- Vaya poder de convocatoria que tienes rey… ja.- Se burlaba
la joven del pobre Bruno que, la miraba con cara de estar deseando una tortura
lenta y agónica.
- Bueno, al menos estás tú aquí, que eso también cuenta,
aunque no me estés haciendo ni caso y no dejes el móvil ni queriendo. Erase una
mujer pegada a un móvil…- Mientras acariciaba los gemelos de ella, al tener
posadas sus piernas sobre él.
Verónica no dejaba de reír con los mensajes de sus amigos,
mientras Bruno no tenía ni idea de que estaba siendo objeto de conversación y
burlas. Tardaría poco en empezar a poner cara de desagrado por tal trato.
- Vero, es que tienes que dejar un poco ese mundo absorbente, cielo. No paras, y a mí me estás empezando a enganchar también, mira que me
gusta poco. Y ahora… ¿me vas a contar este cambio de actitud? ¿O es que eres
bipolar y no lo sabía? ¿Sufres algún tipo de esquizofrenia?... Sería una pena,
con lo joven y preciosa que eres… Ja.- Se reía ahora él de ella.
- No tengo mucho que contar, simplemente que la vida nos
pone a prueba constante, a mi parece ponerme cada cinco minutos. No te voy a
contar mi vida porque te daría tiempo a envejecer sentado ahí mirándome, pero
así a grandes rasgos, estoy conectada con alguien de una manera muy especial,
algo que es muy difícil de expresar si no lo has sentido nunca. Y permíteme, no creo que con ella
tuvieses lo que tengo yo con esa persona.- Intentaba explicar ella.
- A veces te oigo hablar, tan calmada, tan segura de lo que
dices… Que asustas. Creo que sí, que es cierto lo que me está pasando pero… Lo
peor, es que a ti no te pasa, ni te pasará lo mismo, por mucho que haga. No sé por
qué has tenido que aparecer ahora y así.- Bruno se apesadumbraba por momentos…
Perdía la ilusión.
- Lo siento, es que no sé qué decirte. Quizá no debí dejar que
siguieras ilusionándote. ¿Sabes que hoy me ha preguntado si cuando mi compañero
te dijo aquello, ya estábamos…? es para cambiar de tema un poco y que rías.- Ella con su habitual técnica de la distracción
o desviación a otros temas, cuando veía que la cosa se ponía complicada.
- Pues si supiera que mucho antes ya moría por tu mirada…
Ja. Pero fue más tarde ¿no?. Ahí intentaba ponerte yo contra las cuerdas para ver
por donde respirabas. Hasta que vi tu grado de discreción.- Empezaba el chico a
relatar, recordando aquellos momentos.- Fue entonces cuando me di cuenta que, el
que metía siempre la pata, era tu compañero. Y por eso tardé tanto en tirarme
al charco… No quiero problemas en el trabajo y ahora sé, que tu no me los darás.- Concluía.
- Ya, ya lo sé. Y ahora es cuando yo pienso que no tenías
que haberte tirado al charco. Pero bueno… Al menos, sacaremos una buena
amistad, unos ratos de risas y debates, de contrapuntos a nuestros cuentos, de…
de… Ven aquí anda.- Le abrió los brazos para que el chico se tumbara encima
suya, le enmarañó el pelo y empezaron a hacerse cosquillas, verbales y físicas.
Pasaron al rincón de las letras, como lo habían apodado, y estuvieron
desentrañando los misterios de diversos cuadros contemporáneos, cada uno veía
una cosa, después lo comparaban con la información que daban tras él y, ambos,
completaban lo que allí ponía pero cada uno a su manera. Sonaba aquella melodía
instrumental y ella se fugaba a los pies de su alma gemela, poniéndose en su
piel mientras le imaginaba en noches de soledad y escuchando aquellas notas.
Entonces cogió un folio y empezó a garabatear sin más, sin pensar, apenas
tardó dos minutos, Bruno observaba impactado aquel momento. Cuando terminó,
ella alzó la hoja hacia su rostro y él, con la boca entreabierta, lo cogía,
leía y derramaba una pequeña lágrima que difuminaba la tinta haciendo una de
sus palabras, ilegibles.
- Eres impresionante… ¿Por qué no puedes ser para mí?- Ella
sonreía, mirando al suelo y encogiéndose de hombros. No sabía cómo explicarle
que ella no podía ser de nadie, porque solo era del aire, del mundo, ni
siquiera de ella misma. Era un alma libre que volaba solamente guiada por las
alas de un águila, del que la sacaba de un árbol si las ramas la atrapaban, del
que la llevaba la comida en su pico si ella no podía conseguir el néctar de cualquier
flor, del que batía sus alas tras ella, vigilando cada giro que hacía para que
no la pasase nada… Sólo podía ser del aire y compartir su vuelo con aquel que
la mostraba la verdad en su mirada.
