Nuevos retos, nuevos desafíos, los de la vida, los que implanta aquello que debe existir en cualquier otro lugar o simplemente los que se le iban ocurriendo por el camino. Angel parecía estar poniendo a prueba constante el incansable corazón de Verónica, la mente aguda, inquieta, remolona... Pero ella estalló, aquella noche se dió cuenta que, o comenzaba a ser lo que era o, estaría perdida por mucho tiempo. Sufriendo un dolor que no era el suyo, sino el de otros, tormentas que no le correspondían, el corazón se le fue desgastando al compás de las agujas del reloj, sin ningún tipo de rencor ni odio hacia él, simplemente despertando del sueño, a la realidad, a aquello que había dejado de ver hacía algún tiempo.
Vivía metida en una burbuja creada por ella misma, un lugar donde todo parecía flotar, donde, aun habiendo grises, siempre existían unos colores pastel que ella no había vivido anteriormente, se fue enredando en una espiral de risas, llanto, rencor, risas de nuevo y así sucesivamente. Empezó a ver que no le importaba lo que sentía ella misma, sino lo que sentía él, que hacía lo posible por complacer, por remediar, por curar algo que ella pensaba haber provocado. Y se dió cuenta que debía pensar en ella, que nadie lo haría.
Era la una de la madrugada cuando recibió aquel mensaje y ella se quedó con el teléfono movil en la mano, practicamente como estaba, sin sentir ni el dolor de lo que ponía, ni la alegría de ver que era él. Notó una frialdad en ella misma que la sorprendió, su primer pensamiento fue "no es mi problema..." durante aquellas horas en soledad, en que nada había que hacer, contemplaba aquel cielo que juntos miraban meses atrás, suspiraba, perdía su mirar y sus pensamientos entre aquellos arbustos. Y terminó riéndose de ella misma por todo lo que habían ido fraguando poco a poco, con conversaciones que nunca debieron producirse, por implicarse ambos en la vida del otro, sintiendose mal si algo les pasaba, por intentar ser consuelo y solución, cuando solo ellos mismos podrían remediar todo lo que les llenaba de infelicidad.
Él se reservaba todo, no decía nada, se hacía un escudo para crear una fuerza inexistente. Era una persona positiva a la que le encantaba reir, hablar con la gente, estar rodeado de personas que compartieran sus gustos. Decidió unos cuantos años atrás, que aquello era lo que le tocaba vivir por ley de vida y que el sentimiento era lo suficientemente fuerte como para dar un paso. Un paso que años más tarde fue en falso. Con los años, la costumbre, el cariño, con todo aquello se fue haciendo a la idea que aquello era lo que debía ser, que lo malo era el amor. Ese que le removía la cabeza, el corazón, el estómago, que no le dejaba dormir, aquello era malo para él. Era casi una enfermedad. Ni siquiera sabía cómo había podido llegar a aquel punto con Verónica, se daba cuenta que había ido cambiando, que aquella coraza y frialdad no eran lo suficientemente fuertes como para resistirse al encanto de la pasión que les envolvía al verse. Angel solo necesitaba que alguien le devolviese todo lo que él daba, o que una mente superase la suya, o que un corazón fuese lo suficientemente fuerte como para ver el suyo en sus ojos. Era una persona con una personalidad extremadamente indecisa, como un niño que coge la mano de quien le quiera y se dejaba llevar sin más. Vivía los momentos, o lo intentaba, tan intensamente que se le iba el alma tras aquel que le correspondiese. Ella intentaba darle todo lo que recibía o parecía esperar. Aunque él lo negase en infinitas ocasiones, su boca decía no pero sus ojos gritaban llevame, siempre, en cualquier tipo de situación.
Verónica decidió poner freno a una locura que le llevaría a desgastarse fisica y mentalmente a ella, en cierto modo, lo que pensase Angel le suponía ya poco, o nada. Le daba igual. Y aquella noche se dió cuenta. Cuando aquella reacción inesperada por su parte se empezó a hacer fuerte en su cuerpo. Aquella sensación de pasividad, de no querer hacer nada ya por él porque no le reportaba ningún beneficio sino todo lo contrario, por aquella indecisión, inseguridad y miedo. Porque quería recordar aquellos momentos especiales que habían vivido juntos pero, ella, ya los unía inconscientemente con uno de los malos. Porque eran días de sol esperando a la tormenta, porque ya no podría creer nunca en él, en las sonrisas o en el brillo de sus ojos si momentos despues huía de ella cual demonio. Nunca la despreció, era cierto, pero aquellas reacciones de huida... Eran constantes. Se dejaba ir a un mundo irreal, perfecto, lleno de sonrisas y dulzura para dos días más tarde esconderse en un iglú de frialdad, de oscuridad y tan profundo que a ella le pesaban los brazos intentando sacarle de allí.
