Ilusión, algo que reclamaban sus cuerpos, sus ojos, sus mentes... A gritos pedían algo que les hiciera salir de aquella borrasca en que se habían metido sin saber cómo ni por qué.
Tardes de paseos por diversos rincones de la ciudad, por dónde ella se perdía buscando su tranquilidad para llevarla donde la necesitaban. Se sentaba en cualquier portal, mientras caía el agua por su cabeza, por su cuerpo, le limpiaba la mente y la cara. Observaba desde su silencio y con sus cascos pegados a las orejas, recorriendo todas aquellas letras que le traían recuerdos bellos, el calor de sus abrazos, su aliento pegado a su cuello. Tomó la dirección de la calle que fue testigo de su locura y su alegría, de sus risas nerviosas y espontáneas. Se apoyó en uno de esos pivotes de hierro que decoraban la ciudad a modo de escudo anti-aparcamiento y, como si de una película se tratase, allí se vió, acorralada por los besos del hombre que más había conseguido atizar su alma, como dos niños en pleno estado de enamoramiento. Entonces vinieron todas aquellas frases de unos y otros, las de "son ilusiones", las de "él te quiere", las de "nunca saldrá bien".... Todas juntas formando un barullo que hacía perder aquella preciosa visión. De pronto su reproductor quiso que sonase aquella canción, esa que, sin saber si así era, le decía cosas que no salían de su boca pero sí de su mirada cuando se veían... Agachó su cabeza sobre sus rodillas, apretó sus dos manos contra su sien, en un intento por borrar todo aquello, por resetear la tarjeta de memoria que conformaba su cerebro y su sangre. Respiró hondo y continuó caminando hacia su coche, aparcado en el mismo sitio que aquella noche, casualmente.
Camino a su lugar, recordaba su cara con su "no corras", pero tambien recordaba todo aquello que le hacia huir muchas veces del mundo, de su mundo, de él. Imaginando el resto de la circulación como piedras contra las que estallarse, pero ellos no tenían la culpa. Los esquivaba a una velocidad que nunca había cogido estando sobria. Como si fuese un videojuego de carreras, corría en zig zag, provocando que los claxones fuesen lo más sonado en aquel momento. Ni el top ten de la radio sonaba tanto. Llegó a su destino, viendo aquella armería con años de antigüedad y recordó... Entró, miró y lo cogió sin más. Quería estrenarlo con él. En el pequeño apartado que se reservaba para él. El lugar que le hacía sentirse como quería. Su nube a parte de todo. Un motivo de ilusión, de ganas, de cocodrilos en el estómago, de ver su mirada temerosa por ver cómo se encontraba ella, su sonrisa de niño nervioso que busca el perdón, sus manos inquietas intentando encontrar el sitio donde posarse sin mover sus dedos, los nervios que no mostraba al exterior pero que Verónica sentía en su interior.
Al día siguiente recibiría noticias de él, cambiando su rostro por completo. Su actitud fue agitándose por momentos. Ese día estaba comiendo junto a uno de sus amigos, de esos que no se podían sacar en foto, de esos que ella escondía en su móvil, su mente y su corazón. De aquellos innombrables.
- Uy... ¿Qué ha pasado?¿Y esos ojos que acabas de poner?.- Preguntaba aquel amigo que sabía perfectamente de lo que hablaba.
- Ya ves, sobra con un JA JA y cuatro caritas graciosas para que mi cuerpo se revolucione a mil por hora, unido al medio litro de vino que me has plantado en la copa...- Se reía entre nerviosa e incómoda.
- Bueno, yo me consuelo con que toda esta panda de sosos que tenemos alrededor piensen que sonríes así por mi y que somos el único par de personas felices que hay aquí dentro, ¿has visto a esos?, llevamos aquí una hora y aún no les he visto ni mirarse, bueno sí, para cambiarse a la niña de brazos. Puedo entender ciertas cosas pero lo que no me entra en la cabeza es, si no te apetece venir aquí... ¿para qué vienes?, quédate en casa, cada uno en una habitación y listo... Es increíble.- Explicaba él al ver todas las mesas que les rodeaban llenas de gente que miraban a las paredes, o miraban a las otras mesas y, mientras, ella se reía y seguía riendo.
- Bueno corazón, ellos tambien pueden pensar que para que yo sea feliz has tenido que emborracharme y llegarme un mensaje al movil, así que... quítate ese consuelo de la cabeza, que puede ser peor el remedio que la enfermedad.- Le cortaba tajantemente y se reía a carcajada limpia viendo la reacción de su amigo.
Salieron de aquel lugar con intención de dar un paseo por una de las calles más céntricas de Madrid pero él, que conocía a media ciudad, decidió que ya se había acabado el paseo porque no paraba de girar la cabeza a un lado y a otro. Se dirigieron a casa.
Una vez allí, sentados en el sofá de tres plazas y polipiel que inundaba el salón, Verónica se quitó los zapatos, posó sus piernas en uno de los reposabrazos y su cabeza en las piernas de él mientras sujetaba su copa de Absolut y su cigarro. Sus manos empezaban a corretear por su pelo. Sonaba el timbre y ella pensaba "¡Quién osa irrumpir este mar en calma!" cuando cinco minutos despues descubrió que eran sus peores enemigos, "mujeres". De estar en tranquilidad pasaron al algarabío y el júbilo, supuestamente. Ella optó por retirarse a una de las habitaciones escudándose en un falso dolor de cabeza. Durmió.
Al girar su cabeza se encontraba con una espalda, un pelo rizado y castaño, un calor que parecía proveniente de cualquier radiador. Pero no era. No. No era. Giró su cuerpo a la vez que se levantaba. Él la cogió del brazo y la tumbó a su lado.
- Sabes que amas, sabes que deseas, sabes todo lo que sabes y aún así... Siempre fuiste un alma libre que volaba en libertad, no lo ates, déjalo volar. Sigue siendo quien eras.- Le decía con la intención que siempre había tenido con ella y que no era la de un simple amigo.
- Mira, pues por cosas como estas, amo, deseo y quiero seguir siendo esclava de mi alma, al menos hasta que a mi me de la gana y no seais ni tu, ni veinte, los que me lo digais. De verdad... Lo que haceis por un puto polvo... Vete a la mierda.- Cogió su chaqueta, sus llaves y se marchó. Tenía que pasar por el trabajo a por unas cosas y aprovecharía el momento.
De camino... Solo se le ocurría pensar en qué mundo vivía, por qué todo el mundo era como era, por qué nadie podía ser sin interés, simple. Ser y nada más. ¿Siempre tenía que haber algo en medio?...
Cada día se sentía más lejos de la humanidad y más cerca de la soledad, odiaba al ser humano por el simple hecho de hablar, porque no pensaban, solo hablaban sin dar sentido ni a una sola de sus palabras...
Se dejaba volar al mundo en que sus almas gemelas se encontraban... Sin más... Su refugio... Y su felicidad.
domingo, 30 de septiembre de 2012
viernes, 28 de septiembre de 2012
Parte 45
Tras aquella lluvia del alma y el cielo, Angel sentía todo el agradecimiento del mundo a aquella muchacha. Ella decidió olvidar sus sentimientos para poder estabilizar un poco todos aquellos cortocircuitos que ahogaban al hombre en una pecera de un sólo pez. Prefirió dejarle volar con sus palabras, sus sentimientos, sus pensamientos para que nadase al menos en un sitio más amplio.
Todo aquello ya le había sucedido a ella en la época en que Andrés aparecía en su vida. Para ella no era fácil pues suponía enfrentarse a diversas contradicciones morales, por ese motivo quería ser un poco más radical y ser una cosa u otra, pero no las dos juntas, porque tenía que usar toda su objetividad dejando a un lado el corazón ardiente que estuvo a punto de estallar o, arder en pasión y amor sin consentir que las bocas se abrieran nada más que para leerse los labios con el tacto del otro, pero en esta ocasión había comprendido todo, desde la madurez que le habían dado los golpes, desde la mujer que había dejado de ser por conseguir la sonrisa de esa persona, esta vez no estaba solo. Quería estar, que él se sintiera con aquella seguridad de no ver sólo un túnel. Primero, por agradecimiento a todo lo que él le había dado, que no había sido poco, pero despues por aquella confianza, complicidad, amistad que les unía desde el principio. La amistad era algo que nunca podría negarle porque se formaron de ella. Sin mezclar unas cosas con otras, ella pensaba que las únicas "relaciones" que funcionaban eran esas, las sólidas. Y esa fortaleza no se conseguía con silencios sino con tardes de largas conversaciones, con noches de risas y mañanas de ilusión, lágrimas derramadas, abrazos sentidos, apoyo y atención.
Aquella mañana despertaría con una sonrisa por y para él. Con aquel mensaje "Ilumina el día con el resplandor de tus ojos al abrirlos. Porque sin ellos el día será triste y gris." Al leerlo, miró la hora de llegada del mismo y pensó para sí misma ciertas cosas que prefería callar pero que le pintaban el día otoñal de un color diferente y más vivo. Le mandó una sonrisa y un beso, a su pregunta, ella respondió que sí, pero se calló aquello de... "sin tu sonrisa el sol no saldría ni en pleno quince de agosto...".
