivas...
- ¿Te quedas aquí un momento? Voy a por una sorpresa...- Le preguntó con una sonrisa misteriosa de esas que le volvían loco. Dejándole allí con el estómago del revés, cuando a Verónica se le ocurría algo de repente... Nunca esperaba que fuese nada bueno.
Al llegar de nuevo al rincón donde se habían asentado, sacó de su bolsillo una bolita de papel... Andrés la miraba negando con la cabeza, ella insitía en que sí, el que no, ella que sí... Pasaron treinta minutos y ya no quedaba nada de aquella bolita... Él apenas lo había probado, ella consumió todo casi de un golpe. No sentía nada, absolutamente nada diferente a lo que sentía una hora antes. Se bebió hasta el agua de los hielos que caía al suelo, eso sí que lo sentía, la sed, tenía mucha sed. Sin saber cómo, se vió subida en un bordillo que había haciendo de guardarropa y bailando como si fuese la stripper del local. Un grupo de hombres le jaleaban como si nunca hubiesen visto una mujer bailando. Andrés se empezó a sentir muy incómodo con la situación, sabía que no podría pararla, al igual que tampoco podía con seis rockeros... Decidió irrumpir el baile, agarrarla por la cintura y llevársela en volandas como si fuese un llavero.
Salieron de allí, él la colocó el abrigo mientras ella bailaba ya sin música y reía sin saber por qué, tarareando la última canción que sonaba en aquel local. De pronto se sintió el padre de la mujer a la que convertía en su cuerpo en noches de pasíón. Peleaba con ella por llegar al coche, se sentía el ser más despreciable del mundo viendo lo que había conseguido, sabía que debía dejar todos aquellos remedios de felicidad artificial, ahora se había dado cuenta. No podía seguir haciendo aquello. Había conseguido corromper a su angel, a la que , con veintiún años, le había mostrado tener más sentido común que él con treintaicuatro y una hija, años atrás, ahora eran un poco más adultos. No quería aquella vida para ellos... no. No servía de nada tenerla así.
Al llegar a la cama, ella se volvió loca, empezó a quitarle y quitarse la ropa arráncandola de cuajo de sus cuerpos. Le rompió varios botones de la camisa, él intentaba atar sus manos y reducirla para que durmiese, que lo necesitaba más que cualquier otra cosa que le apeteciese hacer en aquel momento, pero era puro nervio, no se dejaba. Entre lágrimas le decía, "¿esto es lo que buscabas?¡Pues aquí lo tienes!¡Vamos valiente!" No le gustaba nada el espectáculo que estaba viendo pero... era un hombre...
A la mañana siguiente, cuando la resaca de alcohol y drogas dejaron paso a la de los pensamientos y sentimientos, fue él quien decidió tomar la iniciativa de dejarla en libertad, en libertad total. No quería arruinar su vida como ya lo había hecho antes con otras personas. Tumbado a su lado, besaba su espalda, su cuello, observando sus pestañas, sus labios que le hacían perder el control, tocaba las puntas de su pelo suave, con aquel olor tan especial, tan suyo... Sus dudas volvían a su mente, perder y dejar vivir o vivir con ella y destrozarse a ambos...
- ¿Qué me miras? - Despertó sonriente, preguntando. Mientras le miraba, recapacitaba sobre lo afortunada que se sentía de estar allí en aquel momento con él, viendo su sonrisa brillando, sus manos tocándola solamente a ella. Sabiendo que la noche antes no habían tocado nigún cuerpo más que el suyo.
- Nada, te miro y pienso en que no puedo quererte más fuerte.- Le respondió. Suspiró y continuó.- Por eso creo que tu sitio no está aquí morena. Tu sitio está con un chico que sea solo para ti, que solo te mire a ti y no tenga tantos miedos ni traumas creados por nada ni nadie. Tú no eres para mi. Ni yo soy para ti.- Al fin decía todo lo que sentía de verdad. Las lágrimas de ella empezaron a caer sobre su mano.
- ¿Eso piensas de verdad? ¿eso es lo que de verdad quieres? ¿quieres que te odie el resto de mi vida? - Le reprochaba ella entre sollozos. - Muy bien Andrés, te has lucido cariño. No te preocupes que dejaré de ser tu problema para siempre ¿vale? No volverás a saber de mi. Tranquilo.- Sentenció mientras se levantaba de la cama y comenzaba a recoger los restos de la noche anterior.
Ese mismo día ya había recogido sus pocos trastos, al llegar la noche ya tenía la mochila y una caja en la puerta para marcharse. Él, inmóvil en el salón, mirando al suelo sin decir nada. En silencio, como solía hacer cuándo no tenía el valor suficiente. Verónica le miró por última vez, se colgó la mochila al hombro, la caja entre sus brazos y se marchó dejando las llaves de la casa encima de los zapatos de él. Mientras bajaba las escaleras, ya no lloraba, sólo anidaba rabia en su interior, recuerdos, todo lo que a partir de aquel día dormiría con ella durante mucho tiempo. Los sueños y pesadillas se repetirían contínuamente despertándola en mares de lágrimas. Decidió apagar aquel teléfono que solamente tenía para él. No quería tener la tentación de llamarle o escribirle. El miedo había podido con ellos y con su amor. Quizá no era tan fuerte como quisieron aparentar en su día...
jueves, 24 de noviembre de 2011
Parte 8
Ella no iba a reaccionar, no pensaba darle ni un solo motivo de felicidad ni de odio, directamente la indiferencia que merecía. Con su silencio, se marchó a la habitación cerrando la puerta a cal y canto, sentandose tras ella y derrumbando su cabeza en sus rodillas. Mientras cerraba los ojos e imaginaba todo lo que había soñado en su momento, en un intento por recuperar la ilusión que se le había ido perdiendo en este tiempo. Buscaba en su interior el motivo que le llevó a enamorarse y no lo encontraba, sólo el rencor aparecía en el estómago, un ardor extraño que le empujaba a querer golpear todo lo que tuviese en frente. No merecía explicaciones, no quería dárselas. Cogió su cuaderno y empezó a garabatear todo lo que se le estaba pasando por el alma y la cabeza en aquel momento, rellenó una decena de hojas con todos aquellos sentimientos sin enlazar, solo palabras sueltas, repetidas y sobre todo una que le marcaría para unos cuantos años despues...
Andrés mientras tanto se quedó perplejo, sentado en el salón, con su café ya que no había alcohol de ningún tipo en casa, escuchando su vieja música y haciendo el intento de recordar qué había hecho... Venían a su mente de repente flashes de la noche, la cara de su niña ilusionada, risueña, como solía ser ella... Lamentablemente era de las personas que solo recordaba lo bueno, no solía recordar lo malo que podía haber hecho.
- Vero... nena... abreme la puerta...- rogaba desde el otro lado. Esperando que la puerta se abriese de repente, pero pasaban los minutos y las horas y no abría. Solo quería escucharla reir de nuevo pero desde el otro lado se escuchaba el sonido de intentar respirar cuando se te congestiona la nariz, supuso que se estaba hartando a llorar. Fue hacia el salón, cogió un papel y escribió:
"Preciosa, no sé qué ha sucedido esta vez, solo quería celebrar que al fin tu y yo eramos lo que siempre quisimos ser... No se, explícame porque estoy perdido. Ahora me voy, sé que necesitas estar sola, sino ya me habrias abierto la puerta. No se cuando volveré... Quizá duerma en casa de Luis. No te preocupes. Tomate el tiempo que haga falta." Lo metió bajo la rendija de la puerta y se marchó.
Verónica al leer estas letras, solo supo seguir llorando de rabia, pensando en que no sabía dónde se había metido. No sabía qué estaba haciendo con su vida, ni por qué lo estaba haciendo si todo había terminado. Cuando una puerta se cierra, no vuelvas a abrirla nunca. Quería huir, pero no podía, salir corriendo pero no sabía si debía... Quería ayudarle pero quizá ella no era la persona indicada, quería ser su fuente de paz inagotable pero sentía que solo le atormentaba más de lo que ya lo estaba. Por otro lado se autoconvecía de que, quizá, solo había sido un momento, un error... Pero si esas palabras se dicen en ese estado... Sonó el teléfono de repente, era Tamara...
- ¡Hola! ¿No está papá? mejor, porque yo quería hablar contigo, ¿sabes que hay un chico que no para de mandarme notitas?, es muy mono pero es que es tan simple... no sabe más que reirse de mis palabras o gestos cuando no tienen niguna gracia...- Comenzó la niña a soltar por su boca, casi sin respirar... A veces podía ser muy cargante.
- Tami... va, para.. respira. A ver, vente a casa, cenamos y me cuentas ¿vale? yo voy a llamar a tu padre para que venga. Un besito princesa, ahora te veo.- Le cortó tajantemente para que no se enrollase más de lo necesario. En el fondo era la excusa perfecta para poder llamar a Andrés, que volviera y todo se encauzase lo mejor posible. Así pues, le llamó, él accedió a acudir a la cita, estaba ansioso por verlas a ambas.
Una vez reunidos todos en aquella guarida, se sentaron en el suelo como les solía gustar y cenaron unas hamburguesas caseras como si fueran niños de quince años, se rieron, pusieron una película de fondo ya que, tamara no dejó de hablar ni un segundo de su pequeño romance de juventud... Ellos se miraban, cómplices y reían porque ya habían pasado por todo aquello... La niña decidió llamar a su madre para decirla que dormía con ellos aquella noche... Una vez más... Gracias a ella... Todo volvía a la normalidad.
Andrés mientras tanto se quedó perplejo, sentado en el salón, con su café ya que no había alcohol de ningún tipo en casa, escuchando su vieja música y haciendo el intento de recordar qué había hecho... Venían a su mente de repente flashes de la noche, la cara de su niña ilusionada, risueña, como solía ser ella... Lamentablemente era de las personas que solo recordaba lo bueno, no solía recordar lo malo que podía haber hecho.
- Vero... nena... abreme la puerta...- rogaba desde el otro lado. Esperando que la puerta se abriese de repente, pero pasaban los minutos y las horas y no abría. Solo quería escucharla reir de nuevo pero desde el otro lado se escuchaba el sonido de intentar respirar cuando se te congestiona la nariz, supuso que se estaba hartando a llorar. Fue hacia el salón, cogió un papel y escribió:
"Preciosa, no sé qué ha sucedido esta vez, solo quería celebrar que al fin tu y yo eramos lo que siempre quisimos ser... No se, explícame porque estoy perdido. Ahora me voy, sé que necesitas estar sola, sino ya me habrias abierto la puerta. No se cuando volveré... Quizá duerma en casa de Luis. No te preocupes. Tomate el tiempo que haga falta." Lo metió bajo la rendija de la puerta y se marchó.
Verónica al leer estas letras, solo supo seguir llorando de rabia, pensando en que no sabía dónde se había metido. No sabía qué estaba haciendo con su vida, ni por qué lo estaba haciendo si todo había terminado. Cuando una puerta se cierra, no vuelvas a abrirla nunca. Quería huir, pero no podía, salir corriendo pero no sabía si debía... Quería ayudarle pero quizá ella no era la persona indicada, quería ser su fuente de paz inagotable pero sentía que solo le atormentaba más de lo que ya lo estaba. Por otro lado se autoconvecía de que, quizá, solo había sido un momento, un error... Pero si esas palabras se dicen en ese estado... Sonó el teléfono de repente, era Tamara...
- ¡Hola! ¿No está papá? mejor, porque yo quería hablar contigo, ¿sabes que hay un chico que no para de mandarme notitas?, es muy mono pero es que es tan simple... no sabe más que reirse de mis palabras o gestos cuando no tienen niguna gracia...- Comenzó la niña a soltar por su boca, casi sin respirar... A veces podía ser muy cargante.
- Tami... va, para.. respira. A ver, vente a casa, cenamos y me cuentas ¿vale? yo voy a llamar a tu padre para que venga. Un besito princesa, ahora te veo.- Le cortó tajantemente para que no se enrollase más de lo necesario. En el fondo era la excusa perfecta para poder llamar a Andrés, que volviera y todo se encauzase lo mejor posible. Así pues, le llamó, él accedió a acudir a la cita, estaba ansioso por verlas a ambas.
Una vez reunidos todos en aquella guarida, se sentaron en el suelo como les solía gustar y cenaron unas hamburguesas caseras como si fueran niños de quince años, se rieron, pusieron una película de fondo ya que, tamara no dejó de hablar ni un segundo de su pequeño romance de juventud... Ellos se miraban, cómplices y reían porque ya habían pasado por todo aquello... La niña decidió llamar a su madre para decirla que dormía con ellos aquella noche... Una vez más... Gracias a ella... Todo volvía a la normalidad.
Parte 7
Entre lujo, botellas de champán por todos lados, canapés variados, chicas espectaculares que ofrecían su compañía a cambio de un obsequio, camareros con aires de cortesanos a los pies de sus señores, flores, velas... Aquel no era su sitio y ella lo sabía. Le insinuaba a su pareja con la mirada que se marchasen de allí pero, él, envuelto en el sueño de volver a su pasado, hacia caso omiso a lo que ella pidiera. Mientras veía cómo cargaba copas a cuenta de su amigo, ella se apartó a un lado, a una columna a observar desde la distancia todo lo que no había soñado nunca. Andrés estaba desatado, como si nunca hubiese vivido nada igual, comenzaron a llegar bandejas que pasaban a la zona vip, él las seguía con la mirada y Verónica por momentos se hundía en su copa de vino. No era espectáculo del agrado de nadie. De repente al girar la cabeza, él no estaba, ni Luis, ni la mujer de éste... La pequeña morena de ojos castaños, comenzó a buscarlos impacientemente pero sin moverse de donde la habían dejado por si volvían... pasó una hora, dos horas... no venían. Entre ejecutivos babosos que se acercaban a la joven, camareros airados porque no recibían ni las gracias, chicas que la acosaban con la mirada intentando echarla... Ella se rindió a sus nervios e impaciencia y fue hacia la zona donde iban aquellas bandejas... El panorama, bochornoso, penoso, avergonzante e hiriente... Se encontró con Andrés tirado en aquel blanco sofá, Luis con los pantalones bajados y su mujer de rodillas frente a él... Un cuadro de lo más surrealista y grotesco que habría podido observar. Ni en tiempos de euforia habría imaginado tal secuencia.
Con toda su furia se dirigió hacia el hombre que más había querido en ciertos momentos de su vida, pero que en aquel instante odiaba con toda su alma. Le cogió de la corbata y él no reaccionaba, le golpeó la cara con pequeñas palmaditas y al fin abrió los ojos...
- ¡Tú eres un inconsciente!¿Tú sabes lo que me acabas de hacer?- Le recriminaba con la esperanza de sacar el hombre que llevaba dentro pero... él estaba tan sumido en su gramo de coca que no era capaz ni de eso.
- ¿Qué dices? Anda boba, ven aquí y callate... - Le susurró mientras señalaba sus piernas indicándole que se sentase encima suya. Pero la muchacha indomable directamente cogió las llaves del coche, se dirigió a la barra y le comunicó a los camareros que avisasen a un taxi para los tres descerebrados que habían ido con ella, les anotó la dirección de donde habían de ir y se marchó sin más.
Condujo por todo el centro de Madrid a unos 120Km/h descargando toda la rabia que contenía dentro, poco le importaban las multas, las pagaría él. Y si se estrellaba.. "da igual, para lo que pinto aquí ya..." pensaba mientras esquivaba camiones de la basura y barrenderos... El amanecer no se hizo esperar, pensó que debía regresar al piso que ambos compartían ahora, aunque las ganas fuesen mínimas. Al llegar, Andrés ya estaba de vuelta, sentado en el pequeño sillón, mirando al reloj de su muñeca, no terminó de entrar por la puerta cuando se puso a vociferar y soltar todo tipo de insultos e improperios hacia la persona que solamente quería evitar su desgaste moral y físico.
- Seguro que has estado perreando con ese que tanto te miraba... sí, sí, no me mires así, el jovencito ese que no paraba de rondarte por media discoteca, menuda... si ya lo sabía yo... que no tenía que fiarme de ti... si solo eres una... - En ese momento su voz quedó interrumpida por el tremendo bofetón que le propinó la chica, cansada de aspavientos y palabras carentes de sentido. La primera reacción fue quedarse helado, con la cara blanca, pero en segundos se transformó en una cara desencajada, roja y llena de ira. Al levantar la mano para amenazarla...
- Piensa bien lo que vas a hacer y estás haciendo Andrés... Piénsalo bien... Te estás cavando tu propia tumba. ¿Has visto esto? lo tengo yo - le informó a la vez que le enseñaba la denuncia de su mujer. El hombre, abatido, derruido en un momento, se arrodilló, llevó sus manos a la cabeza y comenzó a golpearse contra el suelo. La que ahora era su chica, le cogió de las manos, le levantó la cara y le llevó hasta la ducha consolando lo inconsolable. Le metió en la cama y ella pasó la mañana sentada en el suelo observando cualquier reacción.
Al despertar aquella tarde a la hora de comer, Verónica ya tenía preparadas, comida, mesa y café de sobra para pasar una larga tarde de conversación. Él se levantó, vió todo aquello preparado y no sabía qué sucedía. No recordaba nada de la noche anterior, nada. Lo cual era normal, debido al grado de alcohol y droga que había ingerido, lo que no era normal es que siguiese allí sin que le hubiese dado algo.
- Buenas tardes mi amor, ¿qué es todo esto?- preguntaba con una sonrisa de oreja a oreja, mientras su "amor" le miraba incrédula.
