viernes, 31 de agosto de 2012

Parte 38

Empezaban a completar sus maneras, sus mentes tan iguales que en un primer momento chocaban, quizá por lo inverosímil de la situación. A ella le había costado toda la vida encontrar alguien que comprendiera cada uno de sus silencios, de sus frases inesperadas en un momento de la conversación que no venían a cuento. Y no podía creer que existiese algo, alguien tan exacta a ella en el mundo. Por ello, miles de veces, indagaba sin querer en la mente de Angel, preguntándose qué pasaría por su cabeza para decir ciertas frases, para hacer ciertas cosas, con sus consiguientes tormentas. Pero llegado aquel punto en que la simplicidad formaba parte de ambos, ya se dedicaba a soñar despierta y homenajear su alma con su recuerdo.

Tras aquellos días tan mágicos como ciertos, tan dulces como reales, todo se quedó en una balsa de aceite tal y como a él le gustaba. Igual que a ella. El problema era que los rasgos de sus caracteres, en ocasiones, les resultaban ofensivos tanto al uno como a la otra. A veces tomaban sus palabras como ataques a sus mentes o sus corazones, pero nada más lejos. Él dijo... "queriendo decir lo mismo lo interpretamos de manera diferente..." Y era la verdad.

Se trataba de dejar fluir al destino, o lo que fuese que les empujase a estar juntos, a no forzar ni atormentar nada, simplemente disfrutar del camino como antes no lo hacían. Por la represión de sus pensamientos, de sus bocas, de sus anhelos... Pero llegaron a ese punto armónico en que la suavidad de las palabras llegaban a donde y cómo debían hacerlo.

Unos días de desconexión el uno del otro, servían para lo de siempre, preocuparse más por el que no ven que por uno mismo. Las preguntas que se amontonaban en la mente, los temores de la vuelta a la mirada, ¿cómo sería?¿cómo estaría?... ¿Seguiría el rio en su cauce?... Verónica había aprendido a dejar esas preguntas a la nada, a ni tan si quiera olerlas. Se dedicaba a ver pasar el tiempo entre los muros de la realidad que nunca quería ver, la de su trabajo, sus amigos, su vida. Su otra realidad era para otro momento. Aquellos días necesitaba correr al fondo de la montaña que observaba durante horas, quedarse sin oxígeno y, o morir en el intento o, luchar por sobrevivir.

Aquella mañana todo parecía girarse, de repente las cosas empezaban a funcionar mal, tanto las eléctricas como las personales. Mientras atendía las peticiones de aquellos a los que quería dar un bocinazo y no podía, atendía la llamada que tenía que realizar obligatoriamente para informar de lo que sucedía, al colgar el otro aparato en que su interlocutor molestaba tan sólo con  el timbre de su voz, estalló todo lo que había callado durante meses, teniendo a la otra persona al otro lado diciendo... "respira...". Así hizo, respiró, saliendo de ella un grito mudo y millones de gotas salinas de sus ojos. No podía hablar, su voz se quedaba rota entre su mente y su respiración, colgó el teléfono e inmediatamente un mensaje al movil. "es dificil no preocuparse, soy como tu. Sobre todo por quien me importa." Aquello no hacía sino provocar más angustia en ella. No podía más, ni con lo de fuera, ni con lo de dentro. Su huida al aseo y sus gritos mordidos en una servilleta de papel. Un mal día lo tenía cualquiera y ella, tambien era humana.

Días de necesidad de un abrazo que culminó en una cita con la juventud, con la vida en persona, con la alegría y la despreocupación, riendose de ellos, de su sombra y de todo el que pasase a su lado. Anduvieron por la calle mientras él no dejaba de hacer chistes absurdos, ella disfrutaba del aire que recorría todo su cuerpo sin apenas escuchar a aquel joven como loco por impresionarla, le salía alguna carcajada de vez en cuando, pero al menos consiguió desconectar del tiempo y sus chispas. Pronto se fueron a casa, Verónica feliz, tranquila y recargada de energía... Él mojaría sus ganas en aquel helado de chocolate, intentando enfriar lo que ardía por dentro. El feroz latido de la post-adolescencia. Despues, consiguieron mantener una conversación más adulta, compartiendo lamentos pasados y ella intentando explicar que no todo ha de ser igual, pero él prefería vivir así.