Angel se encontraba en aquel punto en que Verónica optó por la comodidad cuando conoció a Andrés. Era mucho más joven y aún tenía tiempo de rectificar y volar si fuese necesario. Él se encontraba en otra edad, en otros pensamientos, en los de ver cómo se van al traste todos tus deseos, tus ilusiones, tus inquietudes por un sacrificio que no sabía si le merecía la pena. Posiblemente eran muchos años, demasiados, viendose en un lugar que no era para él, en que se sentía desplazado sutilmente, pero que él había elegido, nadie le obligó. El mismo escogió devolver algo que no debía a nadie, porque nada le dieron. No había sentido nada más especial que agradecimiento hacia la que fuera su "condena". Cuando le contó a Verónica su pequeño principio de historia, se dió cuenta que él no se había enamorado nunca, que solamente seguía el curso que la vida le había ido marcando. Que los "tengo que" habían sido los protagonistas de su vida, más que los "quiero hacer". Posiblemente, el problema se enraizase en que la otra parte sabía cómo ir mostrándole que debía agradecer todo lo que recibía, o quizá eso él ya lo llevase en su educación y se utilizase como arma arrojadiza contra él. Por eso la chica no quería que le agradeciese nada, ni que pensase que le debía nada, porque nadie debe nada a nadie. Cada uno debía ser consciente de sus limitaciones, de sus maneras, de su ser. Y ser sin más, sin tener que pensar en que uno merece o deja de merecer. No hay cadenas que nos aten sino pensamientos y falsas morales que nos inculcan desde que nacemos.
A la única persona que alguien se debe, es a sí mismo, y a lo que forme parte de él, nada más. De aquello quería convencerle, pero no sabía cómo hacerlo sin que su doble moral la traicionase. Cuando dos personas están a veinte centímetros físicos y años luz de sus almas... No había nada que hacer. Posiblemente él fuese el culpable, posiblemente no. Aquello se dividía al cincuenta por ciento. Tanta culpa era de los silencios del uno, como de las ordenes que volaban por aquel lugar.
Cada uno da lo que recibe, y no se puede dar amor si se recibe hostilidad, no se puede dar todo sino se recibe nada. ¿Qué sacrificios había?...¿Las ilusiones de uno o de la otra?... Al fin y al cabo, ella había conseguido su objetivo... El hombre que se le resistía a estar atado y una familia, rota, pero una familia. Aquella con la que ir de vacaciones para enmarcar fotos en las que él no fuese capaz de sonreir para despues enseñarlas y alardear ante amistades cercanas. El sueño de toda mujer realizada, irónicamente hablando. Aunque Angel siempre se posicionaría al lado del más débil, pero no se daba cuenta, que en esta ocasión, la debilidad estaba en él.
Por supuesto que la ilusión podía formar parte de ellos, cuando la cuerda se alejaba demasiado. Durante años, se descuidaban para despues ver cómo se caía todo por un lado u otro de la montaña. Era entonces, cuando podían reaccionar, pero ¿Qué les llevaba a reaccionar? ¿Amor, vida, cariño, agradecimiento? Y el problema era que en esta caída estaba el colchón Verónica, a la cual Angel no quería utilizar como tal, como paracaídas o colchón. No se quería escudar en ella para acobardarse ante la culpa. Ella sabía muy bien de lo que hablaba. Por eso le decía que no eran destino, sino el camino.
Verónica estaría... Su abrazo lo tendría siempre, aunque aquella palabra no le gustase. Sus lágrimas ya tenían hombro sobre el que caer y su alma unos pequeños brazos que le arropasen. Una "madre" sin serlo, una "hermana" sin serlo, una "amiga" intentando serlo.
La vida no era fácil... Solo, había que vivirla.
Todo aquello ya le había sucedido a ella en la época en que Andrés aparecía en su vida. Para ella no era fácil pues suponía enfrentarse a diversas contradicciones morales, por ese motivo quería ser un poco más radical y ser una cosa u otra, pero no las dos juntas, porque tenía que usar toda su objetividad dejando a un lado el corazón ardiente que estuvo a punto de estallar o, arder en pasión y amor sin consentir que las bocas se abrieran nada más que para leerse los labios con el tacto del otro, pero en esta ocasión había comprendido todo, desde la madurez que le habían dado los golpes, desde la mujer que había dejado de ser por conseguir la sonrisa de esa persona, esta vez no estaba solo. Quería estar, que él se sintiera con aquella seguridad de no ver sólo un túnel. Primero, por agradecimiento a todo lo que él le había dado, que no había sido poco, pero despues por aquella confianza, complicidad, amistad que les unía desde el principio. La amistad era algo que nunca podría negarle porque se formaron de ella. Sin mezclar unas cosas con otras, ella pensaba que las únicas "relaciones" que funcionaban eran esas, las sólidas. Y esa fortaleza no se conseguía con silencios sino con tardes de largas conversaciones, con noches de risas y mañanas de ilusión, lágrimas derramadas, abrazos sentidos, apoyo y atención.
Aquella mañana despertaría con una sonrisa por y para él. Con aquel mensaje "Ilumina el día con el resplandor de tus ojos al abrirlos. Porque sin ellos el día será triste y gris." Al leerlo, miró la hora de llegada del mismo y pensó para sí misma ciertas cosas que prefería callar pero que le pintaban el día otoñal de un color diferente y más vivo. Le mandó una sonrisa y un beso, a su pregunta, ella respondió que sí, pero se calló aquello de... "sin tu sonrisa el sol no saldría ni en pleno quince de agosto...".
Angel se encontraba en aquel punto en que Verónica optó por la comodidad cuando conoció a Andrés. Era mucho más joven y aún tenía tiempo de rectificar y volar si fuese necesario. Él se encontraba en otra edad, en otros pensamientos, en los de ver cómo se van al traste todos tus deseos, tus ilusiones, tus inquietudes por un sacrificio que no sabía si le merecía la pena. Posiblemente eran muchos años, demasiados, viendose en un lugar que no era para él, en que se sentía desplazado sutilmente, pero que él había elegido, nadie le obligó. El mismo escogió devolver algo que no debía a nadie, porque nada le dieron. No había sentido nada más especial que agradecimiento hacia la que fuera su "condena". Cuando le contó a Verónica su pequeño principio de historia, se dió cuenta que él no se había enamorado nunca, que solamente seguía el curso que la vida le había ido marcando. Que los "tengo que" habían sido los protagonistas de su vida, más que los "quiero hacer". Posiblemente, el problema se enraizase en que la otra parte sabía cómo ir mostrándole que debía agradecer todo lo que recibía, o quizá eso él ya lo llevase en su educación y se utilizase como arma arrojadiza contra él. Por eso la chica no quería que le agradeciese nada, ni que pensase que le debía nada, porque nadie debe nada a nadie. Cada uno debía ser consciente de sus limitaciones, de sus maneras, de su ser. Y ser sin más, sin tener que pensar en que uno merece o deja de merecer. No hay cadenas que nos aten sino pensamientos y falsas morales que nos inculcan desde que nacemos.
A la única persona que alguien se debe, es a sí mismo, y a lo que forme parte de él, nada más. De aquello quería convencerle, pero no sabía cómo hacerlo sin que su doble moral la traicionase. Cuando dos personas están a veinte centímetros físicos y años luz de sus almas... No había nada que hacer. Posiblemente él fuese el culpable, posiblemente no. Aquello se dividía al cincuenta por ciento. Tanta culpa era de los silencios del uno, como de las ordenes que volaban por aquel lugar.
Cada uno da lo que recibe, y no se puede dar amor si se recibe hostilidad, no se puede dar todo sino se recibe nada. ¿Qué sacrificios había?...¿Las ilusiones de uno o de la otra?... Al fin y al cabo, ella había conseguido su objetivo... El hombre que se le resistía a estar atado y una familia, rota, pero una familia. Aquella con la que ir de vacaciones para enmarcar fotos en las que él no fuese capaz de sonreir para despues enseñarlas y alardear ante amistades cercanas. El sueño de toda mujer realizada, irónicamente hablando. Aunque Angel siempre se posicionaría al lado del más débil, pero no se daba cuenta, que en esta ocasión, la debilidad estaba en él.
Por supuesto que la ilusión podía formar parte de ellos, cuando la cuerda se alejaba demasiado. Durante años, se descuidaban para despues ver cómo se caía todo por un lado u otro de la montaña. Era entonces, cuando podían reaccionar, pero ¿Qué les llevaba a reaccionar? ¿Amor, vida, cariño, agradecimiento? Y el problema era que en esta caída estaba el colchón Verónica, a la cual Angel no quería utilizar como tal, como paracaídas o colchón. No se quería escudar en ella para acobardarse ante la culpa. Ella sabía muy bien de lo que hablaba. Por eso le decía que no eran destino, sino el camino.
Verónica estaría... Su abrazo lo tendría siempre, aunque aquella palabra no le gustase. Sus lágrimas ya tenían hombro sobre el que caer y su alma unos pequeños brazos que le arropasen. Una "madre" sin serlo, una "hermana" sin serlo, una "amiga" intentando serlo.
La vida no era fácil... Solo, había que vivirla.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Parte 44
Esa noche el vaivén de sentimientos provocaría en ella lo que tantas otras veces, el insomnio. Su mente parecía una montaña rusa, tan pronto se le encendía la llama de la ilusión como se le apagaba completamente. Todo radicaba en que anteriormente, tenía aquellos fieles amigos a quienes soltarles todos sus berridos, sus reproches, pero no quería seguir llorándole a nadie sus desdichas, esto solo formaba parte de ella y él.
Todas sus nubes, sus tormentas, eran provocadas por otras conversaciones antiguas con unos y otros, cuando le explicaban cómo había funcionado en sus vidas este tipo de situaciones, y se sentía como "ellas", aquellas a las que ella despreciaba por el simple hecho de luchar por lo que querían. Se veía reflejada en todas aquellas palabras, en todo lo que pensaban ellos de esas chicas, que al fin y al cabo, hacían lo mismo que ella. Pero no quería sentirse así, no quería ver cómo destruía la vida de una persona, o alguna que otra más.
