Y... Como no podían faltar, las acometidas de la vida, de la gente, de su maldad, de sus injustas inferioridades que pagaban los demás... Verónica empezó de nuevo a sentir las cuchilladas de unos y otros, de otros y unos... Se sentía acorralada en un nido de viboras del que no sabía como salir. Quería gritarles, darles de puñetazos, decirles con su lengua viperina todos los defectos que les llevaban a sentirse así contra ella. Pero no podía, debía guardar silencio por la lealtad.
Aquella tarde llegó a casa, se rompió en lágrimas que nadie debía ver sino ella misma, gritó en silencio, mientras el agua de la ducha recorría su cuerpo quemando su piel por si, con suerte, la convertía en humo y desaparecía del mundo que no la dejaba vivir a su manera. Mientras el movil no paraba de sonar, aquel moreno tan fiel como elegante, no dejaba de decirla, de intentar adorarla pero la daba igual lo que le dijese, el chaval debió comprender el silencio en la última frase... "no lo soy, solo vivo y dejo vivir."... Tardó más tiempo del normal en contestar y decidió dejarla. Ella lo necesitaba. Poco más tarde, aquel otro amigo que se nutría de la alegría de ella, de su vida, no quería que esto le provocase lo que sabía que vendría y de hecho, sin querer, escuchó... Verónica, bajo el agua se consumía en la ausencia de aquel que realmente necesitaba, y se salía de su propio cuerpo para reprocharse por ello y decirse lo tonta que era, no podía estar haciendose la coraza y derruirla por una minucia como esta. Volvía aquella contradicción en su mente.
Normalmente, se habría quedado dormida en cuanto saliese de la ducha, pero aquel día no. Aquel día le darían las horas muertas en la rabia y la impotencia de no saber cómo actuar, cuando de repente... Aparecía. Angel estaba ahí. A ella se le formó una sonrisa humedecida por las lágrimas de alivio por ver su nombre en la pantalla de su movil. Hablaron lo justo, lo necesario para que ella sacase el coraje que necesitaba. Recordando aquellos momentos en que a él le robaron la sonrisa y ella solo sintió la llamada de la muerte ajena. Entonces fue cuando despertó y pensó que aquello no tenía que afectarla más que lo justo.
Al día siguiente, ella se levantaría, con muy pocas ganas de mover un pie, ni el otro. La ilusión con la que se drigía antiguamente a aquel lugar, desaparecía por la maldad de otros. Café, ducha, contorno de ojos y rimel, por ese orden... Arrancaba el coche, una canción... La canción que le transportaba a aquella noche perfecta en que las lágrimas de felicidad corrían por la espalda de aquel a quien odiaba amar. Se pintó una sonrisa en la cara y en los ojos, con toda su fuerza llegaba a aquel destino. Pasaban las horas y mientras veía a aquel que llevaba su sangre, se decía a ella misma lo mismo que en días anteriores... "si puedes ser indiferente con tus genes... Puedes serlo con los demás...", pero lo que no entendía era por qué necesitaba a Angel sino quería hacerlo. Y así se lo hacía ver... Escribiéndole una vez más, lo primero que le pasaba por la cabeza.
Angel le contestaría de un modo, que a ella le dejó descuadrada y volvió a contestarle, pero esta vez no hablaba su cabeza, sino que gritaba su corazón los silencios que nunca pronunció. Al recibir de nuevo la contestación de él, ella no pudo más que reactivarse y enmascararse contra todo aquello que quería borrarle la sonrisa. Quedaban pocas horas para perder de vista lo que le empezaba a preocupar cada vez menos.
Tras esas horas que parecían ir aun más lentas... Llegó a casa, se duchó, se miró al espejo y optó por darle la oportunidad de explicarse a aquel que en su día no lo hizo. Iban a celebrar el cumpleaños en que estancaron sus supuestos sueños... Se vieron y ella sentía la fuerza suficiente para darle con todos los látigos que tenía acumulados. Él de repente empezó a empequeñecerse ante la atitud de la joven....
- Vengo en son de paz, solo quería comprobar que soy capaz de mandarte a donde te mereces sin que duela. - La advertía ella, mientras él ponía cara de no haber roto un plato mientras que tenía en sus manos las marcas de la vajilla entera.
