Tambien era cierto que Angel no sólo le hizo sufrir... No. Más bien, todo lo contrario, le hacía tan feliz que ese era el dolor, perderlo sin haber hecho nada, sin que nada entre ellos se hubiese roto, sino que fuese culpa más de las circunstancias y de la situación.
Habían pasado momentos de muchas risas, de decir una palabra y saber la que continuaba, de hasta darse cuenta por un simple mensaje al movil del estado anímico del otro. La gran amistad que habían conseguido no se la iba a quitar nadie.
Verónica estaba acostumbrada a conformarse, a pensar que sólo podía aspirar a lo que tenía, ya que si se ilusionaba con algo más sabía que el golpe sería más grande. Pero la pasaba desde pequeña... Recordaba cuando iba pidiendo de todo a los supuestos Reyes Magos y solo la traían una cosa, encima era lo que no había pedido... Ahí empezó a conformarse, a no pedir nunca nada porque si llegaba algo, le haría triplemente feliz. Con Angel decidió hacer algo parecido... No pensar, no pedir y no soñar para poder disfrutar muchísimo más si algo recibía.
En su soledad encontrada, buscaba en su recuerdo, sacaba los besos, las palabras, los gestos... Y reía como las locas por haber tenido lo más bonito entre sus manos. Aquella suplica de perdón, no la quería, la rechazaba porque sentía que la única que tenía que pedir perdón era ella. No es que no pudiese perdonarle a él porque como ella se decía a si misma... "¿Qué hay que perdonar?¿Que haya conseguido hacerme tan feliz durante este tiempo?" Y porque no hay culpables, sino situaciones...
Como cada mañana, al despertar, ahí estaba él, el chaval de ojos verdes que no quería dejarla caer ni un segundo. Que quería llenarle de colores los días, de besos, de caricias... Hacerla sentir la tranquilidad en un abrazo, hacerla sonreir con su recuerdo. Y por un lado, lo conseguía...
- Quiero ser tu vicio todos los días...- Le escribía a través de un mensaje. Ella al leer esas palabras, se ponía en su lugar, revivía las conversaciones con Angel, cuando ella le quería transmitir ese mismo deseo... Quizá ahora se sentía un poco como él, no sabía manejar la situación, sentía estar dejandose llevar a un lugar que no sabía si quería conocer. Pero, en el fondo, le gustaba. A todos nos gusta sentirnos queridos y adorados...
Pasaron los días, los momentos, las caras, los reencuentros... A Verónica le pesaba el andar, a sus espaldas el dolor de un adios que le dejó el vacio más grande que pudiese imaginar, lo llenaría con pequeños remiendos, con absurdas ilusiones y sueños. Volvía a la eterna melancolía... Al recuerdo. A alimentarse de ello. Cuando aquellos labios la besaban, sentía que le gustaba, que no quería despegarse de ellos pero cuando se marchaba... Tormenta...
Cuando Jorge le decía que nadie destruiría su mundo, ella sentía una punzada en el estómago que no sabía clasificar correctamente, no entendía si aquel pichazo era de angustia, de felicidad o de que.
Durante varias noches anduvo por lugares inhabitados, dejando escapar esa rabia e impotencia en forma de lágrimas, no sintiendo el frío exterior sino el de su cuerpo. Deseando perder de vista los ojos, la sonrisa pero contradiciendose y anhelandolo más que nunca.
En algún momento... En algún lugar... Cerrarían el capítulo con lágrimas de felicidad...
sábado, 31 de diciembre de 2011
viernes, 30 de diciembre de 2011
Parte 15
Angel no entendía qué quería ella de él, con razón, pues ni ella misma lo sabía. No sabía explicarle que podría haber sido tan fácil como dejar florecer, fluir... Y quizá habría durado años... Pero ninguno era de piedra, los dos tenían demasiado corazón como para que ver al otro sufrir por la distancia, por una palabra mal dicha, por...
Verónica no sabía hablarle a la cara, en el momento que le tenía en frente prefería mirarle para recoger todas sus expresiones, para tener la imagen guardada en su memoria. Él decía no entender cómo se podía estar tan ligado a alguien... Ella no decía nada, solamente que el tiempo lo diría, si lo descubriría o no. Seguramente Angel había sido de esas personas que, gracias a su facilidad para helarse, había tenido todas las atenciones del mundo sin que nadie le obligase a sentir una ausencia... Decía que no merecía la pena... Ella empezaba a darse cuenta.
Mientras tanto... Aquel que apareció de repente, sin más, de la nada... Le decía a la chica que la mimaría todo lo habido y por haber para que el dolor fuese mínimo, en sus brazos sentía la libertad pero le dolía el alma viendo que podía estar jugando con él. A pesar de que, como él decía, el ambiente que reinaba cuando estaban juntos era especial... Verónica ya no se fiaba ni de su sombra... No quería volar, ni dejar volar a nadie... Sólo quería no pensar, no mirar, no ver más allá.
Las preguntas y las balanzas ahora estaban en su tejado, no en el de ellos. Uno sabía perfectamente, o eso decía, lo que quería. Y el otro tambien... Ese, decidía nadar contracorriente, como ella lo había hecho toda su vida...
La única intención de ambos es que Verónica sonriese todos los días, y la única intención de ella era que ellos sonriesen tambien todos los días.
Ella odiaba las navidades, no podía soportar tantas ausencias juntas... En aquellas fechas tendría el valor de dejar que Angel se fuese, que continuase su vida... Ya no quería ser más un complemento de armario... Podría haber sido una chaqueta más durante el resto de su vida, sin tener que tirar el resto a la basura, pero... Faltó el entendimiento necesario...Y sobre todo, sobraron muchas palabras, muchos gestos... Sobró el miedo.
Miedo a tener algo tan mágico y bonito entre las manos, que se estropease a la mínima... ¿Demasiado bonito para ser verdad? Quizá... Nunca se sabrá... Nunca.
Todo terminó destruyendo lo que más querían tanto el uno como la otra. Rompiendo la mente, desgastando el alma... Llenando los ojos de brillos que ya no eran pasión, ya no eran alegría... Verónica creyó que la felicidad no se encontraba en ella sino allí, donde sus musas le esperaban cada noche, donde todo era lo que debía ser y debía querer. Lo único que a ella le haría inmensamente feliz sería ver la sonrisa diaria, la completura en lo perfecto y no en lo imperfecto que era lo que tenían.
No debían dejarse llevar a un mundo irreal, a un mundo que no existía, que solo era aire, oxígeno por momentos, por ratos de risas, complicidad y paz... Que eso era perfectamente llevable con la amistad que les unía. A pesar de que... el fondo dijese otra cosa.
Verónica empezaría a desaparecer, como él necesitaba, a jugar al esquivo, al no querer ver, ni mirar... Tenía que ser fuerte por ella y por él. Porque lo necesitaban.
"Tu no eres culpable de nada, solo hacerme sentir..." Palabras que Verónica en tiempos atrás habría deseado escuchar por encima de todo... Pero ahora... ¿Ahora?... Ahora no quería que él sintiese nada pues sabía que solo le haría daño...
Empezaba la nueva máscara...
Verónica no sabía hablarle a la cara, en el momento que le tenía en frente prefería mirarle para recoger todas sus expresiones, para tener la imagen guardada en su memoria. Él decía no entender cómo se podía estar tan ligado a alguien... Ella no decía nada, solamente que el tiempo lo diría, si lo descubriría o no. Seguramente Angel había sido de esas personas que, gracias a su facilidad para helarse, había tenido todas las atenciones del mundo sin que nadie le obligase a sentir una ausencia... Decía que no merecía la pena... Ella empezaba a darse cuenta.