- Siéntate, come y relájate que tenemos una larga charla pendiente.- Le informó. Mientras él saciaba su apetito, ella se dedicó a recoger todo el desastre que tenían por casa.
- Andrés... primero, yo no quiero entrar en tu vida como un elefante en una cacharrería y desmoronarte todo lo que habías conseguido. Segundo, no se qué ha pasado con Elisa pero creo que hay algo que has de explicarme. Y tercero, no soy la puta de nadie ¿te queda claro? de nadie. Ni si quiera la tuya.- Soltó de repente sin pestañear ni girar la cara hacia él.
- Pero... ¿por qué dices todo eso?¿Qué te he hecho?¿Estás bien?- Empezó a impacientarse y a buscar en su cuerpo algún gesto que le hiciese comprender, la analizó hasta la saciedad, milímetro a milímetro, la tocó intentando ver su reacción pero ella...
Con toda su furia se dirigió hacia el hombre que más había querido en ciertos momentos de su vida, pero que en aquel instante odiaba con toda su alma. Le cogió de la corbata y él no reaccionaba, le golpeó la cara con pequeñas palmaditas y al fin abrió los ojos...
- ¡Tú eres un inconsciente!¿Tú sabes lo que me acabas de hacer?- Le recriminaba con la esperanza de sacar el hombre que llevaba dentro pero... él estaba tan sumido en su gramo de coca que no era capaz ni de eso.
- ¿Qué dices? Anda boba, ven aquí y callate... - Le susurró mientras señalaba sus piernas indicándole que se sentase encima suya. Pero la muchacha indomable directamente cogió las llaves del coche, se dirigió a la barra y le comunicó a los camareros que avisasen a un taxi para los tres descerebrados que habían ido con ella, les anotó la dirección de donde habían de ir y se marchó sin más.
Condujo por todo el centro de Madrid a unos 120Km/h descargando toda la rabia que contenía dentro, poco le importaban las multas, las pagaría él. Y si se estrellaba.. "da igual, para lo que pinto aquí ya..." pensaba mientras esquivaba camiones de la basura y barrenderos... El amanecer no se hizo esperar, pensó que debía regresar al piso que ambos compartían ahora, aunque las ganas fuesen mínimas. Al llegar, Andrés ya estaba de vuelta, sentado en el pequeño sillón, mirando al reloj de su muñeca, no terminó de entrar por la puerta cuando se puso a vociferar y soltar todo tipo de insultos e improperios hacia la persona que solamente quería evitar su desgaste moral y físico.
- Seguro que has estado perreando con ese que tanto te miraba... sí, sí, no me mires así, el jovencito ese que no paraba de rondarte por media discoteca, menuda... si ya lo sabía yo... que no tenía que fiarme de ti... si solo eres una... - En ese momento su voz quedó interrumpida por el tremendo bofetón que le propinó la chica, cansada de aspavientos y palabras carentes de sentido. La primera reacción fue quedarse helado, con la cara blanca, pero en segundos se transformó en una cara desencajada, roja y llena de ira. Al levantar la mano para amenazarla...
- Piensa bien lo que vas a hacer y estás haciendo Andrés... Piénsalo bien... Te estás cavando tu propia tumba. ¿Has visto esto? lo tengo yo - le informó a la vez que le enseñaba la denuncia de su mujer. El hombre, abatido, derruido en un momento, se arrodilló, llevó sus manos a la cabeza y comenzó a golpearse contra el suelo. La que ahora era su chica, le cogió de las manos, le levantó la cara y le llevó hasta la ducha consolando lo inconsolable. Le metió en la cama y ella pasó la mañana sentada en el suelo observando cualquier reacción.
Al despertar aquella tarde a la hora de comer, Verónica ya tenía preparadas, comida, mesa y café de sobra para pasar una larga tarde de conversación. Él se levantó, vió todo aquello preparado y no sabía qué sucedía. No recordaba nada de la noche anterior, nada. Lo cual era normal, debido al grado de alcohol y droga que había ingerido, lo que no era normal es que siguiese allí sin que le hubiese dado algo.
- Buenas tardes mi amor, ¿qué es todo esto?- preguntaba con una sonrisa de oreja a oreja, mientras su "amor" le miraba incrédula.
- Siéntate, come y relájate que tenemos una larga charla pendiente.- Le informó. Mientras él saciaba su apetito, ella se dedicó a recoger todo el desastre que tenían por casa.
- Andrés... primero, yo no quiero entrar en tu vida como un elefante en una cacharrería y desmoronarte todo lo que habías conseguido. Segundo, no se qué ha pasado con Elisa pero creo que hay algo que has de explicarme. Y tercero, no soy la puta de nadie ¿te queda claro? de nadie. Ni si quiera la tuya.- Soltó de repente sin pestañear ni girar la cara hacia él.
- Pero... ¿por qué dices todo eso?¿Qué te he hecho?¿Estás bien?- Empezó a impacientarse y a buscar en su cuerpo algún gesto que le hiciese comprender, la analizó hasta la saciedad, milímetro a milímetro, la tocó intentando ver su reacción pero ella...
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Parte 6
Como cada mañana Verónica seguía su ritual para un día laboral, comenzaba levántandose, aunque en esta ocasión en cama ajena, iba hacia la cocina pero un poco desubicada por no saber dónde estaba. En casa de Andrés parecía estar todo más junto, era tan pequeña que se tenían que pedir permiso para respirar. La ducha tampoco es que fuera el mayor lujo del mundo, al llegar a ella, la chica se dió cuenta de la falta que hacía allí... Faltaban tantas cosas, tantos pequeños detalles con los que hacer aquello un hogar acogedor y no una morada del miedo.
Ya había trasladado algunas de sus cosas allí, ropa, accesorios y demás, pero poco porque sino se tendrían que salir ellos de la casa. Poco a poco se iba instalando en aquel frío lugar que se convertiría en su pequeño nido de amor. Un poco de paciencia para que el alcohol fuese desapareciendo de las venas, estanterías y todos los lugares que fuesen necesarios.
Habían pasado apenas un par de años desde que se dejaron pero él había envejecido como si hubiesen corrido ya diez años, al menos. Ya no sólo su hígado se estaba destrozando sino que sus propios ojos, su brillo no era el mismo, las patas de gallo inundaban su mirada, la luz que desprendía años atrás ya no era igual a pesar de tener al amor de su vida en frente. Ella pensaba que ya no servía de nada una segunda parte pero que no pasaba nada por intentarlo.
Uno de esos días en que Verónica estaba colocando sus cosas y limpiando los resquicios del armario, encontró una caja, de esas que se usan para las mudanzas, marrón industrial. Se debatía entre abrirla o no, dejarla como estaba o indagar... Su curiosidad podía con ella y pensaba que si Andrés se daba cuenta, no la diría nada, era la niña de sus ojos. Optó por abrirla, un montón de carpetas de todos los colores, papeles por todo lados... "¿Qué narices es esto?" pensaba para sí misma, mientras cogía entre sus manos un papel amarillo en el que había números, letras, nombres... Su mujer... Una... "¿denuncia?" se sorprendió al verlo. Aquella noche habían quedado para cenar con unos amigos, no era momento de preguntar. Ella siguió con su orden, con sus métodos de belleza para engalanarse aquel vestido que le había regalado con motivo de su reconciliación y acudir a la cita como la persona que ahora acompañaba sus días oficialmente y no a escondidas. Era un gran día, a pesar de que aquellos amigos la conocieran y supieran de su existencia, pero ahora era oficial.
Durante la cena, las risas, los buenos momentos no hicieron que la chica olvidase lo que había visto, estaba ausente, perdida, no reía con ganas sino que simulaba una carcajada de vez en cuando si véía que el chiste podría haber sido gracioso. Luis se dió cuenta y preguntó.
- Vero, ¿no eres consciente de lo que significa esto? se te ve apagada... - Mostraba aquel hombre entrado en años, como indicaban sus canas, su preocupación por la muchacha.
- Eeeemmm.. si, si, claro. ¡Cómo no iba a ser consciente! Debería estar loca. - Simuló una sonrisa a la vez que contestaba mirando a su derecha para encontrarse con los ojos de Andrés...
Terminaron la cena, la tertulia, las botellas de vino iban corriendo de mano en mano pasando frente a él y sin probarlo, despues tomaron rumbo a uno de los locales de moda para ellos, para la gente de su clase social pero no para ella. Intentaba mostrar su intención de integrarse pero sabía que no... No era su lugar...
Ya había trasladado algunas de sus cosas allí, ropa, accesorios y demás, pero poco porque sino se tendrían que salir ellos de la casa. Poco a poco se iba instalando en aquel frío lugar que se convertiría en su pequeño nido de amor. Un poco de paciencia para que el alcohol fuese desapareciendo de las venas, estanterías y todos los lugares que fuesen necesarios.
Habían pasado apenas un par de años desde que se dejaron pero él había envejecido como si hubiesen corrido ya diez años, al menos. Ya no sólo su hígado se estaba destrozando sino que sus propios ojos, su brillo no era el mismo, las patas de gallo inundaban su mirada, la luz que desprendía años atrás ya no era igual a pesar de tener al amor de su vida en frente. Ella pensaba que ya no servía de nada una segunda parte pero que no pasaba nada por intentarlo.
Uno de esos días en que Verónica estaba colocando sus cosas y limpiando los resquicios del armario, encontró una caja, de esas que se usan para las mudanzas, marrón industrial. Se debatía entre abrirla o no, dejarla como estaba o indagar... Su curiosidad podía con ella y pensaba que si Andrés se daba cuenta, no la diría nada, era la niña de sus ojos. Optó por abrirla, un montón de carpetas de todos los colores, papeles por todo lados... "¿Qué narices es esto?" pensaba para sí misma, mientras cogía entre sus manos un papel amarillo en el que había números, letras, nombres... Su mujer... Una... "¿denuncia?" se sorprendió al verlo. Aquella noche habían quedado para cenar con unos amigos, no era momento de preguntar. Ella siguió con su orden, con sus métodos de belleza para engalanarse aquel vestido que le había regalado con motivo de su reconciliación y acudir a la cita como la persona que ahora acompañaba sus días oficialmente y no a escondidas. Era un gran día, a pesar de que aquellos amigos la conocieran y supieran de su existencia, pero ahora era oficial.
Durante la cena, las risas, los buenos momentos no hicieron que la chica olvidase lo que había visto, estaba ausente, perdida, no reía con ganas sino que simulaba una carcajada de vez en cuando si véía que el chiste podría haber sido gracioso. Luis se dió cuenta y preguntó.
- Vero, ¿no eres consciente de lo que significa esto? se te ve apagada... - Mostraba aquel hombre entrado en años, como indicaban sus canas, su preocupación por la muchacha.
- Eeeemmm.. si, si, claro. ¡Cómo no iba a ser consciente! Debería estar loca. - Simuló una sonrisa a la vez que contestaba mirando a su derecha para encontrarse con los ojos de Andrés...
Terminaron la cena, la tertulia, las botellas de vino iban corriendo de mano en mano pasando frente a él y sin probarlo, despues tomaron rumbo a uno de los locales de moda para ellos, para la gente de su clase social pero no para ella. Intentaba mostrar su intención de integrarse pero sabía que no... No era su lugar...
jueves, 17 de noviembre de 2011
Parte 5
Iban pasando los meses, la vida, el recorrido que se había marcado. Con Miguel nunca llegó a tener nada por el simple hecho de no destrozar una vida más, simplemente la amistad que les unía era muy fuerte, él parecía conocerla de toda la vida desde el primer día que la vió. Ella escuchaba sus historias de idas y venidas con unas y otras, llegando a provocarle celos por momentos, pero sabía que estos venían por perder la atención que había ganado día a día.
Durante ese año le sucedieron cosas, problemas añadidos como enfermedades familiares y demás que le hacían hundirse aun más en la pena. De casa al trabajo, del trabajo al hospital, del hospital a casa y así sucesivamente día a día. Apenas dormía pensando en todo lo que perdería si aquella persona se marchaba.
Una noche de hospital entró a la cafetería cercana que se pasaba las veinticuatro horas abierta. Empezó a oir gritos desde la calle, no entendía lo que aquel borracho estaba diciendo. Al entrar… Andrés. Con la botella de Ron vacía en la mano y exigiendo que le pusieran más.
- Andrés… ¡Eh! Andrés, soy yo… Tranquilo.- Intentaba ella calmarle mientras se abrazaba a él para que no mirase a los camareros.
- ¿Le conoces? Pues llévatele de aquí y que nos pague lo que debe.- Recriminaba el jefe de barra.
Verónica sacó su cartera, cogió el billete más grande que había en ella, con toda su rabia se lo tiró a la barra. - ¿esto es suficiente?- Preguntó con su gesto de furioso. Mientras sostenía al hombre que más amó, poniéndole el brazo en su hombro. Al intentar salir por la puerta, aquel camarero bondadoso salió a ayudarla.
- Niña, este hombre está día si y día también aquí metido, hay días que pierdo la cuenta de lo que llega a beber, si le conoces, ayúdale, tiene un problema serio. Y siempre nombra a una tal Verónica que dice que nosotros la conocemos. Que ha venido por aquí con ella. Pero yo no le recuerdo. Me da pena, ayúdale. - Le informaba el pequeño hombre de pelo cobrizo, cara pecosa y ojos chispeantes de alegría. Consiguieron salir y meterle en el coche de la muchacha. Mientras Andrés deliraba canciones de tiempos pasados.
Al llegar a su portal, él se había dormido en el asiento del copiloto. Verónica no sabía cómo hacer para subirle a casa, no podía con él, era tres veces su peso. Decidió dejarle dormir un rato para que al despertar al menos consiguiera ponerse de pie por él mismo.
- ¿Vero?¿Eres tú?¿O es que me he muerto y te veo desde el cielo?… Me duele la cabeza y no veo.- Preguntaba al abrir los ojos y ver allí a la muchacha esperando que pasara el peor momento.
- Soy yo Andrés… ¿Qué has hecho?¿esto es tu vida ahora? No te entiendo… Pero no será hoy el día en que te de ninguna charla así que… vamos, si puedes levantarte, vamos para casa.- Le recriminó enfadada, decepcionada. El hombre consiguió poner los pies en la tierra y caminar lento hacia el portal. Deseaba que ella le acompañase hasta arriba. Así hizo.
Entrando por la puerta, Verónica empezó a vislumbrar cuánta soledad había en aquel lugar, miraba al techo y no había lámparas, solamente los casquillos. Nada más entrar se encontraban de repente con el pequeño salón, no tenía nada, solo un viejo sillón y una estantería llena de libros. Al fondo, la cama de metro y cincuenta, deshecha, con la ropa tirada por el suelo… Andrés se sentó en su sillón indicándole a la chica que fuese a sus rodillas. Ella realmente quería pero no sabía si debía… Se dirigió hacia él y tomo posición en sus piernas, le miró a los ojos, como antes y… Tenía que suceder.
A la mañana siguiente despertaron enredados en besos, abrazos y una felicidad que no sabían exactamente cuánto les duraría pero… ¿por qué no intentarlo?
Andrés se levantó primero, recogió todo aquel desastre mientras se preguntaba qué hacia ella allí, durmiendo en su cama, la miraba y no podía creerlo, le venían flashes de todo lo acontecido aquella noche, pero no sabía cómo había llegado ella allí. Le daba igual el cómo… Al terminar, se sentó al otro lado de la cama para admirar su sueño, sus pestañas vivas y largas, su boca que le parecía tan dulce como aquel caramelo que comía de pequeño, acariciaba su mejilla para despertarla suavemente, como en aquellas noches que pasaban escondidos en cualquier hotel de la capital… “Qué mala vida te di… ¿me perdonarás algún día?” susurraba para sí mismo… Sus ojos se abrieron sonriendo, le miró y suspiró al sentirse completa, llena. Al recordar que todo aquello que en su día le vació, en aquel momento ya no existía.
- Buenos días morena, perdona que te pregunte pero… ¿qué haces aquí?- Estaba ansioso por saber su respuesta, pero ella se sonrió y tan misteriosa como siempre..
- No quieras saber cariño… Algún día te lo contaré o, mejor dicho, te lo escribiré… - Se estiró entre las sabanas, bostezando y con sus brazos se tiró literalmente al cuello de Andrés. Este la recibió sorprendido pero sin rechazo, la acogió como si fuese lo último que hacer en su vida.
Aquella mañana empezaban un nuevo camino, una etapa diferente, sin rencores de tiempos pasados, sin reproches y con la libertad de decir, de hacer, de tener… Después de pasar aquella mañana juntos, él no sabía ni entendía qué pasaría ahora con ellos, tanta normalidad le asustaba. Pero prefería no preguntar y seguir viviendo lo que ella quisiera regalarle, al fin y al cabo él ya no perdía tiempo sino que se bebía los minutos y las horas.
Había pasado tanto tiempo metido en bares de mala muerte, con la única compañía de sus recuerdos que ya le daba igual si ella le dejaba otra vez o no, solo quería vivir el momento que pudiese a su lado, sentirla y saber que volvía a tener vida de nuevo.
Parte 4
El rocío de la mañana humedecía sus labios mientras caminaba hacia aquel lugar, con su mochila al hombro, pensando en sus mil tonterías y sobre todo en la amargura que le rodeaba en aquel puesto de trabajo. Se sentía tan inútil allí. Verónica no soportaba la idea de estar tantísimas horas mirando el reloj, las agujas parecían no moverse, sobre todo las primeras horas, eran las peores del día. Pero aquel día era peor… Aquel día era en el que pasaba de mujercita a mujer… Veinticinco años caían sobre su espalda ya, para muchos aún una niña, pero para ella era ya una mujer con mucho recorrido, lastimoso y triste, aunque no lo mostrase. Había vivido casi de todo lo que se podría vivir, que a una mujer entre cien le puede pasar un suceso como los que le habían pasado a ella, pero quizá solamente uno, a ella le habían pasado todos pecando de inocencia y de la ansiedad por sentirse querida.
