domingo, 31 de marzo de 2013

Parte 63


Vio el asfalto y quiso hacerlo suyo… El que guardaba chillidos de goma, el que contaba miles de pasos dejados atrás y dados hacia delante… Mirando por el parabrisas el paisaje entre claro y oscuro con un pequeño rayo de sol saliente de entre el bien y el mal. La luz y la oscuridad. Adornado por  un paraje de ensueño, grandes árboles que contaban silencios en sus ramas… Que guardaban gritos en sus copas.

En su mente miles de frases, de unos de otros, de nadie, música a todo volumen para acallar esas voces… Para que el corazón gritase ¡BASTA!... Sus ojos encendidos en rabia, en miseria por perder, por dejar ir. El dolor en todo su esplendor. El vacío del estómago. El pinchazo del pecho y la hiperventilación. Cuando sus ojos empezaron a teñirse de rendición se paró. En lo alto de un mirador. Buscando en el horizonte su respuesta. Verónica sabía por qué lo hacía, no lo entendía pero lo sabía. Ella, su bienestar estaba en el de él. El miedo la empezó a recorrer en modo de escalofrío intenso. ¿Continuar con su decisión, la de él, o estar ahí una vez más? Sabía cuál era la respuesta pero temía dársela una vez más. Pero pensó… “ya nada más tienes que perder, solamente ganar, su amistad aunque sea, saber de su felicidad. Saber de él”. Su dependencia iba tan allá como su propia vida. No se podía dar una explicación lógica a sí misma. Con tantas pisadas que recibía su corazón y ella continuaba poniéndolo a su merced. Como si alguna fuerza extraña le empujase hacia él. Pero sin él se iba marchitando. Quince días durmiendo una media de tres horas seguidas. Con despertares bruscos y vuelcos al corazón. Se miraba al espejo y decía “Acéptalo, es su decisión y nada puedes hacer. Acéptalo de una puta vez.” Se autoconvencía en ese mismo segundo pero dos más tarde se arrepentía de ello.

Sentía que se volvía loca cuando de repente, sin saber cómo, el aroma de Ángel rondaba su cara y buscaba por todos lados. No estaba. Aquellos regalos que un día la hizo, los guardó en una cajita. La cajita de sueños perdidos. De luchas a medias y de cosas a recuperar cuando fuese una adorable abuelita. No quería perderlos. Durante días se mentía a sí misma diciendo que la había perdido para regalarse la posibilidad de volver a empezar. Aunque sabía que no volvería a empezar nunca.

Aquella noche vio cómo Ángel cambiaba cosas poco a poco, cosas poco habituales en él. Y ella pensaba que estaba tan convencido de lo que había decidido que había empezado a olvidarla. Daba por zanjado todo aquello. Prefería pensar que siempre les quedaría la perfecta amistad. Esa noche no dormiría más de cuatro horas esperando el momento de poder escribirle. De poder saber cómo estaba. Al ver la reacción de él, ella se sintió en su piel. Cuando esperaba continuamente con el móvil en la mano para contestarle todo lo rápido que pudiese. Empezaron preocupándose el uno por el otro. Su salud mental se empezaba a resentir. Se volvían locos el uno sin el otro. Perdían el hambre, el sueño, las ganas de reír… Eran sombras de lo que ellos mismos eran. Verónica quiso hacerle reír, con su habitual forma de caracterizar cualquier situación cotidiana como podía ser hacer un café. Él reía y reía. Volvía un poco la paz a sus cuerpos. Se iban aquellos vacíos y pinchazos… Verónica quería ir más allá. Pero le daba miedo. Seguía pensando en el respeto que le tenía y no quería presionarle. Quería respetar todo lo que él hiciese y pensase.