Continuaban con sus largas conversaciones, ella quería darle carpetazo o con la puerta en las narices, se cubría de una capa de aceite para que él consiguiese lo que ambos buscaban, su tranquilidad, se hacía fuerte para no crear más tormentos. Angel la buscaba incansable, decía que quería saber de ella, pero realmente podría saber lo que quisiera, la podía tener perfectamente controlada por casi todos los puntos de su vida, pero lo que él quería saber era que seguía siendo ella, que seguía siendo aquella que sonreía en sus brazos y le abrazaba con dulzura. Pero Verónica no quería ser aquella, quería volver a ser la chica dura, la de las risas picantes, la de las dagas ardientes, la que desafiaba al miedo, al peligro sin importarle absolutamente nada. Y así estaba siendo. Quería que él siguiese su vida con toda la normalidad que fuese posible, ya que, por mucho que él quisiera, su vida había girado del todo. No volvería a ser lo mismo.
Aquella mañana decidió llamarle por teléfono, no quería quedarse con aquella frase que la partió el alma." Lo se. Pero me llevará tiempo. Y no me preguntes por qué. Porque yo tampoco lo se. Y se que no soy así." Refiriéndose a la constante tristeza que invadía sus conversaciones en aquel tiempo. Así que cogió el teléfono y se puso la nariz de payaso y los zapatones solo para él, para que riese, para que la tranquilidad y calma volviesen, que el río volviese a su cauce. En parte tambien para ella conseguir olvidar, porque si él se hundía ella se iba detrás. Ahora tendrían unos días de desconexión el uno del otro, ningun tipo de comunicación, lo justo para curar heridas y volver a hacer sus vidas sin más.
Verónica conseguía respirar....
sábado, 31 de marzo de 2012
jueves, 22 de marzo de 2012
Parte 31
Llegaban días de rencores en el corazón de Verónica, viendo todo el daño causado, de distancia y alejamiento, de no querer saber nada pero desearlo desde lo más profundo de su alma. Prefería pasar aquel desamor en la soledad de sus paseos por aquellos barrios oscuros de Madrid, sin dar cuentas a nadie, sin ver aquel color del que veía todo anteriormente. Queriendo aparentar absoluta normalidad en todo lo que hacía o decía, intentando no ser fría, pero sí distante para que ambos recapacitasen sobre todo lo acontecido ya que habían sido días de emociones muy fuertes. Para bien y para mal.
Cuando creyó estar preparada para retomar aquellas conversaciones fue Angel quien dió el primer paso, quien abrió la puerta con sus pensamientos, sobre su vida, sus problemas. Ella no podía dejar que él pensase que ya no sentía nada porque solo le estaría engañando, era incapaz de ocultarle nada. Él llevaba días rogando sutilmente, a su estilo, que le diese aquella información, que le dijese qué le pasaba por la cabeza porque aquella medio indiferencia le estaba dejando bloqueado y descuadrado, sin saber por dónde coger el tren.
Se armó de valor y actuó conforme a su verdadero yo, a la forma de la chica ingenua de sorpresas infinitas, de espontaneidad, de sonrisas inesperadas. De repente tocó a la puerta de Angel como a ella le gustaba hacer, con unas palabras ya escritas por otras personas pero que realmente decían todo lo que ella quería expresar. Aquel día él sonreía, pero ella no le creía por aquella desconfianza generada en momentos de silencio.
Decidieron verse, con intención de decirse todo cara a cara y dejarse de mensajes continuos, de palabras que pintaban bonitas en la pantalla de un teléfono móvil pero no servían de nada.
Aquella mañana, tras días de calor extenuante, hacía aire y frío pero prefierieron quedarse en aquel parque, andando, hablando y gastandose aquellas bromas que les hacía acercarse poco a poco, despojando el velo del orgullo. Angel le pedía que estallase su ira y su rabia contra él, ella quería, deseaba hacerlo cuando no le miraba a la cara, pero veía aquella sonrisa y todo se le iba a los pies, cincuenta o cien mil kilómetros bajo tierra. No era capaz.
Apoyado él en ese muro de piedra que hacía de vallado, ella se acercó, no podía evitar imantarse con su cuerpo, era cómo una reacción instantánea. Se pegó a su pecho, con la cabeza a mitad de su hombro porque él le sacaba una cabeza de altura.