Tras la calma momentánea, comenzaron a hablar y a reír como tiempo atrás, sacándole punta a lo que se les pusiese delante. Parecían cuatro personas en lugar de dos. Verónica quería que él expulsase todos sus tormentos, que hablase con la sinceridad que siempre le había caracterizado para con ella. Y él, indudablemente lo hacía. Sin pensar quizá el dolor que podía provocar o no en ella, pero porque ella también le incitaba a que hablase así. Parecían un par de amigos más, sin temores, con todo su alma puesto sobre la mesa. Hasta que Angel decidió decir... "para iluminar tu mirada"... La calma de ella se iba al garete en un segundo. El volcán entraba en erupción. Aunque ya era más bien la resaca del lodo anterior.
Si Angel sabía, sobradamente, que aquello además de iluminar su mirada, le daba la vida, la ilusión de luchar por tenerle de nuevo en sus labios, las ganas de olvidar todo y continuar con aquella venda en los ojos, ¿por qué lo hacía?... Verónica se desestabilizaba por momentos, sin comprender exactamente qué quería de ella, si su amistad, sus oídos, que le siguiese haciendo sentir importante, que le diese la misma vida que él le daba a ella. No entendía nada ya de él, de bipolar había pasado a ser tripolar.
- Y yo tambien lo he hecho de corazón. Como quieres que te lo diga. Ha surgido espontáneamente.- Se excusaba él ante tantos ataques de la chica. Ella habría contestado que todo lo que había dicho anteriormente, tiraba por tierra esa frase. Podía llegar a ponerse en su lugar, podía llegar a sentir lo que él sentía pero lo que no podía era interpretar de ninguna manera tanta contradicción junta.
Verónica decidió escribir un correo eléctronico, dado que su cabeza estuvo cinco horas funcionando a dos mil por hora, con sacudidas de recuerdos constantes, con aquellas miradas que se dedicaban entre la oscuridad, con las miradas que tenían ante los demás, con las miradas del reencuentro. No podía dejar de ver sus ojos llenos de felicidad allá por donde iba, pasaban como una diapositiva constante, su sonrisa con sus pupilas llenas de tanta alegría como ilusión. Y le era inverosímil todo lo que le contaba, que quizá fuese cierto, seguramente, pero no podía creer que aquel mal sentimiento fuera tan prolongado como para olvidar todo aquello. En cuanto le dio al botón de enviar, se arrepintió. No por decirle lo que sentía sino por ver tanto rencor en él. Quería pedirle perdón desde el segundo cero, necesitaba saber de él, verle la cara, abrazarle, escucharle, pero aquel día sería prácticamente imposible. El día se le hizo eterno, le pesaba el cuerpo, el alma, el dolor que podía llegar a causar un sentimiento estaba empezando a traspasarle de tal manera que su pecho se encogió.
Poco despues decidiría escribirle o llamarle, no podía más con aquello, no podía reprimir esa angustia contenida, quería hacerle sentir de nuevo importante y feliz, quería verle sonreír por encima de lo que fuese, ella ya no importaba, solo él. Así que cogió el telefono, pidio permiso y marcó. Pocos segundos de espera, pocos tonos, su cuerpo parecía un flan, parecía que en cualquier momento se caería redonda allí en medio de aquella gran superficie. Su voz entrecortada contestó al otro lado, apenas le oía con el ruido del centro comercial, el suyo de fondo y aquel leve susurro.
- Que...¿Me perdonas?- Ella no sabía cómo entonar aquella frase, era de las pocas veces que le salían de dentro y no sabía cómo decirlo ni cómo actuar. Fue entonces cuando se hizo el silencio al otro lado del teléfono y de pronto escuchó.
- Joder...- Seguido de un suspiro, de una voz quebrada por la asfixia, por la saturación de tanto y tanto. Ella se tuvo que apoyar en una salida de emergencia porque le temblaban las rodillas, las manos, la voz, empezó a llamarle por su nombre pero sólo se escuchaban sollozos. De repente quiso hablarle en un tono más jocoso para tranquilizarle y hacerle reír, pero se volvió a hacer el silencio y se colgó la llamada. En ese instante ella ya no sabía qué hacer, si volver a marcar, si dejarle su espacio, no podía escucharle así, ni verle, no sabía si llamando quizá empeoraría más las cosas.
Pocos minutos despues llamaría él, ya tenía un tono de voz algo más sosegado pero aún resquebrajado por la presión. Verónica no podía hablar en ese momento y hubo de dejarlo para momentos despues...
La conversación giró en torno a todo lo que había detrás... Entendía todas aquellas lágrimas que eran más de temor por lo que pudiera suceder que de impotencia o rabia. Con cada explicación, el puñal se le hincaba en el pecho y el estómago, empezando a hacer mella en su garganta. Intentaba sacarle algo de punta al tema para que él riese, no merecía estar así por mucho que él lo opinase. La culpa siempre había podido con él, desde casi el principio de aquella historia. Pero Verónica pensaba que cuando alguien de verdad te quería, no te cambiaba, sino potenciaba todo lo que te hiciera feliz.
Verónica sabía que sobraba en ciertos aspectos, pero en otros... Sabía que debía estar ahí pero sobre todo... QUERIA estar ahí, merecía su ayuda. Su apoyo y lo que necesitase de ella. Aunque por otro lado, dejase su vida aparcada...
Nunca había encontrado su lugar en el mundo, pero en los últimos años creía estar puesta allí por alguien que quería que arreglase ciertas cosas, que ciertas personas se sintieran protegidas y que tuvieran el aliento suficiente, aun a costa de sus lágrimas. Debía llevar en volandas a algunas personas para encontrar su felicidad. Con el tiempo, la ganancia sería más abundante. Las sonrisas de aquellos a los que quería con toda su alma, y los que a éstos les importaban, su entorno.
Buscando la felicidad...
Todas sus nubes, sus tormentas, eran provocadas por otras conversaciones antiguas con unos y otros, cuando le explicaban cómo había funcionado en sus vidas este tipo de situaciones, y se sentía como "ellas", aquellas a las que ella despreciaba por el simple hecho de luchar por lo que querían. Se veía reflejada en todas aquellas palabras, en todo lo que pensaban ellos de esas chicas, que al fin y al cabo, hacían lo mismo que ella. Pero no quería sentirse así, no quería ver cómo destruía la vida de una persona, o alguna que otra más.
Tras la calma momentánea, comenzaron a hablar y a reír como tiempo atrás, sacándole punta a lo que se les pusiese delante. Parecían cuatro personas en lugar de dos. Verónica quería que él expulsase todos sus tormentos, que hablase con la sinceridad que siempre le había caracterizado para con ella. Y él, indudablemente lo hacía. Sin pensar quizá el dolor que podía provocar o no en ella, pero porque ella también le incitaba a que hablase así. Parecían un par de amigos más, sin temores, con todo su alma puesto sobre la mesa. Hasta que Angel decidió decir... "para iluminar tu mirada"... La calma de ella se iba al garete en un segundo. El volcán entraba en erupción. Aunque ya era más bien la resaca del lodo anterior.
Si Angel sabía, sobradamente, que aquello además de iluminar su mirada, le daba la vida, la ilusión de luchar por tenerle de nuevo en sus labios, las ganas de olvidar todo y continuar con aquella venda en los ojos, ¿por qué lo hacía?... Verónica se desestabilizaba por momentos, sin comprender exactamente qué quería de ella, si su amistad, sus oídos, que le siguiese haciendo sentir importante, que le diese la misma vida que él le daba a ella. No entendía nada ya de él, de bipolar había pasado a ser tripolar.
- Y yo tambien lo he hecho de corazón. Como quieres que te lo diga. Ha surgido espontáneamente.- Se excusaba él ante tantos ataques de la chica. Ella habría contestado que todo lo que había dicho anteriormente, tiraba por tierra esa frase. Podía llegar a ponerse en su lugar, podía llegar a sentir lo que él sentía pero lo que no podía era interpretar de ninguna manera tanta contradicción junta.
Verónica decidió escribir un correo eléctronico, dado que su cabeza estuvo cinco horas funcionando a dos mil por hora, con sacudidas de recuerdos constantes, con aquellas miradas que se dedicaban entre la oscuridad, con las miradas que tenían ante los demás, con las miradas del reencuentro. No podía dejar de ver sus ojos llenos de felicidad allá por donde iba, pasaban como una diapositiva constante, su sonrisa con sus pupilas llenas de tanta alegría como ilusión. Y le era inverosímil todo lo que le contaba, que quizá fuese cierto, seguramente, pero no podía creer que aquel mal sentimiento fuera tan prolongado como para olvidar todo aquello. En cuanto le dio al botón de enviar, se arrepintió. No por decirle lo que sentía sino por ver tanto rencor en él. Quería pedirle perdón desde el segundo cero, necesitaba saber de él, verle la cara, abrazarle, escucharle, pero aquel día sería prácticamente imposible. El día se le hizo eterno, le pesaba el cuerpo, el alma, el dolor que podía llegar a causar un sentimiento estaba empezando a traspasarle de tal manera que su pecho se encogió.
Poco despues decidiría escribirle o llamarle, no podía más con aquello, no podía reprimir esa angustia contenida, quería hacerle sentir de nuevo importante y feliz, quería verle sonreír por encima de lo que fuese, ella ya no importaba, solo él. Así que cogió el telefono, pidio permiso y marcó. Pocos segundos de espera, pocos tonos, su cuerpo parecía un flan, parecía que en cualquier momento se caería redonda allí en medio de aquella gran superficie. Su voz entrecortada contestó al otro lado, apenas le oía con el ruido del centro comercial, el suyo de fondo y aquel leve susurro.
