Los pensamientos volaban de un lado a otro, giraban como una noria, daban unos con otros, se pegaban entre ellos en la mente de Verónica. Llevaba semanas, meses, atisbando ciertas cosas que ella misma se negaba a ver, por parte de unos y de otros. Por todos lados. De repente se sentía un muñeco con el que jugar al antojo de cualquiera. Mil veces se negaba a mezclar unas cosas con las otras, y de hecho no lo hacía. Su punto de vista objetivo, seguía ahí. Pero lo que no podía hacer era deshacerse de aquella manera tan pasional de vivir todo lo que la pasaba, tanto en unos lugares como en otros. Ella no quería mezclar las cosas pero alguien lo hacía por ella y él no se estaba dando cuenta. Era el primero que lo hacía. Sin apreciar que la casa que siempre vendía, o alquilaba, al mejor postor era la misma.
La chica, por aquella manera maternal de conducirle, de perdonarle, de sentirse culpable si le dejaba solo, hacía como que no pasaba nada. Pero se amontonaban todas aquellas situaciones, todas las palabras, de las que quizá él ni se acordase, y todas le llevaban a la misma conclusión. "Vero, eres el último mono, siempre habrá alguien por delante tuya." Y ella no quería eso, no quería ni hacer elegir nada a nadie, ni tampoco sentirse así, dado que ella otorgaba una prioridad que no recibía. Era en momentos así cuando ella se hacía a un lado y observaba.
A él le gustaba sentirse libre, volar en cualquier aspecto, y ella le dejaba, aún viendo cómo se estrellaría con el primer rascacielos que encontrase, le dejaba. Pensando que, quizá, en algún momento le diese el valor que creía merecer, no pedía una nube eterna, ni una esclavitud, no. Solo que reconociese aquel valor y que si tenía que hacer de menos a algo, no fuese a ella. Porque no lo merecía.
Podría ser la situación más complicada del mundo, la más enrevesada, pero era la que había y el problema es que ella lo entendía todo, absolutamente todo. Pero no se iba a sentir culpable de las cosas que él hacía, decía o pensaba. Así pues, como en otras tantas ocasiones, Verónica se sentía la pieza sobrante en todos los lugares que pisaba. Un amigo le dijo una frase con la que intentó adaptarse, pero no podía, no le salía. "Puedes visitar cien veces el mismo lugar, ver lo mismo, pero en la noventa vez, algo diferente te llama la atención. Todo depende de los ojos con que mires las cosas." Eso era lo que durante unos meses, un tiempo, intentó hacer con Angel. Ver como aquellos ataques de moral eran simples pensamientos amontonados que se apaciguarían. Ella luchaba por algo que no debía hacerlo, porque aquello no tenía que ser una batalla. Aunque internamente, lo era, pretendía ver una verdad donde cualquiera vería una mentira. Proteger su mundo.
Durante días, semanas... Empezó a ver cómo todo se escapaba. Aquello que le nublaba la mente en momentos de incomprensión, de soledad... Dejaba de ser tan necesario. Su soledad siempre sería la misma. La del silencio, mientras que había quién traicionaba aquel silencio. Con cada golpecito absurdo, ella se deshacía, poco a poco perdía aquella confianza ciega.
Tras el último empujoncito, Angel dejaría que ella se marchase sin más. Por no sentirse obligado, ni presionado, ni atrapado... Lo cual ella no buscaba de ninguna manera. Y la jugada sería la misma la de "te dejo, ya hablarás. Aquí estaré. Si veo que no vienes, iré yo. Dime qué quieres qué haga." Tras todo esto, Verónica se solía derretir en sus brazos, llorar su rabia, besarle hasta desgastarle... Pero en esta última ocasión algo había cambiado... Y sentía que había cambiado mucho, pero algo dentro de ella. Había visto la soledad muy de frente y se sentía bien, cómoda y agusto.
Por momentos sonaban en su cabeza aquellas palabras de Angel... "Siento que la he jodido, que te he jodido." y afirmaba leve y tristemente con la cabeza. De los sueños hay que despertar, igual que de las pesadillas. Aquellas que durante noches la partían el sueño mientras se derrumbaba entre gritos, sollozos e impotencia, y despertaba sin ningún problema. "Los sueños tambien son efímeros Vero, sonríe." Y sonrió.... Ya no sentía aquellas ganas de besarle, abrazarle y abandonar el mundo con él... Al ver su cara ya no notaba los mil cocodrilos que le mordían el estómago. Ni el ataque de la conciencia. Ni el crack en el pecho. Porque ella había dado y hecho todo por él, en todos los aspectos. Lo que pasase de ahora en adelante, nada tendría que ver con ella. Todo sería culpa de su mente o de sus actitudes incambiables cara a Verónica, pero adaptables dependiendo de quién se tratase. No era falsedad... Simplemente era no saber decir que NO a nadie, excepto a ella, que siempre estaba ahí y siempre le entendía.... ¿pero quién estaba ahí para ella? Ella misma. Solo ella misma. Era la única que recibía las negativas que fuesen necesarias, con la mejor de sus sonrisas, con la comprensión, con el cariño y el respeto, sin que él se diese cuenta que poco a poco la mataba. En miles de conversaciones, él se lo decía y se respondía solo, aquella estrategia de "mea culpa" empezaba a agobiar a Verónica de tal manera que no aguantaba más. Porque, a pesar de lo que pudiera parecer, ella se daba cuenta de todo, solo que prefería engañarse a sí misma para volar en el momento. En ese en que tras el sudor, las miradas y los besos, flotaban, todo era maravilloso y los pajaros cantaban a su paso.
Todo ha de tener un final... Y a este cuento se le está buscando.
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