jueves, 17 de noviembre de 2011

Parte 1

Aquella noche buscaba en la soledad de su copa, un motivo para andar, no lo encontraba ni en el hielo que se deshacía por momentos al caer las lágrimas en el cristal. Un hombre hundido en una botella de dudas, en un paisaje oscuro que le llevaba a pensar si aquel era su final. Mientras apoyaba su brazo en la barra, en su mente se amontonaban recuerdos de todo tipo, recuerdos de aquellos que un día le sonreían porque su cartera estaba llena.

Ocultaba su mirada en el whisky que hacia escocer sus heridas pero no provocaba la rabia que esperaba. Su mano al bolsillo, teléfono mudo en la mano, nada, nadie... De salvapantallas las mágicas pestañas de aquella que un día brillaba en su cama. Ahora no estaba. Nadie a quién reír las gracias, ni a quien susurrarle "te quiero".

La música de aquel antro retumbaba en sus oídos y sentía en su estómago la vibración de los altavoces, quería correr, pero no podía, tenía las piernas entumecidas por el miedo a perder... a perder aún más. Se acercaban mujeres a llamar su atención pero no conseguía distinguir entre si todo era bello por los grados de alcohol o simplemente seguía existiendo algo bonito. Apartaba con una sonrisa a todo aquel que se le intentase acercar, prefería no tocar nada para no convertirlo en las cenizas que ahora quedaban en su vida.

Llevaba semanas sin sonar el teléfono, el contestador no guardaba los tropecientos mensajes de meses anteriores, se le había ido consumiendo el mundo alrededor y no se había percatado. Meses atrás era un hombre feliz, con sus negocios, con su familia, con ella... Ahora solamente le quedaban marcos rotos, que le envejecían por momentos. No sabía si debía reparar o dejar como estaba.

La decepción que recibieron todos aquellos que le admiraban, se abría paso en su alma. En su piel. Pasaba horas tras las barras de pubs de mala muerte, con mujeres de, a billete por un rato. Prefería evadir la amargura en cualquier cama de alquiler, que regresar a su pequeño apartamento de desahuciado.

"Lo tenía todo..." le comentaba a aquellas que pasaban por su lecho, mientras relataba su historia, dormía en sus brazos, ellas simplemente se encargaban de limpiar su bolsillo y huir. Los despertares no se recordaban, no se sabía si aquella noche había dormido solo o en compañía, solo al mirar al suelo y ver las tarjetas de crédito revueltas, la consciencia le decía que así había sido.

Continuaba con su caminar intranquilo, la serenidad ya no entraba en sus planes, vivía pendiente de una llamada. Poco importaba si era laboral o de amistad, el quería su llamada... Pero el supremo sentenció que ya no debía, que ya no sería...

Las balanzas ya no valían de nada, pues lo había perdido todo en un momento de debilidad. Ahora solamente quedaba levantar la cabeza, mirar hacia delante y anestesiar su angustia en cualquier botella que superase los grados suficientes para encender la llama que se apagó en su corazón.

Sin más... caminó...

 

Encontró la manera de calmar su dolor al mirar aquellos ojos en su recuerdo. Quiso seguir adelante con la fuerza que le regalaba día a día. No imaginaba su mundo sin ella, pero debía aceptarlo así. Su angustia desgarraba cada parte de su mente, cerraba los ojos y parecía desaparecer, al abrirlos y ver su realidad... solamente sabía llorar. En silencio, solo, perdido.

Bordeaba parques llenos de gente que parecía feliz, con su alma llena de viejos recuerdos y en su mochila las penurias recogidas calle por calle. No sabía perder. Pero se dejaba vencer. Aquella fuerza de años atrás, la ambición, la gallardía que le vestían, habían desaparecido de repente, junto a la casa de dos plantas, el yate y el coche biplaza que le engalanaba de grandeza.