- Bruno… Estoy convencida de que ahí fuera está aquella que
te haga imaginar, volar a su lado, soñar… La que sepa cuando necesitas estar
solo, la que te acaricie la mejilla cuando necesites, la que te haga reír sin
apenas abrir la boca, la que te haga sentir tan importante que te corte la
respiración por el temor… Está por ahí, solo tienes que estar atento y
llegará.- Le decía intentando convencerle de lo que ella había encontrado.
- Yo pensé que esa eras tú… Pero bueno, supongo que dos
mundos tan dispares… No pueden estar tan juntos.- Él se lamentaba y sonreía a
la vez, se tumbó sobre aquella alfombra ultramoderna que acababa de estrenar,
mientras miraba al techo. Imaginando un mundo donde sus sueños, sus delirios
terminasen y pudiesen convertirse en realidades.
Ella continuó en su mundo, con sus anhelos y sus historias
por contar, mientras observaba la foto, la única foto que había guardado de
Ángel, con aquella ropa que a ella le encantaba, con el fondo que les hacía de
refugio. Los ojos de él sonreían mientras la boca quedaba entreabierta sin
llegar a sonreír. Ampliaba el zoom y observaba aquellas canas, las que le habían
enseñado a contener aquella ira que guardaba durante años, aquella revolución
contra el mundo que Verónica disfrazaba de alegría y sonrisas, sentía la paz de
su cuerpo a través de la fría pantalla de su teléfono móvil. Acariciaba con sus
yemas su pelo inmortalizado en aquel instante, mientras sentía que volaba a su
cintura, se sentaba encima suya jugando con sus mejillas, con sus labios. No se
había percatado en todo ese tiempo, de nada físico, cayó en la cuenta al
intentar imaginar su cuerpo. No podía, le tenía grabado en sus manos, en su
piel pero no en su retina. Porque en ella, solo existía la mirada magnética, el imán
formado por tantos suspiros como risas, por lamentos y gozo, por conversaciones
y silencios… Se rindió a sus sueños.
Despertaba de nuevo en aquel sofá, miró a su izquierda y no
había nadie. Mientras intentaba abrir los ojos, escuchaba pequeños ruidos de
fondo. Bruno intentaba ser cauteloso para no despertarla. Ella le vería pasar
por aquel salón que parecía no tener fin. Se sentaba en el sofá y le observaba
en silencio.
- Uy, te he despertado. Lo siento. Buenos días princesa.-
Agachaba su cabeza hacia su frente.
- Déjate de ñoñadas, anda… Que no soy una muñeca de esas que
te presentan a diario.- Ella y su carácter de recién levantada. Él quería ser
dulce pero a la chica le empalagaba demasiado tanto pastel.
Mientras restregaba sus ojos una y otra vez, el chaval le
traía un café de esos que revolucionan hasta el corazón más catatónico.
Verónica encendía sus conexiones y daba los buenos días a todos sus
imprescindibles. Ángel aparecería por allí, haciéndola sonreír en el instante. Bruno la acercaría a casa una hora después, ya no pasarían el fin de semana
juntos porque ella no quería acostumbrarle a aquello, ni acostumbrarse ella.
Prefería apalancarse en su habitación y leer, pensar… Abastecerse de cultura…
Llenar sus sentidos con otro tipo de arte al que antes buscaba donde no debía…
Gracias a ciertas lecciones… Lo iba consiguiendo, aprendiendo.
Ángel el día anterior había estado viendo aquella película
que a ella le dejó sin aire. Verónica le había dado unas indicaciones para
cuando la viese “acuérdate de mí cuando el niño mayor le diga a la madre lo del
principio de la película.” Ella se refería a aquel grito desgarrado, el que
mostraba el pánico que daba sentirse solo en medio de la nada, el que suplicaba
que no volviese a acontecer aquel estremecimiento. Verónica habría proferido
aquel chillido en, solamente, dos
ocasiones, una de ellas, cuando Ángel la echaba de su vida y volvía a recogerla
en sus brazos días después. Cuando unidos en cuerpo y alma, ella sentía aquel
alivio de volver a sentirle cerca, de curar sus heridas y calmar sus tormentas.
Pero de su boca solo pudo salir un “cuánto te he echado de menos”… La otra, cuando se vio sola ante tanta gente
conocida pero extraña, cuando se dio cuenta que no podría sobrevivir al
silencio eterno. Esa tarde en que el único hombre en quién podía confiar, su abuelo,
se marchaba sin decir nada, dejándola allí por un calentamiento moral absurdo.
Ella corrió tras él pero le perdió la pista y se quedó en aquel giro de calle,
mirando a un lado y otro sin encontrarle. Era pequeña y no recordaba cuanto
tiempo pudo pasar hasta que regresó, pero cuando lo hizo, ella saltó
literalmente a su pecho, abrazándole como nunca lo había hecho con nadie, y le
gritó aquel “ni se te ocurra volver a hacerme esto”, mientras temblaba y
lloraba por los nervios de ver cómo podía necesitar tanto a alguien.
Verónica no se lo había explicado… Le dejó una de aquellas
perlas para que pensase, buscase y prestase atención a la película.
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