jueves, 17 de noviembre de 2011

Parte 2

Tras escribir aquella carta, Verónica continuó con su vida normal, la habitual soledad, sus largos paseos analizando su vida y la del resto. Sin prestar atención a nada, solamente a sí misma. Escuchó el mensaje del contestador, pero prefería no darle respuesta. Su vida estaba vacía, sí, pero no quería continuar alimentando un dolor que poco a poco había ido menguando. Ahora la espía silenciosa era ella, le seguía preocupando aunque no lo mostrase. Porque el amor no se va de un día para otro y mucho menos cuando los alejamientos se producen forzosamente.

Quizá debía insistir, quizá no… Desde que mandó aquella misiva, su mente era un mar de dudas… Volvía a rondarle todo el sentimiento que les unía, se reconstruían de nuevo las ilusiones, el brillo perdido en los ojos volvía de nuevo, pero su carácter de ahora no le dejaba dar un paso más, el anterior habría luchado hasta morir en el terreno de batalla, pero el de ahora… Ahora era más pasiva, más expectante, ya no quería hacer nada por nadie, debían hacerlo por ella, ya que siempre lo había dado todo a cambio de nada, quizá le mal acostumbró.

Cayendo en la cuenta de que el dolor al fin y al cabo solamente lo sufría ella, pues cuanto más daba, menos recibía. Seguía su instinto, el que le decía que debía dar margen, que el espacio y el tiempo serían sus mejores aliados para todo, si debía salir, lo haría, sino… Ya habría sufrido todo lo que debía en su momento. Y la felicidad es un camino, no un destino.

Trabajaba para el banco, no es que fuese banquera, no. Sino que todo lo que ganaba se iba según llegaba el primer día de cada mes. Así que debía hacer algo. Comenzó a trabajar en algo que, no era su pasión pero, le reportaba grandes beneficios económicos. Se mantenía pluriempleada para sus caprichos y al menos conseguir algo de vida normal. Fue a visitar a uno de los amigos comunes con Andrés, a ella sí le aceptaban el paso en ciertos sitios, ya que era de las que más había perdido. Este amigo era empresario nocturno y le ofreció un puesto extra tras una barra, tras aquellas en las que el amor de su vida se dejaba el hígado cada noche. “No queda otro remedio…” pensó para sí misma, también le seducía lo que le pagarían y lo rápido que lo obtendría sin pasar por ningún sitio, de mano a mano.

Desde aquel momento el sueño dejó paso a noches en vela, días largos, cafés y más cafés, la cama ya no era su fiel amiga. Con un promedio de una hora escasa diaria. Su cuerpo se comenzó a transformar, no había mejor gimnasio que los barriles de cerveza y las cajas de botellines. Su vida era ejemplar de día y maléfica de noche. Un ángel por las mañanas, un demonio al pasar las doce. Las ojeras ocupaban gran parte de su rostro, pero nada que un buen maquillaje y unas copas de Johnnie Walker no fuesen capaz ocultar. De noche le rodeaban hombres de todo tipo, casados, con novia, solteros, viudos, separados… de todo. Ella a cambio de una mísera propina, una copa y una sonrisa fingida. Lo habitual ya en su día a día, la mentira y el autoconvencimiento. No reconocer cuál era su personalidad, si la buena o la mala.

Sumida en un horario imposible, apenas tenia vida, las pocas veces que no iba ni a un lugar ni a otro, pasaba el día entero durmiendo para recuperar, al menos, algo de aquella energía. No tenía tiempo para planes absurdos, tampoco quería tenerlo, estaba más enganchada a ello por superar sus miedos y por no seguir hundiéndose en aquella tristeza llamada vida, que por ganar dinero. Convirtiéndose en una sombra angustiada de lo que un día llegó a ser.