Al día siguiente, sin apenas ganas de abandonar su sofá, tuvo que salir al encuentro de aquel con el que había aplazado un par de quedadas, ella volvía a sacar el diván, aun necesitandolo más que nadie. Se puso las gafas, sacó el bloc de notas y escuchó. Mientras recorrían todo aquel pueblo lleno de estudiantes, él esparcía todo lo que, supuestamente, callaba en días de presión y agobio, fue sorprendente escuchar todo aquello. La cerveza empezaba a tornar su mente en un tren de mercancías y no le apetecía escuchar mucho más, cogieron cada uno una parte de sofá y acomodaron sus cabezas mientras miraban al techo.

- Parecías más inquieta...y habladora.- Decía el chaval, sorprendido por lo que estaba viendo de ella.

- Una cosa es parecer y otra muy distinta, ser. No es necesario estar taladrando al de al lado para sentirse agusto con un mismo ¿no?, el silencio es muy bonito como para estropearlo con, según que tono de voz.- Se reía de él sin contestarle a nada.

Durante aquella semana en que no podía contar a nadie nada de lo que le ocurría, ella seguía desahogandose en sus notas, en sus cuentos directos e indirectos, advirtiendo que Angel los haría suyos de alguna manera, avisaba primero. Y aún así, en parte, debió hacerlo. Aquella mañana aparecía dándole el aire perdido, aquel aire que buscaba en el viento y no venía. Cuatro palabras, dos de ellas tensas, la tercera de sosiego y la cuarta de ilusión. Todo eso era lo máximo que intercambiaban, haciendo que la vela que se iba consumiendo, resurgiera de nuevo, viva.


Angel no necesitaba más que un saludo en otro idioma para arrancarle una sonrisa, ella se ponía en su lugar y le imaginaba escribiendo aquello con toda su indecisión, si el saludo sería correcto, sería frío, cómo contestaría, seguiría tal y cómo la dejé, su sonrisa estaría ahí... Todas aquellas dudas que a ella le invadieron meses atrás cuando él se mostraba impasible ante lo que ella le daba. Y mientras le imaginaba en aquella situación, a ella no le quedaba más remedio que echarse a reír tan enamorada como lo estaba su corazón.

El río de ella continuaba en su cauce...

viernes, 17 de agosto de 2012

Parte 37

Pasados estos no tan buenos momentos, llegarían días de dulces y premios, de ilusión recuperada, de vida ganada... Para ella, ya no todo giraba en torno a Angel, su visión estaba centrada en quién debió serlo siempre, en ella misma. En qué sentía, cómo lo sentía y cómo lo vivía. No le daba igual lo que sintiese él, pero no podía dejar que toda aquella sensación de culpa, de miedo, de intranquilidad le invadiese. La coraza conseguía su efecto y disfrutaba, como lo hacía al principio, sin mirar alante ni atrás, solo fijaba su mirada en la del hombre que la conquistó, que volvía a ser la que era.

Aquel día que tanto esperaba que llegase, llegó. El momento de tener el reloj en sus manos, sin tener que atrasarlo para que pareciese más tiempo, ni estar pendiente de él continuamente. Allí, bajo la inmensidad del cielo, escuchando el agua y sus latidos, de única compañia sus besos y sus abrazos, sus miradas cómplices, sus sonrisas juguetonas y la naturaleza por testigo. Las horas parecían minutos, daba igual el tiempo que pasase, lo que hablasen, lo que se hiciesen porque nunca se les acababa la fuente. Incluso con los ojos cerrados por el agotamiento, Verónica no quería irse, quería quedarse agarrada a su espalda, que no la moviesen de su calma, de su único consuelo, de su aliento. Pero al cerrar la puerta, la coraza aparecía. Prefería seguir vistiéndose de altanería. Aquellos días fueron muchísimas horas pegados, tanto en presencia como en ausencia. A veces le parecía agotante tanta conversación pero quería más, no podía ni quería desperdiciar un solo minuto de su ser. Recuerdos que bordar en sus lunas de soledad y transformarlos en una amplia sonrisa.

