Unos años después...
Verónica no encontraba su lugar. No sabía dónde situarse. Desde aquella última vez en que pisaba el refugio dieron vueltas mil pensamientos unidos.
Ángel había vivido su calvario particular, muchos reproches, muchos dolores, pocas alegrías, batallas abiertas a cada paso... Tuvo tanto que aguantar que Verónica intentó hacerse transparente. Se escondió tras su cara de ilusión perenne para que la vida fuese más fácil. De lo que no se dió cuenta es que, por no molestar, dejaron muchas cosas de lado. La principal, que más les unió, la amistad. Contarse todos sus sentimientos, uno por no herir y la otra por no causar molestias. Hablar como hablaban en la calma de una cima, en la tranquilidad de un asiento... Eso había desaparecido entre la falta de tiempo y la comodidad de la costumbre. De saberse ahí. El tiempo se repartía para todo, excepto para ellos.
Verónica pasaba noches de angustia sostenida, sin hablar, intentando sacar sonrisas a los nubarrones que acechaban a su ángel, se metía en aquella cama, sola, con su pequeño amigo de cuatro patas y lloraba hasta dormirse. No necesitaba somníferos, las lágrimas eran su relajante particular. A la mañana siguiente se levantaba, lavaba la cara, se pintaba la sonrisa y comenzaba el juego de "main pen rai", aquí nunca pasaba nada.
Pero aquella luz se apagaba. Muchos cambios juntos se avecinaron. Demasiados. Llegó un momento en que no sabía si vivía la vida real o una película. Se desgastó entre horas y horas de trabajo. Llegar a aquel nuevo lugar que se convertía en su hábitat y hacerse cargo de lo suyo, de lo de los demás... De lo que otros abandonaron allí. Y aquello no tenía la culpa. Día tras día, sonaba el despertador, cuando creía que no tendría que ponerlo, le avisaban una tarde antes que madrugaba otra vez, kilómetros en la cara, pensamientos en el coche... Dolores escondidos para no agobiar... Explotó.
La mente de un ser humano puede ser muy mala.. No quiso preocupar a Ángel, prefirió dejarle pensar que ella era así de cínica, irónica y sarcástica... Como si le hubiese engañado. Mientras pedía ayuda externa y consejo. Algunos se ofrecieron a aportar la ayuda. Gracias a aquella chica dio el paso. El de acudir donde nunca quiso ir, pero si no lo hacía, no iba a acabar bien. Él le reprochaba su carácter, sus malos modos... Ella los sabía, no podía remediarlo, había aguantado demasiado. Las personas fuertes también dejan de serlo... Sobre todo cuando la vida no le ha dado tregua para ser un poco débil.
Verónica había ido sobreviviendo al cambio. Se fue adaptando a todo lo que la vida le había ido preparando por el camino. Aquella chica se lo dijo... "no puedes seguir así... Habla...", pero su voz se había apagado. Ni siquiera quien había estudiado para ello, podía sacarle lo que tenía dentro. Decidió que debía hacerlo, que aquel tratamiento tenía que ir adelante. En él le enseñaron que debía ser ella misma, que debía perderse y encontrarse, que si no encontraba el puzzle, tenía que buscarlo.
Él cada día la comprendía menos, la paciencia se le agotaba, a veces con razón... Pero nunca quiso escucharla más. Ni tampoco hacerla partícipe de lo que sentía él. Preferían sacar los cuchillos, reprocharse mil cosas o la famosa frase... "y yo más..." el yo había cambiado el sitio al "comprendo"... Ahora solo se comprendían a si mismos... Como el no se cuantos por ciento de la población española. El egoísmo que nunca encontraron entre sí, estaba empezando a florecer.
Ya no hablaban las cosas de forma calmada, ya no se preguntaban por miedo a la respuesta, por miedo a tener la culpa... Se fueron dejando perder, como todo el mundo. Ya no eran especiales... O no lo parecían...
Verónica, a pesar de ser todo furia y rencor, quería de nuevo recuperar aquello. Quería volver a ser su mejor amiga, quería gastar los minutos en conversaciones interminables con quien creía su mejor amigo, sin temor a que él la juzgara. Porque, lamentablemente, la había empezado a juzgar. Anhelaba recorrer su frente con sus dedos como años atrás, peinar sus cejas para dibujar su cara en sus manos... Pero el gélido aire de la incomprensión, se levantaba entre ellos. Cual tormenta a punto de terminar con el mundo... Y ella... Se sentía muy mal. No quería volver al silencio pero tampoco quería seguir gritando "entiéndeme"... Quería volver a ser.. lo que ella creía ser para él...
Ángel se desesperaba porque cada cosa que hacía, según ella, estaba mal. Quizá no estaba mal, sino que Verónica nunca quiso pedir nada pues pensaba que debía salir de él, como salía... Ángel no parecía entender nada de lo que ella repetía constantemente... Él no solo no escuchaba sino que ya tampoco leía... No reparaba en que lo que a él le enamoró... Fue la mente que hablaba y la sonrisa que le escuchaba... Daba la sensación de no querer volver allí... Como si quisiera que todo terminase porque ya tenía que terminar...
Verónica, solamente quería volver a sentirse especial...
Destino...desatino.
miércoles, 15 de junio de 2016
martes, 16 de julio de 2013
Parte 65
Verónica era, de por sí, enérgica, viva, ilusa, optimista... Era una persona que reía y reía sin importarle lo que pensaran los demás. Así era ella cuando Ángel la conoció. Una chica sin miedo a nada, de coraza puesta y sonrisas a rebosar. Durante aquellos meses, los ataques de tantos frentes, fueron minando su escasa autoestima. Esa que siempre creía tener por las nubes y no llegaban ni a la primera capa del planeta. Estaba a demasiados kilómetros bajo tierra.
Siempre había idealizado a Ángel, de tal manera que fue creando un semidios en su mente, alguien inmortal, alguien capaz de quitar sus miedos con una sonrisa, alguien coherente con sus palabras y sentimientos, de principios, de inteligencia desbordante... Le tenía tan mitificado que ella se sentía muy pequeña a su lado. Le pasó en muchas ocasiones y lo disimuló pero ahora el sentimiento era aún más fuerte. Cuando iba a aquel lugar que les hizo encontrarse por casualidades del destino, ella se veía vestida de aquella manera tan masculina, tan horrible... Veía a auténticas señoras vestidas con trapos y vestidos preciosos, peinadas, maquilladas, algunas parecían muñecas... Al mirar a Ángel vestido con aquellos trajes que, a ella le parecía, le quedaban tan perfectos, que cualquiera de aquellas mujeres podía irle mejor al lado que ella misma. No eran celos sino... Inferioridad. Sentía que no le merecía.
Al cabo de los meses y las semanas, aquel complejo se fue haciendo cada vez más grande. Toda la situación creada, las circunstancias. Ella las entendía perfectamente. Sabía que había momentos en que le apetecería estar más en su círculo de siempre por verificar, o corroborar, que lo que sentía hacia lo que dejaba, era cierto. Que la mentira que se iba destapando era cada vez más real. A ella le había pasado lo mismo meses atrás, hasta que comenzó a dejar de lado toda la vida que la rodeaba, se encerraba en aquella habitación, mal pintada a su gusto, con sus cascos, su música y sus letras envueltas. No sabía cómo hacerse entender ante él sin que se sintiese culpable de nada, porque en realidad, no lo era. Solo les faltaba aquella comunicación de antaño. Aquellas conversaciones llenas de chispa, chistes y alegrías. Ella se había propuesto recuperarlo pero sentía que por hacerlo, le saturaba. Se encontraba en un mundo... Extraño para ella, casi desconocido. ¿Actuar como su pareja?¿Como su amiga?¿Cómo qué?... Sabía que él necesitaba tiempo. Bastante tiempo. Más que nada por lo que le acompañaba. Porque tenía que adaptarse él, tenía que adaptarse todo y que los satélites se situasen de tal manera que permitiesen la paz. Irremediablemente, ella se volvía niña otra vez.
Aquella tarde, recordó que tenía voz. Que sabía hablar. La cara de Ángel era un poema. Pasó de aquella risa nerviosa a la desazón en dos segundos. Él sabía que ella le entendía, lo que no sabía era hasta dónde y cómo era capaz de aguantar o reaccionar. Ella, en aquel mismo momento en que pronunciaba aquellas palabras, quería tumbarle encima suya, pero no podía. Por el lugar. Por las circunstancias. Por todo lo que estaba expresando. Necesitaba decirlo para que sus reacciones no fuesen tan agresivas, picajosas y humillantes. Verónica sabía que podía ser tan hiriente como una bala perdida, aunque él nunca quedaba mudo. Pero no quería repetir historias pasadas en que se hizo tan independiente que terminó creando un complejo por ambos lados llevándolo al fracaso absoluto. Por eso sabía que él, era el hombre de su vida. Porque le era imposible callarse nada, de una manera u otra, terminaba explotando para despues calmarse en la paz de sus brazos.
Verónica no quería ponerle candados, solamente quería que no la hiciesen daño. Prefería mil veces no volver a verle, a que él la defraudase de alguna manera. Al llegar la noche, tumbados en aquel sillón, con la paz de tenerse cerca, ella sentía que él estaba lejos. En algún mundo que no encontraba, quería berrear, patalear por encontrar aquel mundo pero no lo encontraba. Prefirió cerrar sus ojos y recordar la felicidad de Angel por volverla a ver tras aquellos días de distancia asumida. Y durmió. Al despertar. Se fue hacia la cocina, con aquel pequeño compañero de fatigas buscándola entre saltos. El pequeño se estiraba a modo de saludo, ella le miraba mientras el café giraba en el microondas. Se desperezaba bebiendo aquel sabor tan diferente, tan especial, tan de él. Aquellos cafés le sabían solamente a Angel. Esos ojos avellana la miraban en busca de una caricia, le acarició. Le sonreía y el pequeño giraba su cabeza como si la estuviese entendiendo. Media hora despues, estaba besando la frente del ser más maravilloso que había conocido. Allí, dormido. Con aquella calma. Esa cara de paz inquieta ... ¿Qué estaría pasando en sus sueños? ¿Por qué se tenía que ir en aquel preciso momento?... Su particular torpeza haría que Ángel despertase a ayudarla... Era puro ruido. Intentando molestar lo menos posible, salió corriendo de allí, de aquella casa que se estaba convirtiendo en su refugio. En el único lugar donde desconectar de absolutamente todo...