Aquel día decidió llevar unos dulces para provocar las felicitaciones aunque fuesen por compromiso, necesitaba sentirse un poco importante, al menos ese día. Los cumpleaños nunca fueron motivo de celebración para ella, aún así la gente se empeñaba en felicitarla todos los años, pero desde hacía un par de ellos nadie se acordaba ya de ella, había conseguido lo que tanto buscaba, la sombra. Pero en esta ocasión sentía la obligación de llamar la atención de alguna manera.
Mientras pasaban compañeros por aquella habitación de paredes blanco neutro, con tanta iluminación artificial como falta de oxígeno, pocos eran los que, aún viendo allí aquel detalle, reparaban en que quizá había un motivo especial que celebrar.
Tras el ojo de buey, aquel chico moreno, el nuevo, el que nadie hablaba aún porque se estaba adaptando y, para variar, todos decían que no encajaría. Un chaval tan tímido como cauto en sus actos y palabras.
- Perdona, estos pasteles… ¿son por algo?- Preguntaba Miguel con toda la precaución que era capaz, para él, Verónica no era más que la chica morena con cara de estúpida que era inalcanzable, inaccesible. Cuando ella giró la cabeza sorprendida porque fuese él, precisamente él quien lo preguntase. El chico se quedó callado, comenzó a notar un calor extraño que le subía hacia las mejillas sonrojándolas instantáneamente.
- Sí, es mi cumpleaños, nada que festejar, pero me apetecía comer guarrerías y la mejor excusa era compartirlas con vosotros, je. - Intentaba dar una explicación fría y absurda para que nadie reconociese el grado de tristeza que había en su solitaria vida. Pero la felicitación que buscaba no llegaba.
Miguel sonrió ante tal gesto de apatía de aquella chica, algo que no le había sorprendido para nada, pues la imagen que él se había creado de ella, era esa. La de una chica altiva, soberbia, como un muro impenetrable. Pero al conseguir una pequeña frase de ella, consiguió desmontar todo lo que le daba miedo afrontar. Comenzó a caminar clandestinamente por su forma de ser, buscando los por qués a su actitud, imaginó que la vida no la habría tratado del modo que debiera y por eso actuaba así, con aquella coraza que le protegía del bien y del mal, haciendo que no sintiese nada, ni lástima por ella misma.
Sin embargo el resto de los compañeros no opinaban como él sino que, debido a su seriedad en el trabajo y a las responsabilidades que le ataban a no perderlo, pensaban que era la típica persona que no dudaba en pisar una u otra cabeza para mantenerse erguida. Consiguiendo así que ella se hiciese aún más impermeable a todo lo que dijesen o pensasen. Resbalándole por encima como si estuviese cubierta de aceite. Pero Miguel decidió hacer caso omiso a todo lo que le contaban y a lo que ella se empeñaba en mostrar, haciéndose día a día un hueco en su mente.
“Si hasta ahora nadie se ha molestado en conocerme, ¿por qué este chaval decide que soy su reto? No lo entiendo, debo estar perdiendo facultades. Nadie puede entrar en mi vida, nadie. Apréndetelo morena, que sino te vas a ver mal…” se decía a si misma con cada gesto de él, con cada intento de cita, con cada sms al móvil… Tanta insistencia ya le ponía los pelos de punta y decidió darle su oportunidad, intentando mostrarle que era lo que todos pensaban y no lo que él quería ver, que se estaba equivocando de persona. Pero en medio de la cena, Miguel que era poco hablador…
- A ver Verónica, sé que tu máscara de hierro es forzada, que el dolor que has debido soportar ha tenido que ser inigualable para que una chica con veinticinco años decida estar sola el resto de su vida, pero créeme que no todo el mundo es igual. Poco me importa si el daño lo hizo un hombre, una mujer, un padre, una madre… me da igual. Simplemente has de vivir, estás condenada a ello aunque no quieras, porque no vas a tener el valor de quitarte del medio, sino ya lo habrías hecho. Así que decide tú si quieres vivir esa condena amargada o sonriendo. Yo te acompaño decidas lo que decidas ¿te parece? - Ella se quedó desbordada por un momento, el chico mudo, el tímido… Le estaba enseñando que podría tener razón en todo lo que estaba diciendo. Que quizá no mereciese la pena vivir huyendo de la felicidad si ella venía en su busca. Respondió con una sencilla sonrisa y una caricia en la mano. Aquel momento fue tan bonito como memorable.
Aquella noche lo que menos esperaba era la llamada… La que nunca fallaba, pero un par de años atrás había dejado de hacerlo. En la pantalla del móvil un nombre… Andrés. Sin dudarlo dejó sonar aquella absurda melodía que le había puesto para reconocerle, no contestó. Pensó que sería mejor así.
Aquel día decidió llevar unos dulces para provocar las felicitaciones aunque fuesen por compromiso, necesitaba sentirse un poco importante, al menos ese día. Los cumpleaños nunca fueron motivo de celebración para ella, aún así la gente se empeñaba en felicitarla todos los años, pero desde hacía un par de ellos nadie se acordaba ya de ella, había conseguido lo que tanto buscaba, la sombra. Pero en esta ocasión sentía la obligación de llamar la atención de alguna manera.
Mientras pasaban compañeros por aquella habitación de paredes blanco neutro, con tanta iluminación artificial como falta de oxígeno, pocos eran los que, aún viendo allí aquel detalle, reparaban en que quizá había un motivo especial que celebrar.
Tras el ojo de buey, aquel chico moreno, el nuevo, el que nadie hablaba aún porque se estaba adaptando y, para variar, todos decían que no encajaría. Un chaval tan tímido como cauto en sus actos y palabras.
- Perdona, estos pasteles… ¿son por algo?- Preguntaba Miguel con toda la precaución que era capaz, para él, Verónica no era más que la chica morena con cara de estúpida que era inalcanzable, inaccesible. Cuando ella giró la cabeza sorprendida porque fuese él, precisamente él quien lo preguntase. El chico se quedó callado, comenzó a notar un calor extraño que le subía hacia las mejillas sonrojándolas instantáneamente.
- Sí, es mi cumpleaños, nada que festejar, pero me apetecía comer guarrerías y la mejor excusa era compartirlas con vosotros, je. - Intentaba dar una explicación fría y absurda para que nadie reconociese el grado de tristeza que había en su solitaria vida. Pero la felicitación que buscaba no llegaba.
Miguel sonrió ante tal gesto de apatía de aquella chica, algo que no le había sorprendido para nada, pues la imagen que él se había creado de ella, era esa. La de una chica altiva, soberbia, como un muro impenetrable. Pero al conseguir una pequeña frase de ella, consiguió desmontar todo lo que le daba miedo afrontar. Comenzó a caminar clandestinamente por su forma de ser, buscando los por qués a su actitud, imaginó que la vida no la habría tratado del modo que debiera y por eso actuaba así, con aquella coraza que le protegía del bien y del mal, haciendo que no sintiese nada, ni lástima por ella misma.
Sin embargo el resto de los compañeros no opinaban como él sino que, debido a su seriedad en el trabajo y a las responsabilidades que le ataban a no perderlo, pensaban que era la típica persona que no dudaba en pisar una u otra cabeza para mantenerse erguida. Consiguiendo así que ella se hiciese aún más impermeable a todo lo que dijesen o pensasen. Resbalándole por encima como si estuviese cubierta de aceite. Pero Miguel decidió hacer caso omiso a todo lo que le contaban y a lo que ella se empeñaba en mostrar, haciéndose día a día un hueco en su mente.
“Si hasta ahora nadie se ha molestado en conocerme, ¿por qué este chaval decide que soy su reto? No lo entiendo, debo estar perdiendo facultades. Nadie puede entrar en mi vida, nadie. Apréndetelo morena, que sino te vas a ver mal…” se decía a si misma con cada gesto de él, con cada intento de cita, con cada sms al móvil… Tanta insistencia ya le ponía los pelos de punta y decidió darle su oportunidad, intentando mostrarle que era lo que todos pensaban y no lo que él quería ver, que se estaba equivocando de persona. Pero en medio de la cena, Miguel que era poco hablador…
- A ver Verónica, sé que tu máscara de hierro es forzada, que el dolor que has debido soportar ha tenido que ser inigualable para que una chica con veinticinco años decida estar sola el resto de su vida, pero créeme que no todo el mundo es igual. Poco me importa si el daño lo hizo un hombre, una mujer, un padre, una madre… me da igual. Simplemente has de vivir, estás condenada a ello aunque no quieras, porque no vas a tener el valor de quitarte del medio, sino ya lo habrías hecho. Así que decide tú si quieres vivir esa condena amargada o sonriendo. Yo te acompaño decidas lo que decidas ¿te parece? - Ella se quedó desbordada por un momento, el chico mudo, el tímido… Le estaba enseñando que podría tener razón en todo lo que estaba diciendo. Que quizá no mereciese la pena vivir huyendo de la felicidad si ella venía en su busca. Respondió con una sencilla sonrisa y una caricia en la mano. Aquel momento fue tan bonito como memorable.
Aquella noche lo que menos esperaba era la llamada… La que nunca fallaba, pero un par de años atrás había dejado de hacerlo. En la pantalla del móvil un nombre… Andrés. Sin dudarlo dejó sonar aquella absurda melodía que le había puesto para reconocerle, no contestó. Pensó que sería mejor así.
Parte 3
Andrés tras aquel encuentro nocturno y extraño, volvía a verse en una encrucijada. Luchar por Verónica o comenzar algo con Irene. La primera, fue y sería el amor de su vida, la segunda aún no había tenido opción de mostrar lo que podía darle. Las balanzas volvían a su vida… En esta ocasión, anhelando perderlas de nuevo. Parecía estar viviendo un Déjà Vu… Se volvía loco. Porque no quería pensar con el corazón sino con la mente. Esa que tantas veces le había traicionado.
Semanas más tarde mientras Verónica apenas recordaba ya aquel encuentro, se volvía a encontrar con la pequeña Tamara, la hija del hombre de su vida. La niña decía que la echaba de menos, que cuando volverían a ir juntas de compras o cuándo la enseñaría a maquillarse porque su madre no la dejaba y estando ya en etapa preadolescente consideraba que había cosas que alguien debía aconsejarla. Ella, haciendo un esfuerzo, le prometió verla más a menudo y hacer juntas todo eso que le solicitaba. Era tan parecida a su padre que cada encuentro con la muchacha le hacia caer en los recuerdos llenándola de tristeza y nostalgia.
Una de aquellas tardes, Tamara, que era demasiado lista para su edad, les preparó una encerrona que Andrés deseaba pero Verónica sufriría como aquella última vez. En esta ocasión, él venía sin la inocente compañía de Irene a sabiendas que no era compatible una cosa con la otra, la niña no podía verla, decía que se parecía a las muñecas que tenía en su estantería, rubia, guapa, delgada y vacía mentalmente, que no le aportaba nada ni como persona ni como mujer. A él le hacía gracia ver como su hija se enfurruñaba al mencionar a Irene.
Llegó la hora, allí estaban padre e hija esperando a la que fue, sobre todo, su amiga leal, los nervios invadían al mayor de ambos convirtiéndole en el más infantil y la niña haciendo de adulta mientras intentaba calmarle. A través de aquella puerta de cristal, ella, marcando su silueta en la sombra, con su gracilidad al andar, su alegría innata aunque la pena más grande le colmase por dentro, como si un halo de luz le rodease, ellos la miraban adorándola por encima de todo.
- ¡Vero! - Gritó la niña desde la otra punta, saltando y levantando los brazos señalándole el lugar a donde debía dirigirse. Mientras Andrés, inmóvil, agachó la cabeza en señal de conformismo al ver la mirada que le dirigió ella. En el fondo, sabía que todo había sido obra de Tamara y no podría reprocharle nada.
- Hola, ¿qué tal estáis? Tamara, sabes que estas cosas no me gustan nada, si quedo contigo, es contigo, no con tu padre ¿vale?. Andrés, no lo tomes a mal, pero el plan era comprar cuatro trapos y algo de maquillaje para que fuese aprendiendo, no que tú estuvieses aquí.- Intentaba dejar las cosas claras desde el principio, aunque deseaba su presencia, no podía negarlo.
- Vero, no quería… pero ella insistió, créeme, no quería incomodarte, sabía que pasaría y no era mi intención. - Explicaba él con los ojos mirando al suelo, precisamente lo que ella más odiaba en el mundo. Pues pensaba que si un hombre agachaba la cabeza, dejaba de ser hombre para convertirse en un ser sin personalidad complaciente con todo aquello que no le gusta hacer. Con sólo una mirada ella consiguió que le entendiera y levantó la cabeza sin más. Continuó su explicación. - Tienes que creerme cuando te digo esto, la otra noche fui allí con Irene porque quería verte, te echo de menos y no podía resistirlo, podría haber ido con ella o con Pepe, o con Manuel… El caso era ir acompañado para no perder la fuerza cuando me mirases. Sabes que tus ojos… Pero con ella no tengo nada más que una bonita amistad, por favor, créeme. No quise herirte. Nunca más lo haré. - Ante tal retahíla, ella quedó anonadada pensando en que podría ser verdad, él no solía dar explicaciones y si ahora lo hacía… debía ser por algo. Apartó sus ojos de él para dirigirse a la niña.
- ¿Vamos a la tienda pequeña?- Apoyó su brazo alrededor de los hombros de Tamara y caminaron hacia delante, él quedó relegado a un segundo plano, quedó atrás mirando como sus dos mujercitas hablaban como si fueran uña y carne. Le miraban, cuchicheaban y después reían. Existía tanta complicidad casi como con él. Mientras las observaba pensaba en cuánto tiempo perdió temiendo ese momento, en que el rechazo de su hija no fuese hacia Irene y lo hubiese sido hacia la mujer que adoraba. Tuvo tanto miedo tiempo atrás que ahora reía por dentro de él mismo.
- Vero, ¿nunca volverás con papá?, él te echa de menos y a mi la rubia esa no me gusta nada, es odiosa, quiere ser simpática pero no, a mi no… - Tamara daba las explicaciones pertinentes.
- A ver enana, tienes que aprender que la felicidad de tu padre está por encima de todo, se llame Irene y sea rubia, o se llame Lorena y sea pelirroja. Lo importante es que él esté a gusto y feliz para poder hacerte feliz a ti. Me parece muy bien que tengas criterio propio y no tiene por qué caerte bien todo el mundo, pero cuando queremos a alguien solo debemos desear su felicidad ¿no?- Le contestaba entre sonrisas.
- Pero precisamente por eso, porque yo no le he visto reír tanto como contigo, ¿te acuerdas el día de la piscina cuando solo erais amigos?, aquel día en que confundió el aceite de coco con el champú, en cualquier otro momento habrían salido sapos y culebras de su boca, pero al estar tú delante solo supo reírse de sí mismo. Éramos felices… Por favor…- Rogaba e insistía la dulce niña. A ella le halagaba escuchar todo aquello, ver cómo los recuerdos eran tan bonitos vistos desde fuera le hacía engrandecer por momentos, pero el miedo por volver a perder le impedía dar el paso, prefería disfrutar de aquellos pequeños gestos como pasar una tarde junto a ellos y reír sin más.
Andrés seguía analizando cada movimiento, hablando en su interior con él mismo. Diciéndose qué había pasado, qué capítulo se había perdido. Por qué se negaba tantas veces el amar, el querer, el desear. Por qué tantas veces se mintió. Mientras Verónica se acercaba esperando a que el probador se despejara. Sonriendo, con la ropa en una mano y el móvil en la otra. Él seguía mirándola como si de un ángel se tratase.
- ¿Esperas que te llame alguien? - Interrogó movido por los celos que nunca quiso mostrar.
- Realmente… no. Tengo todo lo que ahora mismo quiero aquí. Lo demás es humo. - Mientras guiñaba un ojo y una medio sonrisa se dibujaba en su rostro, contestó. Él se derritió, quedándose petrificado ante su magnetismo. Pensaba si ahora llegaría el beso que tanto anheló en aquella soledad nocturna. Cuando interrumpió Tamara con su nerviosismo por comprar su primer vestido de adolescente.
- Ese es perfecto peque, no lo dudes y para la bolsa ¿vale? Vamos… - Animaba girándose hacia la caja registradora.
Terminaron las compras, la despedida se acercaba y él quería que no se marchase nunca, quería llevarlas a ambas con él, pero no a aquel solitario apartamento, pequeño y lleno de pena. Cogieron el coche y primero dejaron a la muchacha en casa, por si acaso su madre recortaba después las visitas, había que ser puntual. De camino a al barrio de Verónica, los dos en silencio, escuchaban aquellas canciones que tiempo atrás ponían la banda sonora de su furtivo amor. Ella pensaba por qué no disfrutar ahora de la libertad, de poder besar en público, de poder decir “te quiero” sin miedo a la huida… Pero tan pronto como lo pensaba, el dolor punzante en el pecho al recordar todo lo vivido le echaba atrás. A su vez, ponía su mano en el lateral de su asiento en señal de “cógeme la mano” como tiempo atrás, él lo entendió a la perfección y acarició su piel tersa, suave… Giraron las caras para encontrarse con la mirada de la pasión que aún quedaba, del amor que tanto les unió, comenzaron a brillar las pupilas iluminando la oscuridad de sus vidas. Andrés giró el volante bruscamente, dando un frenazo en seco, ella le miró asustada, él acarició su rostro tranquilizándola, acercando sus labios, de repente se fundieron en aquel beso que tanto habían soñado durante todo ese tiempo, una lágrima recorrió la mejilla de ella, Andrés con la ternura necesaria la limpió y cambió su gesto de felicidad por el de la duda, el de no saber qué sucedía.