- Que...¿Me perdonas?- Ella no sabía cómo entonar aquella frase, era de las pocas veces que le salían de dentro y no sabía cómo decirlo ni cómo actuar. Fue entonces cuando se hizo el silencio al otro lado del teléfono y de pronto escuchó.
- Joder...- Seguido de un suspiro, de una voz quebrada por la asfixia, por la saturación de tanto y tanto. Ella se tuvo que apoyar en una salida de emergencia porque le temblaban las rodillas, las manos, la voz, empezó a llamarle por su nombre pero sólo se escuchaban sollozos. De repente quiso hablarle en un tono más jocoso para tranquilizarle y hacerle reír, pero se volvió a hacer el silencio y se colgó la llamada. En ese instante ella ya no sabía qué hacer, si volver a marcar, si dejarle su espacio, no podía escucharle así, ni verle, no sabía si llamando quizá empeoraría más las cosas.
Pocos minutos despues llamaría él, ya tenía un tono de voz algo más sosegado pero aún resquebrajado por la presión. Verónica no podía hablar en ese momento y hubo de dejarlo para momentos despues...
La conversación giró en torno a todo lo que había detrás... Entendía todas aquellas lágrimas que eran más de temor por lo que pudiera suceder que de impotencia o rabia. Con cada explicación, el puñal se le hincaba en el pecho y el estómago, empezando a hacer mella en su garganta. Intentaba sacarle algo de punta al tema para que él riese, no merecía estar así por mucho que él lo opinase. La culpa siempre había podido con él, desde casi el principio de aquella historia. Pero Verónica pensaba que cuando alguien de verdad te quería, no te cambiaba, sino potenciaba todo lo que te hiciera feliz.
Verónica sabía que sobraba en ciertos aspectos, pero en otros... Sabía que debía estar ahí pero sobre todo... QUERIA estar ahí, merecía su ayuda. Su apoyo y lo que necesitase de ella. Aunque por otro lado, dejase su vida aparcada...
Nunca había encontrado su lugar en el mundo, pero en los últimos años creía estar puesta allí por alguien que quería que arreglase ciertas cosas, que ciertas personas se sintieran protegidas y que tuvieran el aliento suficiente, aun a costa de sus lágrimas. Debía llevar en volandas a algunas personas para encontrar su felicidad. Con el tiempo, la ganancia sería más abundante. Las sonrisas de aquellos a los que quería con toda su alma, y los que a éstos les importaban, su entorno.
Buscando la felicidad...
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Parte 43
Aquella tarde todo parecía ponerse contra ella, todo se juntaba, o quizá jamás se había dado cuenta de que el mundo seguía girando a su alrededor y no solo en torno a Angel. Tras todos aquellos sentimientos de rabia, impotencia, dolor, tristeza, de ver caer al vacío un sueño, sus lágrimas, su asfixia la encerraban en la oscuridad de su sillón, de él a la cama, de la cama al sillón y así sucesivamente.
Empezó a recibir llamadas, de unos, de otros, todas muy oportunas. Entre ellas la de un amigo, que siempre había estado ahí, normalmente tenía ese don de la oportunidad. Verónica intentó colgar el teléfono para poder coger aire antes de hablar, pero se confundió y lo cogió, escuchando él toda su agonía.
- Vero, mi niña, ¿qué pasa?...- Pronunciaba él con su tono paciente, como un padre habla a una niña de cinco años. Ella no podía decir absolutamente nada, se le había quedado atascada una bola en la garganta, como antiguamente... Dejándola aquella voz desgastada y rota de tiempo atrás, ya no se acordaba de ello. Prosiguió... - Seguro que es por el de siempre, como si lo viera, al final me tienes que presentar al impresentable ese que le rompo la cabeza, no sabe lo que tiene aún...- En ese mismo momento atinó a decir algo interrumpiendole.
- Para, para... Que estás confundido, aunque no del todo. Que eso se acabó hace una semana.- Le mentía para defender una vez más a lo que consideraba parte de ella misma.
- Bueno, pues si se acabó, bien acabado está, porque lo que no es normal son las lágrimas que yo te he visto echar, ni que estés perdiendo el tiempo como lo estás haciendo, luchando por lo que querías, sí, y con un par de... porque no he visto una mujer que sea capaz de ser fiel y leal a un sentimiento como lo has sido tú, teniendo las puertas abiertas a todo aquel que quisieses y negándote a todo y todos, defendiendo eso que sentías. Y pensando más en su dolor que en ti misma, en callar para que él estuviese tranquilo y todos a tu alrededor. Que nadie ha sido capaz de saber ni ver el dolor de tu mirada, que cuando le veías se te notaba la vida y la alegría que siempre has tenido, pero cuando te soltaba alguna de esas que nunca has contado, ¿qué?... Así que no te merece y punto. He dicho.- Tras soltar todo aquello, el chaval soltaba un suspiro seguido de una carcajada y un perdón.
- No pasa nada, no te preocupes. Posiblemente tengas razón, como la tiene él. Pero bueno, agua pasada no mueve molino, dime tu, ¿cómo estás?- Una vez calmada toda esa ansiedad que tenía dentro, se limitaba a hacer lo de siempre, escuchar a los demás para olvidar sus propios problemas. Estuvo pegada al teléfono durante horas, con unos, con otros, se rió con algunos, con otros casi se dormía. Mientras en una de esas conversaciones, aparecía un mensaje a la vez en su movil. Angel.
- Buenas, ¿cómo estás?.- Intentaba saber de ella, pero realmente era él quien necesitaba hablar, excusarse de alguna manera, más que con ella, con él mismo. Estaba saturado. Necesitaba respirar y explotar de alguna manera. Mantuvieron en un primer momento una conversación muy fría, dejándole ella un "testamento" de todo lo que pensaba. Tras media hora de no contestarla. La chica empezó a sentir aquella culpa que no la dejaba vivir, sentía que le traicionaba a él pero sobre todo a lo que sentía. Su amor seguía siendo aún más fuerte que cualquier otra cosa, y aunque fuese para hacerle sonreír, no quería marcharse. Le pidió perdón y él hizo lo mismo.
Toda aquella situación era muy difícil, eran circunstancias muy especiales para ambos y llevarlo costaba un mundo. No podían seguir así y lo sabían, pero tampoco podían dejarse en paz. Porque su paz eran ellos. Sus sonrisas al verse, sus manos entrelazadas inconscientemente en cualquier momento. Todo era mucho más fuerte al verse. Cuando no se veían, los pensamientos, los mundos paralelos, todo aquello les hacía sentirse en calma porque cuando se tenían, se tenían al cien por cien. Al marchar cada uno a su lugar, todo quedaba posicionado de tal manera que pensaban que podían sobrevivir allá donde estuviesen, haciéndose la falsa idea o ilusión de no necesitarse. Solo se engañaban a ellos mismos. Aunque si Verónica aceptase con una sonrisa, su huida, posiblemente él podría estar más en calma.
Volvían los días de actividad social para ella, de ver a unos amigos, a otros, escucharles, apoyarles, aunque luego nadie la llamase para nada. Pero al menos olvidaba por momentos todo aquello que a ella la removía por dentro.
Tiempo, espacio, silencio.... Balsas de aceite...
Empezó a recibir llamadas, de unos, de otros, todas muy oportunas. Entre ellas la de un amigo, que siempre había estado ahí, normalmente tenía ese don de la oportunidad. Verónica intentó colgar el teléfono para poder coger aire antes de hablar, pero se confundió y lo cogió, escuchando él toda su agonía.
- Vero, mi niña, ¿qué pasa?...- Pronunciaba él con su tono paciente, como un padre habla a una niña de cinco años. Ella no podía decir absolutamente nada, se le había quedado atascada una bola en la garganta, como antiguamente... Dejándola aquella voz desgastada y rota de tiempo atrás, ya no se acordaba de ello. Prosiguió... - Seguro que es por el de siempre, como si lo viera, al final me tienes que presentar al impresentable ese que le rompo la cabeza, no sabe lo que tiene aún...- En ese mismo momento atinó a decir algo interrumpiendole.
- Para, para... Que estás confundido, aunque no del todo. Que eso se acabó hace una semana.- Le mentía para defender una vez más a lo que consideraba parte de ella misma.
- Bueno, pues si se acabó, bien acabado está, porque lo que no es normal son las lágrimas que yo te he visto echar, ni que estés perdiendo el tiempo como lo estás haciendo, luchando por lo que querías, sí, y con un par de... porque no he visto una mujer que sea capaz de ser fiel y leal a un sentimiento como lo has sido tú, teniendo las puertas abiertas a todo aquel que quisieses y negándote a todo y todos, defendiendo eso que sentías. Y pensando más en su dolor que en ti misma, en callar para que él estuviese tranquilo y todos a tu alrededor. Que nadie ha sido capaz de saber ni ver el dolor de tu mirada, que cuando le veías se te notaba la vida y la alegría que siempre has tenido, pero cuando te soltaba alguna de esas que nunca has contado, ¿qué?... Así que no te merece y punto. He dicho.- Tras soltar todo aquello, el chaval soltaba un suspiro seguido de una carcajada y un perdón.
- No pasa nada, no te preocupes. Posiblemente tengas razón, como la tiene él. Pero bueno, agua pasada no mueve molino, dime tu, ¿cómo estás?- Una vez calmada toda esa ansiedad que tenía dentro, se limitaba a hacer lo de siempre, escuchar a los demás para olvidar sus propios problemas. Estuvo pegada al teléfono durante horas, con unos, con otros, se rió con algunos, con otros casi se dormía. Mientras en una de esas conversaciones, aparecía un mensaje a la vez en su movil. Angel.
