Pasaría un gran rato con esa amiga a la que soltarle todo lo
que de verdad pensaba de unos, de otros, de todo. Ella le daría la razón, o su
apoyo, en, prácticamente, todo. Esa noche no podía dormir. Su cabeza giraba en
torno a todo lo que había pasado, estaba pasando y pensaba. Estaba tranquila,
más de lo habitual en ella ante este tipo de situaciones, pero un sobre salto
la despertaría en medio de la madrugada, como un mal presentimiento, algo que
ella no sabía distinguir muy bien. Le
golpeó el pecho con tal fuerza que la levantó de la cama, intentó calmarse
porque esa cuerda la estaba asfixiando, no sabía qué era. Miró el móvil para
comprobar la hora, eran las dos y media de la madrugada. Bruno habría dejado unos
cuantos mensajes en su pantalla, preguntando el motivo de tanto silencio, a
veces tenía exceso de preocupación. No le contestó.
Al despertar, esa mañana quería saber de Ángel, no sabía muy
bien como iniciar la conversación, lo pensaría durante una hora, pero se le
hacía muy difícil no decirle nada, aún sabiendo que necesitase aquella soledad.
Cuando de repente y, simultáneamente, ambos escribirían al otro. Se echaron a reír,
como siempre. Lo llamaban telepatía entre risas. Hablaron un rato sobre otro
tema que podría “perjudicar” a Ángel en un momento dado, rieron, él suspiraba,
ella se comía aquellos suspiros para convertirlos en lágrimas, sin saber muy
bien si de felicidad por volver a hablar con él o de qué, pero no era aquella angustia
contenida de días atrás.
Parados en aquella acera, frente a frente, Verónica no sabía
reaccionar. Se quedaba allí, parada, mirándole como si fuese algo paranormal,
él la miraba y abría sus ojos, pestañeando fuertemente para simular que todo
iba bien, era una de sus extrañas maneras, la que ambos hacían cuando solo
querían simular paz y por dentro llevaban toda la red ferroviaria. Él la
preguntaba si estaba todo bien y, ella, con aquellos nervios de cuando le
conoció, solamente se le ocurría sonreír y asentir con la cabeza. Se miraban
sin decir nada, cosa que otros apreciaron como un acto diferente. Incluso ella,
se quedó tan paralizada que tuvo un percance a la hora de trabajar comúnmente.
Se enrojeció y aquel hombre la miraba como si ella se estuviese enamorando de
él, dado que no era la primera ocasión que coincidían nervios, sonrisas y ese
señor. El hombre reiría para sí mismo y la disculpaba con una mirada
penetrante, haciendo caer sus pestañas en señal de tranquilidad. Tal había sido
aquello que se notó en demasía.
- Niña, cuál no habrá sido tu cambio de actitud en estas
últimas semanas, que voy a tener que sacar la fregona para ir recogiendo todas
las babas que van dejando… Relaja un poco esos ojos, anda.- Le pedía aquel
compañero que le había visto en sus días de agonía incesante. A pesar que le
gustaba verla así, le resultaba algo incómodo lidiar con todos aquellos señores
que le preguntaban algo acerca de ella. Verónica solo podría reír ante tal
requerimiento. Minutos después, pasaría Bruno, viendo como ella sonreía y aún
no había recibido mensajes suyos. “Muy bien, así me gusta, que sonrías… Pero
si quisieras contarme por qué…” Ella en ese momento hizo caso omiso de
aquella infantilidad, si reía porque reía, si lloraba porque lloraba, el caso
era preguntar todo. Y ella ya se agobiaba con tanta insinuación y chorrada.
Ángel y ella entablarían aquella conversación “pendiente”
donde él diría todo lo que había ido sucediendo, ella respondía sin
conocimiento, sin pararse a pensar. Al leer aquello de “Por lo que pudo haber y creo aún hay. Por mi hija. Por mi.” Se
desmoronaba en el momento… No sabía qué responder, si lo que sentía realmente,
lo que debía… Se hizo un cúmulo de sentimientos intentado mantener la frialdad
pero respondiendo desde lo más hondo de su corazón. Sin embargo, no quería
quedarse con aquella pregunta que le rondaba la mente como si fuese un pájaro
volando constantemente en frente de sus ojos y la hizo. “Yo… ya no pinto nada ¿no?”, lo adornó con una carcajada, porque
realmente le salía así. Y la respuesta
de Ángel le pareció tan sincera y noble, que le dio aquel punto de ilusión que
le robaba cuatro frases antes. Pero al
continuar hablando, ella apreciaba como, sin querer, la culpaba de toda
aquella situación, aún sabiendo que aquel no era el fallo. Verónica seguía tirándole
de la lengua, él seguiría explayando todo lo que había sucedido y le parecía
casi hasta irreal. Solo supo contestar cosas de las que después se
arrepentiría, porque ella no era así. Parecía estar peleando algo que no era
suyo, que no la pertenecía. Se ponía en contradicción con su propio yo. Pero es que necesitaba hacerlo. Cuando tenían
este tipo de problemas, Ángel le decía que no le había enseñado nada, pero ella
estaba viendo que le había mostrado el camino hacia la lucha incesante. Párrafos más tarde, reaccionaba conforme a su
verdadero ser. Diciéndole “Mira cariño,
sabes que yo no voy, ni quiero malmeter… eres tú quien tienes que caerte o
levantarte… yo solo puedo estar aquí y arroparte cuando te haga falta… pero…
tengo la sensación de que las palabras son muy bonitas.” Tras esto, ella
quería saber qué pasaba por la cabeza del hombre de su vida, no sabía cómo decirle
ciertas cosas. No sabía cómo expresar lo que le estaba pasando con Bruno, que
ella sabía que no iría a ningún lugar, o sí. Pero es que no sentía por él más
que el típico encaprichamiento de juventud, poco más. El jugar a ser
adolescentes un rato. Aunque el chico intentase poner todo de su parte, ella
sabía dónde estaba su corazón y dónde se ahogaba sin él.