- Lo siento, sé que no hice bien, pero yo tambien estaba ilusionado tanto contigo, como con todo lo que nos estaba pasando, no podía creerme que tras tantos años te pudiera tener entre mis brazos y al empezar a conocerte más aún, me asusté porque eres fuerte, muy fuerte y podías hundirme solo con una mirada.- Confesaba mientras el alcohol invadía su estómago.
- Mira Rober, tu no sabes las ilusiones que yo puse en ti, ni lo que te di, ni toda la sinceridad que esparcí por tus oidos de mierda, no serás capaz nunca de reconocer todo lo que viste de mi que solamente dos personas más han visto. Y tú lo conseguiste en una semana, si tanto te molestaba aquello por lo que me mandabas de vuelta a casa, haber puesto la solución, sino... No crees un problema, y si es posible, deja de intentarlo ya porque yo solo puedo verte como un conocido. Nada más.- Ella le dijo cara a cara, lo que tantas veces por teléfono le dijo pero él parecía no entender.
- ¿ya no hay vuelta atrás?- Preguntaba con sus ojos llenos de brillo, tanto de ilusión como de impaciencia.
Verónica prefierió guardar silencio, pedir la cuenta y marcharse. Al montar en el coche, lo primero que hizo... Pensar en Angel, aquel que le daba la libertad y se la quitaba sin pedirlo. Le escribió un mensaje y todo lo que había vivido aquella tarde se esfumó al recibir su respuesta...
Por mucho que intentase acorazarse, él era su talón de aquíles, su debilidad... Pero seguiría jugando a la máscara, a la sonrisa pícara, a las miradas que solo entenderían ellos... Sin adicciones, sin preocupaciones... Solo sonreir por y para ellos. Disfrutarse en silencio. Su pensamiento se fugaba ahora a aquellos momentos de torpezas compartidas, a aquellas risas contagiadas entre sabanas, a aquellos paseos que iluminaban las mañanas, a aquellas frases cortadas por el otro para continuarlas, a aquellas conversaciones naturales y sin tapujos sobre sus deseos... Nada era más importante que eso. Nada.
sábado, 21 de julio de 2012
miércoles, 18 de julio de 2012
Parte 35
Angel partía en calma, o con una poca más, hacia aquel lugar que le habían preparado de repente, lugar a donde, según él, no tenía ningunas ganas de ir. Verónica ya había pasado estos capítulos en su vida, tanto de ella misma como de los ajenos. Pero en esta ocasión, no sabía muy bien por qué, lo estaba llevando mucho peor. Aquellos días de silencio, de incertidumbre, de lágrimas ahogadas, de impotencia... La chica decidió romperse en dos. No quería que todo aquello le afectase como lo estaba haciendo, tampoco se lo diría a él, ni se lo haría ver, pero ahora todo sería diferente, a su manera. No a la de nadie. Tenía clarísimo lo que quería y a quién quería pero aquello no le iba a costar la vida. Decidía ser amiga... Solo amiga. Con sus momentos de pasión entrecortada pero solo amiga. La coraza que tantos años le costó bordar, volvió a su cuerpo. Prefería estar, escuchar, calmar pero no sentir. Volviendo a aquella línea imaginaria de meses atrás. Aunque innegablemente sintiese.
Ella sabía cuál era su sueño, su mágico mundo de vida, de color y fantasía. Cuando le conoció vivía en una burbuja creada por ella misma, durante los últimos torbellinos de pensamientos decidió ponerse a buscarla de nuevo, encontrándola dentro de sí misma. Las dudas, los miedos y los tormentos de él, la llevaban a infiernos de dolor, pero de dolor real. Una punzada en el pecho que la dejaba sin respiración, cuando aquella mañana amaneció sin poder respirar, su cerebro quedó tan aturdido que halló de nuevo ese halo de ilusión que buscaba.
Volvió a ser la fría y seductora, la pícara viborita como él la llamaba, la mujer sin miedo, sin alma. Aunque por momentos le invadiese la ternura. Pero no se dejaría arrastrar de nuevo por aquella capa de victimismo que él se ponía cuando todo le agobiaba. La encantaba tenerle entre sus brazos, pero hasta la línea, cuando el latido comenzaba a ser más intenso, el cerebro llamaba fuertemente diciendole que parase que se iba cuesta abajo y sin frenos.
Tras aquellos días, ella no sabía qué había pasado por la cabeza de Angel pero tampoco quería saberlo, no la importaba. Le daba igual, él había decidido con sus propios pies ir de nuevo en su busca, pues adelante, pero no preguntaría razones, ni nada.