El día siguiente... El Universo diría lo que pasaría...
Siempre había idealizado a Ángel, de tal manera que fue creando un semidios en su mente, alguien inmortal, alguien capaz de quitar sus miedos con una sonrisa, alguien coherente con sus palabras y sentimientos, de principios, de inteligencia desbordante... Le tenía tan mitificado que ella se sentía muy pequeña a su lado. Le pasó en muchas ocasiones y lo disimuló pero ahora el sentimiento era aún más fuerte. Cuando iba a aquel lugar que les hizo encontrarse por casualidades del destino, ella se veía vestida de aquella manera tan masculina, tan horrible... Veía a auténticas señoras vestidas con trapos y vestidos preciosos, peinadas, maquilladas, algunas parecían muñecas... Al mirar a Ángel vestido con aquellos trajes que, a ella le parecía, le quedaban tan perfectos, que cualquiera de aquellas mujeres podía irle mejor al lado que ella misma. No eran celos sino... Inferioridad. Sentía que no le merecía.
Al cabo de los meses y las semanas, aquel complejo se fue haciendo cada vez más grande. Toda la situación creada, las circunstancias. Ella las entendía perfectamente. Sabía que había momentos en que le apetecería estar más en su círculo de siempre por verificar, o corroborar, que lo que sentía hacia lo que dejaba, era cierto. Que la mentira que se iba destapando era cada vez más real. A ella le había pasado lo mismo meses atrás, hasta que comenzó a dejar de lado toda la vida que la rodeaba, se encerraba en aquella habitación, mal pintada a su gusto, con sus cascos, su música y sus letras envueltas. No sabía cómo hacerse entender ante él sin que se sintiese culpable de nada, porque en realidad, no lo era. Solo les faltaba aquella comunicación de antaño. Aquellas conversaciones llenas de chispa, chistes y alegrías. Ella se había propuesto recuperarlo pero sentía que por hacerlo, le saturaba. Se encontraba en un mundo... Extraño para ella, casi desconocido. ¿Actuar como su pareja?¿Como su amiga?¿Cómo qué?... Sabía que él necesitaba tiempo. Bastante tiempo. Más que nada por lo que le acompañaba. Porque tenía que adaptarse él, tenía que adaptarse todo y que los satélites se situasen de tal manera que permitiesen la paz. Irremediablemente, ella se volvía niña otra vez.
Aquella tarde, recordó que tenía voz. Que sabía hablar. La cara de Ángel era un poema. Pasó de aquella risa nerviosa a la desazón en dos segundos. Él sabía que ella le entendía, lo que no sabía era hasta dónde y cómo era capaz de aguantar o reaccionar. Ella, en aquel mismo momento en que pronunciaba aquellas palabras, quería tumbarle encima suya, pero no podía. Por el lugar. Por las circunstancias. Por todo lo que estaba expresando. Necesitaba decirlo para que sus reacciones no fuesen tan agresivas, picajosas y humillantes. Verónica sabía que podía ser tan hiriente como una bala perdida, aunque él nunca quedaba mudo. Pero no quería repetir historias pasadas en que se hizo tan independiente que terminó creando un complejo por ambos lados llevándolo al fracaso absoluto. Por eso sabía que él, era el hombre de su vida. Porque le era imposible callarse nada, de una manera u otra, terminaba explotando para despues calmarse en la paz de sus brazos.
Verónica no quería ponerle candados, solamente quería que no la hiciesen daño. Prefería mil veces no volver a verle, a que él la defraudase de alguna manera. Al llegar la noche, tumbados en aquel sillón, con la paz de tenerse cerca, ella sentía que él estaba lejos. En algún mundo que no encontraba, quería berrear, patalear por encontrar aquel mundo pero no lo encontraba. Prefirió cerrar sus ojos y recordar la felicidad de Angel por volverla a ver tras aquellos días de distancia asumida. Y durmió. Al despertar. Se fue hacia la cocina, con aquel pequeño compañero de fatigas buscándola entre saltos. El pequeño se estiraba a modo de saludo, ella le miraba mientras el café giraba en el microondas. Se desperezaba bebiendo aquel sabor tan diferente, tan especial, tan de él. Aquellos cafés le sabían solamente a Angel. Esos ojos avellana la miraban en busca de una caricia, le acarició. Le sonreía y el pequeño giraba su cabeza como si la estuviese entendiendo. Media hora despues, estaba besando la frente del ser más maravilloso que había conocido. Allí, dormido. Con aquella calma. Esa cara de paz inquieta ... ¿Qué estaría pasando en sus sueños? ¿Por qué se tenía que ir en aquel preciso momento?... Su particular torpeza haría que Ángel despertase a ayudarla... Era puro ruido. Intentando molestar lo menos posible, salió corriendo de allí, de aquella casa que se estaba convirtiendo en su refugio. En el único lugar donde desconectar de absolutamente todo...
El día siguiente... El Universo diría lo que pasaría...
jueves, 27 de junio de 2013
Parte 64
Pasaron cerca de cuatro meses. Meses inundados de esperanzas, de sueños, de pesadillas, de temores, de histerismos, de "relación" en el más amplio sentido de la palabra...
Ángel realizaría muchos cambios en su vida, a toda prisa, como si todo tuviese que ser ya, cuando antes no podía ser en un chasquido de dedos. Su calma principal se iba marchando a medida que pasaban las semanas y Verónica sentía una impotencia fuera de lo común. Ella tambien tenía temas pendientes que solucionar. Lo que en un principio todo parecía fluir con normalidad, llegando a acuerdos verbales y teniendo una cierta tranquilidad, sin querer se estaba convirtiendo en su propia carcel. Cada día que pasaba se sentía más y más sola. Encerrada. Atada. Con ganas de explotar solo con guardar la respiración. Por momentos quería huir de Angel y otros hacia él. Se convertía en un huracán de sentimientos sin expresar, de una manera de ser sin desarrollar, de un no saber lo que estaba bien ni mal.
Tuvieron sus más y sus menos hasta que ambos parecieron comprender que el momento estaba siendo demasiado tenso para los dos. Que cada uno por su lado tenía su mente ocupada en una u otra cosa. A veces hacían vida de pareja. Aquellos primeros días en que se levantaban juntos, o se daban la vuelta y estaba la cabeza del otro... A ella se le hacían muy raros. No se sentía cómoda por momentos. Otros sí. Pero en su mayoria dejaba de ser ella para convertirse en una niña llena de complejos y temores. Angel era él, como a ella le gustaba, sin fingir nada. Ni buenas caras, ni malas... Simplemente era él.
Verónica detestaba el agobio y la saturación pero de él nunca se saturaba. Tenía un don diferente para hacer que ella quisiera más y más de el. Aún sabiendo que él rechazaba cualquier tipo de compromiso. Pero por las situaciones que estaba viviendo era como si necesitase que él estuviese ahí. Aunque tiempo atrás pasaba del mundo incluido él. Ni ella misma se reconocía. Cuando ya todo parecía llegar al final de la pesadilla, o al menos a ver alguna luz al fondo del tunel, volvía un poco a sus inicios. A lo que ella era. A su manera de espaciar, de pasar, de dejar... No quería atar, ni atarse a nadie... Aunque Angel no era un nadie cualquiera... Era su vida...
Aquella semana, amigos que habían estado pasando día sí y día tambien frente a su mirada, se alegraban de ver el ingenio de nuevo, de ver aquella manera de Verónica de esquivar y torear cualquier situación. Solo era su máscara. La de siempre. La que se ponía para quitar cualquier tipo de preocupación a su alrededor. La exaltación de la ilusión y exageración de energía... En algún momento frenaría la locomotora de su mente y su corazón. Los que se estaban pegando prácticamente las veinticuatro horas del día, incluso teniendo al hombre de su vida en frente...
Los mensajes, los correos de la gente cercana eran para enmarcar pero a ella solo se le ocurría una respuesta.... VIVELO TU y despues me lo cuentas... Solo encontró refugio en la mirada de una persona. De esa persona...
Ángel realizaría muchos cambios en su vida, a toda prisa, como si todo tuviese que ser ya, cuando antes no podía ser en un chasquido de dedos. Su calma principal se iba marchando a medida que pasaban las semanas y Verónica sentía una impotencia fuera de lo común. Ella tambien tenía temas pendientes que solucionar. Lo que en un principio todo parecía fluir con normalidad, llegando a acuerdos verbales y teniendo una cierta tranquilidad, sin querer se estaba convirtiendo en su propia carcel. Cada día que pasaba se sentía más y más sola. Encerrada. Atada. Con ganas de explotar solo con guardar la respiración. Por momentos quería huir de Angel y otros hacia él. Se convertía en un huracán de sentimientos sin expresar, de una manera de ser sin desarrollar, de un no saber lo que estaba bien ni mal.
Tuvieron sus más y sus menos hasta que ambos parecieron comprender que el momento estaba siendo demasiado tenso para los dos. Que cada uno por su lado tenía su mente ocupada en una u otra cosa. A veces hacían vida de pareja. Aquellos primeros días en que se levantaban juntos, o se daban la vuelta y estaba la cabeza del otro... A ella se le hacían muy raros. No se sentía cómoda por momentos. Otros sí. Pero en su mayoria dejaba de ser ella para convertirse en una niña llena de complejos y temores. Angel era él, como a ella le gustaba, sin fingir nada. Ni buenas caras, ni malas... Simplemente era él.
Verónica detestaba el agobio y la saturación pero de él nunca se saturaba. Tenía un don diferente para hacer que ella quisiera más y más de el. Aún sabiendo que él rechazaba cualquier tipo de compromiso. Pero por las situaciones que estaba viviendo era como si necesitase que él estuviese ahí. Aunque tiempo atrás pasaba del mundo incluido él. Ni ella misma se reconocía. Cuando ya todo parecía llegar al final de la pesadilla, o al menos a ver alguna luz al fondo del tunel, volvía un poco a sus inicios. A lo que ella era. A su manera de espaciar, de pasar, de dejar... No quería atar, ni atarse a nadie... Aunque Angel no era un nadie cualquiera... Era su vida...