Se preguntaba si había merecido la pena tener los bolsillos tan llenos y el corazón tan vacío. Los colegios de pago, los amigos del club, la sonrisa pintada en su mujer por un obsequio diario... Cuando nadie le miraba, eso desaparecía, plantándose sus vaqueros más desgastados, su polo más desaliñado y la máxima dejadez para ir a aquel parque donde se encontraba con ella, con la que veía algo más allá del montón de billetes, con la que entendía que al fin y al cabo era un hombre, una persona a la que le hicieron pensar que no servía de nada sin tener muchos ceros en su cuenta, que las sonrisas no podían ser solo con mirar a las estrellas... Aquella que le devolvía a sus inicios sinceros, a la conexión con la naturaleza, al equilibrio de cuerpo y mente...

En algún momento debió olvidar cuál fue el principio de aquella amistad, los cimientos, los valores... No sabe dónde, ni cómo, pero sí sabe que lo perdió. Una tarde la vio marchar, con los ojos estallando de tristeza, la dejó ir por el miedo a perder... No sirvió de nada. De nada. Pues al llegar a su vida cotidiana la maleta esperaba en la puerta. Pensó que se había perdido un capítulo de su vida, qué estaba pasando...

El universo, Dios o quién fuese, estaba escribiendo un mal libro de su vida. Botella en mano seguía andando, la visión cada vez se enturbiaba más, pero la mente estaba más clara. Porque la sinceridad volvía a su ser en aquellos momentos. Una noche más, un cuerpo más que pasaba por su cama, una falsa sonrisa y adiós. La soledad, la independencia que tanto anhelaba ahora la tenía... pero ahora no sabía si la quería.

Se convirtió en espía de su silencio, en la sombra esperaba su momento, mas no sabía si era su deber. Si era su cometido el aparecer en aquel instante. Buscaba consuelo y consejo en sus viejos amigos, los libros, porque los que tenían vida no querían saber nada de él. En aquellas páginas encontraba escrito su camino, su verdad, su paz y su felicidad. Tantos puntos en común con aquello que leía...

Allí estaba, hermosa, sonriente, con vida... Con la vida que a él le había robado, o le había regalado. La deseaba, la quería entre sus brazos pero la veía en otros, en aquellos que calmaban su inquietud, incluso le oscurecían la mirada. Se lamentaba porque tenía la certeza de que ella no sonreía con la misma franqueza de aquellos tiempos. Le había roto su vida, al igual que la de él y unos cuantos más. Para nada.

Volvió a caminar, negando volver a observar, no quería hacerlo, no podía hacerlo... pero volvería inevitablemente...

Siguió... dando tumbos al infierno de su vida... el cielo ya no era para él.

 
Andrés no sabía por qué decía lo que decía, ni hacía lo que hacía, se arrepentía casi al minuto de haber dicho o hecho. No era consciente del daño que se causaba a sí mismo, más que a ninguna otra persona en el mundo.

Aquel día en que veía a la que fue su cuerpo en varias ocasiones, rodeada de otros brazos, creyó perder el control pero suspiró casi aliviado, sabía que ya no le haría daño. Pero no era cierto. Lamentablemente le estaba robando lo que ella realmente quería y soñaba, él no se daba cuenta. Ella cambiaría lágrimas por sonrisas en su presencia, escondería su sufrir en aquellas manos que la ensuciaban moralmente, no sentía nada, ni si quiera el estallido de placer que debiera. Una noche todo empezó a cambiar.

Esa muchacha de ojos de miel decidía que no, que su sino era la soledad sin él, que nadie más entraría en su vida a romperla o destruirla como lo habían hecho semanas anteriores y así se lo hizo saber al hombre que ahora caminaba cabizbajo y sin objetivos. Le convirtió de repente en su mejor amigo, su gran apoyo y su único consuelo. Sin necesitarle más que en aquellos momentos que todos buscamos, para calmar la sed de gozo y pasión. Se asemejaban más de lo que pensaban, pero ni uno ni otro querían verlo. Les daba igual. El silencio era su mejor muestra de afecto y respeto.