Se volvieron a ver en un rincón asiduo a sus locuras, a sus lágrimas, a sus risas, a sus complicidades... Compartieron aquel momento como hacía meses que no lo tenían. Ella se daba cuenta de que la cabeza de él, por momentos, se aturullaba. Se enredaba en un huracán de pensamientos, pero no sería quién le preguntase. Porque siempre era ella quién lo hacía, quién pensaba por los dos, él se limitaba a observar y ver reacciones para despues, creer que siempre serían las mismas. Pero ya no eran tan iguales.
Verónica decidía coger su vida de nuevo donde la había dejado... En el manto del silencio y la sonrisa. Donde siempre la iba viento en popa y nadie conseguía aturdirla. Ahora él era su candado y su llave a la vez... Él tenía todo en sus manos pero nada al mismo tiempo...
Juego y misterio... Solo eso.
Ella sabía cuál era su sueño, su mágico mundo de vida, de color y fantasía. Cuando le conoció vivía en una burbuja creada por ella misma, durante los últimos torbellinos de pensamientos decidió ponerse a buscarla de nuevo, encontrándola dentro de sí misma. Las dudas, los miedos y los tormentos de él, la llevaban a infiernos de dolor, pero de dolor real. Una punzada en el pecho que la dejaba sin respiración, cuando aquella mañana amaneció sin poder respirar, su cerebro quedó tan aturdido que halló de nuevo ese halo de ilusión que buscaba.
Volvió a ser la fría y seductora, la pícara viborita como él la llamaba, la mujer sin miedo, sin alma. Aunque por momentos le invadiese la ternura. Pero no se dejaría arrastrar de nuevo por aquella capa de victimismo que él se ponía cuando todo le agobiaba. La encantaba tenerle entre sus brazos, pero hasta la línea, cuando el latido comenzaba a ser más intenso, el cerebro llamaba fuertemente diciendole que parase que se iba cuesta abajo y sin frenos.
Tras aquellos días, ella no sabía qué había pasado por la cabeza de Angel pero tampoco quería saberlo, no la importaba. Le daba igual, él había decidido con sus propios pies ir de nuevo en su busca, pues adelante, pero no preguntaría razones, ni nada.
Se volvieron a ver en un rincón asiduo a sus locuras, a sus lágrimas, a sus risas, a sus complicidades... Compartieron aquel momento como hacía meses que no lo tenían. Ella se daba cuenta de que la cabeza de él, por momentos, se aturullaba. Se enredaba en un huracán de pensamientos, pero no sería quién le preguntase. Porque siempre era ella quién lo hacía, quién pensaba por los dos, él se limitaba a observar y ver reacciones para despues, creer que siempre serían las mismas. Pero ya no eran tan iguales.
Verónica decidía coger su vida de nuevo donde la había dejado... En el manto del silencio y la sonrisa. Donde siempre la iba viento en popa y nadie conseguía aturdirla. Ahora él era su candado y su llave a la vez... Él tenía todo en sus manos pero nada al mismo tiempo...
Juego y misterio... Solo eso.
domingo, 8 de julio de 2012
Parte 34
Capítulos que pasaban... Comenzaban siempre con un pie tanteando el terreno, buscando la tierra firme para no caer de nuevo en los mismos errores pasados, con prudencia, con mimo, con cariño... Semanas después la energía era rebosante, todo parecía fluir en calma mientras se acompañaban mutuamente por los senderos de la libertad, el placer, la amistad... Se avecinaba tormenta pero Verónica se tapaba los ojos. No quería pensar en pasados, ni en futuros, no quería más que disfrutar de lo que en ese momento tenía. Los ojos de Angel llenos de tanto deseo como adoración.
Las situaciones ajenas a ellos, les suponían un mundo. Se dieron circunstancias muy crueles por parte del mundo real, no del que ellos habían creado. Se escucharon, se entendieron, parecía que nada les separaría en ciertos aspectos. Ambos eran torbellinos mentales y de corazón tan pasional que les impedía ponerse las gafas de la realidad. Buscaron el aliento y el consuelo en ellos mismos, la fuerza necesaria para resurgir de donde les querían hundir, sacaron un poco la cabeza queriendo pisarlas aún más al fondo, pero ninguno lo permitiría. Su destino era ir contracorriente, contra viento y marea, cuanto más difícil se tornase la situación, con más viveza se rescatarían el uno al otro.