- Si sólo el estar abrazados así ya...- Decía Angel mientras ella le miraba a los ojos y les interrumpía un beso que no sabían de dónde salió, ninguno de los dos. Aquel beso seguía siendo tierno, elegante, apasionado, furioso, cálido... Verónica empezó a notar su corazón a doscientos por hora, miraba a un lado para no mirarle a los ojos y volver a reunir sus labios con los de él pero era imposible. De repente se apartaron el uno del otro como si fuesen piedras ardiendo. Se miraban y se reían como si fuesen quinceañeros en su primera cita. ¿Qué les estaba pasando?¿Qué extraña fuerza les empujaba a aquello si sabían que no podía ser, que no debía ser?
Volvieron a resignarse tras aquel suspiro entre angustiado y lleno de alivio por tener en sus seres lo que más deseaban, comenzaron a hablar desde el corazón sin darse cuenta que nunca antes habían hablado así. Se decían el uno al otro entre parodias y risas, lo que habían pasado aquellos días. Pero debían separarse, ambos lo querían... O más bien, las situaciones lo requerían.
Volvieron a sentarse en aquel muro de piedra, ella volvió a imantarse con el cuerpo ajeno. Continuaron los besos finales, los que daban paso a una nueva etapa, a otro tipo de relación. Mientras él hundia su mirada en los ojos de Verónica, el brillo que cegaba a ambos.
- Te quiero.- Dijo Angel como quien da el último suspiro de vida, caminó sin mirar atrás, ella seguía sus pasos y él no quería parar, le agarraba por la espalda pero no paraba. Al fin se giró y le miró a los ojos, pedían clemencia, pedían a gritos que se acabase aquella tortura que les enredaba en lo más bonito que habían podido encontrar, felicidad.
Verónica y su peculiar forma de apaciguar aquellos momentos, comenzó a hablar de cosas que casi no venían a cuento pero había que capotear el temporal como mejor se pudiese. Hablaron de aquella noche mágica, perfecta en que pudieron sentir sus cuerpos tan cerca como sus corazones. Ella escuchó de sus labios, lo más bonito que había podido salir de su boca en mucho tiempo, mientras la abrazaba por la espalda y besaba su cuello. Aquello que sintió en ese instante, sería el único y último recuerdo que le quedaría. El que más paz le aportó en aquellos intensos meses de amor y pasión.
- Prometeme que no vas a volver a besarme, aunque eso no se pueda prometer...- Rogaba Ángel al corazón que semanas atrás había roto en un pedacito más... Verónica no lo prometería pero sí lo intentaría con todo su alma.
Ahora sus palabras fluían en calma y sin miedo...
Cuando creyó estar preparada para retomar aquellas conversaciones fue Angel quien dió el primer paso, quien abrió la puerta con sus pensamientos, sobre su vida, sus problemas. Ella no podía dejar que él pensase que ya no sentía nada porque solo le estaría engañando, era incapaz de ocultarle nada. Él llevaba días rogando sutilmente, a su estilo, que le diese aquella información, que le dijese qué le pasaba por la cabeza porque aquella medio indiferencia le estaba dejando bloqueado y descuadrado, sin saber por dónde coger el tren.
Se armó de valor y actuó conforme a su verdadero yo, a la forma de la chica ingenua de sorpresas infinitas, de espontaneidad, de sonrisas inesperadas. De repente tocó a la puerta de Angel como a ella le gustaba hacer, con unas palabras ya escritas por otras personas pero que realmente decían todo lo que ella quería expresar. Aquel día él sonreía, pero ella no le creía por aquella desconfianza generada en momentos de silencio.
Decidieron verse, con intención de decirse todo cara a cara y dejarse de mensajes continuos, de palabras que pintaban bonitas en la pantalla de un teléfono móvil pero no servían de nada.
Aquella mañana, tras días de calor extenuante, hacía aire y frío pero prefierieron quedarse en aquel parque, andando, hablando y gastandose aquellas bromas que les hacía acercarse poco a poco, despojando el velo del orgullo. Angel le pedía que estallase su ira y su rabia contra él, ella quería, deseaba hacerlo cuando no le miraba a la cara, pero veía aquella sonrisa y todo se le iba a los pies, cincuenta o cien mil kilómetros bajo tierra. No era capaz.
Apoyado él en ese muro de piedra que hacía de vallado, ella se acercó, no podía evitar imantarse con su cuerpo, era cómo una reacción instantánea. Se pegó a su pecho, con la cabeza a mitad de su hombro porque él le sacaba una cabeza de altura.
- Si sólo el estar abrazados así ya...- Decía Angel mientras ella le miraba a los ojos y les interrumpía un beso que no sabían de dónde salió, ninguno de los dos. Aquel beso seguía siendo tierno, elegante, apasionado, furioso, cálido... Verónica empezó a notar su corazón a doscientos por hora, miraba a un lado para no mirarle a los ojos y volver a reunir sus labios con los de él pero era imposible. De repente se apartaron el uno del otro como si fuesen piedras ardiendo. Se miraban y se reían como si fuesen quinceañeros en su primera cita. ¿Qué les estaba pasando?¿Qué extraña fuerza les empujaba a aquello si sabían que no podía ser, que no debía ser?