Mientras tanto... Aquel que apareció de repente, sin más, de la nada... Le decía a la chica que la mimaría todo lo habido y por haber para que el dolor fuese mínimo, en sus brazos sentía la libertad pero le dolía el alma viendo que podía estar jugando con él. A pesar de que, como él decía, el ambiente que reinaba cuando estaban juntos era especial... Verónica ya no se fiaba ni de su sombra... No quería volar, ni dejar volar a nadie... Sólo quería no pensar, no mirar, no ver más allá.
Las preguntas y las balanzas ahora estaban en su tejado, no en el de ellos. Uno sabía perfectamente, o eso decía, lo que quería. Y el otro tambien... Ese, decidía nadar contracorriente, como ella lo había hecho toda su vida...
La única intención de ambos es que Verónica sonriese todos los días, y la única intención de ella era que ellos sonriesen tambien todos los días.
Ella odiaba las navidades, no podía soportar tantas ausencias juntas... En aquellas fechas tendría el valor de dejar que Angel se fuese, que continuase su vida... Ya no quería ser más un complemento de armario... Podría haber sido una chaqueta más durante el resto de su vida, sin tener que tirar el resto a la basura, pero... Faltó el entendimiento necesario...Y sobre todo, sobraron muchas palabras, muchos gestos... Sobró el miedo.
Miedo a tener algo tan mágico y bonito entre las manos, que se estropease a la mínima... ¿Demasiado bonito para ser verdad? Quizá... Nunca se sabrá... Nunca.
Todo terminó destruyendo lo que más querían tanto el uno como la otra. Rompiendo la mente, desgastando el alma... Llenando los ojos de brillos que ya no eran pasión, ya no eran alegría... Verónica creyó que la felicidad no se encontraba en ella sino allí, donde sus musas le esperaban cada noche, donde todo era lo que debía ser y debía querer. Lo único que a ella le haría inmensamente feliz sería ver la sonrisa diaria, la completura en lo perfecto y no en lo imperfecto que era lo que tenían.
No debían dejarse llevar a un mundo irreal, a un mundo que no existía, que solo era aire, oxígeno por momentos, por ratos de risas, complicidad y paz... Que eso era perfectamente llevable con la amistad que les unía. A pesar de que... el fondo dijese otra cosa.
Verónica empezaría a desaparecer, como él necesitaba, a jugar al esquivo, al no querer ver, ni mirar... Tenía que ser fuerte por ella y por él. Porque lo necesitaban.
"Tu no eres culpable de nada, solo hacerme sentir..." Palabras que Verónica en tiempos atrás habría deseado escuchar por encima de todo... Pero ahora... ¿Ahora?... Ahora no quería que él sintiese nada pues sabía que solo le haría daño...
Empezaba la nueva máscara...
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Parte 14
Habiendo empezado todo de una manera física y terrenal, no tardarían mucho en crearse las dudas, los temores. Mientras Angel quería seguir helando su corazón para no sentir más allá de su cabeza, Verónica quería imitarle y tomar su ejemplo. Ambos necesitaban encontrar ese punto de odio que les obligase a no querer verse pero... no había una manera para hacerlo.
Con las semanas, el hambre de información el uno del otro les llevaría a conocerse, a saber por dónde cogerse en ciertos momentos. Verónica era más imprevisible que él, eso le desestabilizaba pero en el fondo le gustaba. Angel por momentos le hubiese gustado tirar por el camino del medio y huir. Sentía que ya tenía suficientes problemas como para que ella le echase más encima, pero tampoco la quería perder del todo. No le gustaba su presencia pero tampoco su ausencia. Parecía dejarla rienda suelta pero cuando menos lo esperaba iba con su vocecita susurrante y se rendía a sus pies. Sabía que ni debía ni podía retenerla pero tampoco quería ni pensar que no estuviese. Se sentía a gusto en sus brazos, en sus besos porque eran recíprocos, porque cuando se siente algo de verdad por alguien, los besos saben tres veces mejor.
Jugaban infinidad de veces al ratón y el gato, si ella mostraba su lado tierno, cariñoso y comprensivo, él le devolvía todo lo contrario, si ella era agresiva, pasiva y fría, él la buscaba hasta obtener esa ternura que tanto le enganchaba sin encontrar el por qué. Pasaban así días y días como dos niños pequeños... A veces eran como un niño y su madre o como una niña y su padre.
En todo ese tiempo, las conversaciones se hicieron casi más importantes que el tenerse fisicamente, eran más amigos que amantes. Verónica tenía que aprender a disimular un dolor que llevaba dentro, no podía perder ni la calma ni la sonrisa ante él porque sino se destrozaría todo. Pocas veces pensaba en ella misma. Lo hacía en la soledad, en la distancia, pero le veía aquellos ojos sedientos de alegría y no podía. Le intentaba dar la tranquilidad y seguridad necesarias para que no se fuese de su lado aunque fuese por pequeños ratos.
La vida iba pasando, en el mundo que ella se movía, se encontraba a diario con todo tipo de hombres que le ofrecían calmar su sed de cariño, pero ella no miraba más que al frente, no veía el inmenso bosque porque aquel arbol le tenía los ojos tapados. No quería verlo. El mientras tanto, vivía en su mundo, vivía teniendo la certeza de que ella estaba ahí, como un muñequito que guardas en una cajita y cuando quieres le sacas para que vuele un rato. Verónica había conseguido lo que quería, darle la confianza suficiente para que él supiera que estaría ahí. Pero tambien se cansaba en muchas ocasiones.
Las preguntas del resto del mundo, el que ella estuviera más o menos apagada... No podía contarselo a nadie, y mucho menos a él. Todo aquello creó un cúmulo de sentimientos encontrados que la desgastó. Hubo una tarde que se le juntaron problemas variados, entre su vida privada, su trabajo y él... consiguieron que terminase de explotar, perdiendo la respiración, las ganas de llorar acumuladas y esas lágrimas que no salían... No podía más. En alguna ocasión ya le dijo que cuando ella llegase a ese punto poco podría hacer, acababa con todo de raiz.
Esa tarde apraeció una persona, de la nada, con sus ojos verdes y sus brazos fuertes, consiguiendo devolverle la paz por un instante, quizá Verónica confundió aquello o quizá era el momento de cambiar... De ver el bosque y no el arbol. Sentía estar jugando a dos bandos que no sabía por donde la llevarían, en un primer momento pensó en seguir manteniendo la situación pues tenía alguien que le devolviese lo que Angel le quitaba pero... No podía seguir engañandose...
Sus ojos, los de él, los de ella... Se volvieron a apagar... Sin intención de encenderlos... Volver a disimular... Romper lo que más le había dado pero tambien lo que más le había quitado...
Con las semanas, el hambre de información el uno del otro les llevaría a conocerse, a saber por dónde cogerse en ciertos momentos. Verónica era más imprevisible que él, eso le desestabilizaba pero en el fondo le gustaba. Angel por momentos le hubiese gustado tirar por el camino del medio y huir. Sentía que ya tenía suficientes problemas como para que ella le echase más encima, pero tampoco la quería perder del todo. No le gustaba su presencia pero tampoco su ausencia. Parecía dejarla rienda suelta pero cuando menos lo esperaba iba con su vocecita susurrante y se rendía a sus pies. Sabía que ni debía ni podía retenerla pero tampoco quería ni pensar que no estuviese. Se sentía a gusto en sus brazos, en sus besos porque eran recíprocos, porque cuando se siente algo de verdad por alguien, los besos saben tres veces mejor.
Jugaban infinidad de veces al ratón y el gato, si ella mostraba su lado tierno, cariñoso y comprensivo, él le devolvía todo lo contrario, si ella era agresiva, pasiva y fría, él la buscaba hasta obtener esa ternura que tanto le enganchaba sin encontrar el por qué. Pasaban así días y días como dos niños pequeños... A veces eran como un niño y su madre o como una niña y su padre.