- Buenas, ¿cómo estás?.- Intentaba saber de ella, pero realmente era él quien necesitaba hablar, excusarse de alguna manera, más que con ella, con él mismo. Estaba saturado. Necesitaba respirar y explotar de alguna manera. Mantuvieron en un primer momento una conversación muy fría, dejándole ella un "testamento" de todo lo que pensaba. Tras media hora de no contestarla. La chica empezó a sentir aquella culpa que no la dejaba vivir, sentía que le traicionaba a él pero sobre todo a lo que sentía. Su amor seguía siendo aún más fuerte que cualquier otra cosa, y aunque fuese para hacerle sonreír, no quería marcharse. Le pidió perdón y él hizo lo mismo.
Toda aquella situación era muy difícil, eran circunstancias muy especiales para ambos y llevarlo costaba un mundo. No podían seguir así y lo sabían, pero tampoco podían dejarse en paz. Porque su paz eran ellos. Sus sonrisas al verse, sus manos entrelazadas inconscientemente en cualquier momento. Todo era mucho más fuerte al verse. Cuando no se veían, los pensamientos, los mundos paralelos, todo aquello les hacía sentirse en calma porque cuando se tenían, se tenían al cien por cien. Al marchar cada uno a su lugar, todo quedaba posicionado de tal manera que pensaban que podían sobrevivir allá donde estuviesen, haciéndose la falsa idea o ilusión de no necesitarse. Solo se engañaban a ellos mismos. Aunque si Verónica aceptase con una sonrisa, su huida, posiblemente él podría estar más en calma.
Volvían los días de actividad social para ella, de ver a unos amigos, a otros, escucharles, apoyarles, aunque luego nadie la llamase para nada. Pero al menos olvidaba por momentos todo aquello que a ella la removía por dentro.
Tiempo, espacio, silencio.... Balsas de aceite...
martes, 25 de septiembre de 2012
Parte 42
Vuelta a la ilusión en dos segundos, en una frase al movil y una hora en algún punto de la tierra. Volvía a ver aquella mirada ilusa, aquella sonrisa que movía los cocodrilos que tenía dentro. Sus conversaciones, como siempre empezaban siendo intrascendentales para ellos, era la mejor manera de disimular lo que iba por dentro. Las ganas de fundirse en un beso y abrazo eternos, en el sueño profundo que les llevaba a la paz. Una vez terminaron de hablar de todo aquello con las condiciones oportunas, se miraron a los ojos, como siempre, con aquel brillo color esperanza que inundaba sus bocas.
Empezaron a hablar de todo lo que les había llevado a aquel punto. Él tenía el alma dividida en dos, con sus motivos de peso. Había encontrado aquel punto que estabilizaba su vida, en el lugar que debía. Verónica, entendía todos aquellos motivos pero lejos de ver cambios en él, veía como seguía manteniendo la calma, que era lo que ella buscaba, su calma, pero no dejaba de dolerla. Se sentía un cero a la izquierda, una vía de escape, mientras ella sin saber cómo había llegado a otro punto. No quiso nunca dejar avanzar aquello con la intención de amar tanto como lo hacía, pero sucedió. Aquel suceso de tiempo atrás, quizá había cambiado su punto de vista de las cosas. Lo cual no quería. Se dejaba llevar al mundo en que sólo existían él y ella, donde nadie podía entrar, donde sus miradas les pertenecían, pero siempre existía algo por lo que dejar ese mundo. Siempre había algo más importante. A ella de nada le servía que le dijese que cambiaría su vida por ella, porque lo que tenía que cambiar era el sentimiento que quizá no era tan fuerte, pues siempre la dejaba a un lado. Nunca quiso imaginar una vida a su lado, pero lo hacía. Sin querer, lo hacía. Se ponía en diversas situaciones y veía que siempre saldría perdiendo. Porque él, por culpa, por miedo, o porque simplemente no la amaba realmente, antepondría cualquier cosa a ella, cualquier opinión.
El escaso tiempo que no hablaron, se sentían cómodos, agusto en un mundo solitario, sin circunstancias, sin más que el silencio y sus abrazos. Sentirse cerca en medio de tanta tormenta. Eran felices, sonreían, sin hablar, se cuidaban y no dejaban de echar la vista hacia el otro para saber que estaban bien. Cuando Angel abría la boca, pocas veces era para arreglar algo. Normalmente, aquella sinceridad que tenía con ella, la destruía un poco más. Por mucha fuerza que tuviese, por mucha vida y energía, todo se le iba a los pies viendo que nunca tendría un lugar que él no le otorgaba. Verónica había ido menguando y suavizando su carácter, a sabiendas que sólo podría hacerle daño con cada una de las realidades que se le ocurrían. Hasta que salieron las verdades que él no supo rebatir. Sin mirarle, andando como si se fuese a caer la tierra tras sus pies, con todo el dolor de su corazón, lo dijo. No podía más. Agacharon sus cabezas y continuaron caminando, él intentaba acercarse con la intención de animarla o calmarla, pero la chica no podía calmarse de ninguna manera, solo podía mirar al suelo derrotada y llena de ira. Una mezcla de sentimientos que enturbiaba sus ojos. Angel se puso frente a ella, con la mirada perdida de tiempo atrás, con el miedo de no tener las pistas, de no saber por dónde moverse ni cómo. Se abrazaron y ella derrumbó sus lágrimas en su pecho. Abrazó el amor que salía de su silencio. Él le pedía que le olvidase, que descargara su ira contra aquel bosque, tirando lo único que le quedaba de él, a parte de sus recuerdos. Como si fuese una de esas películas de drama y comedia. De la risa al llanto en unos minutos, en unas palabras y en pocas miradas.
Al llegar al punto donde se despedían, la pasión no llegaba de la misma manera de antes, lo cual hablaba de él de una manera que anteriormente no lo hacía. Hablaba de que había visto la realidad, había visto el dolor causado que ella le quería mostrar tiempo atrás pero se ocultaba por continuar con algo que sólo les llevaba a hacerse daño el uno al otro. La impetuosidad de ella, podía resultar muy atacante, pero él sabía como manejarla, aún sin ser su intención. Pero había llegado a verlo con sus propios ojos. Ya no servía con un beso, con una caricia o un abrazo. El hilo de la confianza se había dañado hacía tiempo y seguía sin reconstruirse, se iba desgastando cada vez más.
Se autoconvecía diciendo que sería un tiempo y cada uno retomaría su vida de la mejor manera posible. Ella tenía la certeza del no. Por muchas palabras que él le dijese.
Se bajaban del tren del amor para volver al de la realidad y el conformismo. Los dos. No uno más que el otro, ni el otro más que la otra... Los dos.
¿Punto final a su vida en común?... Esa pequeña parcela reservada a la sonrisa. El tiempo hablaría por ellos.
Empezaron a hablar de todo lo que les había llevado a aquel punto. Él tenía el alma dividida en dos, con sus motivos de peso. Había encontrado aquel punto que estabilizaba su vida, en el lugar que debía. Verónica, entendía todos aquellos motivos pero lejos de ver cambios en él, veía como seguía manteniendo la calma, que era lo que ella buscaba, su calma, pero no dejaba de dolerla. Se sentía un cero a la izquierda, una vía de escape, mientras ella sin saber cómo había llegado a otro punto. No quiso nunca dejar avanzar aquello con la intención de amar tanto como lo hacía, pero sucedió. Aquel suceso de tiempo atrás, quizá había cambiado su punto de vista de las cosas. Lo cual no quería. Se dejaba llevar al mundo en que sólo existían él y ella, donde nadie podía entrar, donde sus miradas les pertenecían, pero siempre existía algo por lo que dejar ese mundo. Siempre había algo más importante. A ella de nada le servía que le dijese que cambiaría su vida por ella, porque lo que tenía que cambiar era el sentimiento que quizá no era tan fuerte, pues siempre la dejaba a un lado. Nunca quiso imaginar una vida a su lado, pero lo hacía. Sin querer, lo hacía. Se ponía en diversas situaciones y veía que siempre saldría perdiendo. Porque él, por culpa, por miedo, o porque simplemente no la amaba realmente, antepondría cualquier cosa a ella, cualquier opinión.
El escaso tiempo que no hablaron, se sentían cómodos, agusto en un mundo solitario, sin circunstancias, sin más que el silencio y sus abrazos. Sentirse cerca en medio de tanta tormenta. Eran felices, sonreían, sin hablar, se cuidaban y no dejaban de echar la vista hacia el otro para saber que estaban bien. Cuando Angel abría la boca, pocas veces era para arreglar algo. Normalmente, aquella sinceridad que tenía con ella, la destruía un poco más. Por mucha fuerza que tuviese, por mucha vida y energía, todo se le iba a los pies viendo que nunca tendría un lugar que él no le otorgaba. Verónica había ido menguando y suavizando su carácter, a sabiendas que sólo podría hacerle daño con cada una de las realidades que se le ocurrían. Hasta que salieron las verdades que él no supo rebatir. Sin mirarle, andando como si se fuese a caer la tierra tras sus pies, con todo el dolor de su corazón, lo dijo. No podía más. Agacharon sus cabezas y continuaron caminando, él intentaba acercarse con la intención de animarla o calmarla, pero la chica no podía calmarse de ninguna manera, solo podía mirar al suelo derrotada y llena de ira. Una mezcla de sentimientos que enturbiaba sus ojos. Angel se puso frente a ella, con la mirada perdida de tiempo atrás, con el miedo de no tener las pistas, de no saber por dónde moverse ni cómo. Se abrazaron y ella derrumbó sus lágrimas en su pecho. Abrazó el amor que salía de su silencio. Él le pedía que le olvidase, que descargara su ira contra aquel bosque, tirando lo único que le quedaba de él, a parte de sus recuerdos. Como si fuese una de esas películas de drama y comedia. De la risa al llanto en unos minutos, en unas palabras y en pocas miradas.