Aquella semana, amigos que habían estado pasando día sí y día tambien frente a su mirada, se alegraban de ver el ingenio de nuevo, de ver aquella manera de Verónica de esquivar y torear cualquier situación. Solo era su máscara. La de siempre. La que se ponía para quitar cualquier tipo de preocupación a su alrededor. La exaltación de la ilusión y exageración de energía... En algún momento frenaría la locomotora de su mente y su corazón. Los que se estaban pegando prácticamente las veinticuatro horas del día, incluso teniendo al hombre de su vida en frente...
Los mensajes, los correos de la gente cercana eran para enmarcar pero a ella solo se le ocurría una respuesta.... VIVELO TU y despues me lo cuentas... Solo encontró refugio en la mirada de una persona. De esa persona...
domingo, 31 de marzo de 2013
Parte 63
Vio el asfalto y quiso hacerlo suyo… El que guardaba
chillidos de goma, el que contaba miles de pasos dejados atrás y dados hacia
delante… Mirando por el parabrisas el paisaje entre claro y oscuro con un
pequeño rayo de sol saliente de entre el bien y el mal. La luz y la oscuridad.
Adornado por un paraje de ensueño,
grandes árboles que contaban silencios en sus ramas… Que guardaban gritos en
sus copas.
En su mente miles de frases, de unos de otros, de nadie,
música a todo volumen para acallar esas voces… Para que el corazón gritase
¡BASTA!... Sus ojos encendidos en rabia, en miseria por perder, por dejar ir.
El dolor en todo su esplendor. El vacío del estómago. El pinchazo del pecho y
la hiperventilación. Cuando sus ojos empezaron a teñirse de rendición se paró.
En lo alto de un mirador. Buscando en el horizonte su respuesta. Verónica sabía
por qué lo hacía, no lo entendía pero lo sabía. Ella, su bienestar estaba en el
de él. El miedo la empezó a recorrer en modo de escalofrío intenso. ¿Continuar con
su decisión, la de él, o estar ahí una vez más? Sabía cuál era la respuesta pero
temía dársela una vez más. Pero pensó… “ya nada más tienes que perder,
solamente ganar, su amistad aunque sea, saber de su felicidad. Saber de él”. Su
dependencia iba tan allá como su propia vida. No se podía dar una explicación
lógica a sí misma. Con tantas pisadas que recibía su corazón y ella continuaba
poniéndolo a su merced. Como si alguna fuerza extraña le empujase hacia él.
Pero sin él se iba marchitando. Quince días durmiendo una media de tres horas
seguidas. Con despertares bruscos y vuelcos al corazón. Se miraba al espejo y
decía “Acéptalo, es su decisión y nada puedes hacer. Acéptalo de una puta vez.”
Se autoconvencía en ese mismo segundo pero dos más tarde se arrepentía de ello.
Sentía que se volvía loca cuando de repente, sin saber cómo,
el aroma de Ángel rondaba su cara y buscaba por todos lados. No estaba. Aquellos
regalos que un día la hizo, los guardó en una cajita. La cajita de sueños
perdidos. De luchas a medias y de cosas a recuperar cuando fuese una adorable
abuelita. No quería perderlos. Durante días se mentía a sí misma diciendo que la
había perdido para regalarse la posibilidad de volver a empezar. Aunque sabía
que no volvería a empezar nunca.
Aquella noche vio cómo Ángel cambiaba cosas poco a poco,
cosas poco habituales en él. Y ella pensaba que estaba tan convencido de lo que
había decidido que había empezado a olvidarla. Daba por zanjado todo aquello.
Prefería pensar que siempre les quedaría la perfecta amistad. Esa noche no
dormiría más de cuatro horas esperando el momento de poder escribirle. De poder
saber cómo estaba. Al ver la reacción de él, ella se sintió en su piel. Cuando
esperaba continuamente con el móvil en la mano para contestarle todo lo rápido
que pudiese. Empezaron preocupándose el uno por el otro. Su salud mental se
empezaba a resentir. Se volvían locos el uno sin el otro. Perdían el hambre, el
sueño, las ganas de reír… Eran sombras de lo que ellos mismos eran. Verónica
quiso hacerle reír, con su habitual forma de caracterizar cualquier situación
cotidiana como podía ser hacer un café. Él reía y reía. Volvía un poco la paz a
sus cuerpos. Se iban aquellos vacíos y pinchazos… Verónica quería ir más allá.
Pero le daba miedo. Seguía pensando en el respeto que le tenía y no quería
presionarle. Quería respetar todo lo que él hiciese y pensase.
De un día para otro… Todo giró. Ángel volvía a ser el que
ella un día conoció. Un hombre risueño, lleno de vida, con energía, con ganas
de luchar y añadiendo a todo ese uniforme un cariño y una comprensión que fue
ganando con el tiempo. Acogedor. Afable. Humano. Con sus defectos…
Evidentemente. Pero ella no los veía. Los transformaba en risas…
Se sentía en una nube diferente… Una nube de aceptación, de
felicidad, de ingenuidad, de temor…
Solo el tiempo haría que esa nube se mantuviese con los
rasgos positivos más pronunciados y los negativos tirándolos para volar más
alto…
Cuando todo esto empezó… Verónica JAMÁS habría pronunciado
tantas veces la misma frase… Y mucho menos con lágrimas de felicidad en los
ojos… TE AMO.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Parte 62
Esta historia empezaba a repetirse en el tiempo... Empezaba a ser todo tan igual... Que Verónica no podía más con tantas vueltas y vueltas que daba. Sin embargo, su amistad incondicional, no la dejaba marchar nunca. Porque siempre, en cada huida, había un motivo más fuerte para estar ahí. Para que la llamase si la necesitaba. Porque, sin darse cuenta, había ido adaptando su vida a la de Ángel, se había ido convirtiendo en la sombra de la sombra... ¿Amistad? ¿Amor? ¿Culpabilidad?... ¿Que sentimiento de todos le retenía a ella al lado de el?... Verónica se llenaba de tantas dudas como las de él. Al escuchar su voz quebrada por el recuerdo... Le partía el alma pero inmediatamente despues, cuando le escuchaba hablar, ella pensaba que volvía a enredarla en sus huracanes. La mente de Angel era un volcán. Cada hora se iba convenciendo más de lo que quería. Verónica empezaba a vislumbrar una luz que jamás quiso ver. Ángel necesitaba que ella despareciese. Y ella necesitaba desaparecer porque tenía que aclarar lo que sentía realmente por él. Tener dudas a estas alturas, no era muy lógico. Pero sí comprensible, tras tanto sufrido. Ella podía pensar en lo bueno, sí. Pero si lo bueno dolía tanto como para querer echarlo... Algo debía ir mal. Dolía porque era mucho lo bueno, porque cuando hablaba con sus amigos sobre aquella relación, solo tenía sonrisas en su mente. Rapidamente se iban aquellos momentos de rayos, truenos y terremotos. Por eso dolía, porque no podía entender que aquello tan bonito, le estuviera haciendo tanto mal.
Hacía su pequeña maleta con sus cuatro trapos. Ella quería estar en casa sin moverse, por si Ángel gritaba socorro, por si la necesitaba, que pudiera poner los pies en algún sitio. Ciega o no... Era lo que creía que debía, y quería hacer. Pero aquella mañana, riendo con unos y otros, con gente que ni esperaba que riese nunca, ni con ella ni con nadie, y casi se ahogaban de la carcajada. Supo que podía reir sin él. Y que él podía estar perfectamente en su mundo sin ella. Donde siempre encontraba un abrazo, fuese de quien fuese... Ella no. Donde encontraba el calor... Ella no. Y ella, no soportaba la idea de acabar mal con el y lo terminaría haciendo por tanto rencor acumulado, tenía que limpiarlo. No sabía exactamente cómo pero tenía que hacerlo. Una semana encerrada en casa. Sin abrir la boca más que para bostezar y comer. A base de conversaciones escritas. Algún rayo de sol que la visitaba de vez en cuando y al que escuchaba más que hablaba ella. Empezaba a olvidar el tono de su voz. Las dos únicas veces que había decidido estar acompañada por alguien, Ángel parecía tener un sexto sentido para recordarle su presencia. Todo empezaba muy bien, como siempre, la preguntaba por ella, por su vida... Pero empezaba a rodear todo de tal manera que acababan hablando de él. De su vida y sus problemas, y cuando ella opinaba, a parte de sentirse mal, él le recordaba lo que había. No la necesitaba en su vida... Él mismo se hablaba, se preguntaba y se respondía. ¿Qué le hacía falta a Ángel de ella?.... Nada.
Verónica se había cansado de pedirle socorro. De gritarle sutilmente que necesitaba que él supiese diferenciar una cosa de la otra.... Amor de amistad. Porque, queriendo o sin querer, la "obligaba" a hacerse unas ilusiones y unas esperanzas que despues rompía con cualquier frase.
Él guardaba mucho rencor... Lógico. Porque empezaba a tirar aquella venda que se había querido poner por mantener un proyecto de vida que no era tan malo... Claro que no era malo... Pero no era el mejor. Verónica se dio cuenta que su proyecto de vida se había roto hacía muchisimos años, que no estaba tan mal, mientras guardaba silencio y Héctor conseguía lo que quería... Todo era normal... Pero no era lo mejor.
Verónica se iba aquellos días... ¿a dónde?... Con gasolina, música y un poco de ropa... Llegaría a algún sitio. Donde las fuerzas le pudiesen, se tiraría a dormir en el asiento trasero de su coche que tanto callaba... Entre aquellas mantas que abrigaron algún día su sueño...
Hacía su pequeña maleta con sus cuatro trapos. Ella quería estar en casa sin moverse, por si Ángel gritaba socorro, por si la necesitaba, que pudiera poner los pies en algún sitio. Ciega o no... Era lo que creía que debía, y quería hacer. Pero aquella mañana, riendo con unos y otros, con gente que ni esperaba que riese nunca, ni con ella ni con nadie, y casi se ahogaban de la carcajada. Supo que podía reir sin él. Y que él podía estar perfectamente en su mundo sin ella. Donde siempre encontraba un abrazo, fuese de quien fuese... Ella no. Donde encontraba el calor... Ella no. Y ella, no soportaba la idea de acabar mal con el y lo terminaría haciendo por tanto rencor acumulado, tenía que limpiarlo. No sabía exactamente cómo pero tenía que hacerlo. Una semana encerrada en casa. Sin abrir la boca más que para bostezar y comer. A base de conversaciones escritas. Algún rayo de sol que la visitaba de vez en cuando y al que escuchaba más que hablaba ella. Empezaba a olvidar el tono de su voz. Las dos únicas veces que había decidido estar acompañada por alguien, Ángel parecía tener un sexto sentido para recordarle su presencia. Todo empezaba muy bien, como siempre, la preguntaba por ella, por su vida... Pero empezaba a rodear todo de tal manera que acababan hablando de él. De su vida y sus problemas, y cuando ella opinaba, a parte de sentirse mal, él le recordaba lo que había. No la necesitaba en su vida... Él mismo se hablaba, se preguntaba y se respondía. ¿Qué le hacía falta a Ángel de ella?.... Nada.