En todo ese tiempo, las conversaciones se hicieron casi más importantes que el tenerse fisicamente, eran más amigos que amantes. Verónica tenía que aprender a disimular un dolor que llevaba dentro, no podía perder ni la calma ni la sonrisa ante él porque sino se destrozaría todo. Pocas veces pensaba en ella misma. Lo hacía en la soledad, en la distancia, pero le veía aquellos ojos sedientos de alegría y no podía. Le intentaba dar la tranquilidad y seguridad necesarias para que no se fuese de su lado aunque fuese por pequeños ratos.
La vida iba pasando, en el mundo que ella se movía, se encontraba a diario con todo tipo de hombres que le ofrecían calmar su sed de cariño, pero ella no miraba más que al frente, no veía el inmenso bosque porque aquel arbol le tenía los ojos tapados. No quería verlo. El mientras tanto, vivía en su mundo, vivía teniendo la certeza de que ella estaba ahí, como un muñequito que guardas en una cajita y cuando quieres le sacas para que vuele un rato. Verónica había conseguido lo que quería, darle la confianza suficiente para que él supiera que estaría ahí. Pero tambien se cansaba en muchas ocasiones.
Las preguntas del resto del mundo, el que ella estuviera más o menos apagada... No podía contarselo a nadie, y mucho menos a él. Todo aquello creó un cúmulo de sentimientos encontrados que la desgastó. Hubo una tarde que se le juntaron problemas variados, entre su vida privada, su trabajo y él... consiguieron que terminase de explotar, perdiendo la respiración, las ganas de llorar acumuladas y esas lágrimas que no salían... No podía más. En alguna ocasión ya le dijo que cuando ella llegase a ese punto poco podría hacer, acababa con todo de raiz.
Esa tarde apraeció una persona, de la nada, con sus ojos verdes y sus brazos fuertes, consiguiendo devolverle la paz por un instante, quizá Verónica confundió aquello o quizá era el momento de cambiar... De ver el bosque y no el arbol. Sentía estar jugando a dos bandos que no sabía por donde la llevarían, en un primer momento pensó en seguir manteniendo la situación pues tenía alguien que le devolviese lo que Angel le quitaba pero... No podía seguir engañandose...
Sus ojos, los de él, los de ella... Se volvieron a apagar... Sin intención de encenderlos... Volver a disimular... Romper lo que más le había dado pero tambien lo que más le había quitado...
martes, 13 de diciembre de 2011
Parte 12+1
Aquel que aparecía en ese momento no sabía que se convertiría en motivo de asfixia, de alegría, de desazón, de ímpetu, de coraje... Que desgarraría cada rincón del alma de Verónica, no lo sabían ni ella, ni él. Aquel que, como su nombre indicaba, era su Angel.
Sólo por él tenía ganas de sentirse viva, de volar, de imaginar, de soñar, de recuperar todo lo que no sabe en qué momento de su vida perdió. Los días pasaban, se dejaban caer, se alejaban, se reían, se conocían básicamente. El primer encuentro fue como muy forzado por la necesidad física, como muy alocado, apasionado y lleno de fuego. Pero despues... Fueron pasando los días, las conversaciones, las tonterías, las lágrimas de una y las tormentas del otro.
Deseaban perderse de vista, no tener que verse nunca más, no necesitar aquellas sonrisas, aquellos brillos en los ojos, se tenían odio por desearse y comprenderse... Dos personas negando la evidencia.
Hubo un día en que Verónica necesitaba respirar, huir, salir corriendo de allí... Cuando aquel día en que con toda su buena intención decidió que debía hacer algo especial, que tenía que dar la mejor de sus sonrisas tras días de lejanía y orgullo. En ese día vió los ojos de felicidad infinita por el supuesto perdón, la sonrisa amplia y sincera, la preocupación y tormenta en su mente... Aquel día se dió cuenta que los dos estaban fingiendo algo que no querían, o que sí querían pero debían ocultar.
Días más tarde la chica emprendería un pequeño viaje en que las nuevas tecnologías la dejaban completamente incomunicada, no habría conversaciones, ni risas, ni nada que hiciera recordar esas manos, labios... nada. Pero en aquel viaje notó su presencia a seiscientos kilómetros de distancia. Estar en un lugar lleno de gente, oscuro, con la música a todo trapo, decenas de hombres donde fijar su mirada y su obejetivo... La miraban, la buscaban, la rondaban... Ella no cedía, se reía, bailaba y pasaba de todo. Fue en uno de esos momentos bailando, con aquel chico que llevaba toda la noche intentando conseguir un rato de sus labios, cuando se dió cuenta de la presencia. Se giró como si él estuviese allí, mirándola desde el rincón más oculto de la barra. Con su copa de Ron y su sonrisa insoportable, la que tanto adoraba pero odiaba al intentar olvidar. De repente apartó al muchacho como si fuese un muñeco en llamas que la estaba quemando. Al día siguiente, en aquel teatro mágico, con luces atenuadas, con el escenario más bonito que podía haber visto en mucho tiempo, sentada mientras apreciaba aquel espectáculo que le daba vida cada vez que ocurría, en una de esas canciones que nunca había apreciado las lágrimas empezaron a rodar por su rostro sin saber cómo ni por qué, se reía de ella misma porque no entendía si es que quizá le habían puesto aquella planta herbácea debajo de su asiento... Cuando al girar la cabeza para mirar la amplitud del teatro y el gentío que allí había, una camisa blanca, su último recuerdo, en la oscuridad confundía aquel hombre con el que inundaba sus sueños. Volvía a sentir su presencia como si estuviese acariciándola el hombro. No entendía por qué le sucedía todo aquello. No sabía que estaba pasando por su cabeza ni su corazón.
Al volver, aquella noche, la sonrisa de Angel, hechicera, pero sin apenas efecto ya que había decidido helar su alma para que nada le afectase ni doliese. Al encontrarse, la frialdad de ella intentaba ocultar el deseo de besarle y abrazarle. Él, en parte, la miraba con alivio, pues notaba que quizá no estaba pasándolo tan mal como creía. Allí, en medio de la carretera, al pasar ese coche, él aprovechó la mínima oportunidad de agarrarla por la cintura acercándola contra su pecho, ella sintió ese hormigueo que no le dejaba escapar de aquella enredadera, las miradas se encontraron para girarlas inmeditamente y transformarlas en disimulo, pues alguien les estaba observando. Ese alguien se dió cuenta de todo en el mismo instante, aunque se transformaría en el cómplice leal, en el silencio infinito y nunca se lo confesaría a ninguno de los protagonistas. Pero ella sabía que era evidente... Excepto para ellos mismos....
No dudaban en darse el perdón necesario, la rendición a la necesidad de sus cuerpos como ellos querían llamarlo, caer una y otra vez en aquel bucle sin final que les mantenía separados pero unidos, el secreto de lo prohibido, del quiero y no puedo, del debo y no quiero... Días más tarde... Volverían a encontrarse sus cuerpos, sus besos, sus abrazos y sus miradas de deseo puro. Reconciliando algo que no era una separación pues nunca había existido la unión... Se enmascaraban con el rol de la amistad y la magia momentánea para marcharse cada uno a su vida, a su lugar con una sonrisa que se borraría unos kilómetros más tarde.
Semanas y semanas de conocimiento, de miradas temerosas y cohibiendo sus verdaderas formas de ser para no dañar, para no meter la pata en el momento menos oportuno, dejando que el miedo invadiese todo ese cuadro que habían decidido ir pintando primero con colores vivos para despues pasar a los pastel, cogiendo entre medias los negros, grises y pocos blancos...