Andrés seguía perdido, en un mar de dudas, seguía en aquel laberinto del que no sabía escapar, quería, no podía, pero tampoco se dejaba. Arruinar algo más o dejarlo... Si lo dejaba, corría el riesgo de lamentarse eternamente, si lo cogía ponía en peligro el corazón de ambos creando falsas ilusiones y nubes de algodón que no existían. Quería equilibrar aquello de algún modo, ella lo ponía fácil, casi en bandeja... Un par de ratos a solas bastaban para calmar la furia que en los dos anidaba. Sin dependencias, sin nada.

Llegaría el día que ninguno esperaba, aquel en que el futuro, que no planeaban, decidiera separar sus vidas y hacerlas paralelas. Llegaría... sino se quitaban aquella venda que les cubría el rostro. Pero no se la quitarían jamás... porque, en algunas ocasiones, es más bonito imaginar, que saber. Aunque guste siempre saber, pero en la ignorancia siempre se vive más feliz.

Ella con su vida de efímeros y malos sueños, seguía su camino, pensando que a la vuelta de la esquina encontraría lo que anhelaba desde que nació, desaparecer del mapa, ya que siempre había pensado que no debió aparecer nunca en él. Seguiría golpeándose una y otra vez contra el frío suelo de la realidad, con la que nadie valoraba o guardaba su cariño, solamente lo usarían para su propio beneficio y adiós. Nada más...

Andrés... Continuaba con su marchita vida por el sendero de los lamentos, de las indecisiones, de las contradicciones, de la soledad anhelada y no encontrada. Seguiría deseando en silencio aquellos ojos que hipnotizaban su mente haciéndole perder la razón en los momentos más inapropiados. Recordando cómo aquel cuerpo se unía al suyo creando uno sólo, como si formase parte de él en aquella demostración de fuego y conexión. Seguiría insistiendo en florecer aquella infinita amistad, sin medidas, sin prisas... Un juego diseñado a su gusto.

Eran dos... se transformaban en uno en la oscuridad de su vida... Se complementaban física y emocionalmente... ¿Qué falló...?... Quizá no falló nada o falló todo... El lugar, el momento...

El momento y el lugar, eran el menor de sus problemas. Lo peor era la situación, la improcedente, la que no podía ser de ninguna manera. Viviéndola como una habitación llena de espejos en la que no se encuentra la salida. Dando vueltas a los bucles sin parar, espirales que retornan sin apenas pensar.

Sin embargo, Andrés llegó al día en que las elecciones debían ser, ya y ahora. Cuando las situaciones son límites, el corazón decide ponerse en la garganta y no saber para dónde tirar. Pero lo haces... Aquel dicho de... "Obligado te veas".

Una llamada inquietante en la que ella decía, "me voy, no se cuando volveré, pero me voy. No me esperes, sigue con tu absurda vida llena de paz y aburrimiento." El teléfono se quedó callado... El no sabía si marcar de nuevo o dejar marchar, sabía que estaba mal, que la alegría de días anteriores no habitaba en su piel, ni en su rostro. Pero quizá era mejor así, la separación forzada sería lo mejor para ambos.

Esa misma tarde, el cielo se cubrió de nubes, en el móvil un mensaje, "sabes que te amo, pero no puedo verte así." Era ella, sí. Andrés debía ir a un lugar lleno de tristeza y desolación, con aquella con la que debía estar. Antes de salir decidió llamarla... un tono, dos tonos... Se empezó a impacientar al no recibir contestación. De repente descuelgan, "Buenas tardes, ¿es usted familiar de...?" Esa voz no era la de ella, qué había pasado, dónde estaba. Quería gritar, se estaba volviendo todo una mala pesadilla y no se había dado cuenta que estaba dormido ¿o qué? No pudo apenas ni preguntar, se limitó a contestar todas las preguntas, mientras la que llevaba la alianza con sus iniciales por dentro, interrogaba incesantemente. Andrés aturdido, descentrado atinó a coger las llaves del biplaza y decir... "mira, ve al entierro de tu hermana, yo tengo que ir a por alguien que me necesita." Aquella frase fue el principio de su final, de todos sus finales.

