jueves, 17 de noviembre de 2011

Parte 3

Andrés tras aquel encuentro nocturno y extraño, volvía a verse en una encrucijada. Luchar por Verónica o comenzar algo con Irene. La primera, fue y sería el amor de su vida, la segunda aún no había tenido opción de mostrar lo que podía darle. Las balanzas volvían a su vida… En esta ocasión, anhelando perderlas de nuevo. Parecía estar viviendo un Déjà Vu… Se volvía loco. Porque no quería pensar con el corazón sino con la mente. Esa que tantas veces le había traicionado.

Semanas más tarde mientras Verónica apenas recordaba ya aquel encuentro, se volvía a encontrar con la pequeña Tamara, la hija del hombre de su vida. La niña decía que la echaba de menos, que cuando volverían a ir juntas de compras o cuándo la enseñaría a maquillarse porque su madre no la dejaba y estando ya en etapa preadolescente consideraba que había cosas que alguien debía aconsejarla. Ella, haciendo un esfuerzo, le prometió verla más a menudo y hacer juntas todo eso que le solicitaba. Era tan parecida a su padre que cada encuentro con la muchacha le hacia caer en los recuerdos llenándola de tristeza y nostalgia.

Una de aquellas tardes, Tamara, que era demasiado lista para su edad, les preparó una encerrona que Andrés deseaba pero Verónica sufriría como aquella última vez. En esta ocasión, él venía sin la inocente compañía de Irene a sabiendas que no era compatible una cosa con la otra, la niña no podía verla, decía que se parecía a las muñecas que tenía en su estantería, rubia, guapa, delgada y vacía mentalmente, que no le aportaba nada ni como persona ni como mujer. A él le hacía gracia ver como su hija se enfurruñaba al mencionar a Irene.

Llegó la hora, allí estaban padre e hija esperando a la que fue, sobre todo, su amiga leal, los nervios invadían al mayor de ambos convirtiéndole en el más infantil y la niña haciendo de adulta mientras intentaba calmarle. A través de aquella puerta de cristal, ella, marcando su silueta en la sombra, con su gracilidad al andar, su alegría innata aunque la pena más grande le colmase por dentro, como si un halo de luz le rodease, ellos la miraban adorándola por encima de todo.

- ¡Vero! - Gritó la niña desde la otra punta, saltando y levantando los brazos señalándole el lugar a donde debía dirigirse. Mientras Andrés, inmóvil, agachó la cabeza en señal de conformismo al ver la mirada que le dirigió ella. En el fondo, sabía que todo había sido obra de Tamara y no podría reprocharle nada.

- Hola, ¿qué tal estáis? Tamara, sabes que estas cosas no me gustan nada, si quedo contigo, es contigo, no con tu padre ¿vale?. Andrés, no lo tomes a mal, pero el plan era comprar cuatro trapos y algo de maquillaje para que fuese aprendiendo, no que tú estuvieses aquí.- Intentaba dejar las cosas claras desde el principio, aunque deseaba su presencia, no podía negarlo.

- Vero, no quería… pero ella insistió, créeme, no quería incomodarte, sabía que pasaría y no era mi intención. - Explicaba él con los ojos mirando al suelo, precisamente lo que ella más odiaba en el mundo. Pues pensaba que si un hombre agachaba la cabeza, dejaba de ser hombre para convertirse en un ser sin personalidad complaciente con todo aquello que no le gusta hacer. Con sólo una mirada ella consiguió que le entendiera y levantó la cabeza sin más. Continuó su explicación. - Tienes que creerme cuando te digo esto, la otra noche fui allí con Irene porque quería verte, te echo de menos y no podía resistirlo, podría haber ido con ella o con Pepe, o con Manuel… El caso era ir acompañado para no perder la fuerza cuando me mirases. Sabes que tus ojos… Pero con ella no tengo nada más que una bonita amistad, por favor, créeme. No quise herirte. Nunca más lo haré. - Ante tal retahíla, ella quedó anonadada pensando en que podría ser verdad, él no solía dar explicaciones y si ahora lo hacía… debía ser por algo. Apartó sus ojos de él para dirigirse a la niña.

- ¿Vamos a la tienda pequeña?- Apoyó su brazo alrededor de los hombros de Tamara y caminaron hacia delante, él quedó relegado a un segundo plano, quedó atrás mirando como sus dos mujercitas hablaban como si fueran uña y carne. Le miraban, cuchicheaban y después reían. Existía tanta complicidad casi como con él. Mientras las observaba pensaba en cuánto tiempo perdió temiendo ese momento, en que el rechazo de su hija no fuese hacia Irene y lo hubiese sido hacia la mujer que adoraba. Tuvo tanto miedo tiempo atrás que ahora reía por dentro de él mismo.