Verónica se había cansado de pedirle socorro. De gritarle sutilmente que necesitaba que él supiese diferenciar una cosa de la otra.... Amor de amistad. Porque, queriendo o sin querer, la "obligaba" a hacerse unas ilusiones y unas esperanzas que despues rompía con cualquier frase.
Él guardaba mucho rencor... Lógico. Porque empezaba a tirar aquella venda que se había querido poner por mantener un proyecto de vida que no era tan malo... Claro que no era malo... Pero no era el mejor. Verónica se dio cuenta que su proyecto de vida se había roto hacía muchisimos años, que no estaba tan mal, mientras guardaba silencio y Héctor conseguía lo que quería... Todo era normal... Pero no era lo mejor.
Verónica se iba aquellos días... ¿a dónde?... Con gasolina, música y un poco de ropa... Llegaría a algún sitio. Donde las fuerzas le pudiesen, se tiraría a dormir en el asiento trasero de su coche que tanto callaba... Entre aquellas mantas que abrigaron algún día su sueño...
sábado, 23 de marzo de 2013
Parte 61
Tras meses de intensa relación, de intercambio de palabras, mensajes, llamadas... Verónica acumulaba cada vez más frentes abiertos. Empezaba a girar su vida sin darse cuenta de tal transformación.
Bruno había hecho su vida, tal y como le advirtió que pasaría, en ella había visto una puerta abierta al cielo para no tener que hacerlo pero ella se la cerró. El chico construía su pequeño fortín para su próxima princesa. Verónica se alegraba de ello. En aquellos momentos se alegraba casi de cualquier cosa, ya que ella era feliz y veía todo perfecto.
En su lugar habitual de trabajo, las cosas funcionarían como siempre, saturándola cada día más, al igual que el mundo en su casa. En su mundo de siempre, las preguntas empezaban a ser constantes, las explicaciones que nunca había dado, estaban más presentes que nunca, empezaba a tener tantos cables cortocircuitando como felicidad por el comportamiento de Ángel. Era su ventana al mundo. Su aire. Se dejaba adormecer por su voz y acunar por sus brazos. Era la única persona capaz de comprenderla, de sosegarla y de hacerla sonreír.
Llegaron las navidades, un año más. Ella pintaría de colores su casa para celebrar algo ya que, por una vez, había algo que celebrar. Un año más, un año lleno de esperanzas en los cambios, lleno de vida en sus ojos y los de él. Nunca había barajado la opción de que la vida de Ángel cambiase por ella pero con sus gestos, con sus palabras, con su manera de actuar en general, empezaba a pensar que fuese posible. Que la vida que soñaba noche sí y noche tambien, podía ser. Ella no quería dar importancia a nada de lo que él decía, ni credibilidad para no desmoronarse en ilusiones. Intentaba esquivar ciertos temas para que siguiese siendo el mismo mundo. Sin embargo, todo empezó por una semana de infarto. De Verónica que no quería ni tenía fuerzas para levantarse cada mañana, porque en casa la oprimían, porque en el trabajo la asfixiaban, todos esos nudos se fueron apretando en su garganta y en su corazón. No podía más. Además de estar haciéndole la "vida imposible" a la persona que más fácil le hacía la vida. Una mañana estalló todos sus silencios en lágrimas, en falta de aire, en palabras envenenadas contra aquel que la ahogaba. Aquella mujer con tanta experiencia como paz al escuchar, fue la mano que descorchó la botella. Salieron sapos y culebras entre quebrantos, ella comprendía y expulsaba alguna que otra carcajada con los símiles que hacía la chica. Verónica se dió cuenta que hablar tampoco suponía una guerra mundial.
Semanas despues, estando en su celda, en la casa que tantos sueños como pesadillas guardaba, dió un golpe en la mesa mientras se levantaba sin coger más que su teléfono y diciendo que no la volverían a ver. Aquella noche, sus lágrimas las consolaba aquella bruja de ojos verdes a la par que su Ángel por mensajes. "No vuelvas atrás, no vuelvas atrás...." se repetía. En otras ocasiones ella habría corrido tras aquel que la cortaba las alas, sobre todo para que no hiciese ninguna locura. Aquella noche no. Decidía que ya no más. Que no iba a aguantar ser el salvavidas emocional de nadie. Mientras Ángel seguí allí, a su lado. Esas semanas de cambios, ella descubrió una paz y una libertad, que ya tenía, triplicada. Era como que ya nadie podía callarla, que ya tenia la cara tan descubierta que el miedo se había ido. Nada que esconder y mucho por regalar.
Ángel se vio inmerso, queriendo o sin querer, en ese ansia de libertad, en correr junto a ella y agobiarse él mismo por querer estar a su lado. Al menos eso quería pensar Verónica, no quería creer que todo aquello hubiese sido una mentira. La chica había vivido mucho, sí. Pero no en modo libertad triplicada. Necesitaba abrazos que nadie le daba, solo él, uno y a escondidas. Necesitaba cobijo que nadie le ofrecía, porque todos aquellos que la lloraban en el hombro, desaparecían. Tampoco los quería a su lado. Tenía que estar completamente sola para asimilar todo lo que le había ido pasando. Para colocar su cabeza e ir haciendo un plan sobre cómo funcionaría su vida a partir de ahora. Había planes hechos desde antes que todo aquello sucediese y debía seguir con ellos, aunque no la apeteciese. Se tiraría semanas sopesando los pros y los contras de acudir a ciertas citas. Ahora nadie la impedía hacer o deshacer. Ángel siempre iba con ella, en su mente, en su alma... Siempre. Pero éste adquirió un rol que no podía tener, quizá eso fue lo que le envenenó. Se adjudicó unos derechos que, en parte, ella tambien le había otorgado. Le regaló la potestad de cuidarla y de mimarla pero no la de retenerla. Y ella se sintió retenida.
Semanas después se verían por última vez en lo que, ella sabía, sería su despedida. Lo disfrazarían de veinte mil cosas, ella querría jugar a la esperanza pero sabía que no. Que no volvería. Que aquel era el último adiós. Porque él no podía, no quería, porque ella ya no consentiría que la hiciesen daño. Ni el, ni nadie más. Porque ya no necesitaba a nadie para caminar, porque ella quería a alguien con quien caminar, que era diferente. Un mes de soledad, de llantos, de mordiscos a la almohada, de sueños interrumpidos por pesadillas y golpes en el pecho. Un mes de desprecios, de ahora te acojo, ahora te suelto... Un mes lleno de tanta falsedad en el mundo que no quería más a su alrededor.
Por eso, al escuchar a Ángel decir aquella frase, en lugar de comprender, aún comprendiendo, quiso hacerse escuchar, quiso que supiera que tambien sabía pensar. Pero todo aquello, a parte de liberarla de miles de silencios, solo le causó dolor, porque sabía que con cada palabra le calavaba un puñal, porque sabía que solo lo hacía para herirle y devolverle todo lo que ella había sufrido. Porque sabía que ella, no era así. Que ella no obligaba, ella no juzgaba ni sentenciaba... Pero él abrió una batalla, una herida que aun no estaba cicatrizada por muchas curas que hubiese hecho... Y como lobo herido... Atacó sin más.
Verónica pasaría días de hastío y de sonrisas a solas. No iba a ser aquella niñata en que se había convertido tras tanto ataque. Porque ella era una persona que, a parte de racial, pensaba las cosas, recapacitaba y nadie la tenía que hacer cambiar. El dolor... Era solo eso, dolor. Ahí quedaba y ahí curaría. Ella no necesitaba morder ni atacar. Simplemente caminar. Le cerró la puerta. Porque sino la cerraba, la enredadera sería la de siempre. Siempre sería lo mismo. Ahora ven, ahora adios... Ahora tal... Ahora pascual. Eso no es lo que ella quería en su vida. Ella quería al hombre. Al que siempre la sacaba una sonrisa. Al que se armaba de valor y sonreía con ella. No quería a lo que estaba viendo. Un niño perdido que no sabía cómo controlar todo lo que se le estaba yendo de las manos. Y todo... ¿Por culpa de ella?....
El tiempo, solo el tiempo dara las respuestas. Ahora era momento de... Vivir. Con límites, con sus responsabilidades y sus problemas, pero no cargar con los de nadie. Ahora era una mujer. Que nada echaría en cara. Que nada quería más. En las puertas de la libertad.
Bruno había hecho su vida, tal y como le advirtió que pasaría, en ella había visto una puerta abierta al cielo para no tener que hacerlo pero ella se la cerró. El chico construía su pequeño fortín para su próxima princesa. Verónica se alegraba de ello. En aquellos momentos se alegraba casi de cualquier cosa, ya que ella era feliz y veía todo perfecto.
En su lugar habitual de trabajo, las cosas funcionarían como siempre, saturándola cada día más, al igual que el mundo en su casa. En su mundo de siempre, las preguntas empezaban a ser constantes, las explicaciones que nunca había dado, estaban más presentes que nunca, empezaba a tener tantos cables cortocircuitando como felicidad por el comportamiento de Ángel. Era su ventana al mundo. Su aire. Se dejaba adormecer por su voz y acunar por sus brazos. Era la única persona capaz de comprenderla, de sosegarla y de hacerla sonreír.
