miércoles, 31 de octubre de 2012

Parte 59 (viviendo un sueño)


Entre Ángel y Verónica llegarían de la mano, la paz y los mimos inagotables, serían días para ella en que no reconocerle, el cambio que estaba dando, para bien, le parecía un sueño. Poder ser ella sin miedo a nada, sin tener las uñas preparadas para el ataque. Las risas y la magia inundaban todas sus conversaciones.

- La confusión es muy clara… No, si lo digo por mi.-Verónica veía aquel mensaje en el chat del grupo que había formado y se volvía a poner el antifaz. Le llamaba por teléfono y Ángel, en el mismo momento rectificaría aquella actitud. Ella no quería escribirle para no agobiarle y, si lo hacía, sería por el chat en que estaban todos sus amigos para que no se sintiese atrapado otra vez. Él respondería.

-Y perdona por lo de antes, cuando esté así, por favor dame dos hostias para que espabile, que hasta yo me estoy cansando de comportarme así.- Intentaba evitar que ella cayese en ese pequeño agujero que se iban hundiendo. Tras hablar un poco sobre algunas personas que revoloteaban por su vida, ella le diría el estado de nervios que había pasado aquella mañana, no sólo por él, sino por ver cómo muchos de sus amigos se iban cayendo por miles de problemas y no podía hacer nada por evitarlo. El tema empezaba a retomarse de nuevo, él intentaría hacerla ver que, para él en aquel momento, era lo más importante pero, Verónica tenía sus reticencias, reconociendo los errores en su actitud y no dando por hecho que la chica fuese a estar siempre ahí. Por una vez, la joven, sería todo lo clara que podría con él.

- No quiero que seas un abalorio que uso hoy y mañana me canso de él. Todo lo contrario. Quiero tenerte presente.- La convencía y a ella se le dibujaba una sonrisa de oreja a oreja.- Lo único que tengo claro ahora. Eres tú. Por eso te decía antes que me iría a la cara oculta de la luna contigo. Perderme contigo. Es lo único que siento ahora. TU. A ti. Tus besos, tu comprensión. Te queda claro que eres tú la que me da, hoy por hoy, la vida.- Ella intentaba no dejarse convencer sin saber por qué, pero al ver lo que la decía se le deshacía el alma y solo quería arroparle entre sus brazos. Sonreía continuamente leyendo, y él continuaría con aquel desate emocional que había iniciado.- Lo que prometo, lo cumplo.-

- Pues prométeme que no me vas a hacer llorar más.- Suplicaba ella entre ojos empañados y sonrisas.

-Te lo prometo con un beso sin fin.- Le decía él, conquistándola cada segundo solo con ser él mismo.

- Quiero volver a lo de antes, a las risas… los piropos… a hacer que los días que llegan sean algo más bonitos para ti y sonrías pensando que me vas a ver al día siguiente. Sabes que a mí tampoco me gustan pero el año pasado fueron mejores porque estabas tú. Me dabas la ilusión que había perdido, hacía meses que faltaba mi tío y conseguiste que me olvidase mientras buscaba un regalo para ti.-  Sin que Ángel lo viera, ella lloraba en su habitación, con una mezcla de saturación, alivio y ruego.

- Te prometo que estas serán mejores. Porque me estaba convirtiendo en lo que no soy, y lo siento, pero soy más fuerte y cojo al toro por los cuernos y a ti por la cintura.- Arrancaba aquel hombre que a ella le apasionaba, el coraje que le enamoró de él. Las ganas de vivir y de sentir que le había ido contagiando poco a poco.

Más sosegados y liberados de todo silencio que habían fraguado sin querer, continuarían hablando, con aquella confianza que se tenían pero más consolidada, sin tantos temores, sin tanta búsqueda de las palabras, dejándose volar el uno al otro, batiendo las alas juntos y sin dañarse, sonriendo y viviendo aquel momento de dulces, premios. Todos los “te quieros” que no se dijeron, salían cada dos segundos.

Bruno se iba haciendo casi invisible, ya no daba señales de vida, estuvo un día entero sin mirarla a la cara, pero algo tenía la chica que, a ellos, les impedía no hacerla caso. Esa tarde hablaban por temas laborales, ella seguía manteniendo aquella actitud fría casi seca, viendo cómo había podido perder a lo que más quería en el mundo pero a su vez, sintiéndose mal por el chico, ya que no era tan malo como para hacerle eso.

Esa noche dormía tranquila, con aquellas conversaciones desatadas que tenía con su chico. Y soñando el momento de tenerle entre sus brazos. Al despertar, mientras se tomaba el café perdida en el mundo de sus recuerdos, apoyada en aquella barra que le hacía de ventana a la imaginación, sonaba aquel timbre que indicaba la presencia del ser que le sacaba una sonrisa en los peores momentos. Comenzaban a darse los buenos días y de repente, un pequeño plan, verse como en sus inicios, cobijados por la oscuridad y con la luna cómplice de sus secretos de amor. Ella se revolucionaba en décimas de segundo. Corría hacia sus labios para sentir todo aquello que le estaba regalando, más de cerca. Al verle allí, esperándola, se la encendió la chispa que hacía tiempo se había fugado, sonrió y se tiró a sus labios.

- Te quiero mi amor.- Irrumpía Ángel aquel beso de alivio. Un golpe la atravesó el estómago y sus ojos se pintaron de ilusión, sonriendo como hacía un año. Le besó con más sentimiento aún, le abrazaba fundiéndose con él. Se tranquilizaron entre sus manos. Verónica le admiraba como si fuese algo irreal, tocándole queriendo palpar la veracidad de aquel momento. No podía dejar de sonreír y sentir.

- Y a Bruno… buf…- Confesaba él aquellos celos que había tenido al saber de la existencia del chico. Justamente aparecían esas letras que a ella le decían tanto y siempre había callado con él por temor a asustarle. Los celos que sentía cuando alguien la robaba su atención o la sonrisa amplia que se le ponía al verla. Frente con frente, tarareaban aquellas frases. Mimándose y sin despegarse.

Ella se tenía que ir obligada por el horario. Mientras corría hacia su lugar de trabajo, escuchaba de nuevo la campanilla y la dejaba para cuando pudiera leer tranquilamente. Tardaría unos minutos más de lo habitual. Cuando estuvo asentada ya, abrió aquel mensaje. “TE AMO.” Se quedaba sin palabras, sin reacción. No podía creer que todo aquello estuviese aconteciendo. Notaba cómo la fantasía y el entusiasmo la inundaban la mirada, ella misma se percataba de la luz que salía de sus pestañas al ver aquello. Ángel parecía haberse propuesto liberar su corazón para regalarla todo lo que había ido dejando perder en el camino de las dudas y los pozos de negrura. Y lo empezaba a conseguir. Ella no quería que aquellos momentos terminasen, se sentía perfectamente completa. La hacía olvidar todo, borrar toda lágrima de decepción y angustia. Hablaban más asiduamente por teléfono que por mensajes ya, ella adoraba oírle, esa voz de hombre mezclada con la de un niño en plena ensoñación, le dolían las mandíbulas de tanto reír pero “qué dolor más dulce” pensaba.

Pasaban horas y horas hablando, escribiéndose, riendo. No se cansaban de saberse ahí. Ni de ellos mismos.  Ese día pasaría Bruno por allí mucho más temprano de lo habitual. Traía cara de pocos amigos, pero al verla le cambió por completo.

- Buenos días… Hoy sí paso por aquí, que como tenéis al mono encerrado en la cubitera…- Decía refiriéndose a aquel compañero que llevaba la indiscreción por cartel. Ella no haría ni un solo guiño a lo que acababa de decir, ya que le parecía ofensivo que hablase así de un compañero suyo, e incluso la molestó.

- Buenos días, que lo pases bien.- Diría seca y cortante. Mientras el chaval se vestía de decepción por tal respuesta.

Unas horas después sonaba el teléfono del trabajo y Verónica sin mirar, contestaba, encontrando a Bruno al otro lado.

- Solo te llamo para informarte de estas personas, que ahora te paso por el programa. Deben estar a dos minutos de llegar. Y si no te importa, podrías sonreír de vez en cuando, estúpida .Ja.- Buscaba la manera de no distanciarse tanto.

- Es que me parece fatal que hagas esos comentarios porque yo a tus compañeros los respeto ¿vale?, tanta clase y alcurnia ¿para qué?... Para ser un clasista maleducado y absurdo… Claro, se me olvidaba que la gente como tú seguían adorando la esclavitud por encima de todo…- Irónica y con toda su mala fe le haría reaccionar.

- Vale perdona, sabes que no me cae bien y encima esto de despertar sin ningún tipo de alegría como días atrás… Pues como que me está amargando de más. Pero tranquila que no se volverá a repetir.- Resignado se lamentaba.

- Bueno, no pasa nada, pero no vuelvas a hacerlo porque tú no eres así. Y sonríe que si no, no aparecerá lo que tanto buscas, idiota. – Le trataba como un amigo más al que sacar de la  monotonía y la tristeza. Colgaba él sonriendo, ella se ponía a barajar la opción de haberle abierto una puerta a alguna esperanza, pero no, no recibió mensaje alguno y suspiró aliviada, dando por finalizada una etapa. Había prometido al hombre de su vida que nadie la volvería a tocar, porque ella no quería que la tocase nadie que  no fuese él. Pero no quería prometerle cosas que no era ella quien controlaba, como la desviación de ilusión de un lugar a otro. Eso, solamente él tenía el poder de conservarlo. Era él quien tenía la carta en su mano, la de conseguir que su calma se encontrase en sus labios, en sus brazos… Y, hasta la fecha, era el único capaz de continuarla y mantenerla.