Verónica tenía un punto débil y no era su propio corazón, sino el de aquel que lo depositó en sus manos, sabiendo que serían de algodón. Angel, opinaba lo mismo, aunque su razón no le dejase verlo o le dijese que no debía verlo. Parecía sentir la impotencia del silencio, la desagradable sociedad que no es capaz de continuar con sus vidas sino estropeaban la de los demás.
Angustia, decepción, asfixia, bloqueo... Sentimientos que provocaban el abandono de un barco que aún navegaba viento en popa, pero que mejor lo hiciese a la deriva. Cada uno con su chaleco salvavidas... Y si llegaban a tierra, ya se verían. La independencia que tanto anhelaban, la soledad que les refugiaba de fracasos, de sueños rotos, de ilusiones perdidas... Solamente era eso... Tiempo, libertad...
Sus ilusiones residían en la mirada del otro, en la sonrisa y la risa, en la tranquilidad de saberse ahí. De la amistad leal y sincera... Lo demás, habitaba en un segundo plano. No era necesario, aunque sí lo desearan, el contacto físico. Les bastaba soñar el momento de verse, de hablarse, de imaginar juntos un mundo hedonista que les alejase del sucio mundo en el que se movían. Complementos perfectos el uno del otro. La calma y el fuego, la templanza y el deseo... Tenían todo lo que podían el uno en el otro, sin necesidad de nada más.
Verónica era la energía, la ilusión, la viveza... Angel la razón, los frenos, el sosiego... Y viceversa, ya que cada uno recogía lo que el otro le aportaba. Condenados o no, seguían ahí, no abandonaban el barco, solo buscaban su refugio en una parada más. Aquella llamada... Soledad.
Nunca dirían siempre... Pero sí eterno... Nunca dirían mañana... Pero sí hasta luego... Sus almas y cuerpos... Su propio reflejo.
Las situaciones ajenas a ellos, les suponían un mundo. Se dieron circunstancias muy crueles por parte del mundo real, no del que ellos habían creado. Se escucharon, se entendieron, parecía que nada les separaría en ciertos aspectos. Ambos eran torbellinos mentales y de corazón tan pasional que les impedía ponerse las gafas de la realidad. Buscaron el aliento y el consuelo en ellos mismos, la fuerza necesaria para resurgir de donde les querían hundir, sacaron un poco la cabeza queriendo pisarlas aún más al fondo, pero ninguno lo permitiría. Su destino era ir contracorriente, contra viento y marea, cuanto más difícil se tornase la situación, con más viveza se rescatarían el uno al otro.
Verónica tenía un punto débil y no era su propio corazón, sino el de aquel que lo depositó en sus manos, sabiendo que serían de algodón. Angel, opinaba lo mismo, aunque su razón no le dejase verlo o le dijese que no debía verlo. Parecía sentir la impotencia del silencio, la desagradable sociedad que no es capaz de continuar con sus vidas sino estropeaban la de los demás.
Angustia, decepción, asfixia, bloqueo... Sentimientos que provocaban el abandono de un barco que aún navegaba viento en popa, pero que mejor lo hiciese a la deriva. Cada uno con su chaleco salvavidas... Y si llegaban a tierra, ya se verían. La independencia que tanto anhelaban, la soledad que les refugiaba de fracasos, de sueños rotos, de ilusiones perdidas... Solamente era eso... Tiempo, libertad...
Sus ilusiones residían en la mirada del otro, en la sonrisa y la risa, en la tranquilidad de saberse ahí. De la amistad leal y sincera... Lo demás, habitaba en un segundo plano. No era necesario, aunque sí lo desearan, el contacto físico. Les bastaba soñar el momento de verse, de hablarse, de imaginar juntos un mundo hedonista que les alejase del sucio mundo en el que se movían. Complementos perfectos el uno del otro. La calma y el fuego, la templanza y el deseo... Tenían todo lo que podían el uno en el otro, sin necesidad de nada más.
Verónica era la energía, la ilusión, la viveza... Angel la razón, los frenos, el sosiego... Y viceversa, ya que cada uno recogía lo que el otro le aportaba. Condenados o no, seguían ahí, no abandonaban el barco, solo buscaban su refugio en una parada más. Aquella llamada... Soledad.
Nunca dirían siempre... Pero sí eterno... Nunca dirían mañana... Pero sí hasta luego... Sus almas y cuerpos... Su propio reflejo.
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