Llegaron las navidades, un año más. Ella pintaría de colores su casa para celebrar algo ya que, por una vez, había algo que celebrar. Un año más, un año lleno de esperanzas en los cambios, lleno de vida en sus ojos y los de él. Nunca había barajado la opción de que la vida de Ángel cambiase por ella pero con sus gestos, con sus palabras, con su manera de actuar en general, empezaba a pensar que fuese posible. Que la vida que soñaba noche sí y noche tambien, podía ser. Ella no quería dar importancia a nada de lo que él decía, ni credibilidad para no desmoronarse en ilusiones. Intentaba esquivar ciertos temas para que siguiese siendo el mismo mundo. Sin embargo, todo empezó por una semana de infarto. De Verónica que no quería ni tenía fuerzas para levantarse cada mañana, porque en casa la oprimían, porque en el trabajo la asfixiaban, todos esos nudos se fueron apretando en su garganta y en su corazón. No podía más. Además de estar haciéndole la "vida imposible" a la persona que más fácil le hacía la vida. Una mañana estalló todos sus silencios en lágrimas, en falta de aire, en palabras envenenadas contra aquel que la ahogaba. Aquella mujer con tanta experiencia como paz al escuchar, fue la mano que descorchó la botella. Salieron sapos y culebras entre quebrantos, ella comprendía y expulsaba alguna que otra carcajada con los símiles que hacía la chica. Verónica se dió cuenta que hablar tampoco suponía una guerra mundial.
Semanas despues, estando en su celda, en la casa que tantos sueños como pesadillas guardaba, dió un golpe en la mesa mientras se levantaba sin coger más que su teléfono y diciendo que no la volverían a ver. Aquella noche, sus lágrimas las consolaba aquella bruja de ojos verdes a la par que su Ángel por mensajes. "No vuelvas atrás, no vuelvas atrás...." se repetía. En otras ocasiones ella habría corrido tras aquel que la cortaba las alas, sobre todo para que no hiciese ninguna locura. Aquella noche no. Decidía que ya no más. Que no iba a aguantar ser el salvavidas emocional de nadie. Mientras Ángel seguí allí, a su lado. Esas semanas de cambios, ella descubrió una paz y una libertad, que ya tenía, triplicada. Era como que ya nadie podía callarla, que ya tenia la cara tan descubierta que el miedo se había ido. Nada que esconder y mucho por regalar.
Ángel se vio inmerso, queriendo o sin querer, en ese ansia de libertad, en correr junto a ella y agobiarse él mismo por querer estar a su lado. Al menos eso quería pensar Verónica, no quería creer que todo aquello hubiese sido una mentira. La chica había vivido mucho, sí. Pero no en modo libertad triplicada. Necesitaba abrazos que nadie le daba, solo él, uno y a escondidas. Necesitaba cobijo que nadie le ofrecía, porque todos aquellos que la lloraban en el hombro, desaparecían. Tampoco los quería a su lado. Tenía que estar completamente sola para asimilar todo lo que le había ido pasando. Para colocar su cabeza e ir haciendo un plan sobre cómo funcionaría su vida a partir de ahora. Había planes hechos desde antes que todo aquello sucediese y debía seguir con ellos, aunque no la apeteciese. Se tiraría semanas sopesando los pros y los contras de acudir a ciertas citas. Ahora nadie la impedía hacer o deshacer. Ángel siempre iba con ella, en su mente, en su alma... Siempre. Pero éste adquirió un rol que no podía tener, quizá eso fue lo que le envenenó. Se adjudicó unos derechos que, en parte, ella tambien le había otorgado. Le regaló la potestad de cuidarla y de mimarla pero no la de retenerla. Y ella se sintió retenida.
Semanas después se verían por última vez en lo que, ella sabía, sería su despedida. Lo disfrazarían de veinte mil cosas, ella querría jugar a la esperanza pero sabía que no. Que no volvería. Que aquel era el último adiós. Porque él no podía, no quería, porque ella ya no consentiría que la hiciesen daño. Ni el, ni nadie más. Porque ya no necesitaba a nadie para caminar, porque ella quería a alguien con quien caminar, que era diferente. Un mes de soledad, de llantos, de mordiscos a la almohada, de sueños interrumpidos por pesadillas y golpes en el pecho. Un mes de desprecios, de ahora te acojo, ahora te suelto... Un mes lleno de tanta falsedad en el mundo que no quería más a su alrededor.
Por eso, al escuchar a Ángel decir aquella frase, en lugar de comprender, aún comprendiendo, quiso hacerse escuchar, quiso que supiera que tambien sabía pensar. Pero todo aquello, a parte de liberarla de miles de silencios, solo le causó dolor, porque sabía que con cada palabra le calavaba un puñal, porque sabía que solo lo hacía para herirle y devolverle todo lo que ella había sufrido. Porque sabía que ella, no era así. Que ella no obligaba, ella no juzgaba ni sentenciaba... Pero él abrió una batalla, una herida que aun no estaba cicatrizada por muchas curas que hubiese hecho... Y como lobo herido... Atacó sin más.
Verónica pasaría días de hastío y de sonrisas a solas. No iba a ser aquella niñata en que se había convertido tras tanto ataque. Porque ella era una persona que, a parte de racial, pensaba las cosas, recapacitaba y nadie la tenía que hacer cambiar. El dolor... Era solo eso, dolor. Ahí quedaba y ahí curaría. Ella no necesitaba morder ni atacar. Simplemente caminar. Le cerró la puerta. Porque sino la cerraba, la enredadera sería la de siempre. Siempre sería lo mismo. Ahora ven, ahora adios... Ahora tal... Ahora pascual. Eso no es lo que ella quería en su vida. Ella quería al hombre. Al que siempre la sacaba una sonrisa. Al que se armaba de valor y sonreía con ella. No quería a lo que estaba viendo. Un niño perdido que no sabía cómo controlar todo lo que se le estaba yendo de las manos. Y todo... ¿Por culpa de ella?....
El tiempo, solo el tiempo dara las respuestas. Ahora era momento de... Vivir. Con límites, con sus responsabilidades y sus problemas, pero no cargar con los de nadie. Ahora era una mujer. Que nada echaría en cara. Que nada quería más. En las puertas de la libertad.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Parte 60
Bruno pasaría a estar en un segundo, tercer, cuarto o quinto
plano… Dejaría de hablarla casi de inmediato. Tras aquella llamada
intercambiarían unos cuantos correos electrónicos sobre aquella afición común y
poco más. Ella ya no quería darle pie a nada, intentando aclararle lo que había
sucedido.
“Hola morenito, me
gusta mucho (y lo sabes) debatir contigo sobre todos estos temas culturales en
que nos perdíamos aquellas tardes pero verás… Hay una persona, lo que nunca te
conté ¿te acuerdas?, pues esa persona es lo único que soy incapaz de perder en
este mundo porque si lo pierdo, me pierdo a mí. No quiero que esto pueda
afectar a lo que ahora tenemos, que es lo más bonito que me ha dado en mucho
tiempo y, a pesar de lo que nos hemos reído y lo bien que nos lo hemos pasado,
tengo que dejarte “tirado”. Sé que no tendrás problemas en seguir con lo que
tenías, porque ya lo demostraste una vez y además tienes todo de tu lado para
ello, así que, sigue sonriendo. Nos seguiremos viendo por allí y, sin rencores,
ja. Un beso enorme.”
Con esto, pretendía que entendiese lo que la llevaba a
actuar como si fuese un cuchillo ardiendo, si querer hacerle daño a él. Y el
chico no tardó en contestar.
“¡Qué alegría saber de
ti!, no puedo echarte nada en cara, todo lo contrario. Eres un angelito, aunque
un poco incomprensible a veces, pero es normal que no quisieras abrir esa
coraza. Sin que me lo dijeras, supuse que el dolor había sido grandioso. Así
que no tengo nada que perdonarte, lo único por lo que podría enfadarme es
porque perdieras esa sonrisa y esa locura que te hace diferente y especial. No
lo cambies nunca. Y espero que esa persona siga haciéndote tan feliz porque si
no saldrá mi peor Bruno… Ja. Por lo demás, no te preocupes, si te hablo mal en
algún momento no será por ti, sino porque tenga un mal día. Gracias por
regalarme tu presencia aunque fueran solo unos días. Mil veces, no lo olvides.”
Así se despedían ambos, él tenía que continuar en su clase
social, con sus barbies y ella con su
chico.
Ángel y Verónica quedarían ese día para compartir lo que
tanto tiempo habían soñado el uno y el otro, una mañana en compañía, caminando
juntos, de la mano, de sus brazos, sonriendo, mirándose y mimándose en cada
rincón de las calles que recorrían. Viviendo juntos aquel sueño sin igual.
Hablaban de temas sin importancia, de unos, de otros, él se ponía un poco serio
con algunos temas y ella hacía cualquier tipo de broma al respecto para
quitarle hierro, como solía hacer. Juntos las horas se hacían cortísimas, se
les pasaba el tiempo volando.
Desgastaban cada segundo de vida como agua de un manantial, bebiéndolo
a pequeños y grandes sorbos, comiéndose las ilusiones y dejando el postre para
después, para posteriores encuentros.
Esa semana compartirían su rutina, como decía ella. Con más
momentos para hablar, para reír, para seguir escribiéndose, pensándose y recordándose
cada segundo. Aquella noche se tiraron horas chateando, como era costumbre,
riendo de aquello que les había sucedido esa mañana e intentando verificar que
aquel momento había sido real. A la mañana siguiente, Ángel pasaría a buscarla
para ir a un lugar al que estaban obligados a asistir.
Allí, en medio de la oscuridad, les esperaban dos amigos
comunes que nada sabían de lo que ambos callaban y encerraban, los cuatro
juntos con otra decena de personas como testigos, reirían y compartirían una
mañana de las que Verónica no solía
olvidar, la complicidad entre ambos era tan grande que Ángel se atragantaría en
una mirada, ella habría corrido tras él en ese momento, riendo tanto como él,
pero debía simular que era una torpeza de las que le solían rodear al hombre,
interiormente estaba desmoronada de la risa y a su regreso intentó evitar la
mirada clavada en sus ojos. Tras aquellas horas de risa, se dirigían juntos de
nuevo en el coche de él, ella vivía en una eterna nube. Flotando con cada beso,
con cada guiño de ojos. Al llegar cada uno a su destino se rendirían en los
brazos de sus almohadas, descansaron como nunca lo habían hecho. El humor de él
se notaba cambiado, lleno de fuerza y energía que transmitir. Ambos sentían el
agradecimiento de esa oportunidad que se estaban dando. Imaginando mundos en compañía, uno leyendo y
el otro escribiendo o escuchando música en la tranquilidad de cualquier rincón.
Eran felices soñando, volando…. Solamente eso.
Hablaron hasta muy entrada la madrugada, ayudando a aquella
amiga que les necesitaba y, en parte, viéndose reflejados en aquella situación
pero Verónica sabía que todo era completamente diferente.