Noches de sonrisas… De amor. De paz. De felicidad en todo su esplendor, dando alas a las almas que se encerraban en el miedo a lo increíble. Abriendo los ojos a la realidad de sus sentimientos… Sin límites, sin condiciones. Viviendo

 

sábado, 27 de octubre de 2012

Parte 58


- Vaya poder de convocatoria que tienes rey… ja.- Se burlaba la joven del pobre Bruno que, la miraba con cara de estar deseando una tortura lenta y agónica.

- Bueno, al menos estás tú aquí, que eso también cuenta, aunque no me estés haciendo ni caso y no dejes el móvil ni queriendo. Erase una mujer pegada a un móvil…- Mientras acariciaba los gemelos de ella, al tener posadas sus piernas sobre él.

Verónica no dejaba de reír con los mensajes de sus amigos, mientras Bruno no tenía ni idea de que estaba siendo objeto de conversación y burlas. Tardaría poco en empezar a poner cara de desagrado por tal trato.

- Vero, es que tienes que dejar un poco ese mundo absorbente, cielo. No paras, y a mí me estás empezando a enganchar también, mira que me gusta poco. Y ahora… ¿me vas a contar este cambio de actitud? ¿O es que eres bipolar y no lo sabía? ¿Sufres algún tipo de esquizofrenia?... Sería una pena, con lo joven y preciosa que eres… Ja.- Se reía ahora él de ella.

- No tengo mucho que contar, simplemente que la vida nos pone a prueba constante, a mi parece ponerme cada cinco minutos. No te voy a contar mi vida porque te daría tiempo a envejecer sentado ahí mirándome, pero así a grandes rasgos, estoy conectada con alguien de una manera muy especial, algo que es muy difícil de expresar si no lo has sentido  nunca. Y permíteme, no creo que con ella tuvieses lo que tengo yo con esa persona.- Intentaba explicar ella.

- A veces te oigo hablar, tan calmada, tan segura de lo que dices… Que asustas. Creo que sí, que es cierto lo que me está pasando pero… Lo peor, es que a ti no te pasa, ni te pasará lo mismo, por mucho que haga. No sé por qué has tenido que aparecer ahora y así.- Bruno se apesadumbraba por momentos… Perdía la ilusión.

- Lo siento, es que  no sé qué decirte. Quizá no debí dejar que siguieras ilusionándote. ¿Sabes que hoy me ha preguntado si cuando mi compañero te dijo aquello, ya estábamos…? es para cambiar de tema un poco y que rías.-  Ella con su habitual técnica de la distracción o desviación a otros temas, cuando veía que la cosa se ponía complicada.

- Pues si supiera que mucho antes ya moría por tu mirada… Ja. Pero fue más tarde ¿no?. Ahí intentaba ponerte yo contra las cuerdas para ver por donde respirabas. Hasta que vi tu grado de discreción.- Empezaba el chico a relatar, recordando aquellos momentos.- Fue entonces cuando me di cuenta que, el que metía siempre la pata, era tu compañero. Y por eso tardé tanto en tirarme al charco… No quiero problemas en el trabajo y ahora sé, que tu no me los darás.- Concluía.

- Ya, ya lo sé. Y ahora es cuando yo pienso que no tenías que haberte tirado al charco. Pero bueno… Al menos, sacaremos una buena amistad, unos ratos de risas y debates, de contrapuntos a nuestros cuentos, de… de… Ven aquí anda.- Le abrió los brazos para que el chico se tumbara encima suya, le enmarañó el pelo y empezaron a hacerse cosquillas, verbales y físicas. Pasaron al rincón de las letras, como lo habían apodado, y estuvieron desentrañando los misterios de diversos cuadros contemporáneos, cada uno veía una cosa, después lo comparaban con la información que daban tras él y, ambos, completaban lo que allí ponía pero cada uno a su manera. Sonaba aquella melodía instrumental y ella se fugaba a los pies de su alma gemela, poniéndose en su piel mientras le imaginaba en noches de soledad y escuchando aquellas notas. Entonces cogió un folio y empezó a garabatear sin más, sin pensar, apenas tardó dos minutos, Bruno observaba impactado aquel momento. Cuando terminó, ella alzó la hoja hacia su rostro y él, con la boca entreabierta, lo cogía, leía y derramaba una pequeña lágrima que difuminaba la tinta haciendo una de sus palabras, ilegibles.

- Eres impresionante… ¿Por qué no puedes ser para mí?- Ella sonreía, mirando al suelo y encogiéndose de hombros. No sabía cómo explicarle que ella no podía ser de nadie, porque solo era del aire, del mundo, ni siquiera de ella misma. Era un alma libre que volaba solamente guiada por las alas de un águila, del que la sacaba de un árbol si las ramas la atrapaban, del que la llevaba la comida en su pico si ella no podía conseguir el néctar de cualquier flor, del que batía sus alas tras ella, vigilando cada giro que hacía para que no la pasase nada… Sólo podía ser del aire y compartir su vuelo con aquel que la mostraba la verdad en su mirada.

- Bruno… Estoy convencida de que ahí fuera está aquella que te haga imaginar, volar a su lado, soñar… La que sepa cuando necesitas estar solo, la que te acaricie la mejilla cuando necesites, la que te haga reír sin apenas abrir la boca, la que te haga sentir tan importante que te corte la respiración por el temor… Está por ahí, solo tienes que estar atento y llegará.- Le decía intentando convencerle de lo que ella había encontrado.

- Yo pensé que esa eras tú… Pero bueno, supongo que dos mundos tan dispares… No pueden estar tan juntos.- Él se lamentaba y sonreía a la vez, se tumbó sobre aquella alfombra ultramoderna que acababa de estrenar, mientras miraba al techo. Imaginando un mundo donde sus sueños, sus delirios terminasen y pudiesen convertirse en realidades.

Ella continuó en su mundo, con sus anhelos y sus historias por contar, mientras observaba la foto, la única foto que había guardado de Ángel, con aquella ropa que a ella le encantaba, con el fondo que les hacía de refugio. Los ojos de él sonreían mientras la boca quedaba entreabierta sin llegar a sonreír. Ampliaba el zoom y observaba aquellas canas, las que le habían enseñado a contener aquella ira que guardaba durante años, aquella revolución contra el mundo que Verónica disfrazaba de alegría y sonrisas, sentía la paz de su cuerpo a través de la fría pantalla de su teléfono móvil. Acariciaba con sus yemas su pelo inmortalizado en aquel instante, mientras sentía que volaba a su cintura, se sentaba encima suya jugando con sus mejillas, con sus labios. No se había percatado en todo ese tiempo, de nada físico, cayó en la cuenta al intentar imaginar su cuerpo. No podía, le tenía grabado en sus manos, en su piel pero no en su retina. Porque en ella, solo existía la mirada magnética, el imán formado por tantos suspiros como risas, por lamentos y gozo, por conversaciones y silencios… Se rindió a sus sueños.

Despertaba de nuevo en aquel sofá, miró a su izquierda y no había nadie. Mientras intentaba abrir los ojos, escuchaba pequeños ruidos de fondo. Bruno intentaba ser cauteloso para no despertarla. Ella le vería pasar por aquel salón que parecía no tener fin. Se sentaba en el sofá y le observaba en silencio.

- Uy, te he despertado. Lo siento. Buenos días princesa.- Agachaba su cabeza hacia su frente.

- Déjate de ñoñadas, anda… Que no soy una muñeca de esas que te presentan a diario.- Ella y su carácter de recién levantada. Él quería ser dulce pero a la chica le empalagaba demasiado tanto pastel.

Mientras restregaba sus ojos una y otra vez, el chaval le traía un café de esos que revolucionan hasta el corazón más catatónico. Verónica encendía sus conexiones y daba los buenos días a todos sus imprescindibles. Ángel aparecería por allí, haciéndola sonreír en el instante.  Bruno la acercaría a casa una  hora después, ya no pasarían el fin de semana juntos porque ella no quería acostumbrarle a aquello, ni acostumbrarse ella. Prefería apalancarse en su habitación y leer, pensar… Abastecerse de cultura… Llenar sus sentidos con otro tipo de arte al que antes buscaba donde no debía… Gracias a ciertas lecciones… Lo iba consiguiendo, aprendiendo.
Ángel el día anterior había estado viendo aquella película que a ella le dejó sin aire. Verónica le había dado unas indicaciones para cuando la viese “acuérdate de mí cuando el niño mayor le diga a la madre lo del principio de la película.” Ella se refería a aquel grito desgarrado, el que mostraba el pánico que daba sentirse solo en medio de la nada, el que suplicaba que no volviese a acontecer aquel estremecimiento. Verónica habría proferido aquel chillido en, solamente,  dos ocasiones, una de ellas, cuando Ángel la echaba de su vida y volvía a recogerla en sus brazos días después. Cuando unidos en cuerpo y alma, ella sentía aquel alivio de volver a sentirle cerca, de curar sus heridas y calmar sus tormentas. Pero de su boca solo pudo salir un “cuánto te he echado de menos”…  La otra, cuando se vio sola ante tanta gente conocida pero extraña, cuando se dio cuenta que no podría sobrevivir al silencio eterno. Esa tarde en que el único hombre en quién podía confiar, su abuelo, se marchaba sin decir nada, dejándola allí por un calentamiento moral absurdo. Ella corrió tras él pero le perdió la pista y se quedó en aquel giro de calle, mirando a un lado y otro sin encontrarle. Era pequeña y no recordaba cuanto tiempo pudo pasar hasta que regresó, pero cuando lo hizo, ella saltó literalmente a su pecho, abrazándole como nunca lo había hecho con nadie, y le gritó aquel “ni se te ocurra volver a hacerme esto”, mientras temblaba y lloraba por los nervios de ver cómo podía necesitar tanto a alguien.
Verónica no se lo había explicado… Le dejó una de aquellas perlas para que pensase, buscase y prestase atención a la película.

viernes, 26 de octubre de 2012

Parte 57


Ese día viviría en un huracán de situaciones que la llevarían a estallar, a gritar, cuando quizá en otro momento habría callado todo lo habido y por haber. Bruno que no paraba de mandar mensajes, no cesaba en su empeño por saber. Y  en su casa las cosas no eran un camino de rosas. Le costaría dormir unas cuantas horas, intentando recolocar todo en su cabeza y su cuerpo, sin encontrar salida ni entrada, mostraba toda la calma que podía pero en realidad estaba en modo volcán a punto de erupción. Sonaba el teléfono por vigésima vez en toda la noche y hasta que no lo cogiese, no iba a parar de sonar.