Sólo por él tenía ganas de sentirse viva, de volar, de imaginar, de soñar, de recuperar todo lo que no sabe en qué momento de su vida perdió. Los días pasaban, se dejaban caer, se alejaban, se reían, se conocían básicamente. El primer encuentro fue como muy forzado por la necesidad física, como muy alocado, apasionado y lleno de fuego. Pero despues... Fueron pasando los días, las conversaciones, las tonterías, las lágrimas de una y las tormentas del otro.
Deseaban perderse de vista, no tener que verse nunca más, no necesitar aquellas sonrisas, aquellos brillos en los ojos, se tenían odio por desearse y comprenderse... Dos personas negando la evidencia.
Hubo un día en que Verónica necesitaba respirar, huir, salir corriendo de allí... Cuando aquel día en que con toda su buena intención decidió que debía hacer algo especial, que tenía que dar la mejor de sus sonrisas tras días de lejanía y orgullo. En ese día vió los ojos de felicidad infinita por el supuesto perdón, la sonrisa amplia y sincera, la preocupación y tormenta en su mente... Aquel día se dió cuenta que los dos estaban fingiendo algo que no querían, o que sí querían pero debían ocultar.
Días más tarde la chica emprendería un pequeño viaje en que las nuevas tecnologías la dejaban completamente incomunicada, no habría conversaciones, ni risas, ni nada que hiciera recordar esas manos, labios... nada. Pero en aquel viaje notó su presencia a seiscientos kilómetros de distancia. Estar en un lugar lleno de gente, oscuro, con la música a todo trapo, decenas de hombres donde fijar su mirada y su obejetivo... La miraban, la buscaban, la rondaban... Ella no cedía, se reía, bailaba y pasaba de todo. Fue en uno de esos momentos bailando, con aquel chico que llevaba toda la noche intentando conseguir un rato de sus labios, cuando se dió cuenta de la presencia. Se giró como si él estuviese allí, mirándola desde el rincón más oculto de la barra. Con su copa de Ron y su sonrisa insoportable, la que tanto adoraba pero odiaba al intentar olvidar. De repente apartó al muchacho como si fuese un muñeco en llamas que la estaba quemando. Al día siguiente, en aquel teatro mágico, con luces atenuadas, con el escenario más bonito que podía haber visto en mucho tiempo, sentada mientras apreciaba aquel espectáculo que le daba vida cada vez que ocurría, en una de esas canciones que nunca había apreciado las lágrimas empezaron a rodar por su rostro sin saber cómo ni por qué, se reía de ella misma porque no entendía si es que quizá le habían puesto aquella planta herbácea debajo de su asiento... Cuando al girar la cabeza para mirar la amplitud del teatro y el gentío que allí había, una camisa blanca, su último recuerdo, en la oscuridad confundía aquel hombre con el que inundaba sus sueños. Volvía a sentir su presencia como si estuviese acariciándola el hombro. No entendía por qué le sucedía todo aquello. No sabía que estaba pasando por su cabeza ni su corazón.
Al volver, aquella noche, la sonrisa de Angel, hechicera, pero sin apenas efecto ya que había decidido helar su alma para que nada le afectase ni doliese. Al encontrarse, la frialdad de ella intentaba ocultar el deseo de besarle y abrazarle. Él, en parte, la miraba con alivio, pues notaba que quizá no estaba pasándolo tan mal como creía. Allí, en medio de la carretera, al pasar ese coche, él aprovechó la mínima oportunidad de agarrarla por la cintura acercándola contra su pecho, ella sintió ese hormigueo que no le dejaba escapar de aquella enredadera, las miradas se encontraron para girarlas inmeditamente y transformarlas en disimulo, pues alguien les estaba observando. Ese alguien se dió cuenta de todo en el mismo instante, aunque se transformaría en el cómplice leal, en el silencio infinito y nunca se lo confesaría a ninguno de los protagonistas. Pero ella sabía que era evidente... Excepto para ellos mismos....
No dudaban en darse el perdón necesario, la rendición a la necesidad de sus cuerpos como ellos querían llamarlo, caer una y otra vez en aquel bucle sin final que les mantenía separados pero unidos, el secreto de lo prohibido, del quiero y no puedo, del debo y no quiero... Días más tarde... Volverían a encontrarse sus cuerpos, sus besos, sus abrazos y sus miradas de deseo puro. Reconciliando algo que no era una separación pues nunca había existido la unión... Se enmascaraban con el rol de la amistad y la magia momentánea para marcharse cada uno a su vida, a su lugar con una sonrisa que se borraría unos kilómetros más tarde.
Semanas y semanas de conocimiento, de miradas temerosas y cohibiendo sus verdaderas formas de ser para no dañar, para no meter la pata en el momento menos oportuno, dejando que el miedo invadiese todo ese cuadro que habían decidido ir pintando primero con colores vivos para despues pasar a los pastel, cogiendo entre medias los negros, grises y pocos blancos...
viernes, 2 de diciembre de 2011
Parte 12
Aquel fin de semana dió lugar a muchos pasos que ella no estaba dispuesta a asumir por el temor a hacer más daño del que debía. Pero a veces, las decisiones que marca la razón son las peores. Su mente le decía que estaba en lo cierto, que lo merecían, que debían llevar una vida común, con sus planes, con sus sueños. Y mientras actuaban, todo era perfecto. Héctor dejó su casa para ir a la de ella, vendió lo que tenía por estar con ella. Pasaron meses de felicidad inmensa, ella no estaba completa pero se conformaba con seguir un ritmo normal. Al llegar él a su vida, Verónica decidió ir soltando cargos, dejando lugares que no le gustaban porque ya podría mantener todo con su ayuda. Las noches de diablesa se terminaron, las mañanas de ángel guardian tambien, solo quedaba un punto por romper que era la estabilidad de aquel lugar que le traía tantos recuerdos. Dió el paso y todo giró de repente.
Pasaron unos pocos meses, cuando la partida de aquel ser tan querido para ella le rompió por la mitad. La larga enfermedad había ido consumiéndole a él y a ella, al resto de su familia, todos habían envejecido de repente. Aquella noche de incesante agonía, tanto en la respiración asistida como en los ojos de la morena, al marcar el reloj las nueve... El respirador se paró, con ello, el crujido del corazón de Verónica, no fue capaz de soltar ni una de las gotas que cubrían su retina, solo pudo decir un adiós ahogado. Un no hay más... Se acabó. Los médicos decían que el año anterior había sido como un regalo que el propio cuerpo del hombre le había dado. Como un alargamiento del dolor con opción a despedida. Durante aquel año gozó, rió, fue feliz sabiendo que se iba. Escribió cartas de despedida que la muchacha tenía ahora en su poder para ir repartiéndolas a sus destinatarios. Aconsejado por ella, ya que para cuando él era joven lo de estudiar no se llevaba. Aquel mes de enero fue el más duro pero a la vez, y egoístamente para ella, el más liberador en todos los aspectos.
Aquella mañana salió el sol al despedirse, Héctor estaba detrás aliviando con sus parches chistosos, hizo que aquel suceso fuese lo menos traumático posible. Aquel día se dió cuenta que los amigos... Los falsos amigos, solo hubo uno que supo estar a la altura de las circunstancias, que sin preguntar de qué, ni cómo, ni por qué, simplemente hizo lo que ella le pidió. Fue su particular solucionador de eventos de esta categoría. Hubo otro, que sin querer, sin saber por qué, la llamó, ella sorprendida, cogió el teléfono pensando que al otro lado habría alguien con sentimientos, pero... no.
Meses despues de la soledad tan fria, no buscada sino encontrada, giraría todo de repente. Sin saber por qué ni cómo... se vería sumida en una felicidad increíble, las sonrisas no desaparecían de su rostro. Todo iba como sobre nubes de algodón. Parecía haberle traspasado todas esas tormentas al chico, al pobre muchacho que nunca había hecho mal a nadie. Que era bueno por naturaleza, que podían hacerle cualquier cosa, lo que fuese, que él lo perdonaría.