Volvieron a resignarse tras aquel suspiro entre angustiado y lleno de alivio por tener en sus seres lo que más deseaban, comenzaron a hablar desde el corazón sin darse cuenta que nunca antes habían hablado así. Se decían el uno al otro entre parodias y risas, lo que habían pasado aquellos días. Pero debían separarse, ambos lo querían... O más bien, las situaciones lo requerían.
Volvieron a sentarse en aquel muro de piedra, ella volvió a imantarse con el cuerpo ajeno. Continuaron los besos finales, los que daban paso a una nueva etapa, a otro tipo de relación. Mientras él hundia su mirada en los ojos de Verónica, el brillo que cegaba a ambos.
- Te quiero.- Dijo Angel como quien da el último suspiro de vida, caminó sin mirar atrás, ella seguía sus pasos y él no quería parar, le agarraba por la espalda pero no paraba. Al fin se giró y le miró a los ojos, pedían clemencia, pedían a gritos que se acabase aquella tortura que les enredaba en lo más bonito que habían podido encontrar, felicidad.
Verónica y su peculiar forma de apaciguar aquellos momentos, comenzó a hablar de cosas que casi no venían a cuento pero había que capotear el temporal como mejor se pudiese. Hablaron de aquella noche mágica, perfecta en que pudieron sentir sus cuerpos tan cerca como sus corazones. Ella escuchó de sus labios, lo más bonito que había podido salir de su boca en mucho tiempo, mientras la abrazaba por la espalda y besaba su cuello. Aquello que sintió en ese instante, sería el único y último recuerdo que le quedaría. El que más paz le aportó en aquellos intensos meses de amor y pasión.
- Prometeme que no vas a volver a besarme, aunque eso no se pueda prometer...- Rogaba Ángel al corazón que semanas atrás había roto en un pedacito más... Verónica no lo prometería pero sí lo intentaría con todo su alma.
Ahora sus palabras fluían en calma y sin miedo...
martes, 13 de marzo de 2012
Parte 30
Verónica pasaría aquellos días en su soledad más cruel, la del silencio. No quería seguir apareciendo en la vida de Angel por ningún sitio, quería borrarse del mapa como solo ella sabía hacerlo.
Unos días despues volverían a verse, ella simulaba que no sentía dolor, que no había pasado nada, para facilitarle a él aquella visita imprevista. Reían y se contaban historias sin importancia, mientras él hablaba, ella le miraba analizando sus gestos, sus miradas, no podía fingir por mucho que lo intentase, la incomodidad que él notaba se debía a todo lo que ella regaló durante meses, su corazón. Lo que él no quiso dar ni en su tercera parte, pero algo asomó. Para que se calmase, le dio un abrazo, intentando que así Angel volviese a ser el de siempre. Mientras se abrazaban, él suspiraba y besaba el cuello de Verónica, como en aquellos momentos que pasaban de tensión tiempo atrás. Al separarse, él lanzó un beso a no sabía muy bien donde pero terminó en la barbilla de Verónica, la cual le miró deseando que continuase hacia arriba pero odiándole por ello.
Salieron de aquel lugar, hablaban, reían, como siempre. Mientras andaban, ella se decía "¿lo hago o no lo hago?¿le abrazo o no le abrazo?", lo hizo. Se puso frente a él, mirándole entre sus gafas de sol y tendió sus brazos hacia su cuello casi sin pensar, el apretó fuerte contra su pecho, tanto que le crujió la espalda.
- Tienes una contractura aquí, te acaba de saltar.- Verónica quería no dar muestra ninguna de amor. El la cogió de la cintura y la levantó en un abrazo. Al soltarse, de nuevo los besos escapados al aire. Continuaron hacia el vehículo de él, ya en el lugar, se despedían sin él saber cómo hacerlo. Verónica lo tenía bastante claro, eran amigos, dos besos y hasta siempre. Él rodeaba, seguía rodeando hasta que al fin se acercó al rostro de la chica y la dió dos besos, a cual más cercano a sus labios.
Tras aquel encuentro, a ella se le quedaron millones de preguntas en su cabeza. Como era habitual. Al día siguiente decidiría hacerlas. Provocando en Angel de nuevo la tormenta que días atrás les llevó a estar así. Ella por su lado pensaba que quería mantener lo de antes, que la chica estuviese ahí contra viento y marea pero teniendo claro que solamente eran amigos, cuando no era así.