A la mañana siguiente despertaría con un mensaje de su chico
y se le dibujaba la sonrisa infinita de nuevo el rostro, no podía evitar
llenarse de felicidad cada vez que oía aquella campana, no se cansaba de ver
sus buenos días, sus piropos, sus ganas de hacerla feliz. Cuando otros, como
Bruno, lo hacían y la llenaban de rabia, Ángel conseguía que ella desease más y
más, no podía evitar sentirse completa con tantas atenciones, que aunque no
tuviese su cuerpo pegado a su piel, le confirmaba que su cabeza seguía con
ella, que no se iba, que estaba ahí.
A lo largo del día recibiría llamadas laborales, la echaban
de menos en sus vacaciones y apenas la dejaban descansar. Pero no la agobiaba
como antes, lo tomaba de nuevo como ella era, con una sonrisa y viendo el lado
positivo de todo aquello. Ya no lo veía como ataques directos, sino con cariño.
Ocupó su día en diversas tareas, como reordenar su habitación, sus libros
colocados por autor y saga, mientras escuchaba la música que les unía a ambos. Volvía
a ser ella, a tener ganas de algo más que estar tumbada en su cama mirando al
techo. Le pasaban las horas más rápido y lento, a la vez. Estaba deseando que
llegara la mañana siguiente para ver su luz, para tener su calma en sus brazos.
Sin esperarlo, sonaba de nuevo la campana. Su chico la
llamaba y la tranquilizaba con un mensaje. “No temas. Hay que recordar el
pasado como eso. Pasado”… Cada día la
convencía más de estar viviendo una realidad preciosa y perfecta. Su voz
conseguía sus nervios y su tranquilidad. Todo a la vez. Solo oírle reír la
bastaba para sobrevivir la espera… El momento dulce de acariciar su pelo,
pintando de colores el cielo y olvidar el mundo en sus besos…
La historia estaba más viva que nunca en su piel.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Parte 59 (viviendo un sueño)
Entre Ángel y Verónica llegarían de la mano, la paz y los
mimos inagotables, serían días para ella en que no reconocerle, el cambio que
estaba dando, para bien, le parecía un sueño. Poder ser ella sin miedo a nada,
sin tener las uñas preparadas para el ataque. Las risas y la magia inundaban
todas sus conversaciones.
- La confusión es muy clara… No, si lo digo por mi.-Verónica
veía aquel mensaje en el chat del grupo que había formado y se volvía a poner
el antifaz. Le llamaba por teléfono y Ángel, en el mismo momento rectificaría
aquella actitud. Ella no quería escribirle para no agobiarle y, si lo hacía, sería
por el chat en que estaban todos sus amigos para que no se sintiese atrapado
otra vez. Él respondería.
-Y perdona por lo de antes, cuando esté así, por favor dame
dos hostias para que espabile, que hasta yo me estoy cansando de comportarme
así.- Intentaba evitar que ella cayese en ese pequeño agujero que se iban
hundiendo. Tras hablar un poco sobre algunas personas que revoloteaban por su
vida, ella le diría el estado de nervios que había pasado aquella mañana, no
sólo por él, sino por ver cómo muchos de sus amigos se iban cayendo por miles
de problemas y no podía hacer nada por evitarlo. El tema empezaba a retomarse
de nuevo, él intentaría hacerla ver que, para él en aquel momento, era lo más
importante pero, Verónica tenía sus reticencias, reconociendo los errores en su
actitud y no dando por hecho que la chica fuese a estar siempre ahí. Por una
vez, la joven, sería todo lo clara que podría con él.
- No quiero que seas un abalorio que uso hoy y mañana me
canso de él. Todo lo contrario. Quiero tenerte presente.- La convencía y a ella
se le dibujaba una sonrisa de oreja a oreja.- Lo único que tengo claro ahora.
Eres tú. Por eso te decía antes que me iría a la cara oculta de la luna
contigo. Perderme contigo. Es lo único que siento ahora. TU. A ti. Tus besos,
tu comprensión. Te queda claro que eres tú la que me da, hoy por hoy, la vida.-
Ella intentaba no dejarse convencer sin saber por qué, pero al ver lo que la
decía se le deshacía el alma y solo quería arroparle entre sus brazos. Sonreía continuamente
leyendo, y él continuaría con aquel desate emocional que había iniciado.- Lo
que prometo, lo cumplo.-
- Pues prométeme que no me vas a hacer llorar más.-
Suplicaba ella entre ojos empañados y sonrisas.
-Te lo prometo con un beso sin fin.- Le decía él, conquistándola
cada segundo solo con ser él mismo.
- Quiero volver a lo de antes, a las risas… los piropos… a
hacer que los días que llegan sean algo más bonitos para ti y sonrías pensando
que me vas a ver al día siguiente. Sabes que a mí tampoco me gustan pero el año
pasado fueron mejores porque estabas tú. Me dabas la ilusión que había perdido,
hacía meses que faltaba mi tío y conseguiste que me olvidase mientras buscaba
un regalo para ti.- Sin que Ángel lo
viera, ella lloraba en su habitación, con una mezcla de saturación, alivio y
ruego.
- Te prometo que estas serán mejores. Porque me estaba
convirtiendo en lo que no soy, y lo siento, pero soy más fuerte y cojo al toro
por los cuernos y a ti por la cintura.- Arrancaba aquel hombre que a ella le
apasionaba, el coraje que le enamoró de él. Las ganas de vivir y de sentir que
le había ido contagiando poco a poco.
Más sosegados y liberados de todo silencio que habían
fraguado sin querer, continuarían hablando, con aquella confianza que se tenían
pero más consolidada, sin tantos temores, sin tanta búsqueda de las palabras,
dejándose volar el uno al otro, batiendo las alas juntos y sin dañarse,
sonriendo y viviendo aquel momento de dulces, premios. Todos los “te quieros”
que no se dijeron, salían cada dos segundos.
Bruno se iba haciendo casi invisible, ya no daba señales de
vida, estuvo un día entero sin mirarla a la cara, pero algo tenía la chica que,
a ellos, les impedía no hacerla caso. Esa tarde hablaban por temas laborales,
ella seguía manteniendo aquella actitud fría casi seca, viendo cómo había
podido perder a lo que más quería en el mundo pero a su vez, sintiéndose mal
por el chico, ya que no era tan malo como para hacerle eso.
Esa noche dormía tranquila, con aquellas conversaciones
desatadas que tenía con su chico. Y soñando el momento de tenerle entre sus
brazos. Al despertar, mientras se tomaba el café perdida en el mundo de sus
recuerdos, apoyada en aquella barra que le hacía de ventana a la imaginación,
sonaba aquel timbre que indicaba la presencia del ser que le sacaba una sonrisa
en los peores momentos. Comenzaban a darse los buenos días y de repente, un
pequeño plan, verse como en sus inicios, cobijados por la oscuridad y con la
luna cómplice de sus secretos de amor. Ella se revolucionaba en décimas de
segundo. Corría hacia sus labios para sentir todo aquello que le estaba
regalando, más de cerca. Al verle allí, esperándola, se la encendió la chispa
que hacía tiempo se había fugado, sonrió y se tiró a sus labios.
- Te quiero mi amor.- Irrumpía Ángel aquel beso de alivio. Un
golpe la atravesó el estómago y sus ojos se pintaron de ilusión, sonriendo como
hacía un año. Le besó con más sentimiento aún, le abrazaba fundiéndose con él. Se
tranquilizaron entre sus manos. Verónica le admiraba como si fuese algo irreal,
tocándole queriendo palpar la veracidad de aquel momento. No podía dejar de sonreír
y sentir.
- Y a Bruno… buf…- Confesaba él aquellos celos que había
tenido al saber de la existencia del chico. Justamente aparecían esas letras
que a ella le decían tanto y siempre había callado con él por temor a
asustarle. Los celos que sentía cuando alguien la robaba su atención o la
sonrisa amplia que se le ponía al verla. Frente con frente, tarareaban aquellas
frases. Mimándose y sin despegarse.
Ella se tenía que ir obligada por el horario. Mientras corría
hacia su lugar de trabajo, escuchaba de nuevo la campanilla y la dejaba para
cuando pudiera leer tranquilamente. Tardaría unos minutos más de lo habitual.
Cuando estuvo asentada ya, abrió aquel mensaje. “TE AMO.” Se quedaba sin
palabras, sin reacción. No podía creer que todo aquello estuviese aconteciendo.
Notaba cómo la fantasía y el entusiasmo la inundaban la mirada, ella misma se
percataba de la luz que salía de sus pestañas al ver aquello. Ángel parecía
haberse propuesto liberar su corazón para regalarla todo lo que había ido
dejando perder en el camino de las dudas y los pozos de negrura. Y lo empezaba
a conseguir. Ella no quería que aquellos momentos terminasen, se sentía
perfectamente completa. La hacía olvidar todo, borrar toda lágrima de decepción
y angustia. Hablaban más asiduamente por teléfono que por mensajes ya, ella
adoraba oírle, esa voz de hombre mezclada con la de un niño en plena
ensoñación, le dolían las mandíbulas de tanto reír pero “qué dolor más dulce” pensaba.
Pasaban horas y horas hablando, escribiéndose, riendo. No se
cansaban de saberse ahí. Ni de ellos mismos.
Ese día pasaría Bruno por allí mucho más temprano de lo habitual. Traía
cara de pocos amigos, pero al verla le cambió por completo.
- Buenos días… Hoy sí paso por aquí, que como tenéis al mono
encerrado en la cubitera…- Decía refiriéndose a aquel compañero que llevaba la
indiscreción por cartel. Ella no haría ni un solo guiño a lo que acababa de
decir, ya que le parecía ofensivo que hablase así de un compañero suyo, e
incluso la molestó.
- Buenos días, que lo pases bien.- Diría seca y cortante.
Mientras el chaval se vestía de decepción por tal respuesta.
Unas horas después sonaba el teléfono del trabajo y Verónica
sin mirar, contestaba, encontrando a Bruno al otro lado.
- Solo te llamo para informarte de estas personas, que ahora
te paso por el programa. Deben estar a dos minutos de llegar. Y si no te
importa, podrías sonreír de vez en cuando, estúpida .Ja.- Buscaba la manera de
no distanciarse tanto.