Corrió, corrió sin más, las piernas parecían no darle de sí, las multas se acumulaban kilómetro tras kilómetro, no importaba nada ni nadie más, en el trayecto se daba cuenta de ello, de lo cómodo que había sido tener todo en ciertos momentos, de lo generosa que había sido ella no pidiendo más que la felicidad de él. Mientras el paisaje se volvía borroso por la velocidad, su mente no paraba de pasar una y otra imagen, la de la felicidad, la de la armonía en las conversaciones, la complicidad en la cama, las alegrías en las cenas, cuando ambos se bebían el vino como si fuese agua y acababan en cualquier parque tirados, riendo sin más. Aquello que le comentaba siempre de "los límites nos los ponemos nosotros mismos, nadie más." A pesar de su juventud le había enseñado que la vida era algo más que facturas, orden y deberes.

El camino se hizo eterno... parecía no acabar... no llegaba...

Seguía conduciendo de manera imprudente, haciendo eses, adelantando a todo aquel al que él creía lento. La vida se le escapaba, tanto a ella como a él, al menos eso decían los médicos “No reacciona, no despierta… “ cada minuto estaba informado por una enfermera, cada segundo que pasaba se le hacía eterno, no veía llegar el momento de tocar su suave rostro.

Al fin llegó, en el camino veía el coche de ella destrozado, pensó en cómo podían haberla sacado de aquel amasijo de hierros, era imposible salir vivo de ese infierno y, en caso de haberlo hecho, salir sin ningún rasguño. Mientras se dirigía a la sala donde la tenían acribillada a agujas, máquinas y demás, pensaba en qué se encontraría… si sería la misma, si seguiría respirando… Le daba igual su aspecto físico, simplemente quería sentir su corazón.

Una bata blanca tras las puertas metalizadas y el cristal ahumado. Se mueve la puerta, ahí venían las noticias, buenas, malas, peores… Iba a necesitar una gran dosis de tranquilizantes, no paraba de sonar el móvil hasta que al fin lo apagó, no quería saber nada de nadie que no fuese de Verónica, su ángel particular, su luchadora inagotable, en dos palabras, su vida.

Tras los minutos agónicos que le tuvieron en aquella sala de espera, junto a la muchedumbre que no paraba de murmurar sus problemas, salió aquel médico de pelo cano, de arrugas marcadas por todas las experiencias vividas día a día en aquel lugar, no era de complexión excesivamente fuerte pero se le notaba el ejercicio que suponía su trabajo, de semblante frío y voz grave pero cálida… le comunicaba;

Es una chica muy joven, ha estado inconsciente veinte minutos, el resto del tiempo la hemos mantenido sedada debido a la crisis de ansiedad que sufría, solamente gritaba un nombre. Supongo que serían alucinaciones. El resto está todo bien, la analítica ha salido perfecta excepto… ¿es usted su padre?”

Andrés se quedó aturdido por la pregunta… Sabía que aparentaba su edad, pero tanto como parecer el padre… Aunque la verdad que ella tenía esa cara tan dulce que cualquiera pensaría… “ No, no, continúe, soy su novio.” Se atrevió por primera vez a reconocer abiertamente su relación.

“¡OH! En ese caso… lamento comunicarle que la paciente ha perdido el bebé que estaban esperando. Es algo normal y casi sin importancia después de un accidente tan grave. Podrían haber muerto ambos, ya que las sangres no eran compatibles. El caso es que está todo correcto. Un milagro. Apenas un rasguño en la frente. Nada más.”