Él a los pocos días preguntaba... - ¿Por qué tengo la sensación de que cada palabra, hecho o gesto, he de justificarlo?- A ella le pilló a contrapie, no quería ser irascible, ni suspicaz, pero tampoco podía evitarlo, le hubiese contestado que era una sensación suya y ella no tenía por qué saber la respuesta sino que estaba en él. Mantendrían una conversación fría, que a ella le llenaba de desazón. Poco después diría... "¿Por qué?Pues simple... porque nadie tenemos un botón off/on para sentir o dejar de hacerlo. Pero si para fingirlo", queriendo decir que, él sentía que debía justificarse porque posiblemente su sentimiento seguía siendo fuerte, seguía pensando que le debía algo a ella. Cosa que a Verónica no le sucedía, porque le había dado todo.
Él, que era el huracán mental continuo, se volvería a poner en contacto con ella, a través de otro de los medios. Diciéndole todas sus ambigüedades, todas aquellas frases que nunca cerraban nada, que todo lo dejaban en el aire.... Y Verónica decidió desaparecer...
Tras aquellos días de encuentros y desencuentros, Verónica decidió parar, reflexionar y descubrir. No quería seguir sintiendo aquel medio rencor que le guardaba a Angel por la bajeza de aquel acto, basicamente porque aquel era una sentimiento que no se podía permitir, ya había regalado todo su amor, su bondad, su alegría... Creía inconveniente y no merecido, regalarle cualquier tipo de sentimiento, ya fuese bueno o malo. Ahora su alma le pertenecía a ella misma, a nadie más.
Aquel día intentaba explicarle todo lo que había recabado en días de silencio y soledad, quería que supiese que él se había encargado no sólo de romper su corazón, sino de quemar las ganas de amarle que tenía, le había dado muchos buenos momentos, que quizá no eran tanto sino que debido al sufrimiento provocado en la mayoría de ocasiones, aquellos instantes que podían ser normales, le parecían increíbles.
Ya era indiferente si la quería o no, si la deseaba o no, por eso ahora sí estaba preparada para la amistad que él tanto anhelaba. Pero si realmente sentía algo hacia ella, él mismo se daría cuenta que aquella amistad no era factible. Pues sentiría lo que ella sintió en aquellos días.
Verónica lo intentó desde el minuto cero, pero sintiendo aquella rabia, impotencia, amor, todo mezclado, era prácticamente imposible, por ello guardó silencio y distancia, hablaría por última vez de ese tema, de lo que a él tan descolocado le había dejado, ya no daría más explicaciones a quien no las merecía, al hombre. Era momento de empezar de cero, una amistad básica, sin lamentos, sin recuerdos, sin dolor, sin pasión, sin nada. Sin coqueteos con el peligro, sin miradas lascivas, sin besos ardientes.
Ya no le daría más pautas sobre cómo actuar, ni pistas, ahora debía ser él mismo si quería recuperar aquella complicidad, aquellas risas, aquella paz de sentirse bien con la decisión tomada, si era acertada o no.
Se cerraba un capítulo más, en que las balanzas volvían a decantarse en su contra.
Unos días despues volverían a verse, ella simulaba que no sentía dolor, que no había pasado nada, para facilitarle a él aquella visita imprevista. Reían y se contaban historias sin importancia, mientras él hablaba, ella le miraba analizando sus gestos, sus miradas, no podía fingir por mucho que lo intentase, la incomodidad que él notaba se debía a todo lo que ella regaló durante meses, su corazón. Lo que él no quiso dar ni en su tercera parte, pero algo asomó. Para que se calmase, le dio un abrazo, intentando que así Angel volviese a ser el de siempre. Mientras se abrazaban, él suspiraba y besaba el cuello de Verónica, como en aquellos momentos que pasaban de tensión tiempo atrás. Al separarse, él lanzó un beso a no sabía muy bien donde pero terminó en la barbilla de Verónica, la cual le miró deseando que continuase hacia arriba pero odiándole por ello.
Salieron de aquel lugar, hablaban, reían, como siempre. Mientras andaban, ella se decía "¿lo hago o no lo hago?¿le abrazo o no le abrazo?", lo hizo. Se puso frente a él, mirándole entre sus gafas de sol y tendió sus brazos hacia su cuello casi sin pensar, el apretó fuerte contra su pecho, tanto que le crujió la espalda.
- Tienes una contractura aquí, te acaba de saltar.- Verónica quería no dar muestra ninguna de amor. El la cogió de la cintura y la levantó en un abrazo. Al soltarse, de nuevo los besos escapados al aire. Continuaron hacia el vehículo de él, ya en el lugar, se despedían sin él saber cómo hacerlo. Verónica lo tenía bastante claro, eran amigos, dos besos y hasta siempre. Él rodeaba, seguía rodeando hasta que al fin se acercó al rostro de la chica y la dió dos besos, a cual más cercano a sus labios.