Otro de sus sueños cumplidos llegaría un par de días más tarde, cuando recorrería libremente la calle junto a su mano, mirándole de reojo y de lejos, observándole sin saber si él se daba cuenta, escuchaba cada movimiento de su cuerpo, analizaba cada mirada que echaba a un lado u otro. Mientras andaban, sonaba una música que no sabían de dónde venía... No, no estaba en sus mentes, era el eco de un mini concierto que estaban haciendo en plena calle. Se acercaron más hacia el lugar y vieron el fin que conllevaban aquellos acordes, solo decir una frase... Y huir cual ladrones. Ella se carcajeó en silencio viéndole salir de allí como alma que lleva el diablo... Continuaron andando y mirando aquellos edificios que a ella le recogían en tardes o noches de gran soledad. Él observaba como recordando tiempos atrás. Ella le enseñaba su mundo pero no a su manera, completaron cada uno la forma y el espacio.

Al entrar a aquel local vacío, oscuro y lleno de tantas trampas como las que tenía su dueño, se miraron, daba igual estar solos, acompañados, ella pensaba que estaba con él, independientemente de la cantidad de gente que les rodease. Sus manos se buscaban el uno al otro, los besos no podían reprimirse. Eran imanes el uno con el otro.

Se tomaron la última copa y salieron a la calle con la intención de continuar en algún pub más pero sus besos necesitaban de sus cuerpos, una vez más. Mientras se dirigían al coche, las paradas fortuitas por la pasión contenida, las miradas a otro lado acompañadas de la frase "esto es una locura"... Le encantaba oirle decir eso, aunque ante sus ojos lo negase, porque al menos le hacía sentir algo más que aburrimiento y costumbre.

Tras aquellos momentos de furtividad compartida, se sentaron a la orilla de un parque, con medio cuerpo tumbado en césped y hablando al cielo, escuchando mientras giraban la cabeza hacia la cara del otro. Parecían dos quinceañeros realizando el rodaje de cualquier mini producción nacional. Si por un momento, se saliesen de sus cuerpos, se hubiesen reido el uno del otro, lo  que no se rieron nunca. Las palabras apenas salían de la boca ya estaban a medio camino de sus corazones.

De repente ella comenzó a sentir algo que, con nadie, nunca le había pasado. Su corazón hablaba. Se sorprendió en la primera frase, pero le resultó tan cómodo que siguió, le gustaba esa sensación. Como si una presión en el pecho no te dejase respirar y de repente saliese todo haciéndote sentir aire.

. Lo que  me pasa contigo es que no estás encima mía. No me saturas.- Aquella fue la frase que abrió el cerrojo de su alma. Y sin apenas quebrar su voz, como solía sucederle. De ahí que nunca quisiese hablar tan abiertamente.

- Si lo estuviera...- Continuaba él...

- Te odiaría, no podría ni verte... o quizá no... No lo se.- Terminaba ella la frase, como era costumbre, uno empezaba y el otro continuaba, juntos podrían escribir extensas trilogías.

- Y tambien, has sido la única persona, a parte de... que me ha demostrado que está.- Al llegar a este punto de la conversación, ella miró al cielo y en su garganta se formó el nudo habitual pero lo masticó y lo tragó. Se tiró a su pecho, le abrazó y él pronunció...

- Siempre voy a estar.-

Ella suspiró por dentro y pidió a aquella noche, testigo de su sinceridad, de su amor, de su felicidad, que las palabras siempre y nunca, dejaran de existir. Para que los siempres no se tornaran promesas y los nunca no fuesen errores... Que sólo se quedase el momento. Solo el momento para que fuese eterno...