Una noche, Verónica se encontraba en su lugar de trabajo, su nuevo lugar, y se empezó a encontrar mal de repente, en diez años que llevaba trabajando nunca le habia pasado nada igual. Pero aquel día, de tanta comida basura que había consumido en las últimas semanas, su estómago se debió rendir. Héctor se encontraba trabajando pero en cuanto escuchó la voz de su chica en ese estado, no dudó en coger el coche y salir corriendo a buscarla. Un hecho sencillo, simple y sin nada especial sino fuese porque un par de días más tarde perdería su puesto por ello. Se quedaba aumentando la larga lista que en aquella época preocupaba a todo el país.
Verónica se sentía culpable de su desgracia, él lo había dejado todo por ella... Pero ella ni siquiera era capaz de quererle un poco. Mientras él pasaba las horas sentado en el ordenador buscando lugares donde rellenar formularios para obtener un trabajo, ella seguía con su vida sin querer pensar en la pena que él sentía. Sería aquella tarde mientras ocupaba el baño de la casa cuando decidiese que aquello debía terminar ahí.
La joven se marchó tras los gritos de él, y Hector no volvería a saber de ella hasta unos días más tarde cuando ya no le quedaba más remedio que acudir a la casa para lavar la ropa. Aquel día hablaron, se dijeron todo como debía ser, con calma, tranquilidad... Pero no había vuelta atrás, ella no sentía nada, sino pena por haberle llevado a eso. Y él lo sabía utilizándolo inconscientemente a su favor.
Durante aquel tiempo él insistía en una oportunidad pero nunca la tendría. Verónica había comenzado a hacer su vida por otro lugar, por otros derroteros. Llenándola de gente positiva, de personas que al menos le hacían olvidar todo lo acontecido, almas que se empeñaban en devolverle la paz que ellos creían que necesitaba pero ella sabía que no, que no era así, no necesitaba a nadie para estar en calma, y tampoco quería estar así. Le bastaba con vivir sin pensar.
Unos meses despues... Una noche calurosa de otoño ya, recibiría aquella llamada... Aquella que le diría que Andrés se había marchado para siempre con un "te odiaré el resto de mi vida", que aquella curva, el acohol, la velocidad y su moto le quitarían de golpe lo que tanto había ido buscando perder. La vida. Verónica en aquel momento solo pudo sentir el enfado de saber que, ni así, le dejaría hacer su vida. Ella quería vivir en su mundo, en el globo en que se había montado desde que vió aquella sonrisa, no quería más recuerdos, ni buenos, ni malos, quería su aire, quería sonreir. Solo sonreir para aquel que había empezado a hacerla sentir por una vez, mujer de verdad. Pero el eco de Andrés lo rompió todo en un momento.
Semanas más tarde reuniría el coraje suficiente para ir a corroborar lo que tanto le costaba creer. Allí tras el mármol frío se encontraba lo que quedaba de sus sueños rotos. Una inscripción con su nombre, una corona con "tu amiga, tu leal confidente, tu hija, te echa de menos." Verónica supuso que sería de Tamara, cogió el teléfono en aquel momento, lo miró una y otra vez, rebuscó en su agenda. Tenía abierto justo por su nombre, llamarla o no... Qué hacer, qué decirla si les había fallado a ambos. Si no pudo conseguir que él dejase aquel veneno que le mataría más tarde o más temprano. Un tono...dos tonos...
- ¡Vero, vete a la mierda, no quiero saber nada de ti, eres lo peor que nos ha podido pasar, lo peor, nos has jodido la vida, olvídame!- Apenas pudo ni decir hola, Tamara entre sollozos y gritos la echaba de su vida para siempre. Mientras quedaba en ella la culpa de pensar que así podía ser, que era cierto... Que solo pasaba por la vida de los demás para ir dejándolas destrozadas... Andrés, Tamara, Héctor... Y los que quedarían...
A raíz de aquello quería desaparecer de todas las vidas que había ido ocupando, no quería continuar traspasando toda aquella suerte a nadie. Quería estar sola, pero ahora de verdad. Sola. Sin que nadie consiguiese un poco de su cariño para no terminar estropeando nada, ella sabía que era demasiado cobarde para quitarse del medio, por eso quería huir de todos. Pero había alguien de quién no podía hacerlo... De una persona que sin saber, sin juzgar, solo jugando a la libertad, consiguió devolverle un poco de esa esperanza perdida... Nunca preguntó, quizá porque para el juego al que ambos habían entrado no se requería tener nigún tipo de información, solamente las ganas de sentirse vivos y nada más. Pocas eran las veces que hablaban de algo que no les concerniese a ellos expresamente, pero cuando lo hacían, conseguían lo que necesitaban, unos oidos que escuchasen sin plantear dudas, ni preguntas ni ruegos por ninguna de las partes...
Solo él conseguiría la sonrisa sincera, el olvido completo y la evasión a un mundo lleno de artificios y colores...
Pasaron unos pocos meses, cuando la partida de aquel ser tan querido para ella le rompió por la mitad. La larga enfermedad había ido consumiéndole a él y a ella, al resto de su familia, todos habían envejecido de repente. Aquella noche de incesante agonía, tanto en la respiración asistida como en los ojos de la morena, al marcar el reloj las nueve... El respirador se paró, con ello, el crujido del corazón de Verónica, no fue capaz de soltar ni una de las gotas que cubrían su retina, solo pudo decir un adiós ahogado. Un no hay más... Se acabó. Los médicos decían que el año anterior había sido como un regalo que el propio cuerpo del hombre le había dado. Como un alargamiento del dolor con opción a despedida. Durante aquel año gozó, rió, fue feliz sabiendo que se iba. Escribió cartas de despedida que la muchacha tenía ahora en su poder para ir repartiéndolas a sus destinatarios. Aconsejado por ella, ya que para cuando él era joven lo de estudiar no se llevaba. Aquel mes de enero fue el más duro pero a la vez, y egoístamente para ella, el más liberador en todos los aspectos.
Aquella mañana salió el sol al despedirse, Héctor estaba detrás aliviando con sus parches chistosos, hizo que aquel suceso fuese lo menos traumático posible. Aquel día se dió cuenta que los amigos... Los falsos amigos, solo hubo uno que supo estar a la altura de las circunstancias, que sin preguntar de qué, ni cómo, ni por qué, simplemente hizo lo que ella le pidió. Fue su particular solucionador de eventos de esta categoría. Hubo otro, que sin querer, sin saber por qué, la llamó, ella sorprendida, cogió el teléfono pensando que al otro lado habría alguien con sentimientos, pero... no.
Meses despues de la soledad tan fria, no buscada sino encontrada, giraría todo de repente. Sin saber por qué ni cómo... se vería sumida en una felicidad increíble, las sonrisas no desaparecían de su rostro. Todo iba como sobre nubes de algodón. Parecía haberle traspasado todas esas tormentas al chico, al pobre muchacho que nunca había hecho mal a nadie. Que era bueno por naturaleza, que podían hacerle cualquier cosa, lo que fuese, que él lo perdonaría.
Una noche, Verónica se encontraba en su lugar de trabajo, su nuevo lugar, y se empezó a encontrar mal de repente, en diez años que llevaba trabajando nunca le habia pasado nada igual. Pero aquel día, de tanta comida basura que había consumido en las últimas semanas, su estómago se debió rendir. Héctor se encontraba trabajando pero en cuanto escuchó la voz de su chica en ese estado, no dudó en coger el coche y salir corriendo a buscarla. Un hecho sencillo, simple y sin nada especial sino fuese porque un par de días más tarde perdería su puesto por ello. Se quedaba aumentando la larga lista que en aquella época preocupaba a todo el país.
