miércoles, 7 de noviembre de 2012

Parte 60


Bruno pasaría a estar en un segundo, tercer, cuarto o quinto plano… Dejaría de hablarla casi de inmediato. Tras aquella llamada intercambiarían unos cuantos correos electrónicos sobre aquella afición común y poco más. Ella ya no quería darle pie a nada, intentando aclararle lo que había sucedido.

Hola morenito, me gusta mucho (y lo sabes) debatir contigo sobre todos estos temas culturales en que nos perdíamos aquellas tardes pero verás… Hay una persona, lo que nunca te conté ¿te acuerdas?, pues esa persona es lo único que soy incapaz de perder en este mundo porque si lo pierdo, me pierdo a mí. No quiero que esto pueda afectar a lo que ahora tenemos, que es lo más bonito que me ha dado en mucho tiempo y, a pesar de lo que nos hemos reído y lo bien que nos lo hemos pasado, tengo que dejarte “tirado”. Sé que no tendrás problemas en seguir con lo que tenías, porque ya lo demostraste una vez y además tienes todo de tu lado para ello, así que, sigue sonriendo. Nos seguiremos viendo por allí y, sin rencores, ja. Un beso enorme.”

Con esto, pretendía que entendiese lo que la llevaba a actuar como si fuese un cuchillo ardiendo, si querer hacerle daño a él. Y el chico no tardó en contestar.

¡Qué alegría saber de ti!, no puedo echarte nada en cara, todo lo contrario. Eres un angelito, aunque un poco incomprensible a veces, pero es normal que no quisieras abrir esa coraza. Sin que me lo dijeras, supuse que el dolor había sido grandioso. Así que no tengo nada que perdonarte, lo único por lo que podría enfadarme es porque perdieras esa sonrisa y esa locura que te hace diferente y especial. No lo cambies nunca. Y espero que esa persona siga haciéndote tan feliz porque si no saldrá mi peor Bruno… Ja. Por lo demás, no te preocupes, si te hablo mal en algún momento no será por ti, sino porque tenga un mal día. Gracias por regalarme tu presencia aunque fueran solo unos días. Mil veces, no lo olvides.”

Así se despedían ambos, él tenía que continuar en su clase social, con sus barbies y ella con su chico.
Ángel y Verónica quedarían ese día para compartir lo que tanto tiempo habían soñado el uno y el otro, una mañana en compañía, caminando juntos, de la mano, de sus brazos, sonriendo, mirándose y mimándose en cada rincón de las calles que recorrían. Viviendo juntos aquel sueño sin igual. Hablaban de temas sin importancia, de unos, de otros, él se ponía un poco serio con algunos temas y ella hacía cualquier tipo de broma al respecto para quitarle hierro, como solía hacer. Juntos las horas se hacían cortísimas, se les pasaba el tiempo volando.

Desgastaban cada segundo de vida como agua de un manantial, bebiéndolo a pequeños y grandes sorbos, comiéndose las ilusiones y dejando el postre para después, para posteriores encuentros.
Esa semana compartirían su rutina, como decía ella. Con más momentos para hablar, para reír, para seguir escribiéndose, pensándose y recordándose cada segundo. Aquella noche se tiraron horas chateando, como era costumbre, riendo de aquello que les había sucedido esa mañana e intentando verificar que aquel momento había sido real. A la mañana siguiente, Ángel pasaría a buscarla para ir a un lugar al que estaban obligados a asistir.

Allí, en medio de la oscuridad, les esperaban dos amigos comunes que nada sabían de lo que ambos callaban y encerraban, los cuatro juntos con otra decena de personas como testigos, reirían y compartirían una mañana de las que Verónica  no solía olvidar, la complicidad entre ambos era tan grande que Ángel se atragantaría en una mirada, ella habría corrido tras él en ese momento, riendo tanto como él, pero debía simular que era una torpeza de las que le solían rodear al hombre, interiormente estaba desmoronada de la risa y a su regreso intentó evitar la mirada clavada en sus ojos. Tras aquellas horas de risa, se dirigían juntos de nuevo en el coche de él, ella vivía en una eterna nube. Flotando con cada beso, con cada guiño de ojos. Al llegar cada uno a su destino se rendirían en los brazos de sus almohadas, descansaron como nunca lo habían hecho. El humor de él se notaba cambiado, lleno de fuerza y energía que transmitir. Ambos sentían el agradecimiento de esa oportunidad que se estaban dando.  Imaginando mundos en compañía, uno leyendo y el otro escribiendo o escuchando música en la tranquilidad de cualquier rincón. Eran felices soñando, volando…. Solamente eso.

Hablaron hasta muy entrada la madrugada, ayudando a aquella amiga que les necesitaba y, en parte, viéndose reflejados en aquella situación pero Verónica sabía que todo era completamente diferente.
A la mañana siguiente despertaría con un mensaje de su chico y se le dibujaba la sonrisa infinita de nuevo el rostro, no podía evitar llenarse de felicidad cada vez que oía aquella campana, no se cansaba de ver sus buenos días, sus piropos, sus ganas de hacerla feliz. Cuando otros, como Bruno, lo hacían y la llenaban de rabia, Ángel conseguía que ella desease más y más, no podía evitar sentirse completa con tantas atenciones, que aunque no tuviese su cuerpo pegado a su piel, le confirmaba que su cabeza seguía con ella, que no se iba, que estaba ahí.

A lo largo del día recibiría llamadas laborales, la echaban de menos en sus vacaciones y apenas la dejaban descansar. Pero no la agobiaba como antes, lo tomaba de nuevo como ella era, con una sonrisa y viendo el lado positivo de todo aquello. Ya no lo veía como ataques directos, sino con cariño. Ocupó su día en diversas tareas, como reordenar su habitación, sus libros colocados por autor y saga, mientras escuchaba la música que les unía a ambos. Volvía a ser ella, a tener ganas de algo más que estar tumbada en su cama mirando al techo. Le pasaban las horas más rápido y lento, a la vez. Estaba deseando que llegara la mañana siguiente para ver su luz, para tener su calma en sus brazos.

Sin esperarlo, sonaba de nuevo la campana. Su chico la llamaba y la tranquilizaba con un mensaje. “No temas. Hay que recordar el pasado como eso. Pasado”… Cada  día la convencía más de estar viviendo una realidad preciosa y perfecta. Su voz conseguía sus nervios y su tranquilidad. Todo a la vez. Solo oírle reír la bastaba para sobrevivir la espera… El momento dulce de acariciar su pelo, pintando de colores el cielo y olvidar el mundo en sus besos…

La historia estaba más viva que nunca en su piel.