Ese día viviría en un huracán de situaciones que la
llevarían a estallar, a gritar, cuando quizá en otro momento habría callado
todo lo habido y por haber. Bruno que no paraba de mandar mensajes, no cesaba
en su empeño por saber. Y en su casa las
cosas no eran un camino de rosas. Le costaría dormir unas cuantas horas,
intentando recolocar todo en su cabeza y su cuerpo, sin encontrar salida ni
entrada, mostraba toda la calma que podía pero en realidad estaba en modo
volcán a punto de erupción. Sonaba el teléfono por vigésima vez en toda la
noche y hasta que no lo cogiese, no iba a parar de sonar.
- ¡Dime!- Gritaba, harta de tanto escuchar aquella música.
Al otro lado, Bruno suspiraba.
- Vero, vaya día de no coger el teléfono ¿qué te pasa? Déjame
que te ayude, mira que eres…- Se desesperaba ante tanto silencio.
- Bueno, ya te he contestado, ¿no te vale con eso?, no
quiero meter a nadie en mi vida. ¿Tan difícil es de comprender?- Exasperada ya,
se proponía echar a aquel chico de su vida como fuese. Tuvieron un par de
palabras más sin llegar a ninguna conclusión y él conformándose con saber que
seguía viva.
Al despertar… Un
testamento por mensaje.
“Mira que me costó
decidirme. No pensé que fuese por algo como esto. No hay quien te entienda. Parece
que soy el mayor error de tu vida. No soy ningún muñeco con el que jugar. Tengo
paciencia, pero es que contigo no hay que tener de eso, hay que tener GANAS, y
yo no las tengo. Paso de ti, de tus historias. Lo que más rabia me da, tener
que ver esos puñeteros ojos que me envuelven todos los días. No sé… Pero
consigues mi rabia y mi ilusión en dos minutos. Eres tan desesperante que… No
creo que sea eso lo que me está pasando. Algún día lo sabré. Y quizá sea tarde
para que te des cuenta. Que descanses, porque yo no podré. Buenas noches.”
Verónica apenas lo leería, pasaría rápidamente al otro
método de conexión entre Ángel y ella. La despertaba disculpándose por no haber
podido hablar aquella noche. La chica sonreía y, a la vez, lloraba aliviada de
encontrarle, aunque fuese de aquella manera, siempre le daba aquel aire que
necesitaba, con solo moverse por delante de ella. Una pregunta y un plan, de
aquellos que surgían sin más, ella encantada, se animaba el día sin apenas nada
más.
- Buenos días. Se te ve demasiado radiante ¿no?- Preguntaba
Bruno por el móvil aquel día. Ella no le había contestado a aquel testamento
que había dejado y, él, de nuevo insistiría.
- Pues mira, sí. Estoy muy tranquila ahora mismo y no me
apetece discutir. Siento mucho no haberte contestado estos días. Soy así. Y
siento que tengas que ser tú quien lo pague, de verdad. No te has portado mal
conmigo como para ello. Perdóname.- Se disculpaba con él, viendo cómo podía
estar descolocándole por momentos.
- Gracias, la verdad que gracias. Yo ya no sabía que había
hecho para llegar a esto. Me sentía impotente. Solo quiero ser tu amigo, creo
que tenemos algo en común que no todo el mundo tiene y no quisiera perderlo.
Aunque esté con otra, otras… Quiero que sigamos teniendo esos ratos de risas y
de contrastes, tú con tus formas y yo con las mías.- Le pedía el chico ante la
posibilidad de que ella se estuviese marchando.
- Tranquilo, mi amistad no se la niego a nadie, pero es que
yo soy así, además que no me gusta que me saturen y… Me estabas saturando
mucho. No me gusta sentirme encerrada, lo siento.- Explicaba ella como podía,
pues sabía que era complicada de entender y llevar. Sólo existía una persona
capaz de razonar con ella, de hacerla entender y de calmarla. Y ese, no era
Bruno.
- Entonces… ¿amigos?- Pedía el chico con una cara sonriente
por icono.
- Amigos. Ja. Pero, no me agobies.- Advertía.
Todo quedó ahí, mientras Ángel volvía poco a poco a su ser,
viendo como ella volvía al suyo. Parecían globos, que se hinchaban hasta casi
reventar y después soltaban todo el aire volviendo a su misma forma. Ella
decidió meterle en su grupo de imprescindibles, porque quería que estuviese
siempre, pasase lo que pasase. Contaba con los dedos de una mano, a esos amigos
de verdad. Entablaron conversación, mientras ella se sorprendía de verle
aparecer por allí pero se alegraba de ello y reía como hacía semanas que no
conseguía.