Tras aquel encuentro, a ella se le quedaron millones de preguntas en su cabeza. Como era habitual. Al día siguiente decidiría hacerlas. Provocando en Angel de nuevo la tormenta que días atrás les llevó a estar así. Ella por su lado pensaba que quería mantener lo de antes, que la chica estuviese ahí contra viento y marea pero teniendo claro que solamente eran amigos, cuando no era así.
Él a los pocos días preguntaba... - ¿Por qué tengo la sensación de que cada palabra, hecho o gesto, he de justificarlo?- A ella le pilló a contrapie, no quería ser irascible, ni suspicaz, pero tampoco podía evitarlo, le hubiese contestado que era una sensación suya y ella no tenía por qué saber la respuesta sino que estaba en él. Mantendrían una conversación fría, que a ella le llenaba de desazón. Poco después diría... "¿Por qué?Pues simple... porque nadie tenemos un botón off/on para sentir o dejar de hacerlo. Pero si para fingirlo", queriendo decir que, él sentía que debía justificarse porque posiblemente su sentimiento seguía siendo fuerte, seguía pensando que le debía algo a ella. Cosa que a Verónica no le sucedía, porque le había dado todo.
Él, que era el huracán mental continuo, se volvería a poner en contacto con ella, a través de otro de los medios. Diciéndole todas sus ambigüedades, todas aquellas frases que nunca cerraban nada, que todo lo dejaban en el aire.... Y Verónica decidió desaparecer...
Tras aquellos días de encuentros y desencuentros, Verónica decidió parar, reflexionar y descubrir. No quería seguir sintiendo aquel medio rencor que le guardaba a Angel por la bajeza de aquel acto, basicamente porque aquel era una sentimiento que no se podía permitir, ya había regalado todo su amor, su bondad, su alegría... Creía inconveniente y no merecido, regalarle cualquier tipo de sentimiento, ya fuese bueno o malo. Ahora su alma le pertenecía a ella misma, a nadie más.
Aquel día intentaba explicarle todo lo que había recabado en días de silencio y soledad, quería que supiese que él se había encargado no sólo de romper su corazón, sino de quemar las ganas de amarle que tenía, le había dado muchos buenos momentos, que quizá no eran tanto sino que debido al sufrimiento provocado en la mayoría de ocasiones, aquellos instantes que podían ser normales, le parecían increíbles.
Ya era indiferente si la quería o no, si la deseaba o no, por eso ahora sí estaba preparada para la amistad que él tanto anhelaba. Pero si realmente sentía algo hacia ella, él mismo se daría cuenta que aquella amistad no era factible. Pues sentiría lo que ella sintió en aquellos días.
Verónica lo intentó desde el minuto cero, pero sintiendo aquella rabia, impotencia, amor, todo mezclado, era prácticamente imposible, por ello guardó silencio y distancia, hablaría por última vez de ese tema, de lo que a él tan descolocado le había dejado, ya no daría más explicaciones a quien no las merecía, al hombre. Era momento de empezar de cero, una amistad básica, sin lamentos, sin recuerdos, sin dolor, sin pasión, sin nada. Sin coqueteos con el peligro, sin miradas lascivas, sin besos ardientes.
Ya no le daría más pautas sobre cómo actuar, ni pistas, ahora debía ser él mismo si quería recuperar aquella complicidad, aquellas risas, aquella paz de sentirse bien con la decisión tomada, si era acertada o no.
Se cerraba un capítulo más, en que las balanzas volvían a decantarse en su contra.
martes, 6 de marzo de 2012
Parte 29
Verónica pensaba que aquel ya era el adios definitivo, tardaría apenas unos días en pasar por todos los procesos hasta llegar a la aceptación, saliendose de su cuerpo para poder analizar desde la distancia todo lo que les había rodeado. Aquella mente de infinta imaginación que no cesaba en su empeño por sorprender a Angel con toda la originalidad del mundo, decidió poner la amistad como barrera a lo que sabía que ninguno de los dos sentía. Pero era lo necesario, lo que requería el momento. Ya que habían llegado a un punto de estancamiento que no les permitía caminar hacia delante ni hacia detrás. Ya no podían enmascarar lo que habían sentido pero tampoco tenían el valor suficiente para continuarlo. En aquella distancia, se dio cuenta que solo había sido un títere manejado por una sonrisa y aquello le hería su orgullo, que a veces parecía no tener.
Ella pasó días de angustia, de dolor infinito, de intranquilidad, de remordimientos, de rabia, desesperación... Sobre todo porque aquel no parecía el momento oportuno, había sido muy egoísta por parte de Angel hacer aquello, así, en aquel preciso instante en que las nubes y las estrellas decoraban el paisaje. Despues se convenció a si misma de que era lo más coherente, lo más apropiado porque aquello no había sido más que un producto de su imaginación, una vivencia más que adornaría con florituras y palabras bonitas, era su manera de protegerse contra el dolor, deshaciendo el mito y el pedestal en que había encumbrado a Angel.