Verónica se sentía culpable de su desgracia, él lo había dejado todo por ella... Pero ella ni siquiera era capaz de quererle un poco. Mientras él pasaba las horas sentado en el ordenador buscando lugares donde rellenar formularios para obtener un trabajo, ella seguía con su vida sin querer pensar en la pena que él sentía. Sería aquella tarde mientras ocupaba el baño de la casa cuando decidiese que aquello debía terminar ahí.
La joven se marchó tras los gritos de él, y Hector no volvería a saber de ella hasta unos días más tarde cuando ya no le quedaba más remedio que acudir a la casa para lavar la ropa. Aquel día hablaron, se dijeron todo como debía ser, con calma, tranquilidad... Pero no había vuelta atrás, ella no sentía nada, sino pena por haberle llevado a eso. Y él lo sabía utilizándolo inconscientemente a su favor.
Durante aquel tiempo él insistía en una oportunidad pero nunca la tendría. Verónica había comenzado a hacer su vida por otro lugar, por otros derroteros. Llenándola de gente positiva, de personas que al menos le hacían olvidar todo lo acontecido, almas que se empeñaban en devolverle la paz que ellos creían que necesitaba pero ella sabía que no, que no era así, no necesitaba a nadie para estar en calma, y tampoco quería estar así. Le bastaba con vivir sin pensar.
Unos meses despues... Una noche calurosa de otoño ya, recibiría aquella llamada... Aquella que le diría que Andrés se había marchado para siempre con un "te odiaré el resto de mi vida", que aquella curva, el acohol, la velocidad y su moto le quitarían de golpe lo que tanto había ido buscando perder. La vida. Verónica en aquel momento solo pudo sentir el enfado de saber que, ni así, le dejaría hacer su vida. Ella quería vivir en su mundo, en el globo en que se había montado desde que vió aquella sonrisa, no quería más recuerdos, ni buenos, ni malos, quería su aire, quería sonreir. Solo sonreir para aquel que había empezado a hacerla sentir por una vez, mujer de verdad. Pero el eco de Andrés lo rompió todo en un momento.
Semanas más tarde reuniría el coraje suficiente para ir a corroborar lo que tanto le costaba creer. Allí tras el mármol frío se encontraba lo que quedaba de sus sueños rotos. Una inscripción con su nombre, una corona con "tu amiga, tu leal confidente, tu hija, te echa de menos." Verónica supuso que sería de Tamara, cogió el teléfono en aquel momento, lo miró una y otra vez, rebuscó en su agenda. Tenía abierto justo por su nombre, llamarla o no... Qué hacer, qué decirla si les había fallado a ambos. Si no pudo conseguir que él dejase aquel veneno que le mataría más tarde o más temprano. Un tono...dos tonos...
- ¡Vero, vete a la mierda, no quiero saber nada de ti, eres lo peor que nos ha podido pasar, lo peor, nos has jodido la vida, olvídame!- Apenas pudo ni decir hola, Tamara entre sollozos y gritos la echaba de su vida para siempre. Mientras quedaba en ella la culpa de pensar que así podía ser, que era cierto... Que solo pasaba por la vida de los demás para ir dejándolas destrozadas... Andrés, Tamara, Héctor... Y los que quedarían...
A raíz de aquello quería desaparecer de todas las vidas que había ido ocupando, no quería continuar traspasando toda aquella suerte a nadie. Quería estar sola, pero ahora de verdad. Sola. Sin que nadie consiguiese un poco de su cariño para no terminar estropeando nada, ella sabía que era demasiado cobarde para quitarse del medio, por eso quería huir de todos. Pero había alguien de quién no podía hacerlo... De una persona que sin saber, sin juzgar, solo jugando a la libertad, consiguió devolverle un poco de esa esperanza perdida... Nunca preguntó, quizá porque para el juego al que ambos habían entrado no se requería tener nigún tipo de información, solamente las ganas de sentirse vivos y nada más. Pocas eran las veces que hablaban de algo que no les concerniese a ellos expresamente, pero cuando lo hacían, conseguían lo que necesitaban, unos oidos que escuchasen sin plantear dudas, ni preguntas ni ruegos por ninguna de las partes...
Solo él conseguiría la sonrisa sincera, el olvido completo y la evasión a un mundo lleno de artificios y colores...
jueves, 1 de diciembre de 2011
Parte 11
La vida ahora pasaba en otros brazos, en aquellos donde había ido buscando el amor de su vida, pero como se suele decir... no busques porque encontrarás lo contrario.
Simulaban una vida normal de jóvenes llenos de ilusiones, con proyectos a largo plazo. Aunque realmente la ilusión solo habitaba en él. Verónica andaba como un fantasma de un lado a otro. Continuaba con todos aquellos problemas familiares que enturbiaban sus ojos, tenía que seguir con aquel papel de madurez, soberbia y fuerza para transmitirla a los corazones ajenos, a aquellos que por diversos motivos comenzaban a ser más débiles. Donde ella estaba no solían existir las penas y si lo hacían, ella se encargaba en un momento de borrarlas con un desaire o una broma de humor inglés.
En pocos meses su estado emocional se había ido estabilizando, no así su vida exterior, todo la agobiaba, todo le suponía un esfuerzo sobrenatural, empezó a tener una ansiedad que nunca había existido, en público simulaba que eran desvanecimientos de cansancio, pero en la soledad de su habitación se ahogaba, asomaba la cabeza a la ventana con la intención de respirar pero no era suficiente. Le empezaban a fallar las fuerzas.
Junto a Héctor recorrió media España tras escapadas de fin de semana que les sacaran un poco de toda aquella rutina que no les dejaba tener ni un momento de intimidad. Los teléfonos de ella no paraban de sonar, sino era un amigo con lágrimas de cocodrilo en busca de un rato nocturno, era un compañero con algún problema de escasa importancia profesional y sino algún familiar informando sobre las evoluciones de aquella enfermedad. Él comenzaba a estar harto de no adquirir el protagonismo que creía merecer. Los celos encendían sus ojos en furia, pensando que cualquiera que la llamase podría ser él, aquel que en su día se la robó, a ella y a la alegría que la morena tenía por vivir.
Un fin de semana el chico pensó que sería bonito llevarla a encontrarse con lo que a Verónica tanto le gustaba respirar, el aire puro de la montaña. Fue en su busca a la hora de comer del último día de semana, le llevaba una mochila con cuatro complementos y recambio para poder andar libremente por allí.
- Monta en el coche bonita, que nos vamos. - Con toda su alegría contagiosa, una sonrisa cegadora la cogió de la cintura plasmando un beso en sus labios, de los que te dejan sin respiración de repente.
- Pero... ¿dónde vamos? Héctor que no puedo, que tengo que estar esta noche en el Pub y mañana he quedado con una compañera para resolver...- Quedó interrumpida de repente por la mano del chaval.
- Me da igual todo lo que tengas pendiente, ahora vamos a ser tu y yo, sin teléfonos ni nada, así que apágalos. Tu familia ya tiene mi teléfono por si ocurre algo grave, que nos llamen, así que anda morena, apágalos, por favor...- Suplicaba a la vez que ponía aquella carita de inocencia y con la que conseguía todo lo que se proponía.
Verónica actuó tal como él le decía, se lo merecía, tanto él como ella. Se dejó llevar quedándose dormida en el asiento del copiloto. Cuando abrió los ojos ya había anochecido y, según él, quedaban escasos metros para llegar al lugar. Ella no veía nada, estaba todo muy oscuro, no había luces por ningun lado, solo naturaleza, árboles con formas extrañas, muy altos y frondosos. Bajó la ventanilla y respiraba aire puro, limpio, con aquel perfume húmedo y fresco que caracterizaba a todos aquellos lugares alejados de contaminación y civilización. A él apenas le miraba a la cara, sentía vergüenza de hacerlo, pocas veces le miraba a los ojos ya que no buscaba los suyos y lo sabían. Casi siempre que hablaban miraban al frente o cualquier punto que no fueran las caras. Héctor prefería pensar que era por el grado de cariño que había entre ambos, que no les hacía falta porque había la confianza suficiente... Pero no era así.
