jueves, 17 de noviembre de 2011

Parte 4

El rocío de la mañana humedecía sus labios mientras caminaba hacia aquel lugar, con su mochila al hombro, pensando en sus mil tonterías y sobre todo en la amargura que le rodeaba en aquel puesto de trabajo. Se sentía tan inútil allí. Verónica no soportaba la idea de estar tantísimas horas mirando el reloj, las agujas parecían no moverse, sobre todo las primeras horas, eran las peores del día. Pero aquel día era peor… Aquel día era en el que pasaba de mujercita a mujer… Veinticinco años caían sobre su espalda ya, para muchos aún una niña, pero para ella era ya una mujer con mucho recorrido, lastimoso y triste, aunque no lo mostrase. Había vivido casi de todo lo que se podría vivir, que a una mujer entre cien le puede pasar un suceso como los que le habían pasado a ella, pero quizá solamente uno, a ella le habían pasado todos pecando de inocencia y de la ansiedad por sentirse querida.

Aquel día decidió llevar unos dulces para provocar las felicitaciones aunque fuesen por compromiso, necesitaba sentirse un poco importante, al menos ese día. Los cumpleaños nunca fueron motivo de celebración para ella, aún así la gente se empeñaba en felicitarla todos los años, pero desde hacía un par de ellos nadie se acordaba ya de ella, había conseguido lo que tanto buscaba, la sombra. Pero en esta ocasión sentía la obligación de llamar la atención de alguna manera.

Mientras pasaban compañeros por aquella habitación de paredes blanco neutro, con tanta iluminación artificial como falta de oxígeno, pocos eran los que, aún viendo allí aquel detalle, reparaban en que quizá había un motivo especial que celebrar.

Tras el ojo de buey, aquel chico moreno, el nuevo, el que nadie hablaba aún porque se estaba adaptando y, para variar, todos decían que no encajaría. Un chaval tan tímido como cauto en sus actos y palabras.

- Perdona, estos pasteles… ¿son por algo?- Preguntaba Miguel con toda la precaución que era capaz, para él, Verónica no era más que la chica morena con cara de estúpida que era inalcanzable, inaccesible. Cuando ella giró la cabeza sorprendida porque fuese él, precisamente él quien lo preguntase. El chico se quedó callado, comenzó a notar un calor extraño que le subía hacia las mejillas sonrojándolas instantáneamente.

- Sí, es mi cumpleaños, nada que festejar, pero me apetecía comer guarrerías y la mejor excusa era compartirlas con vosotros, je. - Intentaba dar una explicación fría y absurda para que nadie reconociese el grado de tristeza que había en su solitaria vida. Pero la felicitación que buscaba no llegaba.

Miguel sonrió ante tal gesto de apatía de aquella chica, algo que no le había sorprendido para nada, pues la imagen que él se había creado de ella, era esa. La de una chica altiva, soberbia, como un muro impenetrable. Pero al conseguir una pequeña frase de ella, consiguió desmontar todo lo que le daba miedo afrontar. Comenzó a caminar clandestinamente por su forma de ser, buscando los por qués a su actitud, imaginó que la vida no la habría tratado del modo que debiera y por eso actuaba así, con aquella coraza que le protegía del bien y del mal, haciendo que no sintiese nada, ni lástima por ella misma.

Sin embargo el resto de los compañeros no opinaban como él sino que, debido a su seriedad en el trabajo y a las responsabilidades que le ataban a no perderlo, pensaban que era la típica persona que no dudaba en pisar una u otra cabeza para mantenerse erguida. Consiguiendo así que ella se hiciese aún más impermeable a todo lo que dijesen o pensasen. Resbalándole por encima como si estuviese cubierta de aceite. Pero Miguel decidió hacer caso omiso a todo lo que le contaban y a lo que ella se empeñaba en mostrar, haciéndose día a día un hueco en su mente.

“Si hasta ahora nadie se ha molestado en conocerme, ¿por qué este chaval decide que soy su reto? No lo entiendo, debo estar perdiendo facultades. Nadie puede entrar en mi vida, nadie. Apréndetelo morena, que sino te vas a ver mal…” se decía a si misma con cada gesto de él, con cada intento de cita, con cada sms al móvil… Tanta insistencia ya le ponía los pelos de punta y decidió darle su oportunidad, intentando mostrarle que era lo que todos pensaban y no lo que él quería ver, que se estaba equivocando de persona. Pero en medio de la cena, Miguel que era poco hablador…

- A ver Verónica, sé que tu máscara de hierro es forzada, que el dolor que has debido soportar ha tenido que ser inigualable para que una chica con veinticinco años decida estar sola el resto de su vida, pero créeme que no todo el mundo es igual. Poco me importa si el daño lo hizo un hombre, una mujer, un padre, una madre… me da igual. Simplemente has de vivir, estás condenada a ello aunque no quieras, porque no vas a tener el valor de quitarte del medio, sino ya lo habrías hecho. Así que decide tú si quieres vivir esa condena amargada o sonriendo. Yo te acompaño decidas lo que decidas ¿te parece? - Ella se quedó desbordada por un momento, el chico mudo, el tímido… Le estaba enseñando que podría tener razón en todo lo que estaba diciendo. Que quizá no mereciese la pena vivir huyendo de la felicidad si ella venía en su busca. Respondió con una sencilla sonrisa y una caricia en la mano. Aquel momento fue tan bonito como memorable.

Aquella noche lo que menos esperaba era la llamada… La que nunca fallaba, pero un par de años atrás había dejado de hacerlo. En la pantalla del móvil un nombre… Andrés. Sin dudarlo dejó sonar aquella absurda melodía que le había puesto para reconocerle, no contestó. Pensó que sería mejor así.



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