- ¡Dime!- Gritaba, harta de tanto escuchar aquella música. Al otro lado, Bruno suspiraba.

- Vero, vaya día de no coger el teléfono ¿qué te pasa? Déjame que te ayude, mira que eres…- Se desesperaba ante tanto silencio.

- Bueno, ya te he contestado, ¿no te vale con eso?, no quiero meter a nadie en mi vida. ¿Tan difícil es de comprender?- Exasperada ya, se proponía echar a aquel chico de su vida como fuese. Tuvieron un par de palabras más sin llegar a ninguna conclusión y él conformándose con saber que seguía viva.

Al  despertar… Un testamento por mensaje.

Mira que me costó decidirme. No pensé que fuese por algo como esto. No hay quien te entienda. Parece que soy el mayor error de tu vida. No soy ningún muñeco con el que jugar. Tengo paciencia, pero es que contigo no hay que tener de eso, hay que tener GANAS, y yo no las tengo. Paso de ti, de tus historias. Lo que más rabia me da, tener que ver esos puñeteros ojos que me envuelven todos los días. No sé… Pero consigues mi rabia y mi ilusión en dos minutos. Eres tan desesperante que… No creo que sea eso lo que me está pasando. Algún día lo sabré. Y quizá sea tarde para que te des cuenta. Que descanses, porque yo no podré. Buenas noches.

Verónica apenas lo leería, pasaría rápidamente al otro método de conexión entre Ángel y ella. La despertaba disculpándose por no haber podido hablar aquella noche. La chica sonreía y, a la vez, lloraba aliviada de encontrarle, aunque fuese de aquella manera, siempre le daba aquel aire que necesitaba, con solo moverse por delante de ella. Una pregunta y un plan, de aquellos que surgían sin más, ella encantada, se animaba el día sin apenas nada más.

- Buenos días. Se te ve demasiado radiante ¿no?- Preguntaba Bruno por el móvil aquel día. Ella no le había contestado a aquel testamento que había dejado y, él, de nuevo insistiría.

- Pues mira, sí. Estoy muy tranquila ahora mismo y no me apetece discutir. Siento mucho no haberte contestado estos días. Soy así. Y siento que tengas que ser tú quien lo pague, de verdad. No te has portado mal conmigo como para ello. Perdóname.- Se disculpaba con él, viendo cómo podía estar descolocándole por momentos.

- Gracias, la verdad que gracias. Yo ya no sabía que había hecho para llegar a esto. Me sentía impotente. Solo quiero ser tu amigo, creo que tenemos algo en común que no todo el mundo tiene y no quisiera perderlo. Aunque esté con otra, otras… Quiero que sigamos teniendo esos ratos de risas y de contrastes, tú con tus formas y yo con las mías.- Le pedía el chico ante la posibilidad de que ella se estuviese marchando.

- Tranquilo, mi amistad no se la niego a nadie, pero es que yo soy así, además que no me gusta que me saturen y… Me estabas saturando mucho. No me gusta sentirme encerrada, lo siento.- Explicaba ella como podía, pues sabía que era complicada de entender y llevar. Sólo existía una persona capaz de razonar con ella, de hacerla entender y de calmarla. Y ese, no era Bruno.

- Entonces… ¿amigos?- Pedía el chico con una cara sonriente por icono.

- Amigos. Ja. Pero, no me agobies.- Advertía.

Todo quedó ahí, mientras Ángel volvía poco a poco a su ser, viendo como ella volvía al suyo. Parecían globos, que se hinchaban hasta casi reventar y después soltaban todo el aire volviendo a su misma forma. Ella decidió meterle en su grupo de imprescindibles, porque quería que estuviese siempre, pasase lo que pasase. Contaba con los dedos de una mano, a esos amigos de verdad. Entablaron conversación, mientras ella se sorprendía de verle aparecer por allí pero se alegraba de ello y reía como hacía semanas que no conseguía.

A la mañana siguiente Ángel se volvía hacer importante en su vida, iría a buscarla, a rescatarla de aquel nido de angustia que tenía por casa, él parecía tener necesidad de darle lo que tenía, su paz. Ella se despertaría temprano y nerviosa por lo cerca que estaba ese momento. Dudaba entre cómo peinarse, vestirse, tenía aquel zoológico al completo retumbando en su estómago y se uniformaba de ilusión.

- ¿Hoy espero yo?- Preguntaba Ángel mientras la tenía a escasos metros. Ella estaba esperando en otro lugar. No imaginaba que pudiese estar allí ya. Al ver su coche, le empezaba a temblar hasta el alma. Se montó, no sabía si besarle, si acariciarle, se quedaba petrificada en su presencia. Esperando que fuese él quien diese el paso. La sonrisa estaba ahí, no faltaba. En cierto modo, le notaba tenso. Ir juntos en su coche no era algo habitual, era un pequeño detalle que, a ella, le hacía sentir mejor a su lado. Al llegar al punto que habían comentado, sus labios se acercaron de nuevo, de repente el tambor de su estómago frenó en seco, dejándola sin respiración y, a su vez, con aquella vida que meses atrás le regalaba.

Caminaron y hablaron de sus cosas comunes, de sus “amigos”, de sus historias, se paraban a cada momento para gozar de sus labios y su presencia. Eran imanes el uno para el otro, no podían dejar lugar a conversaciones normales, cada momento se besaban, abrazaban, acariciaban. Verónica tocaba el cuerpo de su chico como si fuese algo más, diferente, no sabía expresar con claridad aquella sensación, pero parecía no existir nada más a su alrededor. Nunca había estado montada en una nube pero suponía que debía ser algo similar. Mirándose a los ojos, examinando sus labios con su mirada, transformando aquella seriedad en sonrisas.

Ella a cada minuto agarraba su mano, la que le daba aquella tranquilidad, la única que era incapaz de soltar y por la única que se dejaba guiar. Él hablaba poco, aunque lo poco que decía era para hacerla seguir adelante. Se entendían de la misma manera que lo hacían dos gotas de agua. Verónica seguía andando y le agarraba sus dos manos, entrelazándolas con las suyas y acercándole a su espalda, para sentir ese calor y ese cobijo, esa armonía. Cerraban los ojos dejando que el aire les refrescase rostro y mente, suspirando y aliviando todos aquellos demonios. Él continuaba nervioso aunque lo disimulaba ante ella. Al estar cerca y frente al otro, parecía que todo aquello que les había enfrentado en un momento de sus vidas, les unía mucho más, transformándolo en un amor fuera de lo normal. Ella notaba su corazón subido en sus labios, diciendo todo lo que nunca se atrevió a decirle y mil veces había sentido, acoplándose en su personalidad seductora para enamorarle con su mirada, con sus palabras, con su alma. En pocas palabras, siendo ella misma. La que en algún momento encerró por miedo a que Ángel la desterrase al olvido, por temor a ser tan vulnerable como fuerte, por no asustar a aquel hombre que cada día la miraba más por dentro, dejándola que liberase su mente y alma, su cuerpo en su cuerpo, que se convirtiera en escultora de sus más mágicos y preciosos momentos.

Un día más de aquellos a guardar en el álbum de recuerdos que iban formando, uno de aquellos que les hacían sonreír en sus peores momentos. Verónica no daba crédito a lo que estaba viviendo pero la hacía sobrevivir al miedo.

Buenos días, no quiero saturarte, ya sé que te agobias con nada, solo quería saber de ti, si sigues bien y si necesitas algo. Hoy no te he visto y te he echado de menos. No es lo mismo tu sonrisa que la del gafitas. Esta noche monto una cena para algunos compañeros y amigos, me encantaría que vinieras aunque ellos te vean, las reacciones iban a ser geniales y yo me iba a reír como nunca. Si quieres estás invitada, si hace falta, voy a por ti pero no te prometo que duermas en tu casa, ja. Un besote enana.”

Bruno daba señales de vida pero ella ignoraba tal señal. Estaba con Ángel y no permitía que nadie interrumpiese aquellos momentos excepto sus imprescindibles. Al dejarla él en el mismo punto de partida y despedirse con aquel beso tan cálido, ella sonreiría sin más. Pensando en lo increíble que era vivir la locura a su lado. Recuerdos imborrables.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Parte 56


Pasaría un gran rato con esa amiga a la que soltarle todo lo que de verdad pensaba de unos, de otros, de todo. Ella le daría la razón, o su apoyo, en, prácticamente, todo. Esa noche no podía dormir. Su cabeza giraba en torno a todo lo que había pasado, estaba pasando y pensaba. Estaba tranquila, más de lo habitual en ella ante este tipo de situaciones, pero un sobre salto la despertaría en medio de la madrugada, como un mal presentimiento, algo que ella no sabía distinguir muy bien.  Le golpeó el pecho con tal fuerza que la levantó de la cama, intentó calmarse porque esa cuerda la estaba asfixiando, no sabía qué era. Miró el móvil para comprobar la hora, eran las dos y media de la madrugada. Bruno habría dejado unos cuantos mensajes en su pantalla, preguntando el motivo de tanto silencio, a veces tenía exceso de preocupación. No le contestó.