Al llegar, bajaron del vehículo, andaron unos metros por un camino lleno de hojas caídas y mojadas por las heladas nocturnas, el muchacho sacó unas llaves y procedió a abrir la puerta a aquella vieja casa. Desde fuera el encanto de aquel lugar no tenía precio, un paisaje increíble en lo alto de un pequeño valle, piedras enormes rodeando el patio trasero, hierba, raíces de maleza... Era todo lo que ella necesitaba para sonreir. Cuando iba entrando veía aquella decoración entre clásica y moderna, el suelo era de madera oscura, al estilo de los parquets de los años ochenta, brillante y crujiente a los pasos, una chimenea al fondo con un sofá muy acogedor de color marrón, en cuero antiguo, el olor de aquel lugar era único, como a polvo acumulado mezclado con limón, a sus espaldas dejaban una pequeña cocina que contenía lo justo para una cena precocinada, un par de sillas y una mesita pequeña que, para ambos, sobraba. Sobre la mesa, un mantel rojo, una vela y dos copas.
- ¿Hambre o... directamente pasamos al vino?- Preguntó Héctor a la vez que sacaba una botella de la pequeña maleta que cargaba.
Verónica solo supo sonreir, se dirigió a la chimenea, le encantaba el fuego controlado, sentarse y observar cómo se consumían aquellas piezas de madera cortadas por cualquier hombre fornido. Podría pasar horas y horas mirando sin hacer más, sin pensar en nada, sólo mirarlo. Prendió una hoja de periódico preparada a uno de los lados para la ocasión, y dejó que comenzara a nacer la llama. Se arrodilló frente a ella y se cruzó de brazos esperando que llegase la chispa que encedía el resto de los maderos. El chico desde la barra que había en la cocina la observaba con un gesto de preocupación, de querer saber qué estaba pasando por su cabeza. Decidió dejar los pensamientos a un lado y colocarse tras ella.
Comenzó a acariciar su espalda en forma de masaje, ella cerró los ojos dejándose llevar a donde sus manos quisieran. Sentir aquellas caricias fuertes y ardientes en sus hombros a la vez que le despojaba de la chaqueta de lana que cubría su piel. Él quiso dar un paso más, acercando sus labios al cuello de la joven, ésta se giró a su encuentro cuando al abrir los ojos... No era él. No. Directamente se sentó con las piernas cruzadas rompiendo la magia del momento, borrando ambas sonrisas.
- ¿Qué ha pasado? ¿Otra vez él? Vero... yo ya no sé qué hacer para que... - Intentaba explicar el pobre chico.
- Héctor, el problema no eres tú, el problema soy yo. No me siento capaz, no soy la que era y lo sabes, no puedo despertar de aquella pesadilla. Tú eres mi amigo fiel, leal, la persona que incendiaría la casa blanca por mi sonrisa pero... Yo no puedo. No son el estrés, ni el trabajo, ni mi familia como te hago pensar, soy yo. No nace nada de mi. Estoy vacía, le dí todo y no me queda nada para tí. Pero ni para tí, ni para mí, ni para nadie. Solo dame tiempo, déjame respirar... Espacio, por favor, espacio. Pero eso no significa que no valore lo que haces por mi... - Intentaba explicar de alguna manera que no resultase ofensiva, queriendo dejarle claro el inmenso aprecio que le guardaba.
Aquella noche, ella quedó allí en su silencio, él se sentó tras ella acompañándola en ese silencio, sin tocarla, sin acercarse a menos de un metro, aún deseándolo con todas sus fuerzas. Pensaba que la mejor manera de mostrarle lo mucho que la quería era darle lo que pedía. Horas despues cayó rendido por el calor y el sueño, allí apoyando la cabeza en el filo del sofá. Verónica le tapó con una de las mantas que había en la habitación, cogió su abrigo y salió a caminar bajo la lluvia en la oscuridad de la madrugada y el bosque, mojando su pelo, limpiando su alma en gotas heladas, ya que las lágrimas salían ya a cuentagotas... Al llegar a la mitad del camino, casi a un kilómetro de la casa, sus piernas flojeaban, le dolía medio cuerpo y dió un grito de rabia que necesitaba pegar desde hacía meses, desde que la voz desgarrada había cubierto su garganta. Su gente pensaba que era un resfriado crónico que le había quedado pero, no... Era la impotencia, el dolor, la tristeza, la pena... todo se acumulaba en su voz cuando algo, que no era físico, le dolía.
Desde aquel punto sus piernas comenzaron a ir más deprisa, a correr, a luchar por llegar a la cabaña y poder besar a aquel que tanto lo merecía, a aquel que le hacía sentirse como una princesa y no como una más. Fue tan deprisa que la respiración parecía acabársele y en lugar de un suspiro salían pequeños gemidos de su boca, llegó al salón donde le había dejado dormido, allí seguía en la misma posición, se sentó sobre sus muslos despertándole de un sobresalto y le besó con toda la pasión que fue capaz de derrochar, cerrando los ojos para que su cara no rompiese aquel momento, no por nada, sino porque no era la que ella imaginaba. Se formó en aquel momento una laguna en su mente donde ahogar el recuerdo de Andrés, donde él estaba muerto para ella, para renacer al alma viva y sonriente de años atrás.
Héctor recibió encantado esa muestra de deseo que no sentía que le correspondiese pero tanto buscaba él desde meses atrás. Al alba cayeron rendidos bajo aquella manta y sobre el frío suelo del alma confundida. La sonrisa de él no tenía descripción posible, ella dormía plácidamente sin pesadillas, sintiendo el abrigo de aquellos brazos protectores... Desde aquel momento dejaba paso al tiempo, a la vida y sus controversias, sus alegrías y sus preocupaciones... Dando lugar al sentir.
Simulaban una vida normal de jóvenes llenos de ilusiones, con proyectos a largo plazo. Aunque realmente la ilusión solo habitaba en él. Verónica andaba como un fantasma de un lado a otro. Continuaba con todos aquellos problemas familiares que enturbiaban sus ojos, tenía que seguir con aquel papel de madurez, soberbia y fuerza para transmitirla a los corazones ajenos, a aquellos que por diversos motivos comenzaban a ser más débiles. Donde ella estaba no solían existir las penas y si lo hacían, ella se encargaba en un momento de borrarlas con un desaire o una broma de humor inglés.
En pocos meses su estado emocional se había ido estabilizando, no así su vida exterior, todo la agobiaba, todo le suponía un esfuerzo sobrenatural, empezó a tener una ansiedad que nunca había existido, en público simulaba que eran desvanecimientos de cansancio, pero en la soledad de su habitación se ahogaba, asomaba la cabeza a la ventana con la intención de respirar pero no era suficiente. Le empezaban a fallar las fuerzas.
Junto a Héctor recorrió media España tras escapadas de fin de semana que les sacaran un poco de toda aquella rutina que no les dejaba tener ni un momento de intimidad. Los teléfonos de ella no paraban de sonar, sino era un amigo con lágrimas de cocodrilo en busca de un rato nocturno, era un compañero con algún problema de escasa importancia profesional y sino algún familiar informando sobre las evoluciones de aquella enfermedad. Él comenzaba a estar harto de no adquirir el protagonismo que creía merecer. Los celos encendían sus ojos en furia, pensando que cualquiera que la llamase podría ser él, aquel que en su día se la robó, a ella y a la alegría que la morena tenía por vivir.