- Es que me parece fatal que hagas esos comentarios porque yo
a tus compañeros los respeto ¿vale?, tanta clase y alcurnia ¿para qué?... Para
ser un clasista maleducado y absurdo… Claro, se me olvidaba que la gente como
tú seguían adorando la esclavitud por encima de todo…- Irónica y con toda su
mala fe le haría reaccionar.
- Vale perdona, sabes que no me cae bien y encima esto de despertar
sin ningún tipo de alegría como días atrás… Pues como que me está amargando de
más. Pero tranquila que no se volverá a repetir.- Resignado se lamentaba.
- Bueno, no pasa nada, pero no vuelvas a hacerlo porque tú
no eres así. Y sonríe que si no, no aparecerá lo que tanto buscas, idiota. – Le
trataba como un amigo más al que sacar de la
monotonía y la tristeza. Colgaba él sonriendo, ella se ponía a barajar
la opción de haberle abierto una puerta a alguna esperanza, pero no, no recibió
mensaje alguno y suspiró aliviada, dando por finalizada una etapa. Había
prometido al hombre de su vida que nadie la volvería a tocar, porque ella no
quería que la tocase nadie que no fuese
él. Pero no quería prometerle cosas que no era ella quien controlaba, como la
desviación de ilusión de un lugar a otro. Eso, solamente él tenía el poder de
conservarlo. Era él quien tenía la carta en su mano, la de conseguir que su
calma se encontrase en sus labios, en sus brazos… Y, hasta la fecha, era el
único capaz de continuarla y mantenerla.
Noches de sonrisas… De amor. De paz. De felicidad en todo su
esplendor, dando alas a las almas que se encerraban en el miedo a lo increíble.
Abriendo los ojos a la realidad de sus sentimientos… Sin límites, sin
condiciones. Viviendo
sábado, 27 de octubre de 2012
Parte 58
- Vaya poder de convocatoria que tienes rey… ja.- Se burlaba
la joven del pobre Bruno que, la miraba con cara de estar deseando una tortura
lenta y agónica.
- Bueno, al menos estás tú aquí, que eso también cuenta,
aunque no me estés haciendo ni caso y no dejes el móvil ni queriendo. Erase una
mujer pegada a un móvil…- Mientras acariciaba los gemelos de ella, al tener
posadas sus piernas sobre él.
Verónica no dejaba de reír con los mensajes de sus amigos,
mientras Bruno no tenía ni idea de que estaba siendo objeto de conversación y
burlas. Tardaría poco en empezar a poner cara de desagrado por tal trato.
- Vero, es que tienes que dejar un poco ese mundo absorbente, cielo. No paras, y a mí me estás empezando a enganchar también, mira que me
gusta poco. Y ahora… ¿me vas a contar este cambio de actitud? ¿O es que eres
bipolar y no lo sabía? ¿Sufres algún tipo de esquizofrenia?... Sería una pena,
con lo joven y preciosa que eres… Ja.- Se reía ahora él de ella.
- No tengo mucho que contar, simplemente que la vida nos
pone a prueba constante, a mi parece ponerme cada cinco minutos. No te voy a
contar mi vida porque te daría tiempo a envejecer sentado ahí mirándome, pero
así a grandes rasgos, estoy conectada con alguien de una manera muy especial,
algo que es muy difícil de expresar si no lo has sentido nunca. Y permíteme, no creo que con ella
tuvieses lo que tengo yo con esa persona.- Intentaba explicar ella.
- A veces te oigo hablar, tan calmada, tan segura de lo que
dices… Que asustas. Creo que sí, que es cierto lo que me está pasando pero… Lo
peor, es que a ti no te pasa, ni te pasará lo mismo, por mucho que haga. No sé por
qué has tenido que aparecer ahora y así.- Bruno se apesadumbraba por momentos…
Perdía la ilusión.
- Lo siento, es que no sé qué decirte. Quizá no debí dejar que
siguieras ilusionándote. ¿Sabes que hoy me ha preguntado si cuando mi compañero
te dijo aquello, ya estábamos…? es para cambiar de tema un poco y que rías.- Ella con su habitual técnica de la distracción
o desviación a otros temas, cuando veía que la cosa se ponía complicada.
- Pues si supiera que mucho antes ya moría por tu mirada…
Ja. Pero fue más tarde ¿no?. Ahí intentaba ponerte yo contra las cuerdas para ver
por donde respirabas. Hasta que vi tu grado de discreción.- Empezaba el chico a
relatar, recordando aquellos momentos.- Fue entonces cuando me di cuenta que, el
que metía siempre la pata, era tu compañero. Y por eso tardé tanto en tirarme
al charco… No quiero problemas en el trabajo y ahora sé, que tu no me los darás.- Concluía.
- Ya, ya lo sé. Y ahora es cuando yo pienso que no tenías
que haberte tirado al charco. Pero bueno… Al menos, sacaremos una buena
amistad, unos ratos de risas y debates, de contrapuntos a nuestros cuentos, de…
de… Ven aquí anda.- Le abrió los brazos para que el chico se tumbara encima
suya, le enmarañó el pelo y empezaron a hacerse cosquillas, verbales y físicas.
Pasaron al rincón de las letras, como lo habían apodado, y estuvieron
desentrañando los misterios de diversos cuadros contemporáneos, cada uno veía
una cosa, después lo comparaban con la información que daban tras él y, ambos,
completaban lo que allí ponía pero cada uno a su manera. Sonaba aquella melodía
instrumental y ella se fugaba a los pies de su alma gemela, poniéndose en su
piel mientras le imaginaba en noches de soledad y escuchando aquellas notas.
Entonces cogió un folio y empezó a garabatear sin más, sin pensar, apenas
tardó dos minutos, Bruno observaba impactado aquel momento. Cuando terminó,
ella alzó la hoja hacia su rostro y él, con la boca entreabierta, lo cogía,
leía y derramaba una pequeña lágrima que difuminaba la tinta haciendo una de
sus palabras, ilegibles.
- Eres impresionante… ¿Por qué no puedes ser para mí?- Ella
sonreía, mirando al suelo y encogiéndose de hombros. No sabía cómo explicarle
que ella no podía ser de nadie, porque solo era del aire, del mundo, ni
siquiera de ella misma. Era un alma libre que volaba solamente guiada por las
alas de un águila, del que la sacaba de un árbol si las ramas la atrapaban, del
que la llevaba la comida en su pico si ella no podía conseguir el néctar de cualquier
flor, del que batía sus alas tras ella, vigilando cada giro que hacía para que
no la pasase nada… Sólo podía ser del aire y compartir su vuelo con aquel que
la mostraba la verdad en su mirada.
- Bruno… Estoy convencida de que ahí fuera está aquella que
te haga imaginar, volar a su lado, soñar… La que sepa cuando necesitas estar
solo, la que te acaricie la mejilla cuando necesites, la que te haga reír sin
apenas abrir la boca, la que te haga sentir tan importante que te corte la
respiración por el temor… Está por ahí, solo tienes que estar atento y
llegará.- Le decía intentando convencerle de lo que ella había encontrado.
- Yo pensé que esa eras tú… Pero bueno, supongo que dos
mundos tan dispares… No pueden estar tan juntos.- Él se lamentaba y sonreía a
la vez, se tumbó sobre aquella alfombra ultramoderna que acababa de estrenar,
mientras miraba al techo. Imaginando un mundo donde sus sueños, sus delirios
terminasen y pudiesen convertirse en realidades.
Ella continuó en su mundo, con sus anhelos y sus historias
por contar, mientras observaba la foto, la única foto que había guardado de
Ángel, con aquella ropa que a ella le encantaba, con el fondo que les hacía de
refugio. Los ojos de él sonreían mientras la boca quedaba entreabierta sin
llegar a sonreír. Ampliaba el zoom y observaba aquellas canas, las que le habían
enseñado a contener aquella ira que guardaba durante años, aquella revolución
contra el mundo que Verónica disfrazaba de alegría y sonrisas, sentía la paz de
su cuerpo a través de la fría pantalla de su teléfono móvil. Acariciaba con sus
yemas su pelo inmortalizado en aquel instante, mientras sentía que volaba a su
cintura, se sentaba encima suya jugando con sus mejillas, con sus labios. No se
había percatado en todo ese tiempo, de nada físico, cayó en la cuenta al
intentar imaginar su cuerpo. No podía, le tenía grabado en sus manos, en su
piel pero no en su retina. Porque en ella, solo existía la mirada magnética, el imán
formado por tantos suspiros como risas, por lamentos y gozo, por conversaciones
y silencios… Se rindió a sus sueños.
Despertaba de nuevo en aquel sofá, miró a su izquierda y no
había nadie. Mientras intentaba abrir los ojos, escuchaba pequeños ruidos de
fondo. Bruno intentaba ser cauteloso para no despertarla. Ella le vería pasar
por aquel salón que parecía no tener fin. Se sentaba en el sofá y le observaba
en silencio.
- Uy, te he despertado. Lo siento. Buenos días princesa.-
Agachaba su cabeza hacia su frente.
- Déjate de ñoñadas, anda… Que no soy una muñeca de esas que
te presentan a diario.- Ella y su carácter de recién levantada. Él quería ser
dulce pero a la chica le empalagaba demasiado tanto pastel.
Mientras restregaba sus ojos una y otra vez, el chaval le
traía un café de esos que revolucionan hasta el corazón más catatónico.
Verónica encendía sus conexiones y daba los buenos días a todos sus
imprescindibles. Ángel aparecería por allí, haciéndola sonreír en el instante. Bruno la acercaría a casa una hora después, ya no pasarían el fin de semana
juntos porque ella no quería acostumbrarle a aquello, ni acostumbrarse ella.
Prefería apalancarse en su habitación y leer, pensar… Abastecerse de cultura…
Llenar sus sentidos con otro tipo de arte al que antes buscaba donde no debía…
Gracias a ciertas lecciones… Lo iba consiguiendo, aprendiendo.
Ángel el día anterior había estado viendo aquella película
que a ella le dejó sin aire. Verónica le había dado unas indicaciones para
cuando la viese “acuérdate de mí cuando el niño mayor le diga a la madre lo del
principio de la película.” Ella se refería a aquel grito desgarrado, el que
mostraba el pánico que daba sentirse solo en medio de la nada, el que suplicaba
que no volviese a acontecer aquel estremecimiento. Verónica habría proferido
aquel chillido en, solamente, dos
ocasiones, una de ellas, cuando Ángel la echaba de su vida y volvía a recogerla
en sus brazos días después. Cuando unidos en cuerpo y alma, ella sentía aquel
alivio de volver a sentirle cerca, de curar sus heridas y calmar sus tormentas.