De un día para otro… Todo giró. Ángel volvía a ser el que ella un día conoció. Un hombre risueño, lleno de vida, con energía, con ganas de luchar y añadiendo a todo ese uniforme un cariño y una comprensión que fue ganando con el tiempo. Acogedor. Afable. Humano. Con sus defectos… Evidentemente. Pero ella no los veía. Los transformaba en risas…

Se sentía en una nube diferente… Una nube de aceptación, de felicidad, de ingenuidad, de temor…

Solo el tiempo haría que esa nube se mantuviese con los rasgos positivos más pronunciados y los negativos tirándolos para volar más alto…

Cuando todo esto empezó… Verónica JAMÁS habría pronunciado tantas veces la misma frase… Y mucho menos con lágrimas de felicidad en los ojos… TE AMO.

 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Parte 62

Esta historia empezaba a repetirse en el tiempo... Empezaba a ser todo tan igual... Que Verónica no podía más con tantas vueltas y vueltas que daba. Sin embargo, su amistad incondicional, no la dejaba marchar nunca. Porque siempre, en cada huida, había un motivo más fuerte para estar ahí. Para que la llamase si la necesitaba. Porque, sin darse cuenta, había ido adaptando su vida a la de Ángel, se había ido convirtiendo en la sombra de la sombra... ¿Amistad? ¿Amor? ¿Culpabilidad?... ¿Que sentimiento de todos le retenía a ella al lado de el?... Verónica se llenaba de tantas dudas como las de él. Al escuchar su voz quebrada por el recuerdo... Le partía el alma pero inmediatamente despues, cuando le escuchaba hablar, ella pensaba que volvía a enredarla en sus huracanes. La mente de Angel era un volcán. Cada hora se iba convenciendo más de lo que quería. Verónica empezaba a vislumbrar una luz que jamás quiso ver. Ángel necesitaba que ella despareciese. Y ella necesitaba desaparecer porque tenía que aclarar lo que sentía realmente por él. Tener dudas a estas alturas, no era muy lógico. Pero sí comprensible, tras tanto sufrido. Ella podía pensar en lo bueno, sí. Pero si lo bueno dolía tanto como para querer echarlo... Algo debía ir mal. Dolía porque era mucho lo bueno, porque cuando hablaba con sus amigos sobre aquella relación, solo tenía sonrisas en su mente. Rapidamente se iban aquellos momentos de rayos, truenos y terremotos. Por eso dolía, porque no podía entender que aquello tan bonito, le estuviera haciendo tanto mal.

Hacía su pequeña maleta con sus cuatro trapos. Ella quería estar en casa sin moverse, por si Ángel gritaba socorro, por si la necesitaba, que pudiera poner los pies en algún sitio. Ciega o no... Era lo que creía que debía, y quería hacer. Pero aquella mañana, riendo con unos y otros, con gente que ni esperaba que riese nunca, ni con ella ni con nadie, y casi se ahogaban de la carcajada. Supo que podía reir sin él. Y que él podía estar perfectamente en su mundo sin ella. Donde siempre encontraba un abrazo, fuese de quien fuese... Ella  no. Donde encontraba el calor... Ella no. Y ella, no soportaba la idea de acabar mal con el y lo terminaría haciendo por tanto rencor acumulado, tenía que limpiarlo. No sabía exactamente cómo pero tenía que hacerlo. Una semana encerrada en casa. Sin abrir la boca más que para bostezar y comer. A base de conversaciones escritas. Algún rayo de sol que la visitaba de vez en cuando y al que escuchaba más que hablaba ella. Empezaba a olvidar el tono de su voz. Las dos únicas veces que había decidido estar acompañada por alguien, Ángel parecía tener un sexto sentido para recordarle su presencia. Todo empezaba muy bien, como siempre, la preguntaba por ella, por su vida... Pero empezaba a rodear todo de tal manera que acababan hablando de él. De su vida y sus problemas, y cuando ella opinaba, a parte de sentirse mal, él le recordaba lo que había. No la necesitaba en su vida... Él mismo se hablaba, se preguntaba y se respondía. ¿Qué le hacía falta a Ángel de ella?.... Nada.

Verónica se había cansado de pedirle socorro. De gritarle sutilmente que necesitaba que él supiese diferenciar una cosa de la otra.... Amor de amistad. Porque, queriendo o sin querer, la "obligaba" a hacerse unas ilusiones y unas esperanzas que despues rompía con cualquier frase.