Pasados unos días conseguirían ponerse de acuerdo para establecer aquellos puntos del convenio que acatar sin más, sin resistencia, sin lamentos. Al fin llegaba un poco de paz y esclarecimiento.
Para subsanar todo aquello, ella se pasaría días caminando por las calles de su ciudad, imaginando su mundo perpendicular al del resto de la población, viendo en cada pareja un acto de falsedad que le hiciera pensar que no era ella la única a quien le pasaban esas cosas. Recorrería cafeterias en soledad, sin mirar a nada, a nadie. Su teléfono era un constante ajetreo, un mensaje de uno, otro de otra, otro de aquel, despues una llamada. Había días en que sentía haberse borrado del mapa sin escuchar aquel sonido en una sola ocasión, pero había otros en que parecía ser la única existente en la agenda de todo el mundo.
Aquella tarde de viernes, tras salir de visitar a un amigo en el hospital, antes que la fuesen a buscar para llevarla a casa, entraría en aquella cafeteria. Se sentó en la barra, pidió su café con leche fría por si tenía que salir escopetada poder beberlo de un trago y mirando a la pantalla de escasas pulgadas, por el rabillo del ojo notó algo extraño. Un chico, moreno, de ojos marrones tan claros como la miel, no hacía más que observarla. Ella en su interior se decía; "no mires, te está llamando, no mires.." pero su cabeza no pudo evitar que el cuello girase.
- Tengo la sensación de conocerte pero no se de que...- Dijo el chaval con una media sonrisa que le hacía parecer falto de algún grado de inteligencia.
- Tendré una cara muy común, no se...- Contestó Verónica mientras ocultaba su timidez y su mirada en el vaso de café.
- No, no... Yo te conozco. Pero tu no has tenido siempre el pelo así. Tu antes lo llevabas de otra manera.- El chico seguía indagando en los rincones de su memoria para conseguir ubicarla, ella se asustó porque era cierto que había cambiado el peinado, pero podría ser una frase que usaba con todo el mundo hasta que alguien picase.
- Pues creo que te confundes de persona, bueno tengo un poco de prisa, si me conoces ya me recordarás. Hasta luego.- Se despidió ella rápida y timidamente. Hacía algún tiempo que no habría mirado a casi nadie pero se quedó con la cara del joven y empezó a darle vueltas. "Ay, que ya se quien es..." Un antiguo amigo de Andrés, de hacía muchos años, había cambiado mucho y no le había reconocido. Inmediatamente volvió hacia atrás cuando le apreció caminando dirección al hospital.
- ¡Oye!¡Eh!¡Vas a ver a Hugo ¿verdad?!- Llamaba a gritos la atención de su amigo, del que había sido cómplice de tantas y tantas mentiras. Se giró y de un grito...
- ¡Verooooo! ja ja.. sabía que te conocía.. ¡Cuánto tiempo!¡Ven aquí bruja!- Le abrió los brazos de par en par. Se dieron un abrazo de aquellos que les absorbían. Por primera vez en muchos días volvía a sonreir.
Hablaron, se pusieron al día de todos sus éxitos y fracasos, recordaron a Andrés, sus peripecias... Tanto tiempo se llevaron hablando que ella tuvo que anular que fuesen a recogerla a la hora indicada. Él la llevaría a casa un par de horas despues. Aquel fin de semana quedarían para pasar un día juntos.
Verónica aquella noche dormiría recordando lo vivido con aquel grupo de gente que no pertenecía a su clase social, que estaban niveles por encima de ella pero que estaban sedientos de humildad, de risas y de realidad. Aquellos días en que reir era una norma y llorar estaba prohibido. A pesar de todos los problemas que les habían rodeado, habían pasado grandes momentos juntos. Durante sus sueños entremezclaba a Andrés, a Angel, a Héctor... Estaban todos juntos y enfrentados, peleando, gritando, se despertó entre sudor y lágrimas, de un sobresalto, como si alguien hubiese dado un portazo y le hubiese asustado en sueños.
Al despertar... El mensaje de Angel calmaba su ansiedad... pero a la vez, torturaba sus sentidos. En aquel instante decidió que todo estaba acabado, que su vida debía continuar. No quería más malas pesadillas, ni sonrisas borradas de un batacazo, llegando incluso a convencerse que nunca se habían amado.
