jueves, 17 de noviembre de 2011
Parte 5
Iban pasando los meses, la vida, el recorrido que se había marcado. Con Miguel nunca llegó a tener nada por el simple hecho de no destrozar una vida más, simplemente la amistad que les unía era muy fuerte, él parecía conocerla de toda la vida desde el primer día que la vió. Ella escuchaba sus historias de idas y venidas con unas y otras, llegando a provocarle celos por momentos, pero sabía que estos venían por perder la atención que había ganado día a día.
Durante ese año le sucedieron cosas, problemas añadidos como enfermedades familiares y demás que le hacían hundirse aun más en la pena. De casa al trabajo, del trabajo al hospital, del hospital a casa y así sucesivamente día a día. Apenas dormía pensando en todo lo que perdería si aquella persona se marchaba.
Una noche de hospital entró a la cafetería cercana que se pasaba las veinticuatro horas abierta. Empezó a oir gritos desde la calle, no entendía lo que aquel borracho estaba diciendo. Al entrar… Andrés. Con la botella de Ron vacía en la mano y exigiendo que le pusieran más.
- Andrés… ¡Eh! Andrés, soy yo… Tranquilo.- Intentaba ella calmarle mientras se abrazaba a él para que no mirase a los camareros.
- ¿Le conoces? Pues llévatele de aquí y que nos pague lo que debe.- Recriminaba el jefe de barra.
Verónica sacó su cartera, cogió el billete más grande que había en ella, con toda su rabia se lo tiró a la barra. - ¿esto es suficiente?- Preguntó con su gesto de furioso. Mientras sostenía al hombre que más amó, poniéndole el brazo en su hombro. Al intentar salir por la puerta, aquel camarero bondadoso salió a ayudarla.
- Niña, este hombre está día si y día también aquí metido, hay días que pierdo la cuenta de lo que llega a beber, si le conoces, ayúdale, tiene un problema serio. Y siempre nombra a una tal Verónica que dice que nosotros la conocemos. Que ha venido por aquí con ella. Pero yo no le recuerdo. Me da pena, ayúdale. - Le informaba el pequeño hombre de pelo cobrizo, cara pecosa y ojos chispeantes de alegría. Consiguieron salir y meterle en el coche de la muchacha. Mientras Andrés deliraba canciones de tiempos pasados.
Al llegar a su portal, él se había dormido en el asiento del copiloto. Verónica no sabía cómo hacer para subirle a casa, no podía con él, era tres veces su peso. Decidió dejarle dormir un rato para que al despertar al menos consiguiera ponerse de pie por él mismo.
- ¿Vero?¿Eres tú?¿O es que me he muerto y te veo desde el cielo?… Me duele la cabeza y no veo.- Preguntaba al abrir los ojos y ver allí a la muchacha esperando que pasara el peor momento.
- Soy yo Andrés… ¿Qué has hecho?¿esto es tu vida ahora? No te entiendo… Pero no será hoy el día en que te de ninguna charla así que… vamos, si puedes levantarte, vamos para casa.- Le recriminó enfadada, decepcionada. El hombre consiguió poner los pies en la tierra y caminar lento hacia el portal. Deseaba que ella le acompañase hasta arriba. Así hizo.
Entrando por la puerta, Verónica empezó a vislumbrar cuánta soledad había en aquel lugar, miraba al techo y no había lámparas, solamente los casquillos. Nada más entrar se encontraban de repente con el pequeño salón, no tenía nada, solo un viejo sillón y una estantería llena de libros. Al fondo, la cama de metro y cincuenta, deshecha, con la ropa tirada por el suelo… Andrés se sentó en su sillón indicándole a la chica que fuese a sus rodillas. Ella realmente quería pero no sabía si debía… Se dirigió hacia él y tomo posición en sus piernas, le miró a los ojos, como antes y… Tenía que suceder.
A la mañana siguiente despertaron enredados en besos, abrazos y una felicidad que no sabían exactamente cuánto les duraría pero… ¿por qué no intentarlo?
Andrés se levantó primero, recogió todo aquel desastre mientras se preguntaba qué hacia ella allí, durmiendo en su cama, la miraba y no podía creerlo, le venían flashes de todo lo acontecido aquella noche, pero no sabía cómo había llegado ella allí. Le daba igual el cómo… Al terminar, se sentó al otro lado de la cama para admirar su sueño, sus pestañas vivas y largas, su boca que le parecía tan dulce como aquel caramelo que comía de pequeño, acariciaba su mejilla para despertarla suavemente, como en aquellas noches que pasaban escondidos en cualquier hotel de la capital… “Qué mala vida te di… ¿me perdonarás algún día?” susurraba para sí mismo… Sus ojos se abrieron sonriendo, le miró y suspiró al sentirse completa, llena. Al recordar que todo aquello que en su día le vació, en aquel momento ya no existía.
- Buenos días morena, perdona que te pregunte pero… ¿qué haces aquí?- Estaba ansioso por saber su respuesta, pero ella se sonrió y tan misteriosa como siempre..
- No quieras saber cariño… Algún día te lo contaré o, mejor dicho, te lo escribiré… - Se estiró entre las sabanas, bostezando y con sus brazos se tiró literalmente al cuello de Andrés. Este la recibió sorprendido pero sin rechazo, la acogió como si fuese lo último que hacer en su vida.
Aquella mañana empezaban un nuevo camino, una etapa diferente, sin rencores de tiempos pasados, sin reproches y con la libertad de decir, de hacer, de tener… Después de pasar aquella mañana juntos, él no sabía ni entendía qué pasaría ahora con ellos, tanta normalidad le asustaba. Pero prefería no preguntar y seguir viviendo lo que ella quisiera regalarle, al fin y al cabo él ya no perdía tiempo sino que se bebía los minutos y las horas.
Había pasado tanto tiempo metido en bares de mala muerte, con la única compañía de sus recuerdos que ya le daba igual si ella le dejaba otra vez o no, solo quería vivir el momento que pudiese a su lado, sentirla y saber que volvía a tener vida de nuevo.
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