Al llegar al punto donde se despedían, la pasión no llegaba de la misma manera de antes, lo cual hablaba de él de una manera que anteriormente no lo hacía. Hablaba de que había visto la realidad, había visto el dolor causado que ella le quería mostrar tiempo atrás pero se ocultaba por continuar con algo que sólo les llevaba a hacerse daño el uno al otro. La impetuosidad de ella, podía resultar muy atacante, pero él sabía como manejarla, aún sin ser su intención. Pero había llegado a verlo con sus propios ojos. Ya no servía con un beso, con una caricia o un abrazo. El hilo de la confianza se había dañado hacía tiempo y seguía sin reconstruirse, se iba desgastando cada vez más.
Se autoconvecía diciendo que sería un tiempo y cada uno retomaría su vida de la mejor manera posible. Ella tenía la certeza del no. Por muchas palabras que él le dijese.
Se bajaban del tren del amor para volver al de la realidad y el conformismo. Los dos. No uno más que el otro, ni el otro más que la otra... Los dos.
¿Punto final a su vida en común?... Esa pequeña parcela reservada a la sonrisa. El tiempo hablaría por ellos.
sábado, 22 de septiembre de 2012
Parte 41
Inevitablemente Verónica necesitaba explicar todo lo que le había llevado hasta ahí, ya que, a veces, daba por hecho que él sabía al dedillo de lo que le hablaba, no siendo así. Porque, por muy iguales que fuesen, había ligeras diferencias.
Aquella noche, él se quedó dando vueltas, o más bien buscando entre los renglones que la chica le dedicaba casi a diario. Quería, según él, buscar una explicación, una excusa... Era una manera sutil, como siempre, de enseñarla todo lo que habían ido viviendo y que reconociera que él había hecho sus esfuerzos. Sin entrar en la típica guerra hombre contra mujer, de reproches, de malas palabras, ni desaires, no era el estilo de ninguno de los dos. Sibilinamente se decían todo removiendo los recuerdos y los latidos de cada uno de sus corazones. Era una manera perspicaz de empezar a buscar un nuevo cielo.
Ella buscaba las palabras, examinaba con detalle cada gesto, intentaba provocar una sonrisa que no le salía, le salía la carcajada pero aquella de años atrás, aquella que no le gustaba. La mala, la insensible, la de "ni tu, ni veinte, jugais conmigo", intentaba no ser expresiva para no hacer daño, o lo que es peor, para no hacerse daño. Porque en la vida, nadie es mejor que nadie, nadie da más que nadie, y ella tambien tendría algo de lo que arrepentirse, seguro. Por eso no quería usar aquella soberbia, ni aquella furia que guardaba en su pequeño cuerpo. Pero, por otro lado, sabía que eso le quemaba por dentro. Manifestandose en forma de lágrimas, de dolores de cabeza, de insomnio, de ganas de romper las paredes a patadas...
Algo había cambiado, pero no sabía bien el qué. Algo por dentro le hacía no ser ella, no reía como antes, ni tenía la fuerza para salir. Se había convertido durante aquel tiempo en una persona extremadamente inestable, que ya lo era de por sí pero esto le estaba dejando aún más desquiciada y quería encontrar la solución de alguna manera. Quería frenar todo ese vendaval en que se había convertido su cabeza, su cuerpo y su vida. Llegó incluso a tener unos celos, que jamás había tenido con nadie y eso la desestabilizó, porque no quería tenerlos, porque no los merecía nadie, no él, nadie.
Tenía miedo de ser tan arrolladora que él se fuese para siempre y no volviese, ya no como hombre, sino como amigo. No quería perderle del todo pero tampoco tenerle, quería que dejara de hechizarla con su sonrisa, con sus ojos ilusos, con sus manos suaves, con el susurro de su voz... Y cuando todo aquello se amontonaba en su mente se airaba, quería partir su cara en dos y a la vez besarle para pedirle perdón. Tanto amor como odio, tanta pasión como desilusión. Tan unidos y tan despegados. Tan fríos y tan ardientes. Todos los extremos, parecía que si estaban una temporada en un mundo templado, se aburrían, teniendo que remover todos sus sentidos para despertar.
¿Qué podía hacer ella?¿Qué podía hacer él? Ella sentía la ira de pensar que él siempre la dejaría ir, pero atrapándola a su vez, él la dejaría ir porque sabía que volvería. Como decía la canción... "Te vas a otros cielos y regresas como los colibrís..."
Era experto en hacerla explotar... En todos los sentidos. El problema no es que lo consiguiera, el problema es que ella tenía la certeza de que solamente él podía conseguir apaciguarla con cualquier nimiedad.
Cuando llegaba a estos extremos con él, huía, se veía encerrada en sueños inexistentes, en ilusiones que ella no quería tener nunca, en mundos de armonía que se rompían en pedazos cuando escuchaba un no. Y tampoco quería ni pedirle, ni exigirle nada, porque ella no era nadie, porque ella no consentiría que nadie se lo hiciese. Él mostraba todo lo que la quería, la amaba, aunque no lo dijese porque les daba miedo usar esas palabras. Pero cuando venían las tormentas a su cabeza... Irremediablemente se iba tras él. Porque pensaba que estaba provocando en él lo que no quería, ni quiso desde un principio. La elección.
Cuando algo empieza siendo un juego, continua gustando, sigue enganchando y termina atrapando. Se les había ido de las manos hacía mucho tiempo, lo que sentían ya era tan increíble para ambos que el miedo se apoderaba de ellos. Veían como habían sido capaces de cambiar sus actitudes, sus maneras, sus pensamientos... ¿por qué?... La inmensa mayoría de las personas responderían que por amor. Ellos solamente dirían que por necesidad, via de escape, libertad....
Se mentían solo a ellos mismos... Para no rasgarse las vestiduras aún más de lo que ya las tenían...Cuando los actos no justifican los sentimientos siempre quedan las palabras, pero cuando éstas no son suficiente... No queda nada
No hay puertas que se cierren eternamente, ni llaves que se pierdan en el fondo del mar... Solamente hay que saber buscarlas y querer hacerlo.
Aquella noche, él se quedó dando vueltas, o más bien buscando entre los renglones que la chica le dedicaba casi a diario. Quería, según él, buscar una explicación, una excusa... Era una manera sutil, como siempre, de enseñarla todo lo que habían ido viviendo y que reconociera que él había hecho sus esfuerzos. Sin entrar en la típica guerra hombre contra mujer, de reproches, de malas palabras, ni desaires, no era el estilo de ninguno de los dos. Sibilinamente se decían todo removiendo los recuerdos y los latidos de cada uno de sus corazones. Era una manera perspicaz de empezar a buscar un nuevo cielo.
Ella buscaba las palabras, examinaba con detalle cada gesto, intentaba provocar una sonrisa que no le salía, le salía la carcajada pero aquella de años atrás, aquella que no le gustaba. La mala, la insensible, la de "ni tu, ni veinte, jugais conmigo", intentaba no ser expresiva para no hacer daño, o lo que es peor, para no hacerse daño. Porque en la vida, nadie es mejor que nadie, nadie da más que nadie, y ella tambien tendría algo de lo que arrepentirse, seguro. Por eso no quería usar aquella soberbia, ni aquella furia que guardaba en su pequeño cuerpo. Pero, por otro lado, sabía que eso le quemaba por dentro. Manifestandose en forma de lágrimas, de dolores de cabeza, de insomnio, de ganas de romper las paredes a patadas...
Algo había cambiado, pero no sabía bien el qué. Algo por dentro le hacía no ser ella, no reía como antes, ni tenía la fuerza para salir. Se había convertido durante aquel tiempo en una persona extremadamente inestable, que ya lo era de por sí pero esto le estaba dejando aún más desquiciada y quería encontrar la solución de alguna manera. Quería frenar todo ese vendaval en que se había convertido su cabeza, su cuerpo y su vida. Llegó incluso a tener unos celos, que jamás había tenido con nadie y eso la desestabilizó, porque no quería tenerlos, porque no los merecía nadie, no él, nadie.
Tenía miedo de ser tan arrolladora que él se fuese para siempre y no volviese, ya no como hombre, sino como amigo. No quería perderle del todo pero tampoco tenerle, quería que dejara de hechizarla con su sonrisa, con sus ojos ilusos, con sus manos suaves, con el susurro de su voz... Y cuando todo aquello se amontonaba en su mente se airaba, quería partir su cara en dos y a la vez besarle para pedirle perdón. Tanto amor como odio, tanta pasión como desilusión. Tan unidos y tan despegados. Tan fríos y tan ardientes. Todos los extremos, parecía que si estaban una temporada en un mundo templado, se aburrían, teniendo que remover todos sus sentidos para despertar.
¿Qué podía hacer ella?¿Qué podía hacer él? Ella sentía la ira de pensar que él siempre la dejaría ir, pero atrapándola a su vez, él la dejaría ir porque sabía que volvería. Como decía la canción... "Te vas a otros cielos y regresas como los colibrís..."
Era experto en hacerla explotar... En todos los sentidos. El problema no es que lo consiguiera, el problema es que ella tenía la certeza de que solamente él podía conseguir apaciguarla con cualquier nimiedad.