Aquella noche… Esa maldita noche, se le rompieron todos los esquemas. En ningún momento pensó que aquello pudiese ocurrir. La puerta se abrió, dando paso a una chica rubia espectacular, a sus ojos y a los de los hombres que se encontraban en el Pub, que la analizaron como desnudándola con la mirada. Verónica agachó la cabeza en su cubo de hielos y siguió preparando aquella mezcla que le habían pedido mientras pensaba en cuántos intentarían invitar a aquella joven a algo, cuando escuchó a su jefe saludar con un énfasis fuera de lo común a alguien. Sí, Andrés. Allí estaba, tan elegante como siempre, aún vistiendo aquellos vaqueros desgastados y aquel polo con quinquenios ya, pero la elegancia se lleva en la sangre, no se aprende. Radiante de felicidad, o al menos lo parecía. Era el acompañante, que ella no esperaba, de la chica explosiva que nadie dejaba de mirar. Verónica quiso que la tierra le tragase, pero no podía abandonar la barra, estaba sola. Se dirigió a la cocina, encontrando allí a la encargada.

- Por favor puedes hacerte cargo de la barra, me encuentro mal. - Le propuso, tocándose el estómago en señal de malestar. La encargada con su peculiar cara de perdona vidas, aceptó y se dirigió sin más. Ella salió como una bala al baño, no porque se sintiese mal, sino porque no quería verle.

Andrés empezó a buscar con la mirada, pues su amigo ya le había comentado que, la que fuese su amante y leal compañera de fracasos y victorias, trabajaba allí con ellos. Ardía en deseos de verla, aun estando Irene al lado, al fin y al cabo solo era una amiga. Pero los malos entendidos estaban a la orden del día entre ellos.

Llevaba treinta minutos metida en aquel cuarto, no podía estar más tiempo, el sitio rebosaba y su jefe le llamaría la atención. Se armó de valor y soberbia para dar su mejor imagen. Llegó a la barra repartiendo copas sin parar un segundo, como siempre. De pronto las miradas se cruzaron, haciendo que se silenciase la música en sus mentes, que sólo resonasen sus voces en sus recuerdos, que sintiesen aquel vínculo tan especial de años atrás. Irene y el resto se convertían en meros espectadores del más maravilloso espectáculo que podía dar el amor.

- ¡Verónica!¡Chica, deja eso un momento y acércate!- Le gritó su jefe y amigo desde la otra punta del bar. No tuvo más remedio que dejar el lavavajillas para más tarde. Se secó las manos y fue hacia ellos. Su corazón se aceleraba por momentos y parecía estar escuchando el de Andrés, palpitando cada vez más fuerte, al son de su sonrisa.

- Niña, ¿no querías venir a ver a Andrés? Mira qué cambiado está, ya no lleva esa melenita de pijo de aquellos tiempos, ja. Ahora parece una persona real ¿eh? - Se mofaba el amigo de ambos, mientras entre ellos se producía una sensación parecida a la del primer encuentro que tuvieron. Aunque ella no podía dejar de mirar a Irene, obteniendo su respuesta segundos más tarde.

- Mira, esta es Irene, una compañera de la fábrica donde trabajo ahora. Irene, esta chica es Verónica, la única mujer en el mundo capaz de hacer que deje todo por ella. - Andrés declaraba públicamente lo que tanto había añorado ella en los momentos en que su alma le pertenecía, pero en aquel instante parecía haberle echado encima un jarro de agua fría.

- Encantada Irene. Si me disculpáis tengo que seguir atendiendo, no puedo dejar a Raquel sola toda la noche. Me alegro de verte Andrés, y de que tu vida sea ahora un poco mejor. Al menos te veo feliz, que es lo que cuenta.- Se marchó con una sonrisa hipócrita en los labios y dejándole con la palabra en la boca.

Su turno acabaría en una hora y ellos no se habían marchado aún, continuaban hablando y riendo con Juan, miradas escapadas hacia la barra y de la barra hacia su mesa. Pensaba para sí misma si aquello era una tortura, el destino o qué narices estaba pasando. No podía imaginar que las casualidades existiesen. Algo de fortuito debía haber, pero ¿qué?

 

Semanas más tarde habló con Juan comentándole que ya no volvería, que el dinero era el justo para lo que desempeñaba pero que no podía volver, que su vida se le estaba yendo tras aquella barra. Intentaron llegar a un acuerdo, así hicieron. Verónica solamente iría fines de semana alternos y si algún día les surgía algún imprevisto podrían disponer de ella, pero nada más. Lo que hiciese falta con tal de evitar al destino. Porque aunque le encantase verle, sabía que no podía, no debía volver a haber nada. Las segundas partes nunca fueron buenas.




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