- Andrés, no quiero llorar más. No puedo hacerlo más. No quiero pensar que estarás aquí toda la vida y después tus miedos te lleven lejos de mi. Estoy desgastada, las lágrimas ahora salen solas, pero a diario lloro por dentro, un grito interno que me hierve. No puedo. Si te vas a quedar para siempre, bésame ahora, sino… déjame ir, por favor. Tu soledad no tiene que dolerme a mi. - Entre sollozos y dolor, Verónica había decidido poner todas sus cartas en la mesa en aquel momento. Por un lado esperaba que la besase, por el otro rogaba a dios que no lo hiciese.
Como era de esperar, él no hizo nada. Nada. Ella se bajó del coche dando un portazo y reprochándose su ingenuidad, echándose en cara a ella misma lo insensato de sus pensamientos y sentimientos. Era Andrés, nunca cambiaría. No lo haría.
Semanas más tarde mientras Verónica apenas recordaba ya aquel encuentro, se volvía a encontrar con la pequeña Tamara, la hija del hombre de su vida. La niña decía que la echaba de menos, que cuando volverían a ir juntas de compras o cuándo la enseñaría a maquillarse porque su madre no la dejaba y estando ya en etapa preadolescente consideraba que había cosas que alguien debía aconsejarla. Ella, haciendo un esfuerzo, le prometió verla más a menudo y hacer juntas todo eso que le solicitaba. Era tan parecida a su padre que cada encuentro con la muchacha le hacia caer en los recuerdos llenándola de tristeza y nostalgia.
Una de aquellas tardes, Tamara, que era demasiado lista para su edad, les preparó una encerrona que Andrés deseaba pero Verónica sufriría como aquella última vez. En esta ocasión, él venía sin la inocente compañía de Irene a sabiendas que no era compatible una cosa con la otra, la niña no podía verla, decía que se parecía a las muñecas que tenía en su estantería, rubia, guapa, delgada y vacía mentalmente, que no le aportaba nada ni como persona ni como mujer. A él le hacía gracia ver como su hija se enfurruñaba al mencionar a Irene.
Llegó la hora, allí estaban padre e hija esperando a la que fue, sobre todo, su amiga leal, los nervios invadían al mayor de ambos convirtiéndole en el más infantil y la niña haciendo de adulta mientras intentaba calmarle. A través de aquella puerta de cristal, ella, marcando su silueta en la sombra, con su gracilidad al andar, su alegría innata aunque la pena más grande le colmase por dentro, como si un halo de luz le rodease, ellos la miraban adorándola por encima de todo.
- ¡Vero! - Gritó la niña desde la otra punta, saltando y levantando los brazos señalándole el lugar a donde debía dirigirse. Mientras Andrés, inmóvil, agachó la cabeza en señal de conformismo al ver la mirada que le dirigió ella. En el fondo, sabía que todo había sido obra de Tamara y no podría reprocharle nada.
- Hola, ¿qué tal estáis? Tamara, sabes que estas cosas no me gustan nada, si quedo contigo, es contigo, no con tu padre ¿vale?. Andrés, no lo tomes a mal, pero el plan era comprar cuatro trapos y algo de maquillaje para que fuese aprendiendo, no que tú estuvieses aquí.- Intentaba dejar las cosas claras desde el principio, aunque deseaba su presencia, no podía negarlo.
- Vero, no quería… pero ella insistió, créeme, no quería incomodarte, sabía que pasaría y no era mi intención. - Explicaba él con los ojos mirando al suelo, precisamente lo que ella más odiaba en el mundo. Pues pensaba que si un hombre agachaba la cabeza, dejaba de ser hombre para convertirse en un ser sin personalidad complaciente con todo aquello que no le gusta hacer. Con sólo una mirada ella consiguió que le entendiera y levantó la cabeza sin más. Continuó su explicación. - Tienes que creerme cuando te digo esto, la otra noche fui allí con Irene porque quería verte, te echo de menos y no podía resistirlo, podría haber ido con ella o con Pepe, o con Manuel… El caso era ir acompañado para no perder la fuerza cuando me mirases. Sabes que tus ojos… Pero con ella no tengo nada más que una bonita amistad, por favor, créeme. No quise herirte. Nunca más lo haré. - Ante tal retahíla, ella quedó anonadada pensando en que podría ser verdad, él no solía dar explicaciones y si ahora lo hacía… debía ser por algo. Apartó sus ojos de él para dirigirse a la niña.
- ¿Vamos a la tienda pequeña?- Apoyó su brazo alrededor de los hombros de Tamara y caminaron hacia delante, él quedó relegado a un segundo plano, quedó atrás mirando como sus dos mujercitas hablaban como si fueran uña y carne. Le miraban, cuchicheaban y después reían. Existía tanta complicidad casi como con él. Mientras las observaba pensaba en cuánto tiempo perdió temiendo ese momento, en que el rechazo de su hija no fuese hacia Irene y lo hubiese sido hacia la mujer que adoraba. Tuvo tanto miedo tiempo atrás que ahora reía por dentro de él mismo.
- Vero, ¿nunca volverás con papá?, él te echa de menos y a mi la rubia esa no me gusta nada, es odiosa, quiere ser simpática pero no, a mi no… - Tamara daba las explicaciones pertinentes.
- A ver enana, tienes que aprender que la felicidad de tu padre está por encima de todo, se llame Irene y sea rubia, o se llame Lorena y sea pelirroja. Lo importante es que él esté a gusto y feliz para poder hacerte feliz a ti. Me parece muy bien que tengas criterio propio y no tiene por qué caerte bien todo el mundo, pero cuando queremos a alguien solo debemos desear su felicidad ¿no?- Le contestaba entre sonrisas.
- Pero precisamente por eso, porque yo no le he visto reír tanto como contigo, ¿te acuerdas el día de la piscina cuando solo erais amigos?, aquel día en que confundió el aceite de coco con el champú, en cualquier otro momento habrían salido sapos y culebras de su boca, pero al estar tú delante solo supo reírse de sí mismo. Éramos felices… Por favor…- Rogaba e insistía la dulce niña. A ella le halagaba escuchar todo aquello, ver cómo los recuerdos eran tan bonitos vistos desde fuera le hacía engrandecer por momentos, pero el miedo por volver a perder le impedía dar el paso, prefería disfrutar de aquellos pequeños gestos como pasar una tarde junto a ellos y reír sin más.
Andrés seguía analizando cada movimiento, hablando en su interior con él mismo. Diciéndose qué había pasado, qué capítulo se había perdido. Por qué se negaba tantas veces el amar, el querer, el desear. Por qué tantas veces se mintió. Mientras Verónica se acercaba esperando a que el probador se despejara. Sonriendo, con la ropa en una mano y el móvil en la otra. Él seguía mirándola como si de un ángel se tratase.
- ¿Esperas que te llame alguien? - Interrogó movido por los celos que nunca quiso mostrar.
- Realmente… no. Tengo todo lo que ahora mismo quiero aquí. Lo demás es humo. - Mientras guiñaba un ojo y una medio sonrisa se dibujaba en su rostro, contestó. Él se derritió, quedándose petrificado ante su magnetismo. Pensaba si ahora llegaría el beso que tanto anheló en aquella soledad nocturna. Cuando interrumpió Tamara con su nerviosismo por comprar su primer vestido de adolescente.
- Ese es perfecto peque, no lo dudes y para la bolsa ¿vale? Vamos… - Animaba girándose hacia la caja registradora.
Terminaron las compras, la despedida se acercaba y él quería que no se marchase nunca, quería llevarlas a ambas con él, pero no a aquel solitario apartamento, pequeño y lleno de pena. Cogieron el coche y primero dejaron a la muchacha en casa, por si acaso su madre recortaba después las visitas, había que ser puntual. De camino a al barrio de Verónica, los dos en silencio, escuchaban aquellas canciones que tiempo atrás ponían la banda sonora de su furtivo amor. Ella pensaba por qué no disfrutar ahora de la libertad, de poder besar en público, de poder decir “te quiero” sin miedo a la huida… Pero tan pronto como lo pensaba, el dolor punzante en el pecho al recordar todo lo vivido le echaba atrás. A su vez, ponía su mano en el lateral de su asiento en señal de “cógeme la mano” como tiempo atrás, él lo entendió a la perfección y acarició su piel tersa, suave… Giraron las caras para encontrarse con la mirada de la pasión que aún quedaba, del amor que tanto les unió, comenzaron a brillar las pupilas iluminando la oscuridad de sus vidas. Andrés giró el volante bruscamente, dando un frenazo en seco, ella le miró asustada, él acarició su rostro tranquilizándola, acercando sus labios, de repente se fundieron en aquel beso que tanto habían soñado durante todo ese tiempo, una lágrima recorrió la mejilla de ella, Andrés con la ternura necesaria la limpió y cambió su gesto de felicidad por el de la duda, el de no saber qué sucedía.
- Andrés, no quiero llorar más. No puedo hacerlo más. No quiero pensar que estarás aquí toda la vida y después tus miedos te lleven lejos de mi. Estoy desgastada, las lágrimas ahora salen solas, pero a diario lloro por dentro, un grito interno que me hierve. No puedo. Si te vas a quedar para siempre, bésame ahora, sino… déjame ir, por favor. Tu soledad no tiene que dolerme a mi. - Entre sollozos y dolor, Verónica había decidido poner todas sus cartas en la mesa en aquel momento. Por un lado esperaba que la besase, por el otro rogaba a dios que no lo hiciese.
Como era de esperar, él no hizo nada. Nada. Ella se bajó del coche dando un portazo y reprochándose su ingenuidad, echándose en cara a ella misma lo insensato de sus pensamientos y sentimientos. Era Andrés, nunca cambiaría. No lo haría.
Parte 2
Tras escribir aquella carta, Verónica continuó con su vida normal, la habitual soledad, sus largos paseos analizando su vida y la del resto. Sin prestar atención a nada, solamente a sí misma. Escuchó el mensaje del contestador, pero prefería no darle respuesta. Su vida estaba vacía, sí, pero no quería continuar alimentando un dolor que poco a poco había ido menguando. Ahora la espía silenciosa era ella, le seguía preocupando aunque no lo mostrase. Porque el amor no se va de un día para otro y mucho menos cuando los alejamientos se producen forzosamente.
Quizá debía insistir, quizá no… Desde que mandó aquella misiva, su mente era un mar de dudas… Volvía a rondarle todo el sentimiento que les unía, se reconstruían de nuevo las ilusiones, el brillo perdido en los ojos volvía de nuevo, pero su carácter de ahora no le dejaba dar un paso más, el anterior habría luchado hasta morir en el terreno de batalla, pero el de ahora… Ahora era más pasiva, más expectante, ya no quería hacer nada por nadie, debían hacerlo por ella, ya que siempre lo había dado todo a cambio de nada, quizá le mal acostumbró.
Cayendo en la cuenta de que el dolor al fin y al cabo solamente lo sufría ella, pues cuanto más daba, menos recibía. Seguía su instinto, el que le decía que debía dar margen, que el espacio y el tiempo serían sus mejores aliados para todo, si debía salir, lo haría, sino… Ya habría sufrido todo lo que debía en su momento. Y la felicidad es un camino, no un destino.
Trabajaba para el banco, no es que fuese banquera, no. Sino que todo lo que ganaba se iba según llegaba el primer día de cada mes. Así que debía hacer algo. Comenzó a trabajar en algo que, no era su pasión pero, le reportaba grandes beneficios económicos. Se mantenía pluriempleada para sus caprichos y al menos conseguir algo de vida normal. Fue a visitar a uno de los amigos comunes con Andrés, a ella sí le aceptaban el paso en ciertos sitios, ya que era de las que más había perdido. Este amigo era empresario nocturno y le ofreció un puesto extra tras una barra, tras aquellas en las que el amor de su vida se dejaba el hígado cada noche. “No queda otro remedio…” pensó para sí misma, también le seducía lo que le pagarían y lo rápido que lo obtendría sin pasar por ningún sitio, de mano a mano.
Desde aquel momento el sueño dejó paso a noches en vela, días largos, cafés y más cafés, la cama ya no era su fiel amiga. Con un promedio de una hora escasa diaria. Su cuerpo se comenzó a transformar, no había mejor gimnasio que los barriles de cerveza y las cajas de botellines. Su vida era ejemplar de día y maléfica de noche. Un ángel por las mañanas, un demonio al pasar las doce. Las ojeras ocupaban gran parte de su rostro, pero nada que un buen maquillaje y unas copas de Johnnie Walker no fuesen capaz ocultar. De noche le rodeaban hombres de todo tipo, casados, con novia, solteros, viudos, separados… de todo. Ella a cambio de una mísera propina, una copa y una sonrisa fingida. Lo habitual ya en su día a día, la mentira y el autoconvencimiento. No reconocer cuál era su personalidad, si la buena o la mala.
Sumida en un horario imposible, apenas tenia vida, las pocas veces que no iba ni a un lugar ni a otro, pasaba el día entero durmiendo para recuperar, al menos, algo de aquella energía. No tenía tiempo para planes absurdos, tampoco quería tenerlo, estaba más enganchada a ello por superar sus miedos y por no seguir hundiéndose en aquella tristeza llamada vida, que por ganar dinero. Convirtiéndose en una sombra angustiada de lo que un día llegó a ser.
Aquella noche… Esa maldita noche, se le rompieron todos los esquemas. En ningún momento pensó que aquello pudiese ocurrir. La puerta se abrió, dando paso a una chica rubia espectacular, a sus ojos y a los de los hombres que se encontraban en el Pub, que la analizaron como desnudándola con la mirada. Verónica agachó la cabeza en su cubo de hielos y siguió preparando aquella mezcla que le habían pedido mientras pensaba en cuántos intentarían invitar a aquella joven a algo, cuando escuchó a su jefe saludar con un énfasis fuera de lo común a alguien. Sí, Andrés. Allí estaba, tan elegante como siempre, aún vistiendo aquellos vaqueros desgastados y aquel polo con quinquenios ya, pero la elegancia se lleva en la sangre, no se aprende. Radiante de felicidad, o al menos lo parecía. Era el acompañante, que ella no esperaba, de la chica explosiva que nadie dejaba de mirar. Verónica quiso que la tierra le tragase, pero no podía abandonar la barra, estaba sola. Se dirigió a la cocina, encontrando allí a la encargada.
- Por favor puedes hacerte cargo de la barra, me encuentro mal. - Le propuso, tocándose el estómago en señal de malestar. La encargada con su peculiar cara de perdona vidas, aceptó y se dirigió sin más. Ella salió como una bala al baño, no porque se sintiese mal, sino porque no quería verle.
Andrés empezó a buscar con la mirada, pues su amigo ya le había comentado que, la que fuese su amante y leal compañera de fracasos y victorias, trabajaba allí con ellos. Ardía en deseos de verla, aun estando Irene al lado, al fin y al cabo solo era una amiga. Pero los malos entendidos estaban a la orden del día entre ellos.
Llevaba treinta minutos metida en aquel cuarto, no podía estar más tiempo, el sitio rebosaba y su jefe le llamaría la atención. Se armó de valor y soberbia para dar su mejor imagen. Llegó a la barra repartiendo copas sin parar un segundo, como siempre. De pronto las miradas se cruzaron, haciendo que se silenciase la música en sus mentes, que sólo resonasen sus voces en sus recuerdos, que sintiesen aquel vínculo tan especial de años atrás. Irene y el resto se convertían en meros espectadores del más maravilloso espectáculo que podía dar el amor.
- ¡Verónica!¡Chica, deja eso un momento y acércate!- Le gritó su jefe y amigo desde la otra punta del bar. No tuvo más remedio que dejar el lavavajillas para más tarde. Se secó las manos y fue hacia ellos. Su corazón se aceleraba por momentos y parecía estar escuchando el de Andrés, palpitando cada vez más fuerte, al son de su sonrisa.
- Niña, ¿no querías venir a ver a Andrés? Mira qué cambiado está, ya no lleva esa melenita de pijo de aquellos tiempos, ja. Ahora parece una persona real ¿eh? - Se mofaba el amigo de ambos, mientras entre ellos se producía una sensación parecida a la del primer encuentro que tuvieron. Aunque ella no podía dejar de mirar a Irene, obteniendo su respuesta segundos más tarde.
- Mira, esta es Irene, una compañera de la fábrica donde trabajo ahora. Irene, esta chica es Verónica, la única mujer en el mundo capaz de hacer que deje todo por ella. - Andrés declaraba públicamente lo que tanto había añorado ella en los momentos en que su alma le pertenecía, pero en aquel instante parecía haberle echado encima un jarro de agua fría.
- Encantada Irene. Si me disculpáis tengo que seguir atendiendo, no puedo dejar a Raquel sola toda la noche. Me alegro de verte Andrés, y de que tu vida sea ahora un poco mejor. Al menos te veo feliz, que es lo que cuenta.- Se marchó con una sonrisa hipócrita en los labios y dejándole con la palabra en la boca.