Al despertar, esa mañana quería saber de Ángel, no sabía muy bien como iniciar la conversación, lo pensaría durante una hora, pero se le hacía muy difícil no decirle nada, aún sabiendo que necesitase aquella soledad. Cuando de repente y, simultáneamente, ambos escribirían al otro. Se echaron a reír, como siempre. Lo llamaban telepatía entre risas. Hablaron un rato sobre otro tema que podría “perjudicar” a Ángel en un momento dado, rieron, él suspiraba, ella se comía aquellos suspiros para convertirlos en lágrimas, sin saber muy bien si de felicidad por volver a hablar con él o de qué, pero no era aquella angustia contenida de días atrás.

Parados en aquella acera, frente a frente, Verónica no sabía reaccionar. Se quedaba allí, parada, mirándole como si fuese algo paranormal, él la miraba y abría sus ojos, pestañeando fuertemente para simular que todo iba bien, era una de sus extrañas maneras, la que ambos hacían cuando solo querían simular paz y por dentro llevaban toda la red ferroviaria. Él la preguntaba si estaba todo bien y, ella, con aquellos nervios de cuando le conoció, solamente se le ocurría sonreír y asentir con la cabeza. Se miraban sin decir nada, cosa que otros apreciaron como un acto diferente. Incluso ella, se quedó tan paralizada que tuvo un percance a la hora de trabajar comúnmente. Se enrojeció y aquel hombre la miraba como si ella se estuviese enamorando de él, dado que no era la primera ocasión que coincidían nervios, sonrisas y ese señor. El hombre reiría para sí mismo y la disculpaba con una mirada penetrante, haciendo caer sus pestañas en señal de tranquilidad. Tal había sido aquello que se notó en demasía.

- Niña, cuál no habrá sido tu cambio de actitud en estas últimas semanas, que voy a tener que sacar la fregona para ir recogiendo todas las babas que van dejando… Relaja un poco esos ojos, anda.- Le pedía aquel compañero que le había visto en sus días de agonía incesante. A pesar que le gustaba verla así, le resultaba algo incómodo lidiar con todos aquellos señores que le preguntaban algo acerca de ella. Verónica solo podría reír ante tal requerimiento. Minutos después, pasaría Bruno, viendo como ella sonreía y aún no había recibido mensajes suyos.  “Muy bien, así me gusta, que sonrías… Pero si quisieras contarme por qué…” Ella en ese momento hizo caso omiso de aquella infantilidad, si reía porque reía, si lloraba porque lloraba, el caso era preguntar todo. Y ella ya se agobiaba con tanta insinuación y chorrada.

Ángel y ella entablarían aquella conversación “pendiente” donde él diría todo lo que había ido sucediendo, ella respondía sin conocimiento, sin pararse a pensar. Al leer aquello de “Por lo que pudo haber y creo aún hay. Por mi hija. Por mi.” Se desmoronaba en el momento… No sabía qué responder, si lo que sentía realmente, lo que debía… Se hizo un cúmulo de sentimientos intentado mantener la frialdad pero respondiendo desde lo más hondo de su corazón. Sin embargo, no quería quedarse con aquella pregunta que le rondaba la mente como si fuese un pájaro volando constantemente en frente de sus ojos y la hizo. “Yo… ya no pinto nada ¿no?”, lo adornó con una carcajada, porque realmente le salía así.  Y la respuesta de Ángel le pareció tan sincera y noble, que le dio aquel punto de ilusión que le robaba cuatro frases antes. Pero al  continuar hablando, ella apreciaba como, sin querer, la culpaba de toda aquella situación, aún sabiendo que aquel no era el fallo. Verónica seguía tirándole de la lengua, él seguiría explayando todo lo que había sucedido y le parecía casi hasta irreal. Solo supo contestar cosas de las que después se arrepentiría, porque ella no era así. Parecía estar peleando algo que no era suyo, que no la pertenecía. Se ponía en contradicción con su propio yo.  Pero es que necesitaba hacerlo. Cuando tenían este tipo de problemas, Ángel le decía que no le había enseñado nada, pero ella estaba viendo que le había mostrado el camino hacia la lucha incesante.  Párrafos más tarde, reaccionaba conforme a su verdadero ser. Diciéndole “Mira cariño, sabes que yo no voy, ni quiero malmeter… eres tú quien tienes que caerte o levantarte… yo solo puedo estar aquí y arroparte cuando te haga falta… pero… tengo la sensación de que las palabras son muy bonitas.” Tras esto, ella quería saber qué pasaba por la cabeza del hombre de su vida, no sabía cómo decirle ciertas cosas. No sabía cómo expresar lo que le estaba pasando con Bruno, que ella sabía que no iría a ningún lugar, o sí. Pero es que no sentía por él más que el típico encaprichamiento de juventud, poco más. El jugar a ser adolescentes un rato. Aunque el chico intentase poner todo de su parte, ella sabía dónde estaba su corazón y dónde se ahogaba sin él.

Ángel le pediría aquella sinceridad de siempre, nada de silencios, porque él sufría mucho más cuando la veía callada sabiendo que Verónica era un torbellino de ideas.  Y ella empezó a intentar contarle aquello pero sin saber si se estaba haciendo entender… y, a juzgar por la respuesta de él, no lo había entendido. Ella no se imaginaba un mundo sin él, sin Bruno sí, sin cualquiera podría imaginárselo, pero sin la seguridad de sus abrazos, de sus ojos, de sus besos, le era prácticamente imposible. Solo que, era cierto que ella no quería venderle una moto sin ruedas. No podría superar su cara de decepción, si ésta la provocaba ella misma… Acumuló todos sus pensamientos y los mandó en un correo.

- Me tienes hoy muy olvidado, ¿se puede saber qué te pasa? – Preguntaba Bruno al otro lado del teléfono.

- Nada que te importe. No me apetece hablar y punto. Acostúmbrate, soy así. ¿Qué más quieres?- Iría directa al grano, pues le llamaba al teléfono del trabajo y suponía que era por algo.

- ¿Me podéis avisar cuando vengan estas dos personas?.. Te diría que me mandases un mensaje… Pero tu respuesta se cual sería.- Contestaba él dócilmente.

- Sí, que te mandaría pero a la m…- Se reía a carcajada limpia con cada palazo que le daba.

- Como me imaginaba la respuesta, pero mejor me callaré, que estoy  más guapo. No me vas a picar. Bueno ¿nos hacéis ese favor? Gracias.- Replicaba el chico con algo más que la moral tocada.

- Como mande el señorito. Agur.- Se despedía ella tajante y fría. Estaban cumpliendo un deber y no tenían que andar así.

Al salir, su teléfono no paraba de sonar. Bruno se estaba poniendo extremadamente pesado y ella, con sus maneras chulescas de vivir, pasaría de aquella llamada tan insistente. Cuando finalmente recibió un mensaje.

Mira, me da igual lo que haya pasado, no sé de qué vas, me tienes un día con sonrisas por doquier y otro con infinidad de borderías, no te voy a decir que me estoy cansando, pero sí que no me gusta nada esta actitud. Las cosas se hablan. No sé qué te he hecho de malo para que me trates así. No eres difícil, eres IMPOSIBLE. Yo ya no te rogaré más. Lo siento.”

Ella antes de decir, ni contestar nada, pensaría que, como siempre, todos huyen. Terminó diciendo. “Perfecto. Haz lo que creas conveniente. Las buenas cervezas cuesta mucho conseguirlas, y no todo lo compra el dinero. Que pases buena tarde.” Con toda su frialdad y soberbia apretó el botón de enviar. Y, como no… Bruno no se callaría ante tal respuesta. Evidentemente.

Está claro, eres indomable. Ja. Me encanta. Pero me desesperas. Sólo quiero estar ahí y que sepas que lo estoy. No te voy a pedir perdón porque creo que es tu cabeza quien te está jugando una mala pasada. Te llamaba por si querías dormir en casa, aunque supongo que mañana trabajas y no tendrás ganas de nada. Pero bueno… El plan era bueno… Sushi… Peli… Mantita y a dormir… Ahí lo dejo. Si gustas…” Leyó esta última petición y bloqueó al chico. No quiso caer en la tentación de contestarle y seguir con una batallita que no llevaba a ningún sitio. Le había costado encontrar aquella paz que tenía por dentro en aquel momento y no lo iba a romper por alguien que llevaba en su vida dos días apenas. Se fue a casa, se metió en la ducha interminable de agua hirviendo para quemar sus malas energías y se relajó mientras escuchaba aquella guitarra que tanto le gustaba a su chico… Mientras runruneaba por los umbrales de su propio corazón, de su mente, de sus recuerdos… Encontraba aquellas risas sinceras que la hacían dejarse el estómago. Aquellas charlas amenas y tranquilas sobre la monotonía y sus circunstancias. Las tormentas también venían a su cabeza, viviendo una pesadilla constante por momentos… Y los problemas iban creciendo.

martes, 23 de octubre de 2012

Parte 55


Bruno recapacitaría sobre todo aquello que habían hablado, dándose cuenta que ambos buscaban, o habían encontrado, aquello que perdieron en lo que llevaban dentro del corazón. Había muchas similitudes entre unos y otros frentes, sólo que ellos lo completaban con algo más, la ilusión del desconocimiento. De no conocerse de años pero querer hacerlo. Hablaron detenidamente, sabiendo que querían seguir siendo amigos, los dos, pero dejando al tiempo que hiciera lo que tuviese que hacer.