Pero de su boca solo pudo salir un “cuánto te he echado de menos”… La otra, cuando se vio sola ante tanta gente
conocida pero extraña, cuando se dio cuenta que no podría sobrevivir al
silencio eterno. Esa tarde en que el único hombre en quién podía confiar, su abuelo,
se marchaba sin decir nada, dejándola allí por un calentamiento moral absurdo.
Ella corrió tras él pero le perdió la pista y se quedó en aquel giro de calle,
mirando a un lado y otro sin encontrarle. Era pequeña y no recordaba cuanto
tiempo pudo pasar hasta que regresó, pero cuando lo hizo, ella saltó
literalmente a su pecho, abrazándole como nunca lo había hecho con nadie, y le
gritó aquel “ni se te ocurra volver a hacerme esto”, mientras temblaba y
lloraba por los nervios de ver cómo podía necesitar tanto a alguien.
Verónica no se lo había explicado… Le dejó una de aquellas
perlas para que pensase, buscase y prestase atención a la película.
viernes, 26 de octubre de 2012
Parte 57
Ese día viviría en un huracán de situaciones que la
llevarían a estallar, a gritar, cuando quizá en otro momento habría callado
todo lo habido y por haber. Bruno que no paraba de mandar mensajes, no cesaba
en su empeño por saber. Y en su casa las
cosas no eran un camino de rosas. Le costaría dormir unas cuantas horas,
intentando recolocar todo en su cabeza y su cuerpo, sin encontrar salida ni
entrada, mostraba toda la calma que podía pero en realidad estaba en modo
volcán a punto de erupción. Sonaba el teléfono por vigésima vez en toda la
noche y hasta que no lo cogiese, no iba a parar de sonar.
- ¡Dime!- Gritaba, harta de tanto escuchar aquella música.
Al otro lado, Bruno suspiraba.
- Vero, vaya día de no coger el teléfono ¿qué te pasa? Déjame
que te ayude, mira que eres…- Se desesperaba ante tanto silencio.
- Bueno, ya te he contestado, ¿no te vale con eso?, no
quiero meter a nadie en mi vida. ¿Tan difícil es de comprender?- Exasperada ya,
se proponía echar a aquel chico de su vida como fuese. Tuvieron un par de
palabras más sin llegar a ninguna conclusión y él conformándose con saber que
seguía viva.
Al despertar… Un
testamento por mensaje.
“Mira que me costó
decidirme. No pensé que fuese por algo como esto. No hay quien te entienda. Parece
que soy el mayor error de tu vida. No soy ningún muñeco con el que jugar. Tengo
paciencia, pero es que contigo no hay que tener de eso, hay que tener GANAS, y
yo no las tengo. Paso de ti, de tus historias. Lo que más rabia me da, tener
que ver esos puñeteros ojos que me envuelven todos los días. No sé… Pero
consigues mi rabia y mi ilusión en dos minutos. Eres tan desesperante que… No
creo que sea eso lo que me está pasando. Algún día lo sabré. Y quizá sea tarde
para que te des cuenta. Que descanses, porque yo no podré. Buenas noches.”
Verónica apenas lo leería, pasaría rápidamente al otro
método de conexión entre Ángel y ella. La despertaba disculpándose por no haber
podido hablar aquella noche. La chica sonreía y, a la vez, lloraba aliviada de
encontrarle, aunque fuese de aquella manera, siempre le daba aquel aire que
necesitaba, con solo moverse por delante de ella. Una pregunta y un plan, de
aquellos que surgían sin más, ella encantada, se animaba el día sin apenas nada
más.
- Buenos días. Se te ve demasiado radiante ¿no?- Preguntaba
Bruno por el móvil aquel día. Ella no le había contestado a aquel testamento
que había dejado y, él, de nuevo insistiría.
- Pues mira, sí. Estoy muy tranquila ahora mismo y no me
apetece discutir. Siento mucho no haberte contestado estos días. Soy así. Y
siento que tengas que ser tú quien lo pague, de verdad. No te has portado mal
conmigo como para ello. Perdóname.- Se disculpaba con él, viendo cómo podía
estar descolocándole por momentos.
- Gracias, la verdad que gracias. Yo ya no sabía que había
hecho para llegar a esto. Me sentía impotente. Solo quiero ser tu amigo, creo
que tenemos algo en común que no todo el mundo tiene y no quisiera perderlo.
Aunque esté con otra, otras… Quiero que sigamos teniendo esos ratos de risas y
de contrastes, tú con tus formas y yo con las mías.- Le pedía el chico ante la
posibilidad de que ella se estuviese marchando.
- Tranquilo, mi amistad no se la niego a nadie, pero es que
yo soy así, además que no me gusta que me saturen y… Me estabas saturando
mucho. No me gusta sentirme encerrada, lo siento.- Explicaba ella como podía,
pues sabía que era complicada de entender y llevar. Sólo existía una persona
capaz de razonar con ella, de hacerla entender y de calmarla. Y ese, no era
Bruno.
- Entonces… ¿amigos?- Pedía el chico con una cara sonriente
por icono.
- Amigos. Ja. Pero, no me agobies.- Advertía.
Todo quedó ahí, mientras Ángel volvía poco a poco a su ser,
viendo como ella volvía al suyo. Parecían globos, que se hinchaban hasta casi
reventar y después soltaban todo el aire volviendo a su misma forma. Ella
decidió meterle en su grupo de imprescindibles, porque quería que estuviese
siempre, pasase lo que pasase. Contaba con los dedos de una mano, a esos amigos
de verdad. Entablaron conversación, mientras ella se sorprendía de verle
aparecer por allí pero se alegraba de ello y reía como hacía semanas que no
conseguía.
A la mañana siguiente Ángel se volvía hacer importante en su
vida, iría a buscarla, a rescatarla de aquel nido de angustia que tenía por
casa, él parecía tener necesidad de darle lo que tenía, su paz. Ella se
despertaría temprano y nerviosa por lo cerca que estaba ese momento. Dudaba
entre cómo peinarse, vestirse, tenía aquel zoológico al completo retumbando en
su estómago y se uniformaba de ilusión.
- ¿Hoy espero yo?- Preguntaba Ángel mientras la tenía a
escasos metros. Ella estaba esperando en otro lugar. No imaginaba que pudiese
estar allí ya. Al ver su coche, le empezaba a temblar hasta el alma. Se montó,
no sabía si besarle, si acariciarle, se quedaba petrificada en su presencia.
Esperando que fuese él quien diese el paso. La sonrisa estaba ahí, no faltaba.
En cierto modo, le notaba tenso. Ir juntos en su coche no era algo habitual,
era un pequeño detalle que, a ella, le hacía sentir mejor a su lado. Al llegar
al punto que habían comentado, sus labios se acercaron de nuevo, de repente el
tambor de su estómago frenó en seco, dejándola sin respiración y, a su vez, con
aquella vida que meses atrás le regalaba.
Caminaron y hablaron de sus cosas comunes, de sus “amigos”,
de sus historias, se paraban a cada momento para gozar de sus labios y su
presencia. Eran imanes el uno para el otro, no podían dejar lugar a
conversaciones normales, cada momento se besaban, abrazaban, acariciaban. Verónica
tocaba el cuerpo de su chico como si fuese algo más, diferente, no sabía
expresar con claridad aquella sensación, pero parecía no existir nada más a su
alrededor. Nunca había estado montada en una nube pero suponía que debía ser algo
similar. Mirándose a los ojos, examinando sus labios con su mirada,
transformando aquella seriedad en sonrisas.
Ella a cada minuto agarraba su mano, la que le daba aquella
tranquilidad, la única que era incapaz de soltar y por la única que se dejaba
guiar. Él hablaba poco, aunque lo poco que decía era para hacerla seguir
adelante. Se entendían de la misma manera que lo hacían dos gotas de agua.
Verónica seguía andando y le agarraba sus dos manos, entrelazándolas con las
suyas y acercándole a su espalda, para sentir ese calor y ese cobijo, esa
armonía. Cerraban los ojos dejando que el aire les refrescase rostro y mente,
suspirando y aliviando todos aquellos demonios. Él continuaba nervioso aunque
lo disimulaba ante ella. Al estar cerca y frente al otro, parecía que todo
aquello que les había enfrentado en un momento de sus vidas, les unía mucho
más, transformándolo en un amor fuera de lo normal. Ella notaba su corazón
subido en sus labios, diciendo todo lo que nunca se atrevió a decirle y mil
veces había sentido, acoplándose en su personalidad seductora para enamorarle
con su mirada, con sus palabras, con su alma. En pocas palabras, siendo ella
misma. La que en algún momento encerró por miedo a que Ángel la desterrase al
olvido, por temor a ser tan vulnerable como fuerte, por no asustar a aquel
hombre que cada día la miraba más por dentro, dejándola que liberase su mente y
alma, su cuerpo en su cuerpo, que se convirtiera en escultora de sus más
mágicos y preciosos momentos.
Un día más de aquellos a guardar en el álbum de recuerdos
que iban formando, uno de aquellos que les hacían sonreír en sus peores
momentos. Verónica no daba crédito a lo que estaba viviendo pero la hacía
sobrevivir al miedo.
“Buenos días, no
quiero saturarte, ya sé que te agobias con nada, solo quería saber de ti, si
sigues bien y si necesitas algo. Hoy no te he visto y te he echado de menos. No
es lo mismo tu sonrisa que la del gafitas. Esta noche monto una cena para
algunos compañeros y amigos, me encantaría que vinieras aunque ellos te vean,
las reacciones iban a ser geniales y yo me iba a reír como nunca. Si quieres
estás invitada, si hace falta, voy a por ti pero no te prometo que duermas en
tu casa, ja. Un besote enana.”
Bruno daba señales de vida pero ella ignoraba tal señal.
Estaba con Ángel y no permitía que nadie interrumpiese aquellos momentos
excepto sus imprescindibles. Al dejarla él en el mismo punto de partida y
despedirse con aquel beso tan cálido, ella sonreiría sin más. Pensando en lo
increíble que era vivir la locura a su lado. Recuerdos imborrables.
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