Su turno acabaría en una hora y ellos no se habían marchado aún, continuaban hablando y riendo con Juan, miradas escapadas hacia la barra y de la barra hacia su mesa. Pensaba para sí misma si aquello era una tortura, el destino o qué narices estaba pasando. No podía imaginar que las casualidades existiesen. Algo de fortuito debía haber, pero ¿qué?
Semanas más tarde habló con Juan comentándole que ya no volvería, que el dinero era el justo para lo que desempeñaba pero que no podía volver, que su vida se le estaba yendo tras aquella barra. Intentaron llegar a un acuerdo, así hicieron. Verónica solamente iría fines de semana alternos y si algún día les surgía algún imprevisto podrían disponer de ella, pero nada más. Lo que hiciese falta con tal de evitar al destino. Porque aunque le encantase verle, sabía que no podía, no debía volver a haber nada. Las segundas partes nunca fueron buenas.
Quizá debía insistir, quizá no… Desde que mandó aquella misiva, su mente era un mar de dudas… Volvía a rondarle todo el sentimiento que les unía, se reconstruían de nuevo las ilusiones, el brillo perdido en los ojos volvía de nuevo, pero su carácter de ahora no le dejaba dar un paso más, el anterior habría luchado hasta morir en el terreno de batalla, pero el de ahora… Ahora era más pasiva, más expectante, ya no quería hacer nada por nadie, debían hacerlo por ella, ya que siempre lo había dado todo a cambio de nada, quizá le mal acostumbró.
Cayendo en la cuenta de que el dolor al fin y al cabo solamente lo sufría ella, pues cuanto más daba, menos recibía. Seguía su instinto, el que le decía que debía dar margen, que el espacio y el tiempo serían sus mejores aliados para todo, si debía salir, lo haría, sino… Ya habría sufrido todo lo que debía en su momento. Y la felicidad es un camino, no un destino.
Trabajaba para el banco, no es que fuese banquera, no. Sino que todo lo que ganaba se iba según llegaba el primer día de cada mes. Así que debía hacer algo. Comenzó a trabajar en algo que, no era su pasión pero, le reportaba grandes beneficios económicos. Se mantenía pluriempleada para sus caprichos y al menos conseguir algo de vida normal. Fue a visitar a uno de los amigos comunes con Andrés, a ella sí le aceptaban el paso en ciertos sitios, ya que era de las que más había perdido. Este amigo era empresario nocturno y le ofreció un puesto extra tras una barra, tras aquellas en las que el amor de su vida se dejaba el hígado cada noche. “No queda otro remedio…” pensó para sí misma, también le seducía lo que le pagarían y lo rápido que lo obtendría sin pasar por ningún sitio, de mano a mano.
Desde aquel momento el sueño dejó paso a noches en vela, días largos, cafés y más cafés, la cama ya no era su fiel amiga. Con un promedio de una hora escasa diaria. Su cuerpo se comenzó a transformar, no había mejor gimnasio que los barriles de cerveza y las cajas de botellines. Su vida era ejemplar de día y maléfica de noche. Un ángel por las mañanas, un demonio al pasar las doce. Las ojeras ocupaban gran parte de su rostro, pero nada que un buen maquillaje y unas copas de Johnnie Walker no fuesen capaz ocultar. De noche le rodeaban hombres de todo tipo, casados, con novia, solteros, viudos, separados… de todo. Ella a cambio de una mísera propina, una copa y una sonrisa fingida. Lo habitual ya en su día a día, la mentira y el autoconvencimiento. No reconocer cuál era su personalidad, si la buena o la mala.
Sumida en un horario imposible, apenas tenia vida, las pocas veces que no iba ni a un lugar ni a otro, pasaba el día entero durmiendo para recuperar, al menos, algo de aquella energía. No tenía tiempo para planes absurdos, tampoco quería tenerlo, estaba más enganchada a ello por superar sus miedos y por no seguir hundiéndose en aquella tristeza llamada vida, que por ganar dinero. Convirtiéndose en una sombra angustiada de lo que un día llegó a ser.
Aquella noche… Esa maldita noche, se le rompieron todos los esquemas. En ningún momento pensó que aquello pudiese ocurrir. La puerta se abrió, dando paso a una chica rubia espectacular, a sus ojos y a los de los hombres que se encontraban en el Pub, que la analizaron como desnudándola con la mirada. Verónica agachó la cabeza en su cubo de hielos y siguió preparando aquella mezcla que le habían pedido mientras pensaba en cuántos intentarían invitar a aquella joven a algo, cuando escuchó a su jefe saludar con un énfasis fuera de lo común a alguien. Sí, Andrés. Allí estaba, tan elegante como siempre, aún vistiendo aquellos vaqueros desgastados y aquel polo con quinquenios ya, pero la elegancia se lleva en la sangre, no se aprende. Radiante de felicidad, o al menos lo parecía. Era el acompañante, que ella no esperaba, de la chica explosiva que nadie dejaba de mirar. Verónica quiso que la tierra le tragase, pero no podía abandonar la barra, estaba sola. Se dirigió a la cocina, encontrando allí a la encargada.
- Por favor puedes hacerte cargo de la barra, me encuentro mal. - Le propuso, tocándose el estómago en señal de malestar. La encargada con su peculiar cara de perdona vidas, aceptó y se dirigió sin más. Ella salió como una bala al baño, no porque se sintiese mal, sino porque no quería verle.
Andrés empezó a buscar con la mirada, pues su amigo ya le había comentado que, la que fuese su amante y leal compañera de fracasos y victorias, trabajaba allí con ellos. Ardía en deseos de verla, aun estando Irene al lado, al fin y al cabo solo era una amiga. Pero los malos entendidos estaban a la orden del día entre ellos.
Llevaba treinta minutos metida en aquel cuarto, no podía estar más tiempo, el sitio rebosaba y su jefe le llamaría la atención. Se armó de valor y soberbia para dar su mejor imagen. Llegó a la barra repartiendo copas sin parar un segundo, como siempre. De pronto las miradas se cruzaron, haciendo que se silenciase la música en sus mentes, que sólo resonasen sus voces en sus recuerdos, que sintiesen aquel vínculo tan especial de años atrás. Irene y el resto se convertían en meros espectadores del más maravilloso espectáculo que podía dar el amor.
- ¡Verónica!¡Chica, deja eso un momento y acércate!- Le gritó su jefe y amigo desde la otra punta del bar. No tuvo más remedio que dejar el lavavajillas para más tarde. Se secó las manos y fue hacia ellos. Su corazón se aceleraba por momentos y parecía estar escuchando el de Andrés, palpitando cada vez más fuerte, al son de su sonrisa.
- Niña, ¿no querías venir a ver a Andrés? Mira qué cambiado está, ya no lleva esa melenita de pijo de aquellos tiempos, ja. Ahora parece una persona real ¿eh? - Se mofaba el amigo de ambos, mientras entre ellos se producía una sensación parecida a la del primer encuentro que tuvieron. Aunque ella no podía dejar de mirar a Irene, obteniendo su respuesta segundos más tarde.
- Mira, esta es Irene, una compañera de la fábrica donde trabajo ahora. Irene, esta chica es Verónica, la única mujer en el mundo capaz de hacer que deje todo por ella. - Andrés declaraba públicamente lo que tanto había añorado ella en los momentos en que su alma le pertenecía, pero en aquel instante parecía haberle echado encima un jarro de agua fría.
- Encantada Irene. Si me disculpáis tengo que seguir atendiendo, no puedo dejar a Raquel sola toda la noche. Me alegro de verte Andrés, y de que tu vida sea ahora un poco mejor. Al menos te veo feliz, que es lo que cuenta.- Se marchó con una sonrisa hipócrita en los labios y dejándole con la palabra en la boca.
Su turno acabaría en una hora y ellos no se habían marchado aún, continuaban hablando y riendo con Juan, miradas escapadas hacia la barra y de la barra hacia su mesa. Pensaba para sí misma si aquello era una tortura, el destino o qué narices estaba pasando. No podía imaginar que las casualidades existiesen. Algo de fortuito debía haber, pero ¿qué?
Semanas más tarde habló con Juan comentándole que ya no volvería, que el dinero era el justo para lo que desempeñaba pero que no podía volver, que su vida se le estaba yendo tras aquella barra. Intentaron llegar a un acuerdo, así hicieron. Verónica solamente iría fines de semana alternos y si algún día les surgía algún imprevisto podrían disponer de ella, pero nada más. Lo que hiciese falta con tal de evitar al destino. Porque aunque le encantase verle, sabía que no podía, no debía volver a haber nada. Las segundas partes nunca fueron buenas.
Parte 1
Aquella noche buscaba en la soledad de su copa, un motivo para andar, no lo encontraba ni en el hielo que se deshacía por momentos al caer las lágrimas en el cristal. Un hombre hundido en una botella de dudas, en un paisaje oscuro que le llevaba a pensar si aquel era su final. Mientras apoyaba su brazo en la barra, en su mente se amontonaban recuerdos de todo tipo, recuerdos de aquellos que un día le sonreían porque su cartera estaba llena.
Ocultaba su mirada en el whisky que hacia escocer sus heridas pero no provocaba la rabia que esperaba. Su mano al bolsillo, teléfono mudo en la mano, nada, nadie... De salvapantallas las mágicas pestañas de aquella que un día brillaba en su cama. Ahora no estaba. Nadie a quién reír las gracias, ni a quien susurrarle "te quiero".
La música de aquel antro retumbaba en sus oídos y sentía en su estómago la vibración de los altavoces, quería correr, pero no podía, tenía las piernas entumecidas por el miedo a perder... a perder aún más. Se acercaban mujeres a llamar su atención pero no conseguía distinguir entre si todo era bello por los grados de alcohol o simplemente seguía existiendo algo bonito. Apartaba con una sonrisa a todo aquel que se le intentase acercar, prefería no tocar nada para no convertirlo en las cenizas que ahora quedaban en su vida.
Llevaba semanas sin sonar el teléfono, el contestador no guardaba los tropecientos mensajes de meses anteriores, se le había ido consumiendo el mundo alrededor y no se había percatado. Meses atrás era un hombre feliz, con sus negocios, con su familia, con ella... Ahora solamente le quedaban marcos rotos, que le envejecían por momentos. No sabía si debía reparar o dejar como estaba.
La decepción que recibieron todos aquellos que le admiraban, se abría paso en su alma. En su piel. Pasaba horas tras las barras de pubs de mala muerte, con mujeres de, a billete por un rato. Prefería evadir la amargura en cualquier cama de alquiler, que regresar a su pequeño apartamento de desahuciado.
"Lo tenía todo..." le comentaba a aquellas que pasaban por su lecho, mientras relataba su historia, dormía en sus brazos, ellas simplemente se encargaban de limpiar su bolsillo y huir. Los despertares no se recordaban, no se sabía si aquella noche había dormido solo o en compañía, solo al mirar al suelo y ver las tarjetas de crédito revueltas, la consciencia le decía que así había sido.
Continuaba con su caminar intranquilo, la serenidad ya no entraba en sus planes, vivía pendiente de una llamada. Poco importaba si era laboral o de amistad, el quería su llamada... Pero el supremo sentenció que ya no debía, que ya no sería...
Las balanzas ya no valían de nada, pues lo había perdido todo en un momento de debilidad. Ahora solamente quedaba levantar la cabeza, mirar hacia delante y anestesiar su angustia en cualquier botella que superase los grados suficientes para encender la llama que se apagó en su corazón.
Sin más... caminó...
Encontró la manera de calmar su dolor al mirar aquellos ojos en su recuerdo. Quiso seguir adelante con la fuerza que le regalaba día a día. No imaginaba su mundo sin ella, pero debía aceptarlo así. Su angustia desgarraba cada parte de su mente, cerraba los ojos y parecía desaparecer, al abrirlos y ver su realidad... solamente sabía llorar. En silencio, solo, perdido.
Bordeaba parques llenos de gente que parecía feliz, con su alma llena de viejos recuerdos y en su mochila las penurias recogidas calle por calle. No sabía perder. Pero se dejaba vencer. Aquella fuerza de años atrás, la ambición, la gallardía que le vestían, habían desaparecido de repente, junto a la casa de dos plantas, el yate y el coche biplaza que le engalanaba de grandeza.
Se preguntaba si había merecido la pena tener los bolsillos tan llenos y el corazón tan vacío. Los colegios de pago, los amigos del club, la sonrisa pintada en su mujer por un obsequio diario... Cuando nadie le miraba, eso desaparecía, plantándose sus vaqueros más desgastados, su polo más desaliñado y la máxima dejadez para ir a aquel parque donde se encontraba con ella, con la que veía algo más allá del montón de billetes, con la que entendía que al fin y al cabo era un hombre, una persona a la que le hicieron pensar que no servía de nada sin tener muchos ceros en su cuenta, que las sonrisas no podían ser solo con mirar a las estrellas... Aquella que le devolvía a sus inicios sinceros, a la conexión con la naturaleza, al equilibrio de cuerpo y mente...
En algún momento debió olvidar cuál fue el principio de aquella amistad, los cimientos, los valores... No sabe dónde, ni cómo, pero sí sabe que lo perdió. Una tarde la vio marchar, con los ojos estallando de tristeza, la dejó ir por el miedo a perder... No sirvió de nada. De nada. Pues al llegar a su vida cotidiana la maleta esperaba en la puerta. Pensó que se había perdido un capítulo de su vida, qué estaba pasando...
El universo, Dios o quién fuese, estaba escribiendo un mal libro de su vida. Botella en mano seguía andando, la visión cada vez se enturbiaba más, pero la mente estaba más clara. Porque la sinceridad volvía a su ser en aquellos momentos. Una noche más, un cuerpo más que pasaba por su cama, una falsa sonrisa y adiós. La soledad, la independencia que tanto anhelaba ahora la tenía... pero ahora no sabía si la quería.
Se convirtió en espía de su silencio, en la sombra esperaba su momento, mas no sabía si era su deber. Si era su cometido el aparecer en aquel instante. Buscaba consuelo y consejo en sus viejos amigos, los libros, porque los que tenían vida no querían saber nada de él. En aquellas páginas encontraba escrito su camino, su verdad, su paz y su felicidad. Tantos puntos en común con aquello que leía...
Allí estaba, hermosa, sonriente, con vida... Con la vida que a él le había robado, o le había regalado. La deseaba, la quería entre sus brazos pero la veía en otros, en aquellos que calmaban su inquietud, incluso le oscurecían la mirada. Se lamentaba porque tenía la certeza de que ella no sonreía con la misma franqueza de aquellos tiempos. Le había roto su vida, al igual que la de él y unos cuantos más. Para nada.
Volvió a caminar, negando volver a observar, no quería hacerlo, no podía hacerlo... pero volvería inevitablemente...
Siguió... dando tumbos al infierno de su vida... el cielo ya no era para él.
Andrés no sabía por qué decía lo que decía, ni hacía lo que hacía, se arrepentía casi al minuto de haber dicho o hecho. No era consciente del daño que se causaba a sí mismo, más que a ninguna otra persona en el mundo.
Aquel día en que veía a la que fue su cuerpo en varias ocasiones, rodeada de otros brazos, creyó perder el control pero suspiró casi aliviado, sabía que ya no le haría daño. Pero no era cierto. Lamentablemente le estaba robando lo que ella realmente quería y soñaba, él no se daba cuenta. Ella cambiaría lágrimas por sonrisas en su presencia, escondería su sufrir en aquellas manos que la ensuciaban moralmente, no sentía nada, ni si quiera el estallido de placer que debiera. Una noche todo empezó a cambiar.
Esa muchacha de ojos de miel decidía que no, que su sino era la soledad sin él, que nadie más entraría en su vida a romperla o destruirla como lo habían hecho semanas anteriores y así se lo hizo saber al hombre que ahora caminaba cabizbajo y sin objetivos. Le convirtió de repente en su mejor amigo, su gran apoyo y su único consuelo. Sin necesitarle más que en aquellos momentos que todos buscamos, para calmar la sed de gozo y pasión. Se asemejaban más de lo que pensaban, pero ni uno ni otro querían verlo. Les daba igual. El silencio era su mejor muestra de afecto y respeto.
Andrés seguía perdido, en un mar de dudas, seguía en aquel laberinto del que no sabía escapar, quería, no podía, pero tampoco se dejaba. Arruinar algo más o dejarlo... Si lo dejaba, corría el riesgo de lamentarse eternamente, si lo cogía ponía en peligro el corazón de ambos creando falsas ilusiones y nubes de algodón que no existían. Quería equilibrar aquello de algún modo, ella lo ponía fácil, casi en bandeja... Un par de ratos a solas bastaban para calmar la furia que en los dos anidaba. Sin dependencias, sin nada.
Llegaría el día que ninguno esperaba, aquel en que el futuro, que no planeaban, decidiera separar sus vidas y hacerlas paralelas. Llegaría... sino se quitaban aquella venda que les cubría el rostro. Pero no se la quitarían jamás... porque, en algunas ocasiones, es más bonito imaginar, que saber. Aunque guste siempre saber, pero en la ignorancia siempre se vive más feliz.
Ella con su vida de efímeros y malos sueños, seguía su camino, pensando que a la vuelta de la esquina encontraría lo que anhelaba desde que nació, desaparecer del mapa, ya que siempre había pensado que no debió aparecer nunca en él. Seguiría golpeándose una y otra vez contra el frío suelo de la realidad, con la que nadie valoraba o guardaba su cariño, solamente lo usarían para su propio beneficio y adiós. Nada más...