Él guardaba mucho rencor... Lógico. Porque empezaba a tirar aquella venda que se había querido poner por mantener un proyecto de vida que no era tan malo... Claro que no era malo... Pero no era el mejor. Verónica se dio cuenta que su proyecto de vida se había roto hacía muchisimos años, que no estaba tan mal, mientras guardaba silencio y Héctor conseguía lo que quería... Todo era normal... Pero no era lo mejor.

Verónica se iba aquellos días... ¿a dónde?... Con gasolina, música y un poco de ropa... Llegaría a algún sitio. Donde las fuerzas le pudiesen, se tiraría a dormir en el asiento trasero de su coche que tanto callaba... Entre aquellas mantas que abrigaron algún día su sueño...

sábado, 23 de marzo de 2013

Parte 61

Tras meses de intensa relación, de intercambio de palabras, mensajes, llamadas... Verónica acumulaba cada vez más frentes abiertos. Empezaba a girar su vida sin darse cuenta de tal transformación.

Bruno había hecho su vida, tal y como le advirtió que pasaría, en ella había visto una puerta abierta al cielo para no tener que hacerlo pero ella se la cerró. El chico construía su pequeño fortín para su próxima princesa. Verónica se alegraba de ello. En aquellos momentos se alegraba casi de cualquier cosa, ya que ella era feliz y veía todo perfecto.

En su lugar habitual de trabajo, las cosas funcionarían como siempre, saturándola cada día más, al igual que el mundo en su casa. En su mundo de siempre, las preguntas empezaban a ser constantes, las explicaciones que nunca había dado, estaban más presentes que nunca, empezaba a tener tantos cables cortocircuitando como felicidad por el comportamiento de Ángel. Era su ventana al mundo. Su aire. Se dejaba adormecer por su voz y acunar por sus brazos. Era la única persona capaz de comprenderla, de sosegarla y de hacerla sonreír.

Llegaron las navidades, un año más. Ella pintaría de colores su casa para celebrar algo ya que, por una vez, había algo que celebrar. Un año más, un año lleno de esperanzas en los cambios, lleno de vida en sus ojos y los de él. Nunca había barajado la opción de que la vida de Ángel cambiase por ella pero con sus gestos, con sus palabras, con su manera de actuar en general, empezaba a pensar que fuese posible. Que la vida que soñaba noche sí y noche tambien, podía ser. Ella no quería dar importancia a nada de lo que él decía, ni credibilidad para no desmoronarse en ilusiones. Intentaba esquivar ciertos temas para que siguiese siendo el mismo mundo. Sin embargo, todo empezó por una semana de infarto. De Verónica que no quería ni tenía fuerzas para levantarse cada mañana, porque en casa la oprimían, porque en el trabajo la asfixiaban, todos esos nudos se fueron apretando en su garganta y en su corazón. No podía más. Además de estar haciéndole la "vida imposible" a la persona que más fácil le hacía la vida. Una mañana estalló todos sus silencios en lágrimas, en falta de aire, en palabras envenenadas contra aquel que la ahogaba. Aquella mujer con tanta experiencia como paz al escuchar, fue la mano que descorchó la botella. Salieron sapos y culebras entre quebrantos, ella comprendía y expulsaba alguna que otra carcajada con los símiles que hacía la chica. Verónica se dió cuenta que hablar tampoco suponía una guerra mundial.

Semanas despues, estando en su celda, en la casa que tantos sueños como pesadillas guardaba, dió un golpe en la mesa mientras se levantaba sin coger más que su teléfono y diciendo que no la volverían a ver. Aquella noche, sus lágrimas las consolaba aquella bruja de ojos verdes a la par que su Ángel por mensajes. "No vuelvas atrás, no vuelvas atrás...." se repetía. En otras ocasiones ella habría corrido tras aquel que la cortaba las alas, sobre todo para que no hiciese ninguna locura. Aquella noche no. Decidía que ya no más. Que no iba a aguantar ser el salvavidas emocional de nadie. Mientras Ángel seguí allí, a su lado. Esas semanas de cambios, ella descubrió una paz y una libertad, que ya tenía, triplicada. Era como que ya nadie podía callarla, que ya tenia la cara tan descubierta que el miedo se había ido. Nada que esconder y mucho por regalar.