Ángel por otro lado, se dio cuenta que no quería, o no le gustaría perder, aquello que la chica le había dado, esa confianza ciega, esa fe en él por encima de todo. Hacerle sentir importante. Ella sentía muchísimo por él y era incapaz de dejar de creerle, siempre había un motivo o aliento para hacerlo. Él pasó días investigando la manera de reencontrarla, viendo que dejaba de lado lo que ya tenía, observando cómo allí no sentía nada más especial que un “estar” y no un  “ser”. Le daba igual ya si perdía lo que no tenía, porque no lo tenía hasta que no reaccionaban. Vendrían días de paz intensa entre ellos pero de tormentas en su lugar habitual.

Al  fin su voz callada, arrancó un “ya está bien”, no podía continuar fingiendo algo que no sentía o que no le salía desde dentro. Iba recopilando recuerdos, buenos y no tan buenos, viendo cómo había sido una pelota de tenis, ahora aquí, después allí. Se sentía manejado por una vida idílica, por lo que había podido llegar a perder muchas cosas en el camino. Verónica quería ser amiga y comprender, lo hacía, le quería tanto que ese amor en lugar de encerrarla en ira contra él, sólo podía procesárselo cobijándole y arropándole.  Quería devolverle aquella vida perdida, las sonrisas eternas y el brillo de los ojos.

Esa mañana, se vieron. Verónica llegaba con sus habituales nervios por verle, con sus ganas de morderle entero, por un lado, y por otro estaba como fría. No sabía por qué tenía aquella sensación. Al bajar del coche, se fundieron en un abrazo, ella sintió que algo no iba bien, ese abrazo de Ángel no era de ilusión y alegría por verla, sino de refugio, notó su tristeza en dos segundos pero no sabía si preguntar.

- ¿Qué te pasa?- Finalmente hizo la pregunta, esperando que la boca de él dijese lo que tuviese que decir. La miraba y parecía no querer soltar aquello.

- Que he discutido.- Empezaría a ver la agonía en sus ojos, la pena, la tristeza… Ella le abrazó más fuerte, queriendo curar aquella desazón. Empezaron a caminar, ella pensaba en qué hacer para remediar aquello, si hacer de su capa un sayo y reír sin más, jugar al “aquí no pasa nada” o ser valiente y enfrentarse a la dureza de aquel momento. Pasaron un rato sin mencionar nada, intentando olvidar aquel suceso. Estuvieron más juntos que nunca, sintiéndose el uno al otro muy cerca, el gran amor que se tenían les llevaba a unirse tanto física como mentalmente. Ella le había echado tanto de menos que no sabía cómo hacer para que él  lo sintiera. Cuando ya estaban tumbados y relajados entre sus brazos. Ella decidiría empezar esa conversación, sabía que lo necesitaba y le abrió las puertas para que lo hiciese. Quería que se apoyase en ella y que se sintiese protegido.

Ángel empezó a contar sus batallas mentales por sus labios… Verónica solo podía escuchar pacientemente, sintiendo dolor con cada frase, pero no por ella ni sus celos, sino por saber cómo se estaba sintiendo y no poder hacer nada para remediarlo. Le cubriría de besos, abrazos y caricias. Intentando que el dolor del alma se fuese, queriendo apaciguarlo con su sonrisa. Los “te quiero” que nunca dijo salieron juntos de su boca. Esa mañana ella se sintió, por fin, especial en sus brazos.  Pero sabía que al marcharse algo no estaba del todo bien.

Aquel día al llegar a casa, él soltaría todos sus demonios fuera, como quizá debiera haberlo hecho tiempo atrás para evitar toda esta situación. Las respuestas allí fueron de lo más habitual, lo más normal. Era muy duro ver cómo se iba perdiendo todo. Aunque ella misma lo estuviese viendo… Intentando recuperar aquello. Ver cómo todo lo que se ha ido haciendo durante años tira por tierra cualquier tipo de palabra que quieras emplear, era frustrante, Verónica no quería dar su opinión para que no influyese en él, pero pensaba que las cosas no había que recuperarlas, simplemente no dejarlas perder entre silencios, cuando se sabe que existe un problema pero no se tiene el valor de afrontar la conversación que acababa de abrir él, al menos él había mostrado más interés, real, en esa relación… Siempre daba paso al dialogo y no esquivaba las conversaciones, sin miedo, de frente, aún teniendo que ocultar a Verónica, había sido mucho más valiente, por su parte, aquel acto y sensato, ya que dejó a un lado a aquella pieza del puzle que nada tenía que ver en aquellas desganas. Ángel estaba saturado por toda la situación, no sabía qué camino había que elegir, porque como él decía, independientemente de todo aquello, sabía que también estaba Verónica.


Verónica intentaba mantenerse tranquila ante tal situación, seguía viviendo en su habitual mundo sin pensar en aquello. Esa tarde estuvo con Bruno.

- ¿Qué pasa Vero?... – Preguntaba el chico, sorprendido por la manera de cambiar la cara de ella.

- Que alguien a quien quiero está sufriendo mucho y no puedo hacer nada para remediarlo. Y su dolor, es mi dolor.- Explicaba ella resignada.

- Mi experiencia, que ya sabes cuál es, me dice que no debes dejar que la tristeza de nadie haga la tuya. Tienes que apoyar y aconsejar, estar ahí pero no hacerte una mochila con tus problemas y los de los demás. Eres tan buena que no dejas…- En ese momento le cortó sus palabras.

- No digas que soy buena o dejo de serlo ¿vale?, no me conoces, no tienes ni puta idea de cómo soy o dejo de ser. Y además sí, su dolor es el mío porque es parte de mí, le tengo aquí. En mí. Sé que es difícil entender ese concepto, lo sé. A mí me ha costado media vida darme cuenta y sobre todo, reconocerlo. Pero es así y…- Tal como terminó de decir eso, se marchó al baño a respirar. No llegó a llorar, pensó en aquel momento en que sus abrazos interrumpían palabras y se calmó. Al volver, Bruno estaba en el mismo sitio y con la misma cara.

- Enana, no me seas… Joder, es que me da una  impotencia no poder hacer nada… ¿Qué hago? Dime…- El pobre muchacho no sabía cómo hacer olvidar a la chica aquel momento. Pero era algo normal. Aquel problema era de tal envergadura que tenía que afectarla de una manera u otra.

- No puedes hacer nada niño, solo aguantarme y si quieres, ja. Pero es que nadie puede hacer nada. Es él quien tiene que aclararse y abrir o cerrar los ojos. Yo ya no puedo hacer más que estar cuando me necesite, si es que lo hace. Es así de sencillo. Así que ahora tú y yo, nos vamos a reír un rato, ¿quieres?- Cogió su brazo, le tiró como una niña pequeña de él y se fueron a andar por un parque, mientras iban hablando de la vida de él, de las tonterías del trabajo. Verónica iba pensando en el paseo del día anterior, por un momento se desconectó, estaba en aquel lugar que les vio quererse como no lo hicieron antes, que les vio estar en calma absoluta, aquel que escuchó todos los lamentos de Ángel.

- Has dicho él… ¿quién es él? ¿Qué pasa?- Preguntaba el chico intrigado.

- Nada corazón, cosas mías. Ja. Déjalo y sigamos con tu vida…  Es más interesante.- Mostraba un interés fingido, solo por ocupar su mente en otra cosa. El chico seguiría contándola todas sus batallas.

- Pues el otro día, cuando traías el pelo hacia atrás, causaste impacto… Me estuve riendo por dentro, todo lo que quise y más. Me decía Hugo que nunca había reparado en ti y que eras muy atractiva, que habías dejado de parecer una adolescente loca para ser una señora que mostrar en cualquier galería de arte. Y yo le dije que se olvidara de la gente de aquí, que nos podían traer problemas y demás. Y me dijo que por una mujer como tú, los problemas se quedaban en minucias. Y yo pensando por dentro… Ay, pequeño, no tienes que aprender. Me reí lo que no me he reído nunca. Si te conociera… No se atrevía a decir algo así… Pues no eres tú nadie…- Hablaba sobre lo sucedido una mañana en el trabajo, Verónica cuando cogía una manera de vestir, de arreglarse o peinarse, siempre se quedaba con la misma, pero si le daba por cambiar un poco, solía crear ese tipo de revolución y confusión en el ambiente.

Seguirían pasando las horas… Ángel no daba señales de vida… Suponía que estaba bien. Iría al encuentro de su paz… Su gran amiga, la que siempre guardaba abrazos para ella, fuese el momento que fuese… Siempre estaba, o lo intentaba. En el último año se habían unido más que nunca. Ella estaba ahí desde el principio de toda la historia y solo ella podía sacarla aquello que nadie hacía, excepto Ángel…

jueves, 18 de octubre de 2012

Parte 54


- Buenos días enana, espero que hayas dormido bien y algo mejor que yo. No, hoy no trabajo, puedes estar tranquila, y gracias por escribirme.- Respondía Bruno al mensaje de ella para despertarle, no sabía muy bien por qué lo hacía pero la apetecía hacerlo. Le mandó también una foto de aquella película que a los dos les gustaba.