Andrés... Continuaba con su marchita vida por el sendero de los lamentos, de las indecisiones, de las contradicciones, de la soledad anhelada y no encontrada. Seguiría deseando en silencio aquellos ojos que hipnotizaban su mente haciéndole perder la razón en los momentos más inapropiados. Recordando cómo aquel cuerpo se unía al suyo creando uno sólo, como si formase parte de él en aquella demostración de fuego y conexión. Seguiría insistiendo en florecer aquella infinita amistad, sin medidas, sin prisas... Un juego diseñado a su gusto.
Eran dos... se transformaban en uno en la oscuridad de su vida... Se complementaban física y emocionalmente... ¿Qué falló...?... Quizá no falló nada o falló todo... El lugar, el momento...
El momento y el lugar, eran el menor de sus problemas. Lo peor era la situación, la improcedente, la que no podía ser de ninguna manera. Viviéndola como una habitación llena de espejos en la que no se encuentra la salida. Dando vueltas a los bucles sin parar, espirales que retornan sin apenas pensar.
Sin embargo, Andrés llegó al día en que las elecciones debían ser, ya y ahora. Cuando las situaciones son límites, el corazón decide ponerse en la garganta y no saber para dónde tirar. Pero lo haces... Aquel dicho de... "Obligado te veas".
Una llamada inquietante en la que ella decía, "me voy, no se cuando volveré, pero me voy. No me esperes, sigue con tu absurda vida llena de paz y aburrimiento." El teléfono se quedó callado... El no sabía si marcar de nuevo o dejar marchar, sabía que estaba mal, que la alegría de días anteriores no habitaba en su piel, ni en su rostro. Pero quizá era mejor así, la separación forzada sería lo mejor para ambos.
Esa misma tarde, el cielo se cubrió de nubes, en el móvil un mensaje, "sabes que te amo, pero no puedo verte así." Era ella, sí. Andrés debía ir a un lugar lleno de tristeza y desolación, con aquella con la que debía estar. Antes de salir decidió llamarla... un tono, dos tonos... Se empezó a impacientar al no recibir contestación. De repente descuelgan, "Buenas tardes, ¿es usted familiar de...?" Esa voz no era la de ella, qué había pasado, dónde estaba. Quería gritar, se estaba volviendo todo una mala pesadilla y no se había dado cuenta que estaba dormido ¿o qué? No pudo apenas ni preguntar, se limitó a contestar todas las preguntas, mientras la que llevaba la alianza con sus iniciales por dentro, interrogaba incesantemente. Andrés aturdido, descentrado atinó a coger las llaves del biplaza y decir... "mira, ve al entierro de tu hermana, yo tengo que ir a por alguien que me necesita." Aquella frase fue el principio de su final, de todos sus finales.
Corrió, corrió sin más, las piernas parecían no darle de sí, las multas se acumulaban kilómetro tras kilómetro, no importaba nada ni nadie más, en el trayecto se daba cuenta de ello, de lo cómodo que había sido tener todo en ciertos momentos, de lo generosa que había sido ella no pidiendo más que la felicidad de él. Mientras el paisaje se volvía borroso por la velocidad, su mente no paraba de pasar una y otra imagen, la de la felicidad, la de la armonía en las conversaciones, la complicidad en la cama, las alegrías en las cenas, cuando ambos se bebían el vino como si fuese agua y acababan en cualquier parque tirados, riendo sin más. Aquello que le comentaba siempre de "los límites nos los ponemos nosotros mismos, nadie más." A pesar de su juventud le había enseñado que la vida era algo más que facturas, orden y deberes.
El camino se hizo eterno... parecía no acabar... no llegaba...
Seguía conduciendo de manera imprudente, haciendo eses, adelantando a todo aquel al que él creía lento. La vida se le escapaba, tanto a ella como a él, al menos eso decían los médicos “No reacciona, no despierta… “ cada minuto estaba informado por una enfermera, cada segundo que pasaba se le hacía eterno, no veía llegar el momento de tocar su suave rostro.
Al fin llegó, en el camino veía el coche de ella destrozado, pensó en cómo podían haberla sacado de aquel amasijo de hierros, era imposible salir vivo de ese infierno y, en caso de haberlo hecho, salir sin ningún rasguño. Mientras se dirigía a la sala donde la tenían acribillada a agujas, máquinas y demás, pensaba en qué se encontraría… si sería la misma, si seguiría respirando… Le daba igual su aspecto físico, simplemente quería sentir su corazón.
Una bata blanca tras las puertas metalizadas y el cristal ahumado. Se mueve la puerta, ahí venían las noticias, buenas, malas, peores… Iba a necesitar una gran dosis de tranquilizantes, no paraba de sonar el móvil hasta que al fin lo apagó, no quería saber nada de nadie que no fuese de Verónica, su ángel particular, su luchadora inagotable, en dos palabras, su vida.
Tras los minutos agónicos que le tuvieron en aquella sala de espera, junto a la muchedumbre que no paraba de murmurar sus problemas, salió aquel médico de pelo cano, de arrugas marcadas por todas las experiencias vividas día a día en aquel lugar, no era de complexión excesivamente fuerte pero se le notaba el ejercicio que suponía su trabajo, de semblante frío y voz grave pero cálida… le comunicaba;
“Es una chica muy joven, ha estado inconsciente veinte minutos, el resto del tiempo la hemos mantenido sedada debido a la crisis de ansiedad que sufría, solamente gritaba un nombre. Supongo que serían alucinaciones. El resto está todo bien, la analítica ha salido perfecta excepto… ¿es usted su padre?”
Andrés se quedó aturdido por la pregunta… Sabía que aparentaba su edad, pero tanto como parecer el padre… Aunque la verdad que ella tenía esa cara tan dulce que cualquiera pensaría… “ No, no, continúe, soy su novio.” Se atrevió por primera vez a reconocer abiertamente su relación.
“¡OH! En ese caso… lamento comunicarle que la paciente ha perdido el bebé que estaban esperando. Es algo normal y casi sin importancia después de un accidente tan grave. Podrían haber muerto ambos, ya que las sangres no eran compatibles. El caso es que está todo correcto. Un milagro. Apenas un rasguño en la frente. Nada más.”
Como si le hubiesen tirado encima toneladas de hielo… se quedó inmóvil en la puerta, entrar o no entrar… hablar o callar… quizá ella ni lo sabía… Cómo había llegado a ocurrir… Dudas y más dudas recorrían su cuerpo. Miró a través de una pequeña rendija que quedó entre puerta y puerta, la vio allí tumbada, le produjo tanto miedo que no quiso entrar. Se dirigió al mostrador de recepción, pidió bolígrafo, papel, un sobre y un favor. El miedo le hizo huir de nuevo, las palabras de aquel médico resonaban en su cabeza “¿es usted su padre?”, no dejaba de pensar en lo ridículo que se sentía, si aquel hombre se había atrevido a preguntar aquello… ¿qué no pensarían los demás? Sin más, se marchó, loco, enfermo de furia, acusándose una y otra vez de la cobardía… Prefirió dejarla sola…
Horas después el teléfono había dejado de sonar, supuso que ella ya habría leído aquella nota, mientras decidió refugiarse en aquel antro de carretera, donde había rubias, morenas, castañas, pelirrojas… Pero ninguna era Verónica. Ni le preocupaba lo que le contaría a su contraria acerca de su extraña y repentina desaparición, solo le preocupaba borrar su presencia de todos los lugares en lo que pudiese haber hecho daño.
Al amanecer, con la cabeza aún desconcertada ante la mirada de aquella morena, intentó recobrar el sentido que perdió unas horas antes. Su billetera tirada en el suelo, vacía, sus tarjetas revueltas, la foto de familia partida en trozos y la de su ángel quemada… No sabía que ocurría. La mujer que aquella noche le cantó hasta quedar rendido, alargaba la mano en señal de cobro. Y él miraba, rebuscaba en su chaqueta… nada. No había nada. Sólo se le ocurrió salir a toda prisa de allí, casi sin vestir, se montó en su deportivo y se marchó perseguido por aquel hombre rollizo y descuidado que hacía las funciones de portero.
En el camino de vuelta, pensaba dónde volver. Donde siempre, donde nunca le decían no. Donde importaba más el lujo y la vida cómoda que el bienestar personal. A su llegada, las luces apagadas, la niña no gritaba, la madre… no estaba. No había nadie. Entraba a aquella casa vacía de todo menos de extravagancias, en la puerta varias maletas. Extrañado se dirigió a su despacho… ya no era tal, se había convertido en cuestión de un día en un trastero, sus cosas metidas en varias cajas. Al entrar en la habitación de matrimonio, los cuadros, los marcos rotos… Su imagen ya no inundaba el cuarto. En su mesilla una nota… “¿Qué esperabas?”
Derruido, sin rumbo, sin alma, tomó un par de maletas, las metió como pudo en el asiento del copiloto y se marchó sin más, dejando una respuesta a aquella que durante años había sido su mujer, “volveré a por el resto.” Sabía que la callada era la mejor respuesta que podía dar. Aquella noche se pasó horas llamando a amigos que ni se dignaron a coger el teléfono, mensajes en los contestadores de todos ellos, sin respuesta alguna en meses, años. Buscó una pensión para al menos pasar aquella noche.
Los amaneceres ahora eran diferentes, sin peso, sin carga… Lo había perdido todo y contradictoriamente le invadía una sensación de liberación y pena. Se lamentaba pero en el fondo de su angustia se alegraba de ser ahora quién realmente quería ser. Su mente sólo sabía recordarla, allí sola. Como siempre, como ella era. Sin nadie.
Pasaron los meses… cambió de todo, de vida, de número de teléfono e incluso de trabajo, ya que su antiguo jefe era su ex cuñado. Como era lógico, nadie le aceptaba ya en ningún sitio, no tenía crédito ni en la tarjeta ni en la vida. Ya no tenía credibilidad. Hubo de llegar a un acuerdo, el típico al que llega todo divorciado, visitas, custodia compartida, etc. Pero para Andrés ese no era su gran problema.
Su gran problema siempre sería su recuerdo...
La tristeza que le invadía al pensar cómo habrían sido las cosas si esta decisión hubiese llegado antes, si en lugar de engañarse, se hubiese hablado claramente a él mismo y a los demás. No habría roto tantos esquemas, ni tantas vidas, quizá aún conservaría algún amigo, ahora había llegado el momento de buscarse la vida, la que nunca tuvo que luchar porque le vino todo rodado, desde la cuna era ya el elegido para tantas cosas. Que todo aquello se había transformado en su ruina, en su gran carga moral. Pues no sabía cómo decepcionar a todos aquellos que le admiraban por algo. Debía hacerlo por su propia estabilidad psíquica y emocional… Su ángel le dio la solución sin buscarla, aunque realmente se la dio su corazón rebelde.
Poco a poco, pasados los años, los bares, las copas, las lágrimas, la soledad… Pensaba que el mundo del amor ya le había cerrado todas sus puertas, que ahora solamente podría encontrar ratos de desahogo en cualquier rincón de la ciudad o de su misma habitación.
Su trabajo no es que fuese el soñado, el ideal, el fantástico, pero le gustaba sentir que se ganaba lo que le pagaban, que realmente así era. Ahora ya no vivía pendiente de un móvil las veinticuatro horas, ahora daban las diez, fichaba y a casa, a su humilde morada, a su escondite particular. Llegaba y veía el desastre, ropa tirada, platos sin lavar, la ducha como la había dejado aquella mañana, pero qué feliz se sentía de no escuchar ni un solo grito, ni de una sola discusión por el tubo de la pasta de dientes, ahora lo dejaba como quería, arrugado o recto, pero como él quería. No le preocupaba si la pared vestía más o menos cuadros, si eran de Picasso o del tío de la esquina, simplemente vivía. Con lo mucho o poco que tenía.
Una tarde abrió el buzón, lo normal era encontrar notificaciones de multas, publicidad y poco más, aquella tarde no, al abrir, un sobre con una letra perfecta, recta como trazada con planilla para no salirse, no se imaginaba que pudiera ser, de hecho ni se lo imaginó, ya que estuvo a punto de tirarla a la basura. Pero algo le dijo que la abriese…
“Hola Andrés…
Sí, soy yo, no te extrañes. Estoy segura que has estado a punto de romper el sobre nada más verlo, sobre todo porque iba sin remitente.No quería nada en especial, simplemente que estaba recogiendo todos los recuerdos, que sabes que guardo, encontré tu carta y las entradas de la primera vez que fuimos al cine.
En respuesta a tu carta… Sí, sucedió, lo sabía y por eso decidí huir. Me iba lejos de ti por no aguantar tu esclavitud y que tampoco la aguantase él o ella. El caso es que tampoco sé cómo sucedió, supongo que el amor que nos unía era tan grande que algo bueno debía nacer de ello. Sino nació… Fue porque la naturaleza que es sabia, decidió que no debía ser. No debemos sentirnos culpables de nada, mucho menos tú.
Espero y deseo que la vida te esté tratando todo lo bien que te mereces. Mi vida… ya sabes, no ha cambiado mucho, la soledad es mi fiel compañera, aunque sabes que no me gusta, pero nací para ello.
Mario y yo esperamos verte algún día, sí, sí, tu amigo, aquel al que nunca llamaste y aun así siempre ha sabido de ti, ha estado al margen para no interrumpir tu reflexión, pero está deseando verte. Un abrazo enorme AMIGO. “La carta le dejaba sin palabras, Verónica siempre leal a sus principios de bondad, sinceridad y respeto, aún habiendo sido la más herida, era la primera que se atrevía a dar un paso adelante, no lo podía creer.. ¿hasta dónde llegaría su capacidad de comprensión, de empatía?… Y de Mario… Cuánto se alegraba de saber que aún le quedaba alguien, algo… Lamentablemente, aquellas personas a las que más daño podía haber hecho, eran las que realmente estaban… Su hija, Verónica, Mario… Sentía que comenzaba de nuevo su vida y retomaba algo de sentido.
Mario, era aquel típico amigo que conservas desde el colegio y al que nunca haces caso porque las vidas van por caminos diferentes. El chico malo de la clase, el que siempre se metía en líos de una manera u otra, el vándalo… Ese era Mario, el guaperas, el que todas las niñas escribían en sus carpetas… Andrés no tuvo más remedio que aliarse a su enemigo si no quería acabar con la cara partida. Poco a poco construyeron una amistad basada en la impulsividad de Mario y la sensatez de Andrés. Ambos se respetaban, aunque no tenían reparos en decirse lo que pensaran el uno del otro, incluso se llegaron a pegar en varias ocasiones por nimiedades, pero que cuando eres adolescentes se convierten en un mundo.
Al abandonar el instituto, todo cambió, cada uno siguió su vida, con sus respectivas parejas, con sus futuros impredecibles… Andrés continuó con su brillante carrera mientras que Mario se estancaba en el bar de sus padres… debía ayudar… Pocas fueron las ocasiones en que se volvieron a encontrar.
Cuando perdió todo, apenas reparó en él, ya que pensó que tendría muchas cosas más importantes que acordarse del pardillo de la clase. Pero ahora todo cambiaba. Los reencuentros se producirían pronto. Desde aquel momento se dibujó una sonrisa en su rostro que hacía años que no encontraba. Pensaba que al fin y al cabo queda gente con corazón en la vida inmunda que le rodeaba.
Volvía a despertar…
Los amaneceres se volvían a pintar con un color vivo, alegre. Sentía que ya no debía salir al mundo con aquella pesadez en el alma, que ahora de nuevo tenía aquel empujón que necesitaba.
Mientras despertaba volvía a recordar las palabras que aquella tarde leyó, a imaginar los rostros impacientes de esas personas que tanto anhelaban verle, volvía a sentirse un poco el ombligo del mundo y eso le llenaba de energía. Un café, una ducha rápida y a la calle. Ahora caminaba con la cabeza alta, tarareando canciones que motivaban, ilusionado con un nuevo encuentro, con una vida diferente. Ficha su entrada a aquel lugar donde le hacían ganarse lo que comía, en la fila del vestuario… una chica. “¿una chica?” pensó para sí, incrédulo… cuántos meses hacía que no veía alguna que no fuese en su vida nocturna. Buscó a varios compañeros para preguntarles, ninguno sabía nada. Lo que más le sorprendió es que la muchacha, encima, fuese guapa. De las cientos de personas que había allí dentro y tenía que tocarle en su sección. Andrés realmente pensaba que alguien le había tocado con una varita mágica aquella semana. Las horas laborales pasaban, al igual que él, iba a su ritmo, sin mirar a nadie, seguía silbando aquellas canciones. Retumba el sonido infernal de la sirena de salida. Andrés como sabía lo que se formaba en la puerta a estas horas, prefería dar unos quince minutos de tregua para que se fuesen todos y él salir tranquilamente.
Recogió sus cosas, se atusó un poco el pelo que le tenía enmarañado del gorro que les hacían usar. Miró su reloj y anduvo hacia la puerta. Ya apenas quedaba nadie. Excepto ella, aquella chica rubia, de mirada inocente, sonrisa pícara y cuerpo esbelto.
- ¡Hola! Soy Irene, la chica del sector cuatro… Acabo de empezar y estoy un poco perdida, je. Pensé que quizá podrías ayudarme.- Se presentaba la muchacha con toda la ilusión y miedo del mundo.
Andrés miró a un lado, al otro, atrás, adelante… “¿Es a mi?” pensó para sí mismo. No había nadie más en el lugar así que sí, debía ser a él, pero prefirió guardar silencio por la timidez. Mientras, observó como ella se quedaba atónita ante la falta de respuestas. Cogió su bolsa y se marchó, dejando allí a la chica con la palabra en la boca.