Ella pasó días de angustia, de dolor infinito, de intranquilidad, de remordimientos, de rabia, desesperación... Sobre todo porque aquel no parecía el momento oportuno, había sido muy egoísta por parte de Angel hacer aquello, así, en aquel preciso instante en que las nubes y las estrellas decoraban el paisaje. Despues se convenció a si misma de que era lo más coherente, lo más apropiado porque aquello no había sido más que un producto de su imaginación, una vivencia más que adornaría con florituras y palabras bonitas, era su manera de protegerse contra el dolor, deshaciendo el mito y el pedestal en que había encumbrado a Angel.
Pasados unos días conseguirían ponerse de acuerdo para establecer aquellos puntos del convenio que acatar sin más, sin resistencia, sin lamentos. Al fin llegaba un poco de paz y esclarecimiento.
Para subsanar todo aquello, ella se pasaría días caminando por las calles de su ciudad, imaginando su mundo perpendicular al del resto de la población, viendo en cada pareja un acto de falsedad que le hiciera pensar que no era ella la única a quien le pasaban esas cosas. Recorrería cafeterias en soledad, sin mirar a nada, a nadie. Su teléfono era un constante ajetreo, un mensaje de uno, otro de otra, otro de aquel, despues una llamada. Había días en que sentía haberse borrado del mapa sin escuchar aquel sonido en una sola ocasión, pero había otros en que parecía ser la única existente en la agenda de todo el mundo.
Aquella tarde de viernes, tras salir de visitar a un amigo en el hospital, antes que la fuesen a buscar para llevarla a casa, entraría en aquella cafeteria. Se sentó en la barra, pidió su café con leche fría por si tenía que salir escopetada poder beberlo de un trago y mirando a la pantalla de escasas pulgadas, por el rabillo del ojo notó algo extraño. Un chico, moreno, de ojos marrones tan claros como la miel, no hacía más que observarla. Ella en su interior se decía; "no mires, te está llamando, no mires.." pero su cabeza no pudo evitar que el cuello girase.
- Tengo la sensación de conocerte pero no se de que...- Dijo el chaval con una media sonrisa que le hacía parecer falto de algún grado de inteligencia.
- Tendré una cara muy común, no se...- Contestó Verónica mientras ocultaba su timidez y su mirada en el vaso de café.
- No, no... Yo te conozco. Pero tu no has tenido siempre el pelo así. Tu antes lo llevabas de otra manera.- El chico seguía indagando en los rincones de su memoria para conseguir ubicarla, ella se asustó porque era cierto que había cambiado el peinado, pero podría ser una frase que usaba con todo el mundo hasta que alguien picase.
- Pues creo que te confundes de persona, bueno tengo un poco de prisa, si me conoces ya me recordarás. Hasta luego.- Se despidió ella rápida y timidamente. Hacía algún tiempo que no habría mirado a casi nadie pero se quedó con la cara del joven y empezó a darle vueltas. "Ay, que ya se quien es..." Un antiguo amigo de Andrés, de hacía muchos años, había cambiado mucho y no le había reconocido. Inmediatamente volvió hacia atrás cuando le apreció caminando dirección al hospital.
- ¡Oye!¡Eh!¡Vas a ver a Hugo ¿verdad?!- Llamaba a gritos la atención de su amigo, del que había sido cómplice de tantas y tantas mentiras. Se giró y de un grito...
- ¡Verooooo! ja ja.. sabía que te conocía.. ¡Cuánto tiempo!¡Ven aquí bruja!- Le abrió los brazos de par en par. Se dieron un abrazo de aquellos que les absorbían. Por primera vez en muchos días volvía a sonreir.
Hablaron, se pusieron al día de todos sus éxitos y fracasos, recordaron a Andrés, sus peripecias... Tanto tiempo se llevaron hablando que ella tuvo que anular que fuesen a recogerla a la hora indicada. Él la llevaría a casa un par de horas despues. Aquel fin de semana quedarían para pasar un día juntos.
Verónica aquella noche dormiría recordando lo vivido con aquel grupo de gente que no pertenecía a su clase social, que estaban niveles por encima de ella pero que estaban sedientos de humildad, de risas y de realidad. Aquellos días en que reir era una norma y llorar estaba prohibido. A pesar de todos los problemas que les habían rodeado, habían pasado grandes momentos juntos. Durante sus sueños entremezclaba a Andrés, a Angel, a Héctor... Estaban todos juntos y enfrentados, peleando, gritando, se despertó entre sudor y lágrimas, de un sobresalto, como si alguien hubiese dado un portazo y le hubiese asustado en sueños.
Al despertar... El mensaje de Angel calmaba su ansiedad... pero a la vez, torturaba sus sentidos. En aquel instante decidió que todo estaba acabado, que su vida debía continuar. No quería más malas pesadillas, ni sonrisas borradas de un batacazo, llegando incluso a convencerse que nunca se habían amado.
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