domingo, 30 de septiembre de 2012

Parte 46

Ilusión, algo que reclamaban sus cuerpos, sus ojos, sus mentes... A gritos pedían algo que les hiciera salir de aquella borrasca en que se habían metido sin saber cómo ni por qué.

Tardes de paseos por diversos rincones de la ciudad, por dónde ella se perdía buscando su tranquilidad para llevarla donde la necesitaban. Se sentaba en cualquier portal, mientras caía el agua por su cabeza, por su cuerpo, le limpiaba la mente y la cara. Observaba desde su silencio y con sus cascos pegados a las orejas, recorriendo todas aquellas letras que le traían recuerdos bellos, el calor de sus abrazos, su aliento pegado a su cuello. Tomó la dirección de la calle que fue testigo de su locura y su alegría, de sus risas nerviosas y espontáneas. Se apoyó en uno de esos pivotes de hierro que decoraban la ciudad a modo de escudo anti-aparcamiento y, como si de una película se tratase, allí se vió, acorralada por los besos del hombre que más había conseguido atizar su alma, como dos niños en pleno estado de enamoramiento. Entonces vinieron todas aquellas frases de unos y otros, las de "son ilusiones", las de "él te quiere", las de "nunca saldrá bien".... Todas juntas formando un barullo que hacía perder aquella preciosa visión. De pronto su reproductor quiso que sonase aquella canción, esa que, sin saber si así era, le decía cosas que no salían de su boca pero sí de su mirada cuando se veían... Agachó su cabeza sobre sus rodillas, apretó sus dos manos contra su sien, en un intento por borrar todo aquello, por resetear la tarjeta de memoria que conformaba su cerebro y su sangre. Respiró hondo y continuó caminando hacia su coche, aparcado en el mismo sitio que aquella noche, casualmente.

Camino a su lugar, recordaba su cara con su "no corras", pero tambien recordaba todo aquello que le hacia huir muchas veces del mundo, de su mundo, de él. Imaginando el resto de la circulación como piedras contra las que estallarse, pero ellos  no tenían la culpa. Los esquivaba a una velocidad que nunca había cogido estando sobria. Como si fuese un videojuego de carreras, corría en zig zag, provocando que los claxones fuesen lo más sonado en aquel momento. Ni el top ten de la radio sonaba tanto. Llegó a su destino, viendo aquella armería con años de antigüedad y recordó... Entró, miró y lo cogió sin más. Quería estrenarlo con él. En el pequeño apartado que se reservaba para él. El lugar que le hacía sentirse como quería. Su nube a parte de todo. Un motivo de ilusión, de ganas, de cocodrilos en el estómago, de ver su mirada temerosa por ver cómo se encontraba ella, su sonrisa de niño nervioso que busca el perdón, sus manos inquietas intentando encontrar el sitio donde posarse sin mover sus dedos, los nervios que no mostraba al exterior pero que Verónica sentía en su interior.

Al día siguiente recibiría noticias de él, cambiando su rostro por completo. Su actitud fue agitándose por momentos. Ese día estaba comiendo junto a uno de sus amigos, de esos que no se podían sacar en foto, de esos que ella escondía en su móvil, su mente y su corazón. De aquellos innombrables.

- Uy... ¿Qué ha pasado?¿Y esos ojos que acabas de poner?.- Preguntaba aquel amigo que sabía perfectamente de lo que hablaba.

- Ya ves, sobra con un JA JA y cuatro caritas graciosas para que mi cuerpo se revolucione a mil por hora, unido al medio litro de vino que me has plantado en la copa...- Se reía entre nerviosa e incómoda.

- Bueno, yo me consuelo con que toda esta panda de sosos que tenemos alrededor piensen que sonríes así por mi y que somos el único par de personas felices que hay aquí dentro, ¿has visto a esos?, llevamos aquí una hora y aún no les he visto ni mirarse, bueno sí, para cambiarse a la niña de brazos. Puedo entender ciertas cosas pero lo que no me entra en la cabeza es, si no te apetece venir aquí... ¿para qué vienes?, quédate en casa, cada uno en una habitación y listo... Es increíble.- Explicaba él al ver todas las mesas que les rodeaban llenas de gente que miraban a las paredes, o miraban a las otras mesas y, mientras, ella se reía y seguía riendo.

- Bueno corazón, ellos tambien pueden pensar que para que yo sea feliz has tenido que emborracharme y llegarme un mensaje al movil, así que... quítate ese consuelo de la cabeza, que puede ser peor el remedio que la enfermedad.- Le cortaba tajantemente y se reía a carcajada limpia viendo la reacción de su amigo.

Salieron de aquel lugar con intención de dar un paseo por una de las calles más céntricas de Madrid pero él, que conocía a media ciudad, decidió que ya se había acabado el paseo porque no paraba de girar la cabeza a un lado y a otro. Se dirigieron a casa.

Una vez allí, sentados en el sofá de tres plazas y polipiel que inundaba el salón, Verónica se quitó los zapatos, posó sus piernas en uno de los reposabrazos y su cabeza en las piernas de él mientras sujetaba su copa de Absolut y su cigarro. Sus manos empezaban a corretear por su pelo. Sonaba el timbre y ella pensaba "¡Quién osa irrumpir este mar en calma!" cuando cinco minutos despues descubrió que eran sus peores enemigos, "mujeres". De estar en tranquilidad pasaron al algarabío y el júbilo, supuestamente. Ella optó por retirarse a una de las habitaciones escudándose en un falso dolor de cabeza. Durmió.

Al girar su cabeza se encontraba con una espalda, un pelo rizado y castaño, un calor que parecía proveniente de cualquier radiador. Pero no era. No. No era. Giró su cuerpo a la vez que se levantaba. Él la cogió del brazo y la tumbó a su lado.

- Sabes que amas, sabes que deseas, sabes todo lo que sabes y aún así... Siempre fuiste un alma libre que volaba en libertad, no lo ates, déjalo volar. Sigue siendo quien eras.- Le decía con la intención que siempre había tenido con ella y que no era la de un simple amigo.

- Mira, pues por cosas como estas, amo, deseo y quiero seguir siendo esclava de mi alma, al menos hasta que a mi me de la gana y no seais ni tu, ni veinte, los que me lo digais. De verdad... Lo que haceis por un puto polvo... Vete a la mierda.- Cogió su chaqueta, sus llaves y se marchó. Tenía que pasar por el trabajo a por unas cosas y aprovecharía el momento.

De camino... Solo se le ocurría pensar en qué mundo vivía, por qué todo el  mundo era como era, por qué nadie podía ser sin interés, simple. Ser y nada más. ¿Siempre tenía que haber algo en medio?...

Cada día se sentía más lejos de la humanidad y más cerca de la soledad, odiaba al ser humano por el simple hecho de hablar, porque no pensaban, solo hablaban sin dar sentido ni a una sola de sus palabras...

Se dejaba volar al mundo en que sus almas gemelas se encontraban... Sin más... Su refugio... Y su felicidad.

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