Verónica pasaría la mañana en calma, sabiendo que le había hecho sonreír un poco. Intentó hacer reír también a Ángel, no quería dejarle mucho en el olvido, se sentía viva escuchándole reír. Habló con sus otros dos amigos, uno se desviviría por ella en elogios y comprensión, dejando de confiar en aquello a lo que tanto animó, viendo que cabía la posibilidad de que Ángel no estuviese tan enamorado como él defendía. El otro, seguiría con sus cuentos dramáticos, necesitando su apoyo y cariño. Mientras tanto pasaría la mañana de trabajo como en tiempos anteriores, riendo por todo, sacándole punta a cualquier cosa, contagiando a sus compañeros de fatigas. Hacía tiempo que no veía tanta comunicación entre todos. Parecía que su felicidad era la conexión entre unos y otros.

- ¿Y tú crees que los dos no son sentidos? Todos y cada uno de los que doy, lo son. Y los tuyos más aún.- Respondía Ángel a aquel mensaje de ella. Al verlo en la pantalla de su móvil, se helaría, haciéndole una broma más, no le afectaba en absoluto ninguna frase de aquellas suyas, aunque él no lo hiciese con mala intención. Ella ya lo veía así, como un acto de niños, de risas involuntarias y poco más. De buscar la esencia perdida entre tanto rebosamiento.

Pasaban las horas y Bruno se hacía rogar. No quería darle señales de vida aunque de vez en cuando le llegaba una cara dando un beso, de esas que le mandaba en señal de que la tenía en su pensamiento. En una de aquellas ocasiones, Ángel estaría delante y ella no supo fingir aquella sonrisa de medio lado. Él preguntaría y ella cambiaría radicalmente de tema, sumergiéndose en la alegría y el alborozo para distraer aquella atención.

Al salir, llamaría a Bruno, quedaron media hora después en casa de la chica, la recogería y la llevaría con él a su guarida. Reían por el camino con los símiles del chico, la sorna que utilizaba para hablar de su trabajo, de sus cosas y de su vida en general, a ella le hacía dejarse el pecho en las carcajadas. Al llegar a su casa, él la había preparado aquella bañera a conciencia, la acompaño hasta el cuarto de baño del dormitorio principal, la cerró la puerta y ella se hundió en aquel baño cítrico y caliente, con el olor del perfume del chico, con las luces secundarias encendidas dejando a la oscuridad hacer su función. Al salir de aquel cuarto, con la camisa del pijama del chico, lo cual siempre había soñado hacer en algún momento de su vida, la mesa de centro estaba rodeada por la fruta y el chocolate, a él le gustaba mucho lo natural, sano, ella era de otro tipo de comida pero… Tampoco le disgustaba la merienda preparada.

- ¿me dejas tu portátil, por fi?- Ella necesitaba poner al día sus cuentas en la red, él no tenía ni idea de lo que pasaba por la cabeza de Verónica. Se lo acercó, lo inició y decidió mostrarle su pequeño mundo, ese que la devolvía a donde se perdía.

- Pero… Esto… ¿es tuyo?-Decía tan impresionado como si hubiese visto un fantasma, ella sonreía sonrojada a la vez que se comía aquel trozo de manzana y asentía con la cabeza. Cual niña de cinco años.- No, me estás engañando… ¡Que la rubia piensa! Ja… Ahora en serio… Alucinante… Todo eso guarda tu voz… Quiero que me lo leas en voz alta, por favor.- Bruno se arrodilló a la altura de sus labios y ella se negó.

- Puedes leerlo, pero ¿qué te lo lea yo?, estás alucinando. Mira, vamos a escribir ahora mismo, los dos juntos, lo que acaba de pasar aquí, en un momento. ¿Te parece?, pero… Luego tú te vas a hacer tus cosas, yo le doy forma, lo publico y lo lees. Luego borraré todo rastro para que no puedas seguirlo a diario. No quiero que… Bueno, que solo lo leerás cuando y como a mí me apetezca, ¿capisci?- Ordenaba ella sin más y él asentía.

Comenzaron a escribir aquello juntos, tardaron un par de horas en ello, no se ponían de acuerdo en qué ni en cómo, finalmente él se marchó a hacer la cena y ella quedó formando aquel texto para después enseñárselo. Iban haciéndose muy amigos. Al menos, Bruno, tenía un cerebro contra quien pelear, aunque le faltase aquella rapidez que da la picardía.

Miraba el reloj y… Las velas enmudecieron ante la arena perdida… Se arrinconó en aquel trocito reservado para el intelecto del chico…Su pequeño salón de sueños, donde transformaba toda su imaginación en arte y ahora quería compartir con ella… “sabía que no me equivocaba…” afirmaba él con todo el resplandor de sus pestañas mirándola como si fuese un espectro…La joven le miraba aturdida y desconcertada ante tal frase, no entendía qué pasaba por su cabeza. Al girar su cuello hacia un lado vio todos aquellos álbumes de fotos, de él, fotos a la mitad… Empezaba a oler a desamor por todos los rincones de aquella casa.

- Mmmmm… Niño ¿y esto?-Señalaba a la estantería que contenía un montón de cuadernos, desgastados en sus tapas, llenos de marcas por todos lados.

- Digamos que yo sigo prefiriendo el papel ante las nuevas tecnologías, toma este… a ver qué tal.- Le entregaba uno de aquellos blocs que parecía tener más años que ellos dos juntos. Se perdió ante aquella letra enrabietada, sencilla pero enmarañada. Se sumió en un mundo lleno de paradojas del destino y de la coincidencia, o no. Estaba cada vez más sorprendida de lo que estaba viendo y viviendo. No podía creer que existiese su análogo en hombre. Reía para sí misma.

Pasó media noche leyendo todo lo que guardaba en sus entrañas, mientras decidía volver a aquellos lugares que había abandonado por ver como la soledad se hacía más intensa ante tanta gente. Hizo borrón de todos los rastrojos que la perseguían de un lado a otro y continuó sin mirar atrás. Hablaba con sus verdaderos amigos, los que la habían apoyado con mensajes continuos y dándola las manos para salir de allí donde se había sumido. Poco a poco encontraba su esencia, la que Ángel quería hacerla recuperar. Cuando estaba en casa de Bruno apagaba todas las conexiones del teléfono para que él no volviese a regañarla como a las niñas pequeñas.

- Puedes dejarlo encendido, lo que no quiero es que hagas de los problemas de los demás, tu propia tristeza. Mira como reías el otro día sin cobertura. – Le decía el chico pacientemente y con aquella cara de angelito que ponía.

Amaneció diez horas después de haberse dormido en el sofá envolvente, Bruno estaba en su cama dormido como si fuese un bebé. Ella aprovechó para conectar el teléfono, tenía un mensaje de Ángel, un “buenos días, que tengas buen despertar.”Ella sonreía ante ese simple y pequeño gesto, porque sabía que era como una manera de mostrar que seguía ahí. El día anterior su “luego hablamos...” se quedó en la nada. Él era consciente de los desplantes que le hacía e intentaba remediarlos de la mejor manera que podía o sabía. Y ella sabía que, en el fondo, valoraba aquella relación extraña que tenían. Intentaba por todos los medios no ofenderla, no hacerla más daño del que le hubiese podido hacer. Pero no sabía cómo. Tenía que acompañar a Bruno a lugares varios, sin él habérselo pedido a ella le apetecía ir con él, así salía un poco de aquella rutina. Pasaron media mañana por el centro de Madrid, sin parar de una calle a otra, de un portal a otro. Hasta que llegaron a casa, donde les esperaba la comida que el día anterior habían preparado juntos. Comieron entre conversaciones literarias, de sus respectivos cuadernos.

- Era una manera de mostrarle a ella que mis silencios sí guardaban o escondían amor, mientras se dedicaba a recriminarme porque nunca le decía aquellas dos palabras. Pero no porque no quisiera decirlas, sino porque nadie me había enseñado a sentirlas, y decirlas porque sí, no me parecía correcto.- Explicaba sobre su antigua relación. Guardaba unos cuantos cuadernos acerca de ello. A Verónica le daría para mucho... Y para muchos recuerdos.

Al terminar de comer ella recogía la mesa, llevándolo todo a la cocina, al llegar de nuevo al salón, Bruno había volcado su cabeza en el reposabrazos. Ella reía ante tanto cansancio acumulado, le tapó con aquella media colcha hecha por la madre del chaval y se fue al símil de biblioteca ya que estuvo manteniendo una larga conversación con Ángel y no quería despertarle.

Ángel habría pasado de nuevo por un episodio laboral de aquellos que a él le saturaban, fuera de la situación personal que estuviese viviendo y a nadie le importaba, él se involucraba mucho en las vidas o sentimientos de los que creía sus amigos, intentaba escucharles y apoyarles sin darse cuenta que a él nadie le entendía ni se ponía en su lugar. Verónica era como un pequeño vertedero donde volcar toda la basura que salía de la boca de él y de la gran mayoría de la gente que habitaba aquel lugar. Viendo cómo iban cambiando las versiones de unos y de otros. Cómo cada uno, realmente, lo único que hacía era proteger lo suyo sin ver que estaban jugando con personas que tenían corazón, que se habían dejado el hielo en la nevera para las fiestas. Y aquello, analizado desde fuera y con la frialdad suficiente, la hacía ver lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto… Le escuchó una vez más, le dejó que se calmara con ella, como hacía siempre. Intentaron buscar aquel punto de inicio donde los dos eran la vida y la sonrisa en persona. Cuando le dijo aquello… A ella el pecho le dio un vuelco…A ella le pasaba lo mismo, se asfixiaba y sentía la necesidad de gritar un sí bien alto, que lo oyese cualquiera. Pero es que a nadie le importaba realmente aquella respuesta, les daba igual, lo que se les escapaba a su mente, era el interés que mostraban algunos, algunas en sacarles aquel sí y quizá todo aquello se juntaba en otros pensamientos. Pero es que, incluso con Bruno no podría gritar aquel sí, sobre todo porque a nadie le incumbía, eran sus vidas, las de nadie más. Ella preguntaba cuándo se verían, él proponía un día y una hora… Quedaron en nada… Pero hablarían.