Un fin de semana el chico pensó que sería bonito llevarla a encontrarse con lo que a Verónica tanto le gustaba respirar, el aire puro de la montaña. Fue en su busca a la hora de comer del último día de semana, le llevaba una mochila con cuatro complementos y recambio para poder andar libremente por allí.
- Monta en el coche bonita, que nos vamos. - Con toda su alegría contagiosa, una sonrisa cegadora la cogió de la cintura plasmando un beso en sus labios, de los que te dejan sin respiración de repente.
- Pero... ¿dónde vamos? Héctor que no puedo, que tengo que estar esta noche en el Pub y mañana he quedado con una compañera para resolver...- Quedó interrumpida de repente por la mano del chaval.
- Me da igual todo lo que tengas pendiente, ahora vamos a ser tu y yo, sin teléfonos ni nada, así que apágalos. Tu familia ya tiene mi teléfono por si ocurre algo grave, que nos llamen, así que anda morena, apágalos, por favor...- Suplicaba a la vez que ponía aquella carita de inocencia y con la que conseguía todo lo que se proponía.
Verónica actuó tal como él le decía, se lo merecía, tanto él como ella. Se dejó llevar quedándose dormida en el asiento del copiloto. Cuando abrió los ojos ya había anochecido y, según él, quedaban escasos metros para llegar al lugar. Ella no veía nada, estaba todo muy oscuro, no había luces por ningun lado, solo naturaleza, árboles con formas extrañas, muy altos y frondosos. Bajó la ventanilla y respiraba aire puro, limpio, con aquel perfume húmedo y fresco que caracterizaba a todos aquellos lugares alejados de contaminación y civilización. A él apenas le miraba a la cara, sentía vergüenza de hacerlo, pocas veces le miraba a los ojos ya que no buscaba los suyos y lo sabían. Casi siempre que hablaban miraban al frente o cualquier punto que no fueran las caras. Héctor prefería pensar que era por el grado de cariño que había entre ambos, que no les hacía falta porque había la confianza suficiente... Pero no era así.
Al llegar, bajaron del vehículo, andaron unos metros por un camino lleno de hojas caídas y mojadas por las heladas nocturnas, el muchacho sacó unas llaves y procedió a abrir la puerta a aquella vieja casa. Desde fuera el encanto de aquel lugar no tenía precio, un paisaje increíble en lo alto de un pequeño valle, piedras enormes rodeando el patio trasero, hierba, raíces de maleza... Era todo lo que ella necesitaba para sonreir. Cuando iba entrando veía aquella decoración entre clásica y moderna, el suelo era de madera oscura, al estilo de los parquets de los años ochenta, brillante y crujiente a los pasos, una chimenea al fondo con un sofá muy acogedor de color marrón, en cuero antiguo, el olor de aquel lugar era único, como a polvo acumulado mezclado con limón, a sus espaldas dejaban una pequeña cocina que contenía lo justo para una cena precocinada, un par de sillas y una mesita pequeña que, para ambos, sobraba. Sobre la mesa, un mantel rojo, una vela y dos copas.
- ¿Hambre o... directamente pasamos al vino?- Preguntó Héctor a la vez que sacaba una botella de la pequeña maleta que cargaba.
Verónica solo supo sonreir, se dirigió a la chimenea, le encantaba el fuego controlado, sentarse y observar cómo se consumían aquellas piezas de madera cortadas por cualquier hombre fornido. Podría pasar horas y horas mirando sin hacer más, sin pensar en nada, sólo mirarlo. Prendió una hoja de periódico preparada a uno de los lados para la ocasión, y dejó que comenzara a nacer la llama. Se arrodilló frente a ella y se cruzó de brazos esperando que llegase la chispa que encedía el resto de los maderos. El chico desde la barra que había en la cocina la observaba con un gesto de preocupación, de querer saber qué estaba pasando por su cabeza. Decidió dejar los pensamientos a un lado y colocarse tras ella.
Comenzó a acariciar su espalda en forma de masaje, ella cerró los ojos dejándose llevar a donde sus manos quisieran. Sentir aquellas caricias fuertes y ardientes en sus hombros a la vez que le despojaba de la chaqueta de lana que cubría su piel. Él quiso dar un paso más, acercando sus labios al cuello de la joven, ésta se giró a su encuentro cuando al abrir los ojos... No era él. No. Directamente se sentó con las piernas cruzadas rompiendo la magia del momento, borrando ambas sonrisas.
- ¿Qué ha pasado? ¿Otra vez él? Vero... yo ya no sé qué hacer para que... - Intentaba explicar el pobre chico.
- Héctor, el problema no eres tú, el problema soy yo. No me siento capaz, no soy la que era y lo sabes, no puedo despertar de aquella pesadilla. Tú eres mi amigo fiel, leal, la persona que incendiaría la casa blanca por mi sonrisa pero... Yo no puedo. No son el estrés, ni el trabajo, ni mi familia como te hago pensar, soy yo. No nace nada de mi. Estoy vacía, le dí todo y no me queda nada para tí. Pero ni para tí, ni para mí, ni para nadie. Solo dame tiempo, déjame respirar... Espacio, por favor, espacio. Pero eso no significa que no valore lo que haces por mi... - Intentaba explicar de alguna manera que no resultase ofensiva, queriendo dejarle claro el inmenso aprecio que le guardaba.
Aquella noche, ella quedó allí en su silencio, él se sentó tras ella acompañándola en ese silencio, sin tocarla, sin acercarse a menos de un metro, aún deseándolo con todas sus fuerzas. Pensaba que la mejor manera de mostrarle lo mucho que la quería era darle lo que pedía. Horas despues cayó rendido por el calor y el sueño, allí apoyando la cabeza en el filo del sofá. Verónica le tapó con una de las mantas que había en la habitación, cogió su abrigo y salió a caminar bajo la lluvia en la oscuridad de la madrugada y el bosque, mojando su pelo, limpiando su alma en gotas heladas, ya que las lágrimas salían ya a cuentagotas... Al llegar a la mitad del camino, casi a un kilómetro de la casa, sus piernas flojeaban, le dolía medio cuerpo y dió un grito de rabia que necesitaba pegar desde hacía meses, desde que la voz desgarrada había cubierto su garganta. Su gente pensaba que era un resfriado crónico que le había quedado pero, no... Era la impotencia, el dolor, la tristeza, la pena... todo se acumulaba en su voz cuando algo, que no era físico, le dolía.
Desde aquel punto sus piernas comenzaron a ir más deprisa, a correr, a luchar por llegar a la cabaña y poder besar a aquel que tanto lo merecía, a aquel que le hacía sentirse como una princesa y no como una más. Fue tan deprisa que la respiración parecía acabársele y en lugar de un suspiro salían pequeños gemidos de su boca, llegó al salón donde le había dejado dormido, allí seguía en la misma posición, se sentó sobre sus muslos despertándole de un sobresalto y le besó con toda la pasión que fue capaz de derrochar, cerrando los ojos para que su cara no rompiese aquel momento, no por nada, sino porque no era la que ella imaginaba. Se formó en aquel momento una laguna en su mente donde ahogar el recuerdo de Andrés, donde él estaba muerto para ella, para renacer al alma viva y sonriente de años atrás.
Héctor recibió encantado esa muestra de deseo que no sentía que le correspondiese pero tanto buscaba él desde meses atrás. Al alba cayeron rendidos bajo aquella manta y sobre el frío suelo del alma confundida. La sonrisa de él no tenía descripción posible, ella dormía plácidamente sin pesadillas, sintiendo el abrigo de aquellos brazos protectores... Desde aquel momento dejaba paso al tiempo, a la vida y sus controversias, sus alegrías y sus preocupaciones... Dando lugar al sentir.
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