Como si le hubiesen tirado encima toneladas de hielo… se quedó inmóvil en la puerta, entrar o no entrar… hablar o callar… quizá ella ni lo sabía… Cómo había llegado a ocurrir… Dudas y más dudas recorrían su cuerpo. Miró a través de una pequeña rendija que quedó entre puerta y puerta, la vio allí tumbada, le produjo tanto miedo que no quiso entrar. Se dirigió al mostrador de recepción, pidió bolígrafo, papel, un sobre y un favor. El miedo le hizo huir de nuevo, las palabras de aquel médico resonaban en su cabeza “¿es usted su padre?”, no dejaba de pensar en lo ridículo que se sentía, si aquel hombre se había atrevido a preguntar aquello… ¿qué no pensarían los demás? Sin más, se marchó, loco, enfermo de furia, acusándose una y otra vez de la cobardía… Prefirió dejarla sola…

 
Horas después el teléfono había dejado de sonar, supuso que ella ya habría leído aquella nota, mientras decidió refugiarse en aquel antro de carretera, donde había rubias, morenas, castañas, pelirrojas… Pero ninguna era Verónica. Ni le preocupaba lo que le contaría a su contraria acerca de su extraña y repentina desaparición, solo le preocupaba borrar su presencia de todos los lugares en lo que pudiese haber hecho daño.

Al amanecer, con la cabeza aún desconcertada ante la mirada de aquella morena, intentó recobrar el sentido que perdió unas horas antes. Su billetera tirada en el suelo, vacía, sus tarjetas revueltas, la foto de familia partida en trozos y la de su ángel quemada… No sabía que ocurría. La mujer que aquella noche le cantó hasta quedar rendido, alargaba la mano en señal de cobro. Y él miraba, rebuscaba en su chaqueta… nada. No había nada. Sólo se le ocurrió salir a toda prisa de allí, casi sin vestir, se montó en su deportivo y se marchó perseguido por aquel hombre rollizo y descuidado que hacía las funciones de portero.

En el camino de vuelta, pensaba dónde volver. Donde siempre, donde nunca le decían no. Donde importaba más el lujo y la vida cómoda que el bienestar personal. A su llegada, las luces apagadas, la niña no gritaba, la madre… no estaba. No había nadie. Entraba a aquella casa vacía de todo menos de extravagancias, en la puerta varias maletas. Extrañado se dirigió a su despacho… ya no era tal, se había convertido en cuestión de un día en un trastero, sus cosas metidas en varias cajas. Al entrar en la habitación de matrimonio, los cuadros, los marcos rotos… Su imagen ya no inundaba el cuarto. En su mesilla una nota… “¿Qué esperabas?”

Derruido, sin rumbo, sin alma, tomó un par de maletas, las metió como pudo en el asiento del copiloto y se marchó sin más, dejando una respuesta a aquella que durante años había sido su mujer, “volveré a por el resto.” Sabía que la callada era la mejor respuesta que podía dar. Aquella noche se pasó horas llamando a amigos que ni se dignaron a coger el teléfono, mensajes en los contestadores de todos ellos, sin respuesta alguna en meses, años. Buscó una pensión para al menos pasar aquella noche.

Los amaneceres ahora eran diferentes, sin peso, sin carga… Lo había perdido todo y contradictoriamente le invadía una sensación de liberación y pena. Se lamentaba pero en el fondo de su angustia se alegraba de ser ahora quién realmente quería ser. Su mente sólo sabía recordarla, allí sola. Como siempre, como ella era. Sin nadie.

Pasaron los meses… cambió de todo, de vida, de número de teléfono e incluso de trabajo, ya que su antiguo jefe era su ex cuñado. Como era lógico, nadie le aceptaba ya en ningún sitio, no tenía crédito ni en la tarjeta ni en la vida. Ya no tenía credibilidad. Hubo de llegar a un acuerdo, el típico al que llega todo divorciado, visitas, custodia compartida, etc. Pero para Andrés ese no era su gran problema.

Su gran problema siempre sería su recuerdo...

La tristeza que le invadía al pensar cómo habrían sido las cosas si esta decisión hubiese llegado antes, si en lugar de engañarse, se hubiese hablado claramente a él mismo y a los demás. No habría roto tantos esquemas, ni tantas vidas, quizá aún conservaría algún amigo, ahora había llegado el momento de buscarse la vida, la que nunca tuvo que luchar porque le vino todo rodado, desde la cuna era ya el elegido para tantas cosas. Que todo aquello se había transformado en su ruina, en su gran carga moral. Pues no sabía cómo decepcionar a todos aquellos que le admiraban por algo. Debía hacerlo por su propia estabilidad psíquica y emocional… Su ángel le dio la solución sin buscarla, aunque realmente se la dio su corazón rebelde.

