Aquella tarde todo parecía ponerse contra ella, todo se juntaba, o quizá jamás se había dado cuenta de que el mundo seguía girando a su alrededor y no solo en torno a Angel. Tras todos aquellos sentimientos de rabia, impotencia, dolor, tristeza, de ver caer al vacío un sueño, sus lágrimas, su asfixia la encerraban en la oscuridad de su sillón, de él a la cama, de la cama al sillón y así sucesivamente.
Empezó a recibir llamadas, de unos, de otros, todas muy oportunas. Entre ellas la de un amigo, que siempre había estado ahí, normalmente tenía ese don de la oportunidad. Verónica intentó colgar el teléfono para poder coger aire antes de hablar, pero se confundió y lo cogió, escuchando él toda su agonía.
- Vero, mi niña, ¿qué pasa?...- Pronunciaba él con su tono paciente, como un padre habla a una niña de cinco años. Ella no podía decir absolutamente nada, se le había quedado atascada una bola en la garganta, como antiguamente... Dejándola aquella voz desgastada y rota de tiempo atrás, ya no se acordaba de ello. Prosiguió... - Seguro que es por el de siempre, como si lo viera, al final me tienes que presentar al impresentable ese que le rompo la cabeza, no sabe lo que tiene aún...- En ese mismo momento atinó a decir algo interrumpiendole.
- Para, para... Que estás confundido, aunque no del todo. Que eso se acabó hace una semana.- Le mentía para defender una vez más a lo que consideraba parte de ella misma.
- Bueno, pues si se acabó, bien acabado está, porque lo que no es normal son las lágrimas que yo te he visto echar, ni que estés perdiendo el tiempo como lo estás haciendo, luchando por lo que querías, sí, y con un par de... porque no he visto una mujer que sea capaz de ser fiel y leal a un sentimiento como lo has sido tú, teniendo las puertas abiertas a todo aquel que quisieses y negándote a todo y todos, defendiendo eso que sentías. Y pensando más en su dolor que en ti misma, en callar para que él estuviese tranquilo y todos a tu alrededor. Que nadie ha sido capaz de saber ni ver el dolor de tu mirada, que cuando le veías se te notaba la vida y la alegría que siempre has tenido, pero cuando te soltaba alguna de esas que nunca has contado, ¿qué?... Así que no te merece y punto. He dicho.- Tras soltar todo aquello, el chaval soltaba un suspiro seguido de una carcajada y un perdón.
- No pasa nada, no te preocupes. Posiblemente tengas razón, como la tiene él. Pero bueno, agua pasada no mueve molino, dime tu, ¿cómo estás?- Una vez calmada toda esa ansiedad que tenía dentro, se limitaba a hacer lo de siempre, escuchar a los demás para olvidar sus propios problemas. Estuvo pegada al teléfono durante horas, con unos, con otros, se rió con algunos, con otros casi se dormía. Mientras en una de esas conversaciones, aparecía un mensaje a la vez en su movil. Angel.
- Buenas, ¿cómo estás?.- Intentaba saber de ella, pero realmente era él quien necesitaba hablar, excusarse de alguna manera, más que con ella, con él mismo. Estaba saturado. Necesitaba respirar y explotar de alguna manera. Mantuvieron en un primer momento una conversación muy fría, dejándole ella un "testamento" de todo lo que pensaba. Tras media hora de no contestarla. La chica empezó a sentir aquella culpa que no la dejaba vivir, sentía que le traicionaba a él pero sobre todo a lo que sentía. Su amor seguía siendo aún más fuerte que cualquier otra cosa, y aunque fuese para hacerle sonreír, no quería marcharse. Le pidió perdón y él hizo lo mismo.
Toda aquella situación era muy difícil, eran circunstancias muy especiales para ambos y llevarlo costaba un mundo. No podían seguir así y lo sabían, pero tampoco podían dejarse en paz. Porque su paz eran ellos. Sus sonrisas al verse, sus manos entrelazadas inconscientemente en cualquier momento. Todo era mucho más fuerte al verse. Cuando no se veían, los pensamientos, los mundos paralelos, todo aquello les hacía sentirse en calma porque cuando se tenían, se tenían al cien por cien. Al marchar cada uno a su lugar, todo quedaba posicionado de tal manera que pensaban que podían sobrevivir allá donde estuviesen, haciéndose la falsa idea o ilusión de no necesitarse. Solo se engañaban a ellos mismos. Aunque si Verónica aceptase con una sonrisa, su huida, posiblemente él podría estar más en calma.
Volvían los días de actividad social para ella, de ver a unos amigos, a otros, escucharles, apoyarles, aunque luego nadie la llamase para nada. Pero al menos olvidaba por momentos todo aquello que a ella la removía por dentro.
Tiempo, espacio, silencio.... Balsas de aceite...
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