De vuelta a casa siempre paraba en aquella cafetería que guardaba más grasa, que bebidas en su estantería, debía cenar algo, pero, aunque aquel lugar era un poco sucio, hacían muy buenos bocadillos. Mientras hundía su cabeza en el botellín de cerveza, hacía acopio de los momentos que estaba viviendo esos días, de cómo estaba girando el mundo contando esta vez con él. Se sentía parte protagonista y viva de la historia de nuevo. De repente le vino la imagen de Irene, “pobre… la dejé tirada. Ja ja.” pensaba para sí y se sonreía cual loco solitario. Finiquitado el bocadillo, la cerveza y el día, tomó rumbo a su apartamento. Se convenció de que aquel era el día, sí. Había llegado el momento de zanjar conversaciones y seguir adelante. En lo que duró el tiempo de subir las escaleras, cambió de opinión tajantemente, pero al abrir la puerta, de nuevo volvía a encontrar las fuerzas y los motivos…
Entró, buscó el teléfono, descolgó y marcó… Esperó varios tonos hasta que al fin pareció encontrar respuesta pero… era el contestador.
- Verónica, soy yo. Solo pretendía responderte a la carta que me enviaste. Estoy bien, sí. La vida no es lo que era cuando me conociste pero al menos soy feliz, como tú querías. Me encantaría vol… - le cortó el pitido del contestador avisándole que su tiempo había acabado. No volvería a marcar. No. Demasiado había hecho intentado irrumpir otra vez en su vida. No. No era el momento. La vida les había separado por algo, no debía ser él quien lo cambiara. Pero por otro lado, sino lo cambiaba él… no lo haría nadie.
Pasaban las horas en el reloj, la una, las dos, las tres… aquella madrugada apenas pudo pegar ojo. No se quitaba de la cabeza aquella valentía que le llevaba a pensar que ella quisiera volver a verle. Se sentía estúpido, riñéndose un millón de veces por haber hecho lo que no debía… Morfeo se le llevó.
Como cada mañana se levantó, miró el teléfono y no había mensajes, el móvil y tampoco. Prefirió no pensarlo más, porque no servía de nada, lo que hubiera de pasar, pasaría y no había que darle vueltas. Continuó con su vida como si nada, con su trabajo, con su soledad… Aquel día Irene estaba especialmente guapa, pero él no sería quien se lo dijese, no era para él. Aquella chica era tan inocente, tan niña… no era para él.
- ¡Hola!¿te acuerdas de mi? Sí, Irene… Estaba pensando que esta noche no tengo muchos planes y a lo mejor te apetecía enseñarme un poco el barrio, no soy de por aquí y me encanta descubrir nuevos sitios. - Andrés sorprendido ante tal propuesta, no supo contestarle, sonrió en señal de agradecimiento y con un movimiento de cabeza confirmó su presencia.
Al salir, él que normalmente ni se cambiaba de ropa, corrió a los vestuarios a ponerse los vaqueros, el polo y acicalarse un poco. Sin saber realmente por qué lo estaba haciendo, si él no quería conquistarla, simplemente iba a acompañarla como le había confirmado unas horas antes. Pero tenía esa sensación rara que te recorre de pies a cabeza, como un escalofrío o un hormigueo… Y por dentro se decía, no, no y no.
Ya era la hora, allí estaba con su melena rubia suelta, los ojos azules abiertos como platos, esperándole. Mientras iba hacia ella, Andrés canturreaba por dentro para eliminar todo rastro de nervios, era su manera de relajarse. Se miraron, sonrieron y sin decir nada más, caminaron hacia la salida. Irene no paraba de hablar, le contaba todo tipo de cosas, desde temas laborales a estupideces sin sentido. Él no abrió la boca para nada, se limitó a escuchar y pensar en si estaba bien aquello, no quería jugar con sus sentimientos porque sabía que su corazón nunca estaría con ella por mucho que lo intentase.
Les dieron las tantas de la noche, andando por aquel barrio de edificios antiguos y emblemáticos, cargados de tantos misterios como él. Apenas había conseguido enlazar cuatro frases.
- ¿Por qué no hablas? Hablo mucho… Sí, debería callarme en algún momento de la noche ¿verdad? Me lo di… - De repente, Andrés que no sabía cómo responder a tanto entusiasmo, plasmó un beso en sus labios, callándola por completo. Dejándola tan aturdida que ya no volvió a bombardear sus oídos.
Como buen caballero, la acompañó a casa, la dejó en la puerta con un hasta mañana. Ella no sabía si contestar con lo mismo o intentar besar aquellos labios que tanto le habían gustado la primera vez. No hizo nada, guardó silencio...
Ocultaba su mirada en el whisky que hacia escocer sus heridas pero no provocaba la rabia que esperaba. Su mano al bolsillo, teléfono mudo en la mano, nada, nadie... De salvapantallas las mágicas pestañas de aquella que un día brillaba en su cama. Ahora no estaba. Nadie a quién reír las gracias, ni a quien susurrarle "te quiero".
La música de aquel antro retumbaba en sus oídos y sentía en su estómago la vibración de los altavoces, quería correr, pero no podía, tenía las piernas entumecidas por el miedo a perder... a perder aún más. Se acercaban mujeres a llamar su atención pero no conseguía distinguir entre si todo era bello por los grados de alcohol o simplemente seguía existiendo algo bonito. Apartaba con una sonrisa a todo aquel que se le intentase acercar, prefería no tocar nada para no convertirlo en las cenizas que ahora quedaban en su vida.
Llevaba semanas sin sonar el teléfono, el contestador no guardaba los tropecientos mensajes de meses anteriores, se le había ido consumiendo el mundo alrededor y no se había percatado. Meses atrás era un hombre feliz, con sus negocios, con su familia, con ella... Ahora solamente le quedaban marcos rotos, que le envejecían por momentos. No sabía si debía reparar o dejar como estaba.
La decepción que recibieron todos aquellos que le admiraban, se abría paso en su alma. En su piel. Pasaba horas tras las barras de pubs de mala muerte, con mujeres de, a billete por un rato. Prefería evadir la amargura en cualquier cama de alquiler, que regresar a su pequeño apartamento de desahuciado.
"Lo tenía todo..." le comentaba a aquellas que pasaban por su lecho, mientras relataba su historia, dormía en sus brazos, ellas simplemente se encargaban de limpiar su bolsillo y huir. Los despertares no se recordaban, no se sabía si aquella noche había dormido solo o en compañía, solo al mirar al suelo y ver las tarjetas de crédito revueltas, la consciencia le decía que así había sido.
Continuaba con su caminar intranquilo, la serenidad ya no entraba en sus planes, vivía pendiente de una llamada. Poco importaba si era laboral o de amistad, el quería su llamada... Pero el supremo sentenció que ya no debía, que ya no sería...
Las balanzas ya no valían de nada, pues lo había perdido todo en un momento de debilidad. Ahora solamente quedaba levantar la cabeza, mirar hacia delante y anestesiar su angustia en cualquier botella que superase los grados suficientes para encender la llama que se apagó en su corazón.
Sin más... caminó...
Encontró la manera de calmar su dolor al mirar aquellos ojos en su recuerdo. Quiso seguir adelante con la fuerza que le regalaba día a día. No imaginaba su mundo sin ella, pero debía aceptarlo así. Su angustia desgarraba cada parte de su mente, cerraba los ojos y parecía desaparecer, al abrirlos y ver su realidad... solamente sabía llorar. En silencio, solo, perdido.
Bordeaba parques llenos de gente que parecía feliz, con su alma llena de viejos recuerdos y en su mochila las penurias recogidas calle por calle. No sabía perder. Pero se dejaba vencer. Aquella fuerza de años atrás, la ambición, la gallardía que le vestían, habían desaparecido de repente, junto a la casa de dos plantas, el yate y el coche biplaza que le engalanaba de grandeza.
Se preguntaba si había merecido la pena tener los bolsillos tan llenos y el corazón tan vacío. Los colegios de pago, los amigos del club, la sonrisa pintada en su mujer por un obsequio diario... Cuando nadie le miraba, eso desaparecía, plantándose sus vaqueros más desgastados, su polo más desaliñado y la máxima dejadez para ir a aquel parque donde se encontraba con ella, con la que veía algo más allá del montón de billetes, con la que entendía que al fin y al cabo era un hombre, una persona a la que le hicieron pensar que no servía de nada sin tener muchos ceros en su cuenta, que las sonrisas no podían ser solo con mirar a las estrellas... Aquella que le devolvía a sus inicios sinceros, a la conexión con la naturaleza, al equilibrio de cuerpo y mente...
En algún momento debió olvidar cuál fue el principio de aquella amistad, los cimientos, los valores... No sabe dónde, ni cómo, pero sí sabe que lo perdió. Una tarde la vio marchar, con los ojos estallando de tristeza, la dejó ir por el miedo a perder... No sirvió de nada. De nada. Pues al llegar a su vida cotidiana la maleta esperaba en la puerta. Pensó que se había perdido un capítulo de su vida, qué estaba pasando...
El universo, Dios o quién fuese, estaba escribiendo un mal libro de su vida. Botella en mano seguía andando, la visión cada vez se enturbiaba más, pero la mente estaba más clara. Porque la sinceridad volvía a su ser en aquellos momentos. Una noche más, un cuerpo más que pasaba por su cama, una falsa sonrisa y adiós. La soledad, la independencia que tanto anhelaba ahora la tenía... pero ahora no sabía si la quería.
Se convirtió en espía de su silencio, en la sombra esperaba su momento, mas no sabía si era su deber. Si era su cometido el aparecer en aquel instante. Buscaba consuelo y consejo en sus viejos amigos, los libros, porque los que tenían vida no querían saber nada de él. En aquellas páginas encontraba escrito su camino, su verdad, su paz y su felicidad. Tantos puntos en común con aquello que leía...
Allí estaba, hermosa, sonriente, con vida... Con la vida que a él le había robado, o le había regalado. La deseaba, la quería entre sus brazos pero la veía en otros, en aquellos que calmaban su inquietud, incluso le oscurecían la mirada. Se lamentaba porque tenía la certeza de que ella no sonreía con la misma franqueza de aquellos tiempos. Le había roto su vida, al igual que la de él y unos cuantos más. Para nada.
Volvió a caminar, negando volver a observar, no quería hacerlo, no podía hacerlo... pero volvería inevitablemente...
Siguió... dando tumbos al infierno de su vida... el cielo ya no era para él.
Andrés no sabía por qué decía lo que decía, ni hacía lo que hacía, se arrepentía casi al minuto de haber dicho o hecho. No era consciente del daño que se causaba a sí mismo, más que a ninguna otra persona en el mundo.
Aquel día en que veía a la que fue su cuerpo en varias ocasiones, rodeada de otros brazos, creyó perder el control pero suspiró casi aliviado, sabía que ya no le haría daño. Pero no era cierto. Lamentablemente le estaba robando lo que ella realmente quería y soñaba, él no se daba cuenta. Ella cambiaría lágrimas por sonrisas en su presencia, escondería su sufrir en aquellas manos que la ensuciaban moralmente, no sentía nada, ni si quiera el estallido de placer que debiera. Una noche todo empezó a cambiar.
Esa muchacha de ojos de miel decidía que no, que su sino era la soledad sin él, que nadie más entraría en su vida a romperla o destruirla como lo habían hecho semanas anteriores y así se lo hizo saber al hombre que ahora caminaba cabizbajo y sin objetivos. Le convirtió de repente en su mejor amigo, su gran apoyo y su único consuelo. Sin necesitarle más que en aquellos momentos que todos buscamos, para calmar la sed de gozo y pasión. Se asemejaban más de lo que pensaban, pero ni uno ni otro querían verlo. Les daba igual. El silencio era su mejor muestra de afecto y respeto.
Andrés seguía perdido, en un mar de dudas, seguía en aquel laberinto del que no sabía escapar, quería, no podía, pero tampoco se dejaba. Arruinar algo más o dejarlo... Si lo dejaba, corría el riesgo de lamentarse eternamente, si lo cogía ponía en peligro el corazón de ambos creando falsas ilusiones y nubes de algodón que no existían. Quería equilibrar aquello de algún modo, ella lo ponía fácil, casi en bandeja... Un par de ratos a solas bastaban para calmar la furia que en los dos anidaba. Sin dependencias, sin nada.
Llegaría el día que ninguno esperaba, aquel en que el futuro, que no planeaban, decidiera separar sus vidas y hacerlas paralelas. Llegaría... sino se quitaban aquella venda que les cubría el rostro. Pero no se la quitarían jamás... porque, en algunas ocasiones, es más bonito imaginar, que saber. Aunque guste siempre saber, pero en la ignorancia siempre se vive más feliz.
Ella con su vida de efímeros y malos sueños, seguía su camino, pensando que a la vuelta de la esquina encontraría lo que anhelaba desde que nació, desaparecer del mapa, ya que siempre había pensado que no debió aparecer nunca en él. Seguiría golpeándose una y otra vez contra el frío suelo de la realidad, con la que nadie valoraba o guardaba su cariño, solamente lo usarían para su propio beneficio y adiós. Nada más...
Andrés... Continuaba con su marchita vida por el sendero de los lamentos, de las indecisiones, de las contradicciones, de la soledad anhelada y no encontrada. Seguiría deseando en silencio aquellos ojos que hipnotizaban su mente haciéndole perder la razón en los momentos más inapropiados. Recordando cómo aquel cuerpo se unía al suyo creando uno sólo, como si formase parte de él en aquella demostración de fuego y conexión. Seguiría insistiendo en florecer aquella infinita amistad, sin medidas, sin prisas... Un juego diseñado a su gusto.
Eran dos... se transformaban en uno en la oscuridad de su vida... Se complementaban física y emocionalmente... ¿Qué falló...?... Quizá no falló nada o falló todo... El lugar, el momento...
El momento y el lugar, eran el menor de sus problemas. Lo peor era la situación, la improcedente, la que no podía ser de ninguna manera. Viviéndola como una habitación llena de espejos en la que no se encuentra la salida. Dando vueltas a los bucles sin parar, espirales que retornan sin apenas pensar.
Sin embargo, Andrés llegó al día en que las elecciones debían ser, ya y ahora. Cuando las situaciones son límites, el corazón decide ponerse en la garganta y no saber para dónde tirar. Pero lo haces... Aquel dicho de... "Obligado te veas".
Una llamada inquietante en la que ella decía, "me voy, no se cuando volveré, pero me voy. No me esperes, sigue con tu absurda vida llena de paz y aburrimiento." El teléfono se quedó callado... El no sabía si marcar de nuevo o dejar marchar, sabía que estaba mal, que la alegría de días anteriores no habitaba en su piel, ni en su rostro. Pero quizá era mejor así, la separación forzada sería lo mejor para ambos.
Esa misma tarde, el cielo se cubrió de nubes, en el móvil un mensaje, "sabes que te amo, pero no puedo verte así." Era ella, sí. Andrés debía ir a un lugar lleno de tristeza y desolación, con aquella con la que debía estar. Antes de salir decidió llamarla... un tono, dos tonos... Se empezó a impacientar al no recibir contestación. De repente descuelgan, "Buenas tardes, ¿es usted familiar de...?" Esa voz no era la de ella, qué había pasado, dónde estaba. Quería gritar, se estaba volviendo todo una mala pesadilla y no se había dado cuenta que estaba dormido ¿o qué? No pudo apenas ni preguntar, se limitó a contestar todas las preguntas, mientras la que llevaba la alianza con sus iniciales por dentro, interrogaba incesantemente. Andrés aturdido, descentrado atinó a coger las llaves del biplaza y decir... "mira, ve al entierro de tu hermana, yo tengo que ir a por alguien que me necesita." Aquella frase fue el principio de su final, de todos sus finales.
Corrió, corrió sin más, las piernas parecían no darle de sí, las multas se acumulaban kilómetro tras kilómetro, no importaba nada ni nadie más, en el trayecto se daba cuenta de ello, de lo cómodo que había sido tener todo en ciertos momentos, de lo generosa que había sido ella no pidiendo más que la felicidad de él. Mientras el paisaje se volvía borroso por la velocidad, su mente no paraba de pasar una y otra imagen, la de la felicidad, la de la armonía en las conversaciones, la complicidad en la cama, las alegrías en las cenas, cuando ambos se bebían el vino como si fuese agua y acababan en cualquier parque tirados, riendo sin más. Aquello que le comentaba siempre de "los límites nos los ponemos nosotros mismos, nadie más." A pesar de su juventud le había enseñado que la vida era algo más que facturas, orden y deberes.
El camino se hizo eterno... parecía no acabar... no llegaba...
Seguía conduciendo de manera imprudente, haciendo eses, adelantando a todo aquel al que él creía lento. La vida se le escapaba, tanto a ella como a él, al menos eso decían los médicos “No reacciona, no despierta… “ cada minuto estaba informado por una enfermera, cada segundo que pasaba se le hacía eterno, no veía llegar el momento de tocar su suave rostro.
Al fin llegó, en el camino veía el coche de ella destrozado, pensó en cómo podían haberla sacado de aquel amasijo de hierros, era imposible salir vivo de ese infierno y, en caso de haberlo hecho, salir sin ningún rasguño. Mientras se dirigía a la sala donde la tenían acribillada a agujas, máquinas y demás, pensaba en qué se encontraría… si sería la misma, si seguiría respirando… Le daba igual su aspecto físico, simplemente quería sentir su corazón.
Una bata blanca tras las puertas metalizadas y el cristal ahumado. Se mueve la puerta, ahí venían las noticias, buenas, malas, peores… Iba a necesitar una gran dosis de tranquilizantes, no paraba de sonar el móvil hasta que al fin lo apagó, no quería saber nada de nadie que no fuese de Verónica, su ángel particular, su luchadora inagotable, en dos palabras, su vida.