Al llegar la hora de la clase de Bruno, ella le pidió que la llevase a casa...

- ¿Te quedas a verme? Anda… Sé que no te he hecho ni caso hoy pero… Me hace ilusión. Por fa...-Le suplicaba.

- Mmmmm... No sé... ¿te lo mereces?- reía por dentro viéndole la cara de espera.- No puedo niño, me tengo que ir. –Realmente no tenía nada que hacer pero de nuevo le apetecía estar sola y que él tampoco la metiese tanto en su vida por si tenía que salir corriendo. Le besó en la mejilla, como siempre y se marchó a su casa, que también le apetecía pisarla de vez en cuando. Y tenía muchas cosas pendientes en ella.

Ya en casa, estancada en sus pensamientos, sus recuerdos, releería todos aquellos cuadernos que le había dejado el chico e iniciaría una conversación escrita con él... Una conversación que no sabían si cerraba o abría puertas, pero sí sus almas, sus dolores, sus miedos, sus por qué si, o por qué no... Empezaban a conectar de manera diferente. Y Verónica empezaba a comprender tantas ganas de sacarla de aquel hoyo sin conocerla... Bruno sufrió muchísimo la pérdida eterna de aquella a la que nunca supo ilusionar... Pero ella le hacía ver que no debía convertirse en su reto personal, ni hacerla ser lo que no era... Debía verla como Verónica y no como aquella que perdía en esa madrugada...


 

martes, 16 de octubre de 2012

Parte 53


Días después, Verónica querría recuperar su vida. Él pasaba a formar parte de otro gremio, de otras prioridades y no había vuelta atrás. Había sentido tanto por él, en todos los aspectos que ya solo le quedaba la indiferencia. A veces le resultaba hasta incómodo hablar con él y ver siempre las mismas respuestas, las mismas chorradas, en definitiva… Saber que la tenía, por suerte o por desgracia, siempre acaba estando ahí para él si la necesitaba. Le superaba por momentos. Quería mandarle al quinto pimiento y que no volviera a decirla ni hola. Su amigo la abría tanto los ojos cada vez que hablaba con ella, que le estaba empezando a coger hasta manía. Todo el tiempo que había pasado lamentando cosas que no la pertenecían, que eran carga y problema de él, no de ella. Prefería ignorar cualquier tipo de halago o conato de acercamiento. No entraba al trapo de conversaciones que antes la ruborizasen, era fría. Hielo.

 
Mientras, Bruno vivía en su mundo particular, intentando subir aquello que se encontraba en cualquier lugar menos a sus pies. Verónica ya no estaría a los pies de nadie, sino que la besarían los pies a ella si de verdad la querían.

 
- Buenos días ojazos, espero que hoy tengas un buen día y si me necesitas, grita que correré a tu auxilio.Ja.- La despertaba con un mensaje que había mandado la noche anterior. Ella sonreía como si naciese algo en su interior. De nuevo, algo volvía a florecer, aún sin saber muy bien qué era. Bruno era de ese tipo de chicos que no se mezclaba con nadie, solitario, con una sonrisa y una mirada muy expresivas, lo decía todo y no decía nada. Sabías cuando tenía, o no, un mal día. Era mejor alejarse si era malo, porque su cara de niño bueno podía transformarse en algo muy desagradable.

 
Era tan educado que parecía elegante, pero la elegancia no la da el dinero ni los buenos pantalones sino una buena calle. De eso a él le faltaba aún mucho, era su única pega, por lo demás era un chico, para su edad, muy correcto.

 
Ese mismo día, sería la última conversación con Ángel, ella había llegado a tal punto de desolación y desesperación que su rabia le haría decir cosas de las que después se arrepentiría, pero era eso, o dejar su vida por el camino. Llegaban tres días de desconexión, en los que se refugiaría en Bruno, haciendo tantas cosas como se había ido dejando en el tintero durante año y medio. Ir al cine, andar por un parque, en definitiva disfrutar de todo aquello que había ido perdiendo. No tendría dinero, ni amigos, ni nada, pero aún le quedaba aquella ilusión por ver el sol, el agua correr por sus pies y respirar.

 
- Vero, debes coger las riendas de ti misma, ya no de tu vida, sino de ti. No puedes dejar que su infelicidad te hunda a ti donde nunca quisiste entrar, ni si quiera por tu propia familia. Siempre has tenido una sonrisa en los peores momentos, sácala ahora para ti.- Intentaba convencerla su coach, su amigo fiel. Ella se sentía algo perdida pero recapacitaba sobre todo lo que había vivido y le daba la razón. Aquella misma tarde, Bruno decidió llamarla para llevarla a ver esa película que la dejaba sin palabras sólo con el trailer. Sin decirla nada de adonde iban, la buscó, y cogieron carretera.

 
- ¿Dónde me llevas?... Si nos vamos a algún sitio, dímelo porque tendré que coger algo.- Ella reía nerviosa, le gustaban las sorpresas y, sin miedo, se montaba donde la dijeran.

 
Si fuésemos a algún lugar que debieras saberlo, te lo habría dicho. ¿No puedes ser una rubia normal y hacerte la tonta?... Preguntona.- No hacía más que meterse con ella, y la chica ponía cara de enfado pero con aquella sonrisa infantil que le hacia de escudo.

 
Continuaban dirección alguna parte, escuchaban música que ella no conocía y visto el grado de confianza que él había cogido, ella cambió la emisora de radio a lo que le gustaba. Él se enfadaría diciéndola que tenía que tener un poco mas de cultura musical. Como dos niños pequeños se pegaban por poner unos acordes u otros. Llegaron a su destino y ella, impasible diría…

 
- ¿tanto misterio para esto?...Buah… Y yo pensando que me llevabas al Ritz.- Se reía a carcajadas viendo la cara de panoli que se le quedaba al pobre chico.

 
- Vale, vale… Sorpresitas contigo las justas…- Fingía un enfado inexistente mientras ella le abrazaba por la cintura para hacerle cosquillas y él agachaba su cabeza besándola en la mejilla.

 

 
Pasaron a ver aquella película y fue allí donde ella volvió a pensar en Ángel, en que no podría sobrevivir con la amargura de aquella conversación, si algo les sucedía, a cualquiera de los dos. Empezaría a darle vueltas y forma a la manera de hacérselo ver. Una de sus escenas le hizo recapacitar sobre lo que, quizá, había sentido él con todo aquello. Lloró todo lo que tenía guardado mientras hundía su mirada en el fondo del cubo de palomitas, la mano de Bruno comenzó a limpiarle las lágrimas y la sonrió. Ella se empezó a reír a carcajada limpia, viendo como una simple película podía provocar todo aquel mar.

 
Al llegar al chalet de Bruno, empezaron a acariciarse y cobijarse el uno en el otro, cuando ella de repente se heló.

Niña, no quiero que hagas nada de lo que te vayas a arrepentir, se que te gusto, no tienes que demostrármelo de ninguna manera que no quieras. Tú a mi también, pero si se ha de esperar, se espera. Prefiero verte una sonrisa y que me mires a los ojos, a que te tapes la cara con mi hombro.- Ella sonrió odiándole por ser tan respetuoso. Se dejó caer en sus brazos y prefirió llamar a la calma desde ellos.

 
- ¿no puedes ser un tío normal?... Dios… No hay manera de cogerte asco ¿no?- Le recriminaba con una sonrisa retorcida pero llena de tranquilidad. Parecía que él iba más en serio de lo que ella imaginaba. Y se empezaba a sentir un poco mal por creer que estaba usándole pero, a la vez, feliz por ver que alguien entendía un poco su amargura, a pesar de no saberla.

 

 
Ángel, ajeno a todo aquello, seguía en su mundo dando vueltas a todo lo que les había pasado en ese tiempo. Sentía haber roto algo que jamás pensó que llegaría a tanto. Sus contradicciones le habían podido de tal manera que le habían demostrado que su sentimiento no era tan fuerte como pensaba. Indagaría por los lugares en que ella le dejaba mensajes subliminales, buscando un aliento, una forma de suspirar aliviado sabiéndola feliz. No serían momentos fáciles para ninguno pero tenían que pasarlos y superar aquel mal trago del destino y de ellos mismos.

 
Verónica pasaría todo el fin de semana con Bruno, de un lado a otro, solos y tranquilos, sin mucha charla y con infinidad de risas ante la locura inagotable de ella, las ironías y sarcasmos que salían de su pimentada boca. Los ojos con los que la miraba aquel chico eran para enmarcarlos, entre la sorpresa, la vida, la ilusión, le recordaban a los de Ángel cuando empezaba a conocerla y todo le sorprendía de ella. Recorrieron parques juntos, mientras él se hinchaba a hacerla fotos, ella no paraba de investigar en un lado y otro, haciendo de cómica solo para él, poniendo poses para esas fotos. Hasta que llegaban a algún lugar más solitario y tranquilo, ahí era cuando todos sus demonios venían a verla. Sintiéndose culpable de que Ángel pudiera, o no, estar bien. Le preocupaba en exceso la tranquilidad de aquel hombre y, aquello, era algo que debía superar, pues era lo que le estaba arrancando la vida. Tenía que empezar a pensar en sí misma y dejar a la gente en paz, que si la necesitasen, ya la llamarían.