- Vero, ¿nunca volverás con papá?, él te echa de menos y a mi la rubia esa no me gusta nada, es odiosa, quiere ser simpática pero no, a mi no… - Tamara daba las explicaciones pertinentes.

- A ver enana, tienes que aprender que la felicidad de tu padre está por encima de todo, se llame Irene y sea rubia, o se llame Lorena y sea pelirroja. Lo importante es que él esté a gusto y feliz para poder hacerte feliz a ti. Me parece muy bien que tengas criterio propio y no tiene por qué caerte bien todo el mundo, pero cuando queremos a alguien solo debemos desear su felicidad ¿no?- Le contestaba entre sonrisas.

- Pero precisamente por eso, porque yo no le he visto reír tanto como contigo, ¿te acuerdas el día de la piscina cuando solo erais amigos?, aquel día en que confundió el aceite de coco con el champú, en cualquier otro momento habrían salido sapos y culebras de su boca, pero al estar tú delante solo supo reírse de sí mismo. Éramos felices… Por favor…- Rogaba e insistía la dulce niña. A ella le halagaba escuchar todo aquello, ver cómo los recuerdos eran tan bonitos vistos desde fuera le hacía engrandecer por momentos, pero el miedo por volver a perder le impedía dar el paso, prefería disfrutar de aquellos pequeños gestos como pasar una tarde junto a ellos y reír sin más.

Andrés seguía analizando cada movimiento, hablando en su interior con él mismo. Diciéndose qué había pasado, qué capítulo se había perdido. Por qué se negaba tantas veces el amar, el querer, el desear. Por qué tantas veces se mintió. Mientras Verónica se acercaba esperando a que el probador se despejara. Sonriendo, con la ropa en una mano y el móvil en la otra. Él seguía mirándola como si de un ángel se tratase.

- ¿Esperas que te llame alguien? - Interrogó movido por los celos que nunca quiso mostrar.

- Realmente… no. Tengo todo lo que ahora mismo quiero aquí. Lo demás es humo. - Mientras guiñaba un ojo y una medio sonrisa se dibujaba en su rostro, contestó. Él se derritió, quedándose petrificado ante su magnetismo. Pensaba si ahora llegaría el beso que tanto anheló en aquella soledad nocturna. Cuando interrumpió Tamara con su nerviosismo por comprar su primer vestido de adolescente.

- Ese es perfecto peque, no lo dudes y para la bolsa ¿vale? Vamos… - Animaba girándose hacia la caja registradora.

Terminaron las compras, la despedida se acercaba y él quería que no se marchase nunca, quería llevarlas a ambas con él, pero no a aquel solitario apartamento, pequeño y lleno de pena. Cogieron el coche y primero dejaron a la muchacha en casa, por si acaso su madre recortaba después las visitas, había que ser puntual. De camino a al barrio de Verónica, los dos en silencio, escuchaban aquellas canciones que tiempo atrás ponían la banda sonora de su furtivo amor. Ella pensaba por qué no disfrutar ahora de la libertad, de poder besar en público, de poder decir “te quiero” sin miedo a la huida… Pero tan pronto como lo pensaba, el dolor punzante en el pecho al recordar todo lo vivido le echaba atrás. A su vez, ponía su mano en el lateral de su asiento en señal de “cógeme la mano” como tiempo atrás, él lo entendió a la perfección y acarició su piel tersa, suave… Giraron las caras para encontrarse con la mirada de la pasión que aún quedaba, del amor que tanto les unió, comenzaron a brillar las pupilas iluminando la oscuridad de sus vidas. Andrés giró el volante bruscamente, dando un frenazo en seco, ella le miró asustada, él acarició su rostro tranquilizándola, acercando sus labios, de repente se fundieron en aquel beso que tanto habían soñado durante todo ese tiempo, una lágrima recorrió la mejilla de ella, Andrés con la ternura necesaria la limpió y cambió su gesto de felicidad por el de la duda, el de no saber qué sucedía.

- Andrés, no quiero llorar más. No puedo hacerlo más. No quiero pensar que estarás aquí toda la vida y después tus miedos te lleven lejos de mi. Estoy desgastada, las lágrimas ahora salen solas, pero a diario lloro por dentro, un grito interno que me hierve. No puedo. Si te vas a quedar para siempre, bésame ahora, sino… déjame ir, por favor. Tu soledad no tiene que dolerme a mi. - Entre sollozos y dolor, Verónica había decidido poner todas sus cartas en la mesa en aquel momento. Por un lado esperaba que la besase, por el otro rogaba a dios que no lo hiciese.

Como era de esperar, él no hizo nada. Nada. Ella se bajó del coche dando un portazo y reprochándose su ingenuidad, echándose en cara a ella misma lo insensato de sus pensamientos y sentimientos. Era Andrés, nunca cambiaría. No lo haría.

 

 

 

 

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