Poco a poco, pasados los años, los bares, las copas, las lágrimas, la soledad… Pensaba que el mundo del amor ya le había cerrado todas sus puertas, que ahora solamente podría encontrar ratos de desahogo en cualquier rincón de la ciudad o de su misma habitación.

Su trabajo no es que fuese el soñado, el ideal, el fantástico, pero le gustaba sentir que se ganaba lo que le pagaban, que realmente así era. Ahora ya no vivía pendiente de un móvil las veinticuatro horas, ahora daban las diez, fichaba y a casa, a su humilde morada, a su escondite particular. Llegaba y veía el desastre, ropa tirada, platos sin lavar, la ducha como la había dejado aquella mañana, pero qué feliz se sentía de no escuchar ni un solo grito, ni de una sola discusión por el tubo de la pasta de dientes, ahora lo dejaba como quería, arrugado o recto, pero como él quería. No le preocupaba si la pared vestía más o menos cuadros, si eran de Picasso o del tío de la esquina, simplemente vivía. Con lo mucho o poco que tenía.

Una tarde abrió el buzón, lo normal era encontrar notificaciones de multas, publicidad y poco más, aquella tarde no, al abrir, un sobre con una letra perfecta, recta como trazada con planilla para no salirse, no se imaginaba que pudiera ser, de hecho ni se lo imaginó, ya que estuvo a punto de tirarla a la basura. Pero algo le dijo que la abriese…

“Hola Andrés…

Sí, soy yo, no te extrañes. Estoy segura que has estado a punto de romper el sobre nada más verlo, sobre todo porque iba sin remitente.
No quería nada en especial, simplemente que estaba recogiendo todos los recuerdos, que sabes que guardo, encontré tu carta y las entradas de la primera vez que fuimos al cine.

En respuesta a tu carta… Sí, sucedió, lo sabía y por eso decidí huir. Me iba lejos de ti por no aguantar tu esclavitud y que tampoco la aguantase él o ella. El caso es que tampoco sé cómo sucedió, supongo que el amor que nos unía era tan grande que algo bueno debía nacer de ello. Sino nació… Fue porque la naturaleza que es sabia, decidió que no debía ser. No debemos sentirnos culpables de nada, mucho menos tú.

Espero y deseo que la vida te esté tratando todo lo bien que te mereces. Mi vida… ya sabes, no ha cambiado mucho, la soledad es mi fiel compañera, aunque sabes que no me gusta, pero nací para ello.

Mario y yo esperamos verte algún día, sí, sí, tu amigo, aquel al que nunca llamaste y aun así siempre ha sabido de ti, ha estado al margen para no interrumpir tu reflexión, pero está deseando verte. Un abrazo enorme AMIGO. “
La carta le dejaba sin palabras, Verónica siempre leal a sus principios de bondad, sinceridad y respeto, aún habiendo sido la más herida, era la primera que se atrevía a dar un paso adelante, no lo podía creer.. ¿hasta dónde llegaría su capacidad de comprensión, de empatía?… Y de Mario… Cuánto se alegraba de saber que aún le quedaba alguien, algo… Lamentablemente, aquellas personas a las que más daño podía haber hecho, eran las que realmente estaban… Su hija, Verónica, Mario… Sentía que comenzaba de nuevo su vida y retomaba algo de sentido.

Mario, era aquel típico amigo que conservas desde el colegio y al que nunca haces caso porque las vidas van por caminos diferentes. El chico malo de la clase, el que siempre se metía en líos de una manera u otra, el vándalo… Ese era Mario, el guaperas, el que todas las niñas escribían en sus carpetas… Andrés no tuvo más remedio que aliarse a su enemigo si no quería acabar con la cara partida. Poco a poco construyeron una amistad basada en la impulsividad de Mario y la sensatez de Andrés. Ambos se respetaban, aunque no tenían reparos en decirse lo que pensaran el uno del otro, incluso se llegaron a pegar en varias ocasiones por nimiedades, pero que cuando eres adolescentes se convierten en un mundo.