Cuando llegaba a estos extremos con él, huía, se veía encerrada en sueños inexistentes, en ilusiones que ella no quería tener nunca, en mundos de armonía que se rompían en pedazos cuando escuchaba un no. Y tampoco quería ni pedirle, ni exigirle nada, porque ella no era nadie, porque ella no consentiría que nadie se lo hiciese. Él mostraba todo lo que la quería, la amaba, aunque no lo dijese porque les daba miedo usar esas palabras. Pero cuando venían las tormentas a su cabeza... Irremediablemente se iba tras él. Porque pensaba que estaba provocando en él lo que no quería, ni quiso desde un principio. La elección.
Cuando algo empieza siendo un juego, continua gustando, sigue enganchando y termina atrapando. Se les había ido de las manos hacía mucho tiempo, lo que sentían ya era tan increíble para ambos que el miedo se apoderaba de ellos. Veían como habían sido capaces de cambiar sus actitudes, sus maneras, sus pensamientos... ¿por qué?... La inmensa mayoría de las personas responderían que por amor. Ellos solamente dirían que por necesidad, via de escape, libertad....
Se mentían solo a ellos mismos... Para no rasgarse las vestiduras aún más de lo que ya las tenían...Cuando los actos no justifican los sentimientos siempre quedan las palabras, pero cuando éstas no son suficiente... No queda nada
No hay puertas que se cierren eternamente, ni llaves que se pierdan en el fondo del mar... Solamente hay que saber buscarlas y querer hacerlo.
viernes, 21 de septiembre de 2012
Parte 40
Los pensamientos volaban de un lado a otro, giraban como una noria, daban unos con otros, se pegaban entre ellos en la mente de Verónica. Llevaba semanas, meses, atisbando ciertas cosas que ella misma se negaba a ver, por parte de unos y de otros. Por todos lados. De repente se sentía un muñeco con el que jugar al antojo de cualquiera. Mil veces se negaba a mezclar unas cosas con las otras, y de hecho no lo hacía. Su punto de vista objetivo, seguía ahí. Pero lo que no podía hacer era deshacerse de aquella manera tan pasional de vivir todo lo que la pasaba, tanto en unos lugares como en otros. Ella no quería mezclar las cosas pero alguien lo hacía por ella y él no se estaba dando cuenta. Era el primero que lo hacía. Sin apreciar que la casa que siempre vendía, o alquilaba, al mejor postor era la misma.
La chica, por aquella manera maternal de conducirle, de perdonarle, de sentirse culpable si le dejaba solo, hacía como que no pasaba nada. Pero se amontonaban todas aquellas situaciones, todas las palabras, de las que quizá él ni se acordase, y todas le llevaban a la misma conclusión. "Vero, eres el último mono, siempre habrá alguien por delante tuya." Y ella no quería eso, no quería ni hacer elegir nada a nadie, ni tampoco sentirse así, dado que ella otorgaba una prioridad que no recibía. Era en momentos así cuando ella se hacía a un lado y observaba.
A él le gustaba sentirse libre, volar en cualquier aspecto, y ella le dejaba, aún viendo cómo se estrellaría con el primer rascacielos que encontrase, le dejaba. Pensando que, quizá, en algún momento le diese el valor que creía merecer, no pedía una nube eterna, ni una esclavitud, no. Solo que reconociese aquel valor y que si tenía que hacer de menos a algo, no fuese a ella. Porque no lo merecía.
Podría ser la situación más complicada del mundo, la más enrevesada, pero era la que había y el problema es que ella lo entendía todo, absolutamente todo. Pero no se iba a sentir culpable de las cosas que él hacía, decía o pensaba. Así pues, como en otras tantas ocasiones, Verónica se sentía la pieza sobrante en todos los lugares que pisaba. Un amigo le dijo una frase con la que intentó adaptarse, pero no podía, no le salía. "Puedes visitar cien veces el mismo lugar, ver lo mismo, pero en la noventa vez, algo diferente te llama la atención. Todo depende de los ojos con que mires las cosas." Eso era lo que durante unos meses, un tiempo, intentó hacer con Angel. Ver como aquellos ataques de moral eran simples pensamientos amontonados que se apaciguarían. Ella luchaba por algo que no debía hacerlo, porque aquello no tenía que ser una batalla. Aunque internamente, lo era, pretendía ver una verdad donde cualquiera vería una mentira. Proteger su mundo.
Durante días, semanas... Empezó a ver cómo todo se escapaba. Aquello que le nublaba la mente en momentos de incomprensión, de soledad... Dejaba de ser tan necesario. Su soledad siempre sería la misma. La del silencio, mientras que había quién traicionaba aquel silencio. Con cada golpecito absurdo, ella se deshacía, poco a poco perdía aquella confianza ciega.
Tras el último empujoncito, Angel dejaría que ella se marchase sin más. Por no sentirse obligado, ni presionado, ni atrapado... Lo cual ella no buscaba de ninguna manera. Y la jugada sería la misma la de "te dejo, ya hablarás. Aquí estaré. Si veo que no vienes, iré yo. Dime qué quieres qué haga." Tras todo esto, Verónica se solía derretir en sus brazos, llorar su rabia, besarle hasta desgastarle... Pero en esta última ocasión algo había cambiado... Y sentía que había cambiado mucho, pero algo dentro de ella. Había visto la soledad muy de frente y se sentía bien, cómoda y agusto.
Por momentos sonaban en su cabeza aquellas palabras de Angel... "Siento que la he jodido, que te he jodido." y afirmaba leve y tristemente con la cabeza. De los sueños hay que despertar, igual que de las pesadillas. Aquellas que durante noches la partían el sueño mientras se derrumbaba entre gritos, sollozos e impotencia, y despertaba sin ningún problema. "Los sueños tambien son efímeros Vero, sonríe." Y sonrió.... Ya no sentía aquellas ganas de besarle, abrazarle y abandonar el mundo con él... Al ver su cara ya no notaba los mil cocodrilos que le mordían el estómago. Ni el ataque de la conciencia. Ni el crack en el pecho. Porque ella había dado y hecho todo por él, en todos los aspectos. Lo que pasase de ahora en adelante, nada tendría que ver con ella. Todo sería culpa de su mente o de sus actitudes incambiables cara a Verónica, pero adaptables dependiendo de quién se tratase. No era falsedad... Simplemente era no saber decir que NO a nadie, excepto a ella, que siempre estaba ahí y siempre le entendía.... ¿pero quién estaba ahí para ella? Ella misma. Solo ella misma. Era la única que recibía las negativas que fuesen necesarias, con la mejor de sus sonrisas, con la comprensión, con el cariño y el respeto, sin que él se diese cuenta que poco a poco la mataba. En miles de conversaciones, él se lo decía y se respondía solo, aquella estrategia de "mea culpa" empezaba a agobiar a Verónica de tal manera que no aguantaba más. Porque, a pesar de lo que pudiera parecer, ella se daba cuenta de todo, solo que prefería engañarse a sí misma para volar en el momento. En ese en que tras el sudor, las miradas y los besos, flotaban, todo era maravilloso y los pajaros cantaban a su paso.
Todo ha de tener un final... Y a este cuento se le está buscando.
La chica, por aquella manera maternal de conducirle, de perdonarle, de sentirse culpable si le dejaba solo, hacía como que no pasaba nada. Pero se amontonaban todas aquellas situaciones, todas las palabras, de las que quizá él ni se acordase, y todas le llevaban a la misma conclusión. "Vero, eres el último mono, siempre habrá alguien por delante tuya." Y ella no quería eso, no quería ni hacer elegir nada a nadie, ni tampoco sentirse así, dado que ella otorgaba una prioridad que no recibía. Era en momentos así cuando ella se hacía a un lado y observaba.
A él le gustaba sentirse libre, volar en cualquier aspecto, y ella le dejaba, aún viendo cómo se estrellaría con el primer rascacielos que encontrase, le dejaba. Pensando que, quizá, en algún momento le diese el valor que creía merecer, no pedía una nube eterna, ni una esclavitud, no. Solo que reconociese aquel valor y que si tenía que hacer de menos a algo, no fuese a ella. Porque no lo merecía.
Podría ser la situación más complicada del mundo, la más enrevesada, pero era la que había y el problema es que ella lo entendía todo, absolutamente todo. Pero no se iba a sentir culpable de las cosas que él hacía, decía o pensaba. Así pues, como en otras tantas ocasiones, Verónica se sentía la pieza sobrante en todos los lugares que pisaba. Un amigo le dijo una frase con la que intentó adaptarse, pero no podía, no le salía. "Puedes visitar cien veces el mismo lugar, ver lo mismo, pero en la noventa vez, algo diferente te llama la atención. Todo depende de los ojos con que mires las cosas." Eso era lo que durante unos meses, un tiempo, intentó hacer con Angel. Ver como aquellos ataques de moral eran simples pensamientos amontonados que se apaciguarían. Ella luchaba por algo que no debía hacerlo, porque aquello no tenía que ser una batalla. Aunque internamente, lo era, pretendía ver una verdad donde cualquiera vería una mentira. Proteger su mundo.
Durante días, semanas... Empezó a ver cómo todo se escapaba. Aquello que le nublaba la mente en momentos de incomprensión, de soledad... Dejaba de ser tan necesario. Su soledad siempre sería la misma. La del silencio, mientras que había quién traicionaba aquel silencio. Con cada golpecito absurdo, ella se deshacía, poco a poco perdía aquella confianza ciega.