 
Siempre estaba aquel amigo, ese que llevaba la tragedia y la pena por compañía, nunca era feliz, siempre estaba llorando, si no por una cosa, por otra. La llamó aquella noche, provocando de nuevo la desestabilización de los sentidos, a veces lo comparaba con Ángel por diversas situaciones personales y familiares, haciendo que ella se sintiese mal. Bruno viendo como iba cambiando el brillo de sus ojos, le arrancó el móvil de la oreja, lo apagó y la abrazó. 

 
- ¿Qué haces? Ni se te ocurra volver a hacer eso, para empezar. Pero para seguir, ni se te ocurra volver a tocar mi móvil, ¿entendido?- Le recriminaba a voces mientras Bruno ignoraba todo grito, la acariciaba la cara y muy seriamente respondía.

 
- Me da igual lo que digas, lo que pienses pero no lo que hagas. Y no pienso consentir que te amargues la vida por gente a la que le saldría más barato ir a un psicólogo, porque lo que no saben es lo caro que te está saliendo a ti, así que ahora… Me mandas a la mierda si quieres… Pero me importas tú.- Verónica se quedaba de piedra ante esa respuesta tan segura como enérgica, simplemente calló y asintió. Se tiró a sus brazos y le besó.

 
- No tienes que agradecerme nada y menos así pequeña, ese es tu problema. No debes agradecer nada a nadie, porque lo que tienes, te lo ganas por ti misma, por cómo eres y el valor que tienes. No me beses si no lo sientes.- Bruno parecía conocerla más de lo que ella creía, apenas habían cruzado cuatro frases sobre sus vidas pero ella empezaba a sentirse transparente.

 
Continuaron cenando hasta que él durmió a la fiera que ella guardaba dentro. Despertó en sus piernas, con la mano de Bruno tapando su cabeza, ella la apartó suavemente para no despertarle, pero aún así, le despertó. Comenzaban un nuevo y apaciguado día.

 

 
Pasado el fin de semana, la chica, que no cesaba ni un segundo de sopesar lo que había sucedido con Ángel, decidió dar, una vez más, el paso al acercamiento. Le daría los buenos días y expondría lo mismo que en su última conversación pero de manera más sosegada. Para poder seguir ambos con esa tranquilidad que da saberse perdonados, aún sin tener por qué pedir perdón. Sin rencores ni malos sentimientos. Todo se había hecho como muy traumático, dado también por todo lo que habían sentido. Había sido todo tan intenso que renunciar a esa manera tan salvaje de vivir se hacía muy cuesta arriba. Cada uno tendría su apoyo, de una manera u otra. Ángel tenía a su hija y su vida allí, Verónica tenía a Bruno que le sacaba de toda la soledad y rutina en que estaba envuelta, volvía a ver un rayo de luz. A sonreír por las mañanas con un mensaje o cuando pasaba por allí con su sonrisa tan amplia.

 
Las vidas paralelas se hacían más paralelas que nunca, sin puntos que se cruzasen. Solamente caminar y seguir viviendo donde estancaron sus vidas. Les quedaba el camino más difícil, el de vuelta. El de vuelta a la realidad, a la amistad, a la normalidad. Lo que fue una alfombra de sueños se convertía en frío para no mirarse más, no desearse, no quererse y no amarse. Porque sus propios corazones lo agradecerían.

 
Tras todos los actos de rabia, impotencia, tristeza, llegaba la desolación. Al menos para ella, seguía caminando sin saber por dónde pisaba. Quería seguir teniéndole, abrazándole, besándole. Pero sabía que él se estaba helando muy decididamente. No podía seguir adelante, quizá porque ella ya no le daba aquella fuerza, porque él sentía que la destrozaba con cada gesto, paranoia… Él decía sentirse impotente por no poder estar, por no darle aquellos abrazos que buscaba en otros, por no poder calmar su rabia o simplemente dar una vuelta por cualquier calle con ella. Prefería dejarla ir, mostrando su calidad como hombre pero a Verónica aquello la mataba cada segundo. Sentía la rabia de ver lo grande y bonito que había sido todo, dejándolo escapar, viendo que no podía hacer nada por evitar aquella huida.

 
Por otro lado Verónica pensaba en qué derecho tenía él de decirla lo que debía o no hacer, si continuar aquella aventura con Bruno o no, no era consciente que él no debía decirla si querer o no a aquel joven, era un simple espectador. Igual que ella en la vida de él. Le había dado tanta libertad que Ángel pensaba que podía decir o hacer cualquier cosa. Cierto era, que no la importaba compartir con él lo que habían estado o no haciendo, pero muy distinto era que le dijese si debía entregarse o no. Aquello a la chica, le provocaba una risa de esas que te hacen sentir idiota. Se dejaba llevar a sus conversaciones de tal manera que parecía que le estaba pidiendo permiso para estar con alguien.

 
Todo iba, poco a poco, recobrando la mayor normalidad posible, Ángel seguiría con sus locuras, con sus paranoias que eran solamente suyas, aunque ella le escuchase. Bruno intentando hacerse importante para ella.

 
Me duermo y ni te preocupa si llego o no a trabajar… Te da igual.- Le recriminaba aquella mañana el chico.

 
Mmmm... Esto… Perdona pero, primero, no tengo ni idea a qué hora entras, segundo no soy tu despertador y tercero no soy tu madre, eres libre de hacer lo que te dé la gana. Vamos, lo que faltaba… Me he debido perder algún capítulo ¿no?- Respondía ella que, precisamente, no le gustaba ni que la controlaran, ni controlar a nadie.

 
- Pues, sí. Tienes razón. Déjalo, tendré el día torcido. Ya hablamos.- En cierto modo a ella le indignaba aquella actitud, no podía entender que alguien le hablase así, mientras intentaba, supuestamente, conquistarla. Pasaron las horas, mientras hablaba con Ángel y se reían de todo aquello, de esa actitud, había la suficiente confianza para ello, pero también la dolía un poco. Bruno no volvería a dar señales en todo el día.

 
Ella le llamó insistentemente y él no respondía. Finalmente cuando estaba a punto de quedarse dormida en su cama, sonó el móvil, hablaron durante una hora, ya era algo más de lo que había conversado en persona. Bruno tenía razón, en parte.

 
- Yo sé que me costará mucho que llegues a ver lo mismo que yo veo en ti, lo sé, pero no pienso dejarlo ni un segundo hasta que lo veas, al menos hasta que lo veas, luego tú decides, si te quedas o te vas, pero al menos déjame enseñarme.- Era lo único que pedía aquel muchacho, una oportunidad.

 
- Sí, tienes razón. Vale, no tienes ni idea de lo que me pasa porque no te cuento nada, pero aún así ves en mí la desconfianza, creo que es algo normal cuando no conoces a alguien. ¿Que he dormido en tu casa? Sí, pero eso no significa nada. Soy así. Desconfío y confío, depende para qué cosas. Seguramente la culpa sea mía por darte unas esperanzas que no son. Lo siento.- Intentaba explicarse ella.

 
- Mira, que seré un “pijo”, seré un niñato, seré lo que quieras que sea. Pero se nota a leguas que llevas a alguien muy dentro de ti. Se huele, se palpa. No pretendo ni borrarle, ni sustituirle, simplemente que te ilusiones.- Tal como terminaba de decir esto, ella se ponía a temblar literalmente por no soltar la bola que llevaba en la garganta y echarse a llorar, ante tal muestra de observación.

 
- Solo puedo decirte que… lo siento. Me encantas y eres un cielo pero… Dame tiempo. Podemos seguir siendo amigos y quizá algún día, pero yo no puedo estar para nadie ahora. Si alguien quiere estar para mi, perfecto. Aunque suene egoísta, es lo que hay. No voy a poder darte lo que tú ofreces. Al menos ahora. Lo siento.- Entre lágrimas se intentaba excusar por el daño que hubiese podido hacerle.

 
- Vente a casa y duermes conmigo anda. Que yo solo quiero verte corretear como antes, tonta.- Intentaba hacer sonreír a la chica y ella dibujaba aquella sonrisa.

 
- No, en serio. Déjame, no cierro las puertas a nada, y sé que es muy, muy egoísta lo que estoy diciendo. Pero, pasado el tiempo, verás que lo hago por tu bien, intento evitar que te estrelles como lo han hecho otros, porque te considero una persona a tener en mi lista de contactos y amigos y, si continuo, lo único que haré, será que no me mires ni a la cara.- Respondía ella negándose la calma que le daba por no dañar más aún aquel chico que derrochaba ilusión.

 
- Perfecto, como quieras, no me enfado. Sigo aquí. Porque si por algo me has enganchado, ha sido por eso, porque no te vendes, no te dejas convencer si estás convencida de algo. No es que seas cabezota, no, lo siguiente, como dices tú. Eres raza, pasión y libertad. Y me encanta. No lo voy a negar. Así que, tú misma. El tiempo dirá lo que haya de decir.- Tras toda aquella parrafada, se dijeron hasta mañana, mandándose mil besos y ella se quedaría agotada, pensando en cuál sería el remedio a tanto quebradero. Cambiaría veinte mil veces el mensaje de estado de aquel chat móvil, sin saber cuál expresaba más. Hasta que decidió poner su cómplice “mil veces”… Sólo ellos sabían que significaba y era una muestra de afecto, tal como él había hecho.

 
Empezaban nuevas batallas en su pecho…