Al abandonar el instituto, todo cambió, cada uno siguió su vida, con sus respectivas parejas, con sus futuros impredecibles… Andrés continuó con su brillante carrera mientras que Mario se estancaba en el bar de sus padres… debía ayudar… Pocas fueron las ocasiones en que se volvieron a encontrar.

Cuando perdió todo, apenas reparó en él, ya que pensó que tendría muchas cosas más importantes que acordarse del pardillo de la clase. Pero ahora todo cambiaba. Los reencuentros se producirían pronto. Desde aquel momento se dibujó una sonrisa en su rostro que hacía años que no encontraba. Pensaba que al fin y al cabo queda gente con corazón en la vida inmunda que le rodeaba.

Volvía a despertar…

Los amaneceres se volvían a pintar con un color vivo, alegre. Sentía que ya no debía salir al mundo con aquella pesadez en el alma, que ahora de nuevo tenía aquel empujón que necesitaba.

Mientras despertaba volvía a recordar las palabras que aquella tarde leyó, a imaginar los rostros impacientes de esas personas que tanto anhelaban verle, volvía a sentirse un poco el ombligo del mundo y eso le llenaba de energía. Un café, una ducha rápida y a la calle. Ahora caminaba con la cabeza alta, tarareando canciones que motivaban, ilusionado con un nuevo encuentro, con una vida diferente. Ficha su entrada a aquel lugar donde le hacían ganarse lo que comía, en la fila del vestuario… una chica. “¿una chica?” pensó para sí, incrédulo… cuántos meses hacía que no veía alguna que no fuese en su vida nocturna. Buscó a varios compañeros para preguntarles, ninguno sabía nada. Lo que más le sorprendió es que la muchacha, encima, fuese guapa. De las cientos de personas que había allí dentro y tenía que tocarle en su sección. Andrés realmente pensaba que alguien le había tocado con una varita mágica aquella semana. Las horas laborales pasaban, al igual que él, iba a su ritmo, sin mirar a nadie, seguía silbando aquellas canciones. Retumba el sonido infernal de la sirena de salida. Andrés como sabía lo que se formaba en la puerta a estas horas, prefería dar unos quince minutos de tregua para que se fuesen todos y él salir tranquilamente.

Recogió sus cosas, se atusó un poco el pelo que le tenía enmarañado del gorro que les hacían usar. Miró su reloj y anduvo hacia la puerta. Ya apenas quedaba nadie. Excepto ella, aquella chica rubia, de mirada inocente, sonrisa pícara y cuerpo esbelto.

- ¡Hola! Soy Irene, la chica del sector cuatro… Acabo de empezar y estoy un poco perdida, je. Pensé que quizá podrías ayudarme.- Se presentaba la muchacha con toda la ilusión y miedo del mundo.

Andrés miró a un lado, al otro, atrás, adelante… “¿Es a mi?” pensó para sí mismo. No había nadie más en el lugar así que sí, debía ser a él, pero prefirió guardar silencio por la timidez. Mientras, observó como ella se quedaba atónita ante la falta de respuestas. Cogió su bolsa y se marchó, dejando allí a la chica con la palabra en la boca.

De vuelta a casa siempre paraba en aquella cafetería que guardaba más grasa, que bebidas en su estantería, debía cenar algo, pero, aunque aquel lugar era un poco sucio, hacían muy buenos bocadillos. Mientras hundía su cabeza en el botellín de cerveza, hacía acopio de los momentos que estaba viviendo esos días, de cómo estaba girando el mundo contando esta vez con él. Se sentía parte protagonista y viva de la historia de nuevo. De repente le vino la imagen de Irene, “pobre… la dejé tirada. Ja ja.” pensaba para sí y se sonreía cual loco solitario. Finiquitado el bocadillo, la cerveza y el día, tomó rumbo a su apartamento. Se convenció de que aquel era el día, sí. Había llegado el momento de zanjar conversaciones y seguir adelante. En lo que duró el tiempo de subir las escaleras, cambió de opinión tajantemente, pero al abrir la puerta, de nuevo volvía a encontrar las fuerzas y los motivos…

Entró, buscó el teléfono, descolgó y marcó… Esperó varios tonos hasta que al fin pareció encontrar respuesta pero… era el contestador.