Ángel se vio inmerso, queriendo o sin querer, en ese ansia de libertad, en correr junto a ella y agobiarse él mismo por querer estar a su lado. Al menos eso quería pensar Verónica, no quería creer que todo aquello hubiese sido una mentira. La chica había vivido mucho, sí. Pero no en modo libertad triplicada. Necesitaba abrazos que nadie le daba, solo él, uno y a escondidas. Necesitaba cobijo que nadie le ofrecía, porque todos aquellos que la lloraban en el hombro, desaparecían. Tampoco los quería a su lado. Tenía que estar completamente sola para asimilar todo lo que le había ido pasando. Para colocar su cabeza e ir haciendo un plan sobre cómo funcionaría su vida a partir de ahora. Había planes hechos desde antes que todo aquello sucediese y debía seguir con ellos, aunque no la apeteciese. Se tiraría semanas sopesando los pros y los contras de acudir a ciertas citas. Ahora nadie la impedía hacer o deshacer. Ángel siempre iba con ella, en su mente, en su alma... Siempre. Pero éste adquirió un rol que no podía tener, quizá eso fue lo que le envenenó. Se adjudicó unos derechos que, en parte, ella tambien le había otorgado. Le regaló la potestad de cuidarla y de mimarla pero  no la de retenerla. Y ella se sintió retenida.

Semanas después se verían por última vez en lo que, ella sabía, sería su despedida. Lo disfrazarían de veinte mil cosas, ella querría jugar a la esperanza pero sabía que no. Que no volvería. Que aquel era el último adiós. Porque él no podía, no quería, porque ella ya no consentiría que la hiciesen daño. Ni el, ni nadie más. Porque ya no necesitaba a nadie para caminar, porque ella quería a alguien con quien caminar, que era diferente. Un mes de soledad, de llantos, de mordiscos a la almohada, de sueños interrumpidos por pesadillas y golpes en el pecho. Un mes de desprecios, de ahora te acojo, ahora te suelto... Un mes lleno de tanta falsedad en el mundo que no quería más a su alrededor.

Por eso, al escuchar a Ángel decir aquella frase, en lugar de comprender, aún comprendiendo, quiso hacerse escuchar, quiso que supiera que tambien sabía pensar. Pero todo aquello, a parte de liberarla de miles de silencios, solo le causó dolor, porque sabía que con cada palabra le calavaba un puñal, porque sabía que solo lo hacía para herirle y devolverle todo lo que ella había sufrido. Porque sabía que ella, no era así. Que ella no obligaba, ella no juzgaba ni sentenciaba... Pero él abrió una batalla, una herida que aun no estaba cicatrizada por muchas curas que hubiese hecho... Y como lobo herido... Atacó sin más.

Verónica pasaría días de hastío y de sonrisas a solas. No iba a ser aquella niñata en que se había convertido tras tanto ataque. Porque ella era una persona que, a parte de racial, pensaba las cosas, recapacitaba y nadie la tenía que hacer cambiar. El dolor... Era solo eso, dolor. Ahí quedaba y ahí curaría. Ella no necesitaba morder ni atacar. Simplemente caminar. Le cerró la puerta. Porque sino la cerraba, la enredadera sería la de siempre. Siempre sería lo mismo. Ahora ven, ahora adios... Ahora tal... Ahora pascual. Eso no es lo que ella quería en su vida. Ella quería al hombre. Al que siempre la sacaba una sonrisa. Al que se armaba de valor y sonreía con ella. No quería a lo que estaba viendo. Un niño perdido que no sabía cómo controlar todo lo que se le estaba yendo de las manos. Y todo... ¿Por culpa de ella?....

El tiempo, solo el tiempo dara las respuestas. Ahora era momento de... Vivir. Con límites, con sus responsabilidades y sus problemas, pero no cargar con los de nadie. Ahora era una mujer. Que nada echaría en cara. Que nada quería más. En las puertas de la libertad.