Tras los minutos agónicos que le tuvieron en aquella sala de espera, junto a la muchedumbre que no paraba de murmurar sus problemas, salió aquel médico de pelo cano, de arrugas marcadas por todas las experiencias vividas día a día en aquel lugar, no era de complexión excesivamente fuerte pero se le notaba el ejercicio que suponía su trabajo, de semblante frío y voz grave pero cálida… le comunicaba;
“Es una chica muy joven, ha estado inconsciente veinte minutos, el resto del tiempo la hemos mantenido sedada debido a la crisis de ansiedad que sufría, solamente gritaba un nombre. Supongo que serían alucinaciones. El resto está todo bien, la analítica ha salido perfecta excepto… ¿es usted su padre?”
Andrés se quedó aturdido por la pregunta… Sabía que aparentaba su edad, pero tanto como parecer el padre… Aunque la verdad que ella tenía esa cara tan dulce que cualquiera pensaría… “ No, no, continúe, soy su novio.” Se atrevió por primera vez a reconocer abiertamente su relación.
“¡OH! En ese caso… lamento comunicarle que la paciente ha perdido el bebé que estaban esperando. Es algo normal y casi sin importancia después de un accidente tan grave. Podrían haber muerto ambos, ya que las sangres no eran compatibles. El caso es que está todo correcto. Un milagro. Apenas un rasguño en la frente. Nada más.”
Como si le hubiesen tirado encima toneladas de hielo… se quedó inmóvil en la puerta, entrar o no entrar… hablar o callar… quizá ella ni lo sabía… Cómo había llegado a ocurrir… Dudas y más dudas recorrían su cuerpo. Miró a través de una pequeña rendija que quedó entre puerta y puerta, la vio allí tumbada, le produjo tanto miedo que no quiso entrar. Se dirigió al mostrador de recepción, pidió bolígrafo, papel, un sobre y un favor. El miedo le hizo huir de nuevo, las palabras de aquel médico resonaban en su cabeza “¿es usted su padre?”, no dejaba de pensar en lo ridículo que se sentía, si aquel hombre se había atrevido a preguntar aquello… ¿qué no pensarían los demás? Sin más, se marchó, loco, enfermo de furia, acusándose una y otra vez de la cobardía… Prefirió dejarla sola…
Horas después el teléfono había dejado de sonar, supuso que ella ya habría leído aquella nota, mientras decidió refugiarse en aquel antro de carretera, donde había rubias, morenas, castañas, pelirrojas… Pero ninguna era Verónica. Ni le preocupaba lo que le contaría a su contraria acerca de su extraña y repentina desaparición, solo le preocupaba borrar su presencia de todos los lugares en lo que pudiese haber hecho daño.
Al amanecer, con la cabeza aún desconcertada ante la mirada de aquella morena, intentó recobrar el sentido que perdió unas horas antes. Su billetera tirada en el suelo, vacía, sus tarjetas revueltas, la foto de familia partida en trozos y la de su ángel quemada… No sabía que ocurría. La mujer que aquella noche le cantó hasta quedar rendido, alargaba la mano en señal de cobro. Y él miraba, rebuscaba en su chaqueta… nada. No había nada. Sólo se le ocurrió salir a toda prisa de allí, casi sin vestir, se montó en su deportivo y se marchó perseguido por aquel hombre rollizo y descuidado que hacía las funciones de portero.
En el camino de vuelta, pensaba dónde volver. Donde siempre, donde nunca le decían no. Donde importaba más el lujo y la vida cómoda que el bienestar personal. A su llegada, las luces apagadas, la niña no gritaba, la madre… no estaba. No había nadie. Entraba a aquella casa vacía de todo menos de extravagancias, en la puerta varias maletas. Extrañado se dirigió a su despacho… ya no era tal, se había convertido en cuestión de un día en un trastero, sus cosas metidas en varias cajas. Al entrar en la habitación de matrimonio, los cuadros, los marcos rotos… Su imagen ya no inundaba el cuarto. En su mesilla una nota… “¿Qué esperabas?”
Derruido, sin rumbo, sin alma, tomó un par de maletas, las metió como pudo en el asiento del copiloto y se marchó sin más, dejando una respuesta a aquella que durante años había sido su mujer, “volveré a por el resto.” Sabía que la callada era la mejor respuesta que podía dar. Aquella noche se pasó horas llamando a amigos que ni se dignaron a coger el teléfono, mensajes en los contestadores de todos ellos, sin respuesta alguna en meses, años. Buscó una pensión para al menos pasar aquella noche.
Los amaneceres ahora eran diferentes, sin peso, sin carga… Lo había perdido todo y contradictoriamente le invadía una sensación de liberación y pena. Se lamentaba pero en el fondo de su angustia se alegraba de ser ahora quién realmente quería ser. Su mente sólo sabía recordarla, allí sola. Como siempre, como ella era. Sin nadie.
Pasaron los meses… cambió de todo, de vida, de número de teléfono e incluso de trabajo, ya que su antiguo jefe era su ex cuñado. Como era lógico, nadie le aceptaba ya en ningún sitio, no tenía crédito ni en la tarjeta ni en la vida. Ya no tenía credibilidad. Hubo de llegar a un acuerdo, el típico al que llega todo divorciado, visitas, custodia compartida, etc. Pero para Andrés ese no era su gran problema.
Su gran problema siempre sería su recuerdo...
La tristeza que le invadía al pensar cómo habrían sido las cosas si esta decisión hubiese llegado antes, si en lugar de engañarse, se hubiese hablado claramente a él mismo y a los demás. No habría roto tantos esquemas, ni tantas vidas, quizá aún conservaría algún amigo, ahora había llegado el momento de buscarse la vida, la que nunca tuvo que luchar porque le vino todo rodado, desde la cuna era ya el elegido para tantas cosas. Que todo aquello se había transformado en su ruina, en su gran carga moral. Pues no sabía cómo decepcionar a todos aquellos que le admiraban por algo. Debía hacerlo por su propia estabilidad psíquica y emocional… Su ángel le dio la solución sin buscarla, aunque realmente se la dio su corazón rebelde.
Poco a poco, pasados los años, los bares, las copas, las lágrimas, la soledad… Pensaba que el mundo del amor ya le había cerrado todas sus puertas, que ahora solamente podría encontrar ratos de desahogo en cualquier rincón de la ciudad o de su misma habitación.
Su trabajo no es que fuese el soñado, el ideal, el fantástico, pero le gustaba sentir que se ganaba lo que le pagaban, que realmente así era. Ahora ya no vivía pendiente de un móvil las veinticuatro horas, ahora daban las diez, fichaba y a casa, a su humilde morada, a su escondite particular. Llegaba y veía el desastre, ropa tirada, platos sin lavar, la ducha como la había dejado aquella mañana, pero qué feliz se sentía de no escuchar ni un solo grito, ni de una sola discusión por el tubo de la pasta de dientes, ahora lo dejaba como quería, arrugado o recto, pero como él quería. No le preocupaba si la pared vestía más o menos cuadros, si eran de Picasso o del tío de la esquina, simplemente vivía. Con lo mucho o poco que tenía.
Una tarde abrió el buzón, lo normal era encontrar notificaciones de multas, publicidad y poco más, aquella tarde no, al abrir, un sobre con una letra perfecta, recta como trazada con planilla para no salirse, no se imaginaba que pudiera ser, de hecho ni se lo imaginó, ya que estuvo a punto de tirarla a la basura. Pero algo le dijo que la abriese…
“Hola Andrés…
Sí, soy yo, no te extrañes. Estoy segura que has estado a punto de romper el sobre nada más verlo, sobre todo porque iba sin remitente.No quería nada en especial, simplemente que estaba recogiendo todos los recuerdos, que sabes que guardo, encontré tu carta y las entradas de la primera vez que fuimos al cine.
En respuesta a tu carta… Sí, sucedió, lo sabía y por eso decidí huir. Me iba lejos de ti por no aguantar tu esclavitud y que tampoco la aguantase él o ella. El caso es que tampoco sé cómo sucedió, supongo que el amor que nos unía era tan grande que algo bueno debía nacer de ello. Sino nació… Fue porque la naturaleza que es sabia, decidió que no debía ser. No debemos sentirnos culpables de nada, mucho menos tú.
Espero y deseo que la vida te esté tratando todo lo bien que te mereces. Mi vida… ya sabes, no ha cambiado mucho, la soledad es mi fiel compañera, aunque sabes que no me gusta, pero nací para ello.
Mario y yo esperamos verte algún día, sí, sí, tu amigo, aquel al que nunca llamaste y aun así siempre ha sabido de ti, ha estado al margen para no interrumpir tu reflexión, pero está deseando verte. Un abrazo enorme AMIGO. “La carta le dejaba sin palabras, Verónica siempre leal a sus principios de bondad, sinceridad y respeto, aún habiendo sido la más herida, era la primera que se atrevía a dar un paso adelante, no lo podía creer.. ¿hasta dónde llegaría su capacidad de comprensión, de empatía?… Y de Mario… Cuánto se alegraba de saber que aún le quedaba alguien, algo… Lamentablemente, aquellas personas a las que más daño podía haber hecho, eran las que realmente estaban… Su hija, Verónica, Mario… Sentía que comenzaba de nuevo su vida y retomaba algo de sentido.
Mario, era aquel típico amigo que conservas desde el colegio y al que nunca haces caso porque las vidas van por caminos diferentes. El chico malo de la clase, el que siempre se metía en líos de una manera u otra, el vándalo… Ese era Mario, el guaperas, el que todas las niñas escribían en sus carpetas… Andrés no tuvo más remedio que aliarse a su enemigo si no quería acabar con la cara partida. Poco a poco construyeron una amistad basada en la impulsividad de Mario y la sensatez de Andrés. Ambos se respetaban, aunque no tenían reparos en decirse lo que pensaran el uno del otro, incluso se llegaron a pegar en varias ocasiones por nimiedades, pero que cuando eres adolescentes se convierten en un mundo.
Al abandonar el instituto, todo cambió, cada uno siguió su vida, con sus respectivas parejas, con sus futuros impredecibles… Andrés continuó con su brillante carrera mientras que Mario se estancaba en el bar de sus padres… debía ayudar… Pocas fueron las ocasiones en que se volvieron a encontrar.
Cuando perdió todo, apenas reparó en él, ya que pensó que tendría muchas cosas más importantes que acordarse del pardillo de la clase. Pero ahora todo cambiaba. Los reencuentros se producirían pronto. Desde aquel momento se dibujó una sonrisa en su rostro que hacía años que no encontraba. Pensaba que al fin y al cabo queda gente con corazón en la vida inmunda que le rodeaba.
Volvía a despertar…
Los amaneceres se volvían a pintar con un color vivo, alegre. Sentía que ya no debía salir al mundo con aquella pesadez en el alma, que ahora de nuevo tenía aquel empujón que necesitaba.
Mientras despertaba volvía a recordar las palabras que aquella tarde leyó, a imaginar los rostros impacientes de esas personas que tanto anhelaban verle, volvía a sentirse un poco el ombligo del mundo y eso le llenaba de energía. Un café, una ducha rápida y a la calle. Ahora caminaba con la cabeza alta, tarareando canciones que motivaban, ilusionado con un nuevo encuentro, con una vida diferente. Ficha su entrada a aquel lugar donde le hacían ganarse lo que comía, en la fila del vestuario… una chica. “¿una chica?” pensó para sí, incrédulo… cuántos meses hacía que no veía alguna que no fuese en su vida nocturna. Buscó a varios compañeros para preguntarles, ninguno sabía nada. Lo que más le sorprendió es que la muchacha, encima, fuese guapa. De las cientos de personas que había allí dentro y tenía que tocarle en su sección. Andrés realmente pensaba que alguien le había tocado con una varita mágica aquella semana. Las horas laborales pasaban, al igual que él, iba a su ritmo, sin mirar a nadie, seguía silbando aquellas canciones. Retumba el sonido infernal de la sirena de salida. Andrés como sabía lo que se formaba en la puerta a estas horas, prefería dar unos quince minutos de tregua para que se fuesen todos y él salir tranquilamente.
Recogió sus cosas, se atusó un poco el pelo que le tenía enmarañado del gorro que les hacían usar. Miró su reloj y anduvo hacia la puerta. Ya apenas quedaba nadie. Excepto ella, aquella chica rubia, de mirada inocente, sonrisa pícara y cuerpo esbelto.
- ¡Hola! Soy Irene, la chica del sector cuatro… Acabo de empezar y estoy un poco perdida, je. Pensé que quizá podrías ayudarme.- Se presentaba la muchacha con toda la ilusión y miedo del mundo.
Andrés miró a un lado, al otro, atrás, adelante… “¿Es a mi?” pensó para sí mismo. No había nadie más en el lugar así que sí, debía ser a él, pero prefirió guardar silencio por la timidez. Mientras, observó como ella se quedaba atónita ante la falta de respuestas. Cogió su bolsa y se marchó, dejando allí a la chica con la palabra en la boca.
De vuelta a casa siempre paraba en aquella cafetería que guardaba más grasa, que bebidas en su estantería, debía cenar algo, pero, aunque aquel lugar era un poco sucio, hacían muy buenos bocadillos. Mientras hundía su cabeza en el botellín de cerveza, hacía acopio de los momentos que estaba viviendo esos días, de cómo estaba girando el mundo contando esta vez con él. Se sentía parte protagonista y viva de la historia de nuevo. De repente le vino la imagen de Irene, “pobre… la dejé tirada. Ja ja.” pensaba para sí y se sonreía cual loco solitario. Finiquitado el bocadillo, la cerveza y el día, tomó rumbo a su apartamento. Se convenció de que aquel era el día, sí. Había llegado el momento de zanjar conversaciones y seguir adelante. En lo que duró el tiempo de subir las escaleras, cambió de opinión tajantemente, pero al abrir la puerta, de nuevo volvía a encontrar las fuerzas y los motivos…
Entró, buscó el teléfono, descolgó y marcó… Esperó varios tonos hasta que al fin pareció encontrar respuesta pero… era el contestador.
- Verónica, soy yo. Solo pretendía responderte a la carta que me enviaste. Estoy bien, sí. La vida no es lo que era cuando me conociste pero al menos soy feliz, como tú querías. Me encantaría vol… - le cortó el pitido del contestador avisándole que su tiempo había acabado. No volvería a marcar. No. Demasiado había hecho intentado irrumpir otra vez en su vida. No. No era el momento. La vida les había separado por algo, no debía ser él quien lo cambiara. Pero por otro lado, sino lo cambiaba él… no lo haría nadie.
Pasaban las horas en el reloj, la una, las dos, las tres… aquella madrugada apenas pudo pegar ojo. No se quitaba de la cabeza aquella valentía que le llevaba a pensar que ella quisiera volver a verle. Se sentía estúpido, riñéndose un millón de veces por haber hecho lo que no debía… Morfeo se le llevó.
Como cada mañana se levantó, miró el teléfono y no había mensajes, el móvil y tampoco. Prefirió no pensarlo más, porque no servía de nada, lo que hubiera de pasar, pasaría y no había que darle vueltas. Continuó con su vida como si nada, con su trabajo, con su soledad… Aquel día Irene estaba especialmente guapa, pero él no sería quien se lo dijese, no era para él. Aquella chica era tan inocente, tan niña… no era para él.
- ¡Hola!¿te acuerdas de mi? Sí, Irene… Estaba pensando que esta noche no tengo muchos planes y a lo mejor te apetecía enseñarme un poco el barrio, no soy de por aquí y me encanta descubrir nuevos sitios. - Andrés sorprendido ante tal propuesta, no supo contestarle, sonrió en señal de agradecimiento y con un movimiento de cabeza confirmó su presencia.
Al salir, él que normalmente ni se cambiaba de ropa, corrió a los vestuarios a ponerse los vaqueros, el polo y acicalarse un poco. Sin saber realmente por qué lo estaba haciendo, si él no quería conquistarla, simplemente iba a acompañarla como le había confirmado unas horas antes. Pero tenía esa sensación rara que te recorre de pies a cabeza, como un escalofrío o un hormigueo… Y por dentro se decía, no, no y no.
Ya era la hora, allí estaba con su melena rubia suelta, los ojos azules abiertos como platos, esperándole. Mientras iba hacia ella, Andrés canturreaba por dentro para eliminar todo rastro de nervios, era su manera de relajarse. Se miraron, sonrieron y sin decir nada más, caminaron hacia la salida. Irene no paraba de hablar, le contaba todo tipo de cosas, desde temas laborales a estupideces sin sentido. Él no abrió la boca para nada, se limitó a escuchar y pensar en si estaba bien aquello, no quería jugar con sus sentimientos porque sabía que su corazón nunca estaría con ella por mucho que lo intentase.
Les dieron las tantas de la noche, andando por aquel barrio de edificios antiguos y emblemáticos, cargados de tantos misterios como él. Apenas había conseguido enlazar cuatro frases.
- ¿Por qué no hablas? Hablo mucho… Sí, debería callarme en algún momento de la noche ¿verdad? Me lo di… - De repente, Andrés que no sabía cómo responder a tanto entusiasmo, plasmó un beso en sus labios, callándola por completo. Dejándola tan aturdida que ya no volvió a bombardear sus oídos.
Como buen caballero, la acompañó a casa, la dejó en la puerta con un hasta mañana. Ella no sabía si contestar con lo mismo o intentar besar aquellos labios que tanto le habían gustado la primera vez. No hizo nada, guardó silencio...
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