- Verónica, soy yo. Solo pretendía responderte a la carta que me enviaste. Estoy bien, sí. La vida no es lo que era cuando me conociste pero al menos soy feliz, como tú querías. Me encantaría vol… - le cortó el pitido del contestador avisándole que su tiempo había acabado. No volvería a marcar. No. Demasiado había hecho intentado irrumpir otra vez en su vida. No. No era el momento. La vida les había separado por algo, no debía ser él quien lo cambiara. Pero por otro lado, sino lo cambiaba él… no lo haría nadie.

Pasaban las horas en el reloj, la una, las dos, las tres… aquella madrugada apenas pudo pegar ojo. No se quitaba de la cabeza aquella valentía que le llevaba a pensar que ella quisiera volver a verle. Se sentía estúpido, riñéndose un millón de veces por haber hecho lo que no debía… Morfeo se le llevó.

Como cada mañana se levantó, miró el teléfono y no había mensajes, el móvil y tampoco. Prefirió no pensarlo más, porque no servía de nada, lo que hubiera de pasar, pasaría y no había que darle vueltas. Continuó con su vida como si nada, con su trabajo, con su soledad… Aquel día Irene estaba especialmente guapa, pero él no sería quien se lo dijese, no era para él. Aquella chica era tan inocente, tan niña… no era para él.

- ¡Hola!¿te acuerdas de mi? Sí, Irene… Estaba pensando que esta noche no tengo muchos planes y a lo mejor te apetecía enseñarme un poco el barrio, no soy de por aquí y me encanta descubrir nuevos sitios. - Andrés sorprendido ante tal propuesta, no supo contestarle, sonrió en señal de agradecimiento y con un movimiento de cabeza confirmó su presencia.

Al salir, él que normalmente ni se cambiaba de ropa, corrió a los vestuarios a ponerse los vaqueros, el polo y acicalarse un poco. Sin saber realmente por qué lo estaba haciendo, si él no quería conquistarla, simplemente iba a acompañarla como le había confirmado unas horas antes. Pero tenía esa sensación rara que te recorre de pies a cabeza, como un escalofrío o un hormigueo… Y por dentro se decía, no, no y no.

Ya era la hora, allí estaba con su melena rubia suelta, los ojos azules abiertos como platos, esperándole. Mientras iba hacia ella, Andrés canturreaba por dentro para eliminar todo rastro de nervios, era su manera de relajarse. Se miraron, sonrieron y sin decir nada más, caminaron hacia la salida. Irene no paraba de hablar, le contaba todo tipo de cosas, desde temas laborales a estupideces sin sentido. Él no abrió la boca para nada, se limitó a escuchar y pensar en si estaba bien aquello, no quería jugar con sus sentimientos porque sabía que su corazón nunca estaría con ella por mucho que lo intentase.

 Les dieron las tantas de la noche, andando por aquel barrio de edificios antiguos y emblemáticos, cargados de tantos misterios como él. Apenas había conseguido enlazar cuatro frases.

- ¿Por qué no hablas? Hablo mucho… Sí, debería callarme en algún momento de la noche ¿verdad? Me lo di… - De repente, Andrés que no sabía cómo responder a tanto entusiasmo, plasmó un beso en sus labios, callándola por completo. Dejándola tan aturdida que ya no volvió a bombardear sus oídos.

Como buen caballero, la acompañó a casa, la dejó en la puerta con un hasta mañana. Ella no sabía si contestar con lo mismo o intentar besar aquellos labios que tanto le habían gustado la primera vez. No hizo nada, guardó silencio...

 

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