martes, 25 de septiembre de 2012

Parte 42

Vuelta a la ilusión en dos segundos, en una frase al movil y una hora en algún punto de la tierra. Volvía a ver aquella mirada ilusa, aquella sonrisa que movía los cocodrilos que tenía dentro. Sus conversaciones, como siempre empezaban siendo intrascendentales para ellos, era la mejor manera de disimular lo que iba por dentro. Las ganas de fundirse en un beso y abrazo eternos, en el sueño profundo que les llevaba a la paz. Una vez terminaron de hablar de todo aquello con las condiciones oportunas, se miraron a los ojos, como siempre, con aquel brillo color esperanza que inundaba sus bocas.

Empezaron a hablar de todo lo que les había llevado a aquel punto. Él tenía el alma dividida en dos, con sus motivos de peso. Había encontrado aquel punto que estabilizaba su vida, en el lugar que debía. Verónica, entendía todos aquellos motivos pero lejos de ver cambios en él, veía como seguía manteniendo la calma, que era lo que ella buscaba, su calma, pero no dejaba de dolerla. Se sentía un cero a la izquierda, una vía de escape, mientras ella sin saber cómo había llegado a otro punto. No quiso nunca dejar avanzar aquello con la intención de amar tanto como lo hacía, pero sucedió. Aquel suceso de tiempo atrás, quizá había cambiado su punto de vista de las cosas. Lo cual no quería. Se dejaba llevar al mundo en que sólo existían él y ella, donde nadie podía entrar, donde sus miradas les pertenecían, pero siempre existía algo por lo que dejar ese mundo. Siempre había algo más importante. A ella de nada le servía que le dijese que cambiaría su vida por ella, porque lo que tenía que cambiar era el sentimiento que quizá no era tan fuerte, pues siempre la dejaba a un lado. Nunca quiso imaginar una vida a su lado, pero lo hacía. Sin querer, lo hacía. Se ponía en diversas situaciones y veía que siempre saldría perdiendo. Porque él, por culpa, por miedo, o porque simplemente no la amaba realmente, antepondría cualquier cosa a ella, cualquier opinión.

El escaso tiempo que no hablaron, se sentían cómodos, agusto en un mundo solitario, sin circunstancias, sin más que el silencio y sus abrazos. Sentirse cerca en medio de tanta tormenta. Eran felices, sonreían, sin hablar, se cuidaban y no dejaban de echar la vista hacia el otro para saber que estaban bien. Cuando Angel abría la boca, pocas veces era para arreglar algo. Normalmente, aquella sinceridad que tenía con ella, la destruía un poco más. Por mucha fuerza que tuviese, por mucha vida y energía, todo se le iba a los pies viendo que nunca tendría un lugar que él no le otorgaba. Verónica había ido menguando y suavizando su carácter, a sabiendas que sólo podría hacerle daño con cada una de las realidades que se le ocurrían. Hasta que salieron las verdades que él no supo rebatir. Sin mirarle, andando como si se fuese a caer la tierra tras sus pies, con todo el dolor de su corazón, lo dijo. No podía más. Agacharon sus cabezas y continuaron caminando, él intentaba acercarse con la intención de animarla o calmarla, pero la chica no podía calmarse de ninguna manera, solo podía mirar al suelo derrotada y llena de ira. Una mezcla de sentimientos que enturbiaba sus ojos. Angel se puso frente a ella, con la mirada perdida de tiempo atrás, con el miedo de no tener las pistas, de no saber por dónde moverse ni cómo. Se abrazaron y ella derrumbó sus lágrimas en su pecho. Abrazó el amor que salía de su silencio. Él le pedía que le olvidase, que descargara su ira contra aquel bosque, tirando lo único que le quedaba de él, a parte de sus recuerdos. Como si fuese una de esas películas de drama y comedia. De la risa al llanto en unos minutos, en unas palabras y en pocas miradas.

Al llegar al punto donde se despedían, la pasión no llegaba de la misma manera de antes, lo cual hablaba de él de una manera que anteriormente no lo hacía. Hablaba de que había visto la realidad, había visto el dolor causado que ella le quería mostrar tiempo atrás pero se ocultaba por continuar con algo que sólo les llevaba a hacerse daño el uno al otro. La impetuosidad de ella, podía resultar muy atacante, pero él sabía como manejarla, aún sin ser su intención. Pero había llegado a verlo con sus propios ojos. Ya no servía con un beso, con una caricia o un abrazo. El hilo de la confianza se había dañado hacía tiempo y seguía sin reconstruirse, se iba desgastando cada vez más.

Se autoconvecía diciendo que sería un tiempo y cada uno retomaría su vida de la mejor manera posible. Ella tenía la certeza del no. Por muchas palabras que él le dijese.

Se bajaban del tren del amor para volver al de la realidad y el conformismo. Los dos. No uno más que el otro, ni el otro más que la otra... Los dos.

¿Punto final a su vida en común?... Esa pequeña parcela reservada a la sonrisa. El tiempo hablaría por ellos.

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