martes, 29 de noviembre de 2011

Parte 10

Verónica volvió a aquella casa que le recordaba de todo y nada bueno... Volvió a su soledad silenciosa, a esa en que sólo podía hablar con sus peluches, o con sus cuadernos, o con ella misma. Sientiendo esa loca cordura que le llevaba a saber que se quería. Sin ataduras de nuevo, valorando de quién era el problema y teniendo la certeza de que a ella no le pertenecía, la pelota estaba ahora en otro tejado que no era el suyo y debía olvidarlo cuanto antes. Volvió a desesperarse por ocupar su mente, buscar situaciones límite y estresantes para que su cuerpo se rindiera a los brazos de morfeo al llegar a casa, y no quedarse mirando al techo en busca de sus recuerdos.


Semanas pasarían cuando aquel hombre de sabia justicia, maestro y protector, le diría que entraba a formar parte del clan, de aquel a los que ella quería ver como ágeles guardianes de todo trabajador y no como caimanes en busca de dinero fresco, sabía que si lo tomaba como la segunda opción, se decepcionaría. Combinaba aquella sala claustrofóbica con el cuartucho donde solucionar los problemas de los demás, la barra en la noche y el ejercicio físico para aquellas pruebas que le abrirían las puertas a un futuro un poco más estable. De las veinticuatro horas que tenía el día, probablemente dormiría un par de ellas.


En aquellos meses serían muchos los que se la rifarían, un alma cándida, destrozada por todo lo vivido, moldeable, manejable por una sonrisa o una caricia... O eso pensaban. Ella cogió la calle del medio, decidió que nada merecía la pena, ni nadie, ni siquiera ella misma, así pues la hostilidad se abría paso en su vida.Todo aquel que se acercase y no fuese directo o claro, no se arrimaría más de cinco metros.


En el trabajo nocturno podría conocer a muchos pero niguno llamaba su atención de manera extraordinaria, en el diario prefería no pensar en esas cosas y en el altruista solo intentaba ser ella misma. En este último sería donde más halagos, dulces y patochadas conseguiría, pero no la llenaba nada, solo se centraba en su labor y poco más.


Meses despues... Llegó una de esas fechas especiales para el resto de la humanidad, pero para ella era un día más, solo su pequeña luz le guiaba en aquellos momentos. Una niña de seis añitos que sentía como si fuese su hermana o quizá un vínculo más especial. Aquel día, la pequeña quería ver a los tres hombres que se disfrazaban haciendo realidad las ilusiones de todos esos diminutos seres. Verónica no dudó en llevarla y ver junto a ella aquel conjunto de luces, música y magia. Siempre solía preparar alguna sorpresa para aquellos eventos, era su debilidad. Pero aquella noche la sorpresa sería suya.


Al llegar allí, en medio del gentío, entre las cabezas de padres soportando los pequeños cuerpos de sus hijos a sus hombros, unos ojos... Aquellos ojos que la miraban atentos e iluminados. A escondidas, intentando evitar el encontronazo visual, siendo imposible. Ella notó unos ojos en su nuca, no sabía por qué pero sentía que alguien observaba y controlaba cada uno de sus movimientos. Al girarse... Sus ojos, su sonrisa infantil que despertaba en ella lo que nunca había tenido, aquella cara dichosa por volver a ver a la muchacha, en esta ocasión algo más feliz. Cogió a su pequeña en brazos y se dirigió hacia él. Como siempre, ella no guardaría rencor a alguien que amó tanto. Andrés, viendo su reacción fue iluminando, aún más, sus labios. Al llegar a su punto, ella inclinó la cabeza hacia su cara, mostrando su interés por besar sus mejillas, él se puso muy nervioso, apenas supo reaccionar y en medio de todo ese manojo de histeria casi rozan sus labios. Él no esperaba aquella reacción de la morena, esperaba orgullo, indiferencia, pero ella no era así, no podía serlo por mucho que se lo propusiera. Así pues, se saludaron cordialmente, con cariño y aquel respeto perdido.


A la mañana siguiente, era el día mágico, el día en que todos aquellos pequeños que estuvieron esa noche recibirían su recompensa anual al esfuerzo diario del colegio, de la educación y bla, bla, bla... Verónica no se libraba del trabajo ni en aquellos días, así que como si fuera un día normal se dirigió a su lugar de aburrimiento extremo. Pero aquel día ella se sentía especial, se sentía desbordada por aquel reencuentro tan diplomático tras todo lo que había sucedido. Aquello debió transmitirse al resto y sucedió algo que debía ser, algo que llevaría esperando meses, que tantas conversaciones, tantos abrazos en malos momentos, tantas risas, tanta comprensión habían ido fraguando poco a poco. Aquel día recibió su regalo de reyes en forma de beso, un gesto que le volvió a remover por dentro algo que creía perdido. Algo que pensaba que ya no volvería a sentir. Fueron los treinta minutos más felices desde hacía mucho tiempo pero... Una vez más, le volvieron a dar el golpe en el estómago al hacerla creer una más, un error más... Al menos si algo debía agradecer es que todo ocurrió en un mismo día y no hubo torturas posteriores.


A partir de ahí empezaría un calvario sentimental con unos y otros... Nunca nadie la haría sentir esa especialidad que tanto anhelaba. Cuando realmente debía ser ella quien se diera esa importancia, nunca lo hacía, ella hacia que no le importaba lo que los demás pensasen o dijesen, realmente era así, pero cuando tenía algún encuentro, casual o no, con un hombre, tenía la necesidad de sentirse única aunque solo fuese por una hora. Removió entre los ecos de su pasado, su agenda, sus fotos... Aquel chico... Ese que siempre estuvo y estaría para ella, pero le era tan dificil verle como quería...


Aquel chico sería su única salvación... Su motivo de alegría diaria, el que le regalaba sonrisas al despertar, el que ponía toda la energía e ilusión en hacerla sentir la mujer más bella del mundo, el que la seguía hasta la guillotina si fuese necesario, el que se partía un brazo por estar con ella, el que, por no hacerla llorar, sería capaz de tirarse a las vías del tren... Todo eso Verónica lo veía, lo sentía y lo valoraba pero ella estaba vacía, no era capaz de despertar aquel corazón ennegrecido por el dolor de años atrás, del sueño alcanzable que se convirtió en pesadilla. Con aquel chico haría mil y una locuras, reirían juntos pero nunca sería lo mismo... Nunca.


Retomaron aquella relación donde la habían dejado, consiguieron hacer de su amistad una complicidad infinita, una cómoda vida, una estabilidad que ella necesitaba de algún modo. Viajarían tras el sueño de nunca acabar, de seguir los pasos el uno del otro y apoyarse en todo lo que fuese necesario. Se comprometían moralmente. Pero no con el corazón.

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