Tras el último empujoncito, Angel dejaría que ella se marchase sin más. Por no sentirse obligado, ni presionado, ni atrapado... Lo cual ella no buscaba de ninguna manera. Y la jugada sería la misma la de "te dejo, ya hablarás. Aquí estaré. Si veo que no vienes, iré yo. Dime qué quieres qué haga." Tras todo esto, Verónica se solía derretir en sus brazos, llorar su rabia, besarle hasta desgastarle... Pero en esta última ocasión algo había cambiado... Y sentía que había cambiado mucho, pero algo dentro de ella. Había visto la soledad muy de frente y se sentía bien, cómoda y agusto.
Por momentos sonaban en su cabeza aquellas palabras de Angel... "Siento que la he jodido, que te he jodido." y afirmaba leve y tristemente con la cabeza. De los sueños hay que despertar, igual que de las pesadillas. Aquellas que durante noches la partían el sueño mientras se derrumbaba entre gritos, sollozos e impotencia, y despertaba sin ningún problema. "Los sueños tambien son efímeros Vero, sonríe." Y sonrió.... Ya no sentía aquellas ganas de besarle, abrazarle y abandonar el mundo con él... Al ver su cara ya no notaba los mil cocodrilos que le mordían el estómago. Ni el ataque de la conciencia. Ni el crack en el pecho. Porque ella había dado y hecho todo por él, en todos los aspectos. Lo que pasase de ahora en adelante, nada tendría que ver con ella. Todo sería culpa de su mente o de sus actitudes incambiables cara a Verónica, pero adaptables dependiendo de quién se tratase. No era falsedad... Simplemente era no saber decir que NO a nadie, excepto a ella, que siempre estaba ahí y siempre le entendía.... ¿pero quién estaba ahí para ella? Ella misma. Solo ella misma. Era la única que recibía las negativas que fuesen necesarias, con la mejor de sus sonrisas, con la comprensión, con el cariño y el respeto, sin que él se diese cuenta que poco a poco la mataba. En miles de conversaciones, él se lo decía y se respondía solo, aquella estrategia de "mea culpa" empezaba a agobiar a Verónica de tal manera que no aguantaba más. Porque, a pesar de lo que pudiera parecer, ella se daba cuenta de todo, solo que prefería engañarse a sí misma para volar en el momento. En ese en que tras el sudor, las miradas y los besos, flotaban, todo era maravilloso y los pajaros cantaban a su paso.
Todo ha de tener un final... Y a este cuento se le está buscando.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Parte 39
"Por fin llega el día..." pensaba Verónica aquella mañana al despertar. Llegaba el momento de ver su rostro perfecto, su sonrisa reluciente y pícara, sus ojos llenos de tanta alegría como temor, escuchar su voz varonil con aquel tono que a ella tanto le gustaba. Era el día en que terminaba la tortura de semanas anteriores, de días de lágrimas sin risas que hicieran de pañuelos, de falta de oxígeno por no tener su aliento. Momentos despues de escuchar aquella música que tenía como despertador... "Buenos días. Que empieces el día con una sonrisa." Mensaje al movil, su cara iluminada para todo el día. Mantuvieron aquella corta conversación con tanta, o más ilusión como en sus inicios. El cuerpo de ella se llenaba de vida en dos segundos, pensando que en unas horas podría volver a rozar sus delicados labios.
Mientras pasaban las horas, intentos de unos y otros por reclamar la atención de la chica, ella se centraba en la única estrella que la cegaba en aquel momento. Su luz. Hablaron de todo, del tiempo que habían pasado lejos el uno del otro, él decía haberse acostumbrado a no verla intentando dar más importancia al hecho de que al verla se le iría todo a los pies. Verónica ya iba conociendo sus diferentes y complicadas maneras de halagarla, se resignaba ante la lírica que le enredaba en sus conversaciones haciéndolas tan entretenidas como malinterpretadas. "Y decían que el primer año era el más dulce...ja", pensaba ella para sus adentros mientras se dibujaba una sonrisa sarcástica en su cara.
Hablaron tambien de otro tema que quedó estancado momentos antes de su marcha, de cómo se habría fraguado aquello. Verónica intentaba quitarle hierro al asunto, hacerle reir, como siempre, que no tomase la vida de forma tan dramática. Le contó verdades a medias para que él dejase de preocuparse por cosas que no iban a suceder, pues ella no lo permitiría. Por mucho que le doliese, no permitiría que tuvieran que pagar sus errores. En aquella época, ella prefirió guardar silencio, sus lágrimas en una bola de papel, tragarlas y digerirlas de la mejor manera posible. La tranquilidad debía reinar en su mente. Y aquello le descolocaría por completo provocando la huida fugaz. Ciertamente, no fueron momentos fáciles para ella y por eso, desde el primer segundo, decidió plasmarlo en su piel, sin saber dónde ni la forma, pero tenía claro que lo que perdía en aquellos instantes debía figurar en su vida de alguna manera y no sólo en su silencio. Se hubiese llevado el secreto a la tumba, pero era injusto callar algo de esa magnitud. Al contarlo, sabía que la reacción de Angel sería la que fue y la que después contaría que sería. Por ello pretendía no contarlo jamás. Su intención era que fuese, el secreto de su piel.
Pasaron página a aquello entre risas, banalidades y demás bromas, como solían hacer. Comenzaron a pensar en ese momento en que descargar toda su angustia por la lejanía de sus cuerpos, que no de sus corazones. Horas despues tendrían lo que tanto anhelaban entre sus brazos, su calma y tempestad unidas en una misma persona, la bipolaridad del amor, sus contradicciones, sus imperfecciones, sus incoherencias. Sobre todo la tozudez de ambos en no mirar, no destaparse los ojos.
Sus cuerpos se encontraban de nuevo, en la clandestinidad que otorga un lugar incierto, un punto inconcreto del mapa, se besaron con tal furia y pasión que parecían estar guardando su mejor manjar entre sus bocas, sus miradas se encendían de tal manera que la compañía eléctrica podría haber apagado las luces de media ciudad y se seguiría viendo con total claridad. Suspiraron al sentirse, un torbellino de sensaciones plagaba sus mentes, sus manos eran incapaces de estarse quietas, sus brazos querían amarrar lo que momentos despues tendría que marchar. Apenas hablaron, no se dijeron nada. Los secretos que sus ojos gritaban por una vez rompieron el sello, pero era un secreto. Aunque aquello ya se lo habían contado entre líneas.
Un nuevo e intrigante capítulo volvía a sus vidas, sin tensiones, sin lamentos, bordando tantas sonrisas como sueños. Sin futuros, sin pasados.... Viviendo su momento.
Mientras pasaban las horas, intentos de unos y otros por reclamar la atención de la chica, ella se centraba en la única estrella que la cegaba en aquel momento. Su luz. Hablaron de todo, del tiempo que habían pasado lejos el uno del otro, él decía haberse acostumbrado a no verla intentando dar más importancia al hecho de que al verla se le iría todo a los pies. Verónica ya iba conociendo sus diferentes y complicadas maneras de halagarla, se resignaba ante la lírica que le enredaba en sus conversaciones haciéndolas tan entretenidas como malinterpretadas. "Y decían que el primer año era el más dulce...ja", pensaba ella para sus adentros mientras se dibujaba una sonrisa sarcástica en su cara.
Hablaron tambien de otro tema que quedó estancado momentos antes de su marcha, de cómo se habría fraguado aquello. Verónica intentaba quitarle hierro al asunto, hacerle reir, como siempre, que no tomase la vida de forma tan dramática. Le contó verdades a medias para que él dejase de preocuparse por cosas que no iban a suceder, pues ella no lo permitiría. Por mucho que le doliese, no permitiría que tuvieran que pagar sus errores. En aquella época, ella prefirió guardar silencio, sus lágrimas en una bola de papel, tragarlas y digerirlas de la mejor manera posible. La tranquilidad debía reinar en su mente. Y aquello le descolocaría por completo provocando la huida fugaz. Ciertamente, no fueron momentos fáciles para ella y por eso, desde el primer segundo, decidió plasmarlo en su piel, sin saber dónde ni la forma, pero tenía claro que lo que perdía en aquellos instantes debía figurar en su vida de alguna manera y no sólo en su silencio. Se hubiese llevado el secreto a la tumba, pero era injusto callar algo de esa magnitud. Al contarlo, sabía que la reacción de Angel sería la que fue y la que después contaría que sería. Por ello pretendía no contarlo jamás. Su intención era que fuese, el secreto de su piel.
Pasaron página a aquello entre risas, banalidades y demás bromas, como solían hacer. Comenzaron a pensar en ese momento en que descargar toda su angustia por la lejanía de sus cuerpos, que no de sus corazones. Horas despues tendrían lo que tanto anhelaban entre sus brazos, su calma y tempestad unidas en una misma persona, la bipolaridad del amor, sus contradicciones, sus imperfecciones, sus incoherencias. Sobre todo la tozudez de ambos en no mirar, no destaparse los ojos.
Sus cuerpos se encontraban de nuevo, en la clandestinidad que otorga un lugar incierto, un punto inconcreto del mapa, se besaron con tal furia y pasión que parecían estar guardando su mejor manjar entre sus bocas, sus miradas se encendían de tal manera que la compañía eléctrica podría haber apagado las luces de media ciudad y se seguiría viendo con total claridad. Suspiraron al sentirse, un torbellino de sensaciones plagaba sus mentes, sus manos eran incapaces de estarse quietas, sus brazos querían amarrar lo que momentos despues tendría que marchar. Apenas hablaron, no se dijeron nada. Los secretos que sus ojos gritaban por una vez rompieron el sello, pero era un secreto. Aunque aquello ya se lo habían contado entre líneas.
Un nuevo e intrigante capítulo volvía a sus vidas, sin tensiones, sin lamentos, bordando tantas sonrisas como sueños. Sin futuros, sin pasados.... Viviendo su momento.
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