A la mañana siguiente Ángel se volvía hacer importante en su
vida, iría a buscarla, a rescatarla de aquel nido de angustia que tenía por
casa, él parecía tener necesidad de darle lo que tenía, su paz. Ella se
despertaría temprano y nerviosa por lo cerca que estaba ese momento. Dudaba
entre cómo peinarse, vestirse, tenía aquel zoológico al completo retumbando en
su estómago y se uniformaba de ilusión.
- ¿Hoy espero yo?- Preguntaba Ángel mientras la tenía a
escasos metros. Ella estaba esperando en otro lugar. No imaginaba que pudiese
estar allí ya. Al ver su coche, le empezaba a temblar hasta el alma. Se montó,
no sabía si besarle, si acariciarle, se quedaba petrificada en su presencia.
Esperando que fuese él quien diese el paso. La sonrisa estaba ahí, no faltaba.
En cierto modo, le notaba tenso. Ir juntos en su coche no era algo habitual,
era un pequeño detalle que, a ella, le hacía sentir mejor a su lado. Al llegar
al punto que habían comentado, sus labios se acercaron de nuevo, de repente el
tambor de su estómago frenó en seco, dejándola sin respiración y, a su vez, con
aquella vida que meses atrás le regalaba.
Caminaron y hablaron de sus cosas comunes, de sus “amigos”,
de sus historias, se paraban a cada momento para gozar de sus labios y su
presencia. Eran imanes el uno para el otro, no podían dejar lugar a
conversaciones normales, cada momento se besaban, abrazaban, acariciaban. Verónica
tocaba el cuerpo de su chico como si fuese algo más, diferente, no sabía
expresar con claridad aquella sensación, pero parecía no existir nada más a su
alrededor. Nunca había estado montada en una nube pero suponía que debía ser algo
similar. Mirándose a los ojos, examinando sus labios con su mirada,
transformando aquella seriedad en sonrisas.
Ella a cada minuto agarraba su mano, la que le daba aquella
tranquilidad, la única que era incapaz de soltar y por la única que se dejaba
guiar. Él hablaba poco, aunque lo poco que decía era para hacerla seguir
adelante. Se entendían de la misma manera que lo hacían dos gotas de agua.
Verónica seguía andando y le agarraba sus dos manos, entrelazándolas con las
suyas y acercándole a su espalda, para sentir ese calor y ese cobijo, esa
armonía. Cerraban los ojos dejando que el aire les refrescase rostro y mente,
suspirando y aliviando todos aquellos demonios. Él continuaba nervioso aunque
lo disimulaba ante ella. Al estar cerca y frente al otro, parecía que todo
aquello que les había enfrentado en un momento de sus vidas, les unía mucho
más, transformándolo en un amor fuera de lo normal. Ella notaba su corazón
subido en sus labios, diciendo todo lo que nunca se atrevió a decirle y mil
veces había sentido, acoplándose en su personalidad seductora para enamorarle
con su mirada, con sus palabras, con su alma. En pocas palabras, siendo ella
misma. La que en algún momento encerró por miedo a que Ángel la desterrase al
olvido, por temor a ser tan vulnerable como fuerte, por no asustar a aquel
hombre que cada día la miraba más por dentro, dejándola que liberase su mente y
alma, su cuerpo en su cuerpo, que se convirtiera en escultora de sus más
mágicos y preciosos momentos.
Un día más de aquellos a guardar en el álbum de recuerdos
que iban formando, uno de aquellos que les hacían sonreír en sus peores
momentos. Verónica no daba crédito a lo que estaba viviendo pero la hacía
sobrevivir al miedo.
“Buenos días, no
quiero saturarte, ya sé que te agobias con nada, solo quería saber de ti, si
sigues bien y si necesitas algo. Hoy no te he visto y te he echado de menos. No
es lo mismo tu sonrisa que la del gafitas. Esta noche monto una cena para
algunos compañeros y amigos, me encantaría que vinieras aunque ellos te vean,
las reacciones iban a ser geniales y yo me iba a reír como nunca. Si quieres
estás invitada, si hace falta, voy a por ti pero no te prometo que duermas en
tu casa, ja. Un besote enana.”
Bruno daba señales de vida pero ella ignoraba tal señal.
Estaba con Ángel y no permitía que nadie interrumpiese aquellos momentos
excepto sus imprescindibles. Al dejarla él en el mismo punto de partida y
despedirse con aquel beso tan cálido, ella sonreiría sin más. Pensando en lo
increíble que era vivir la locura a su lado. Recuerdos imborrables.
Aire al aire.
ResponderEliminarTormento al tormento.
Armonía que llama a la puerta.
Descansa el alma al sentirse acompañado.
Por su alma gemela.
Sonrisas inundan los ojos que tanto anhela...Al sentir esa paz.
ResponderEliminarFuego para el aire...Aire para el fuego.
Besos que caminan de la mano del silencio...del que ya no existe,pues se siente,al fin,completo...Vuela,sueña,vive...simplemente,ser uno mismo.Felicidad con nombre.