Ángel le pediría aquella sinceridad de siempre, nada de
silencios, porque él sufría mucho más cuando la veía callada sabiendo que
Verónica era un torbellino de ideas. Y
ella empezó a intentar contarle aquello pero sin saber si se estaba haciendo
entender… y, a juzgar por la respuesta de él, no lo había entendido. Ella no se
imaginaba un mundo sin él, sin Bruno sí, sin cualquiera podría imaginárselo,
pero sin la seguridad de sus abrazos, de sus ojos, de sus besos, le era
prácticamente imposible. Solo que, era cierto que ella no quería venderle una
moto sin ruedas. No podría superar su cara de decepción, si ésta la provocaba
ella misma… Acumuló todos sus pensamientos y los mandó en un correo.
- Me tienes hoy muy olvidado, ¿se puede saber qué te pasa? –
Preguntaba Bruno al otro lado del teléfono.
- Nada que te importe. No me apetece hablar y punto. Acostúmbrate,
soy así. ¿Qué más quieres?- Iría directa al grano, pues le llamaba al teléfono
del trabajo y suponía que era por algo.
- ¿Me podéis avisar cuando vengan estas dos personas?.. Te
diría que me mandases un mensaje… Pero tu respuesta se cual sería.- Contestaba él
dócilmente.
- Sí, que te mandaría pero a la m…- Se reía a carcajada
limpia con cada palazo que le daba.
- Como me imaginaba la respuesta, pero mejor me callaré, que
estoy más guapo. No me vas a picar.
Bueno ¿nos hacéis ese favor? Gracias.- Replicaba el chico con algo más que la
moral tocada.
- Como mande el señorito. Agur.- Se despedía ella tajante y
fría. Estaban cumpliendo un deber y no tenían que andar así.
Al salir, su teléfono no paraba de sonar. Bruno se estaba
poniendo extremadamente pesado y ella, con sus maneras chulescas de vivir,
pasaría de aquella llamada tan insistente. Cuando finalmente recibió un
mensaje.
“Mira, me da igual lo
que haya pasado, no sé de qué vas, me tienes un día con sonrisas por doquier y
otro con infinidad de borderías, no te voy a decir que me estoy cansando, pero sí
que no me gusta nada esta actitud. Las cosas se hablan. No sé qué te he hecho
de malo para que me trates así. No eres difícil, eres IMPOSIBLE. Yo ya no te
rogaré más. Lo siento.”
Ella antes de decir, ni contestar nada, pensaría que, como
siempre, todos huyen. Terminó diciendo. “Perfecto.
Haz lo que creas conveniente. Las buenas cervezas cuesta mucho conseguirlas, y
no todo lo compra el dinero. Que pases buena tarde.” Con toda su frialdad y
soberbia apretó el botón de enviar. Y, como no… Bruno no se callaría ante tal
respuesta. Evidentemente.
“Está claro, eres
indomable. Ja. Me encanta. Pero me desesperas. Sólo quiero estar ahí y que
sepas que lo estoy. No te voy a pedir perdón porque creo que es tu cabeza quien
te está jugando una mala pasada. Te llamaba por si querías dormir en casa,
aunque supongo que mañana trabajas y no tendrás ganas de nada. Pero bueno… El
plan era bueno… Sushi… Peli… Mantita y a dormir… Ahí lo dejo. Si gustas…”
Leyó esta última petición y bloqueó al chico. No quiso caer en la tentación de
contestarle y seguir con una batallita que no llevaba a ningún sitio. Le había
costado encontrar aquella paz que tenía por dentro en aquel momento y no lo iba
a romper por alguien que llevaba en su vida dos días apenas. Se fue a casa, se
metió en la ducha interminable de agua hirviendo para quemar sus malas energías
y se relajó mientras escuchaba aquella guitarra que tanto le gustaba a su chico…
Mientras runruneaba por los umbrales de su propio corazón, de su mente, de sus
recuerdos… Encontraba aquellas risas sinceras que la hacían dejarse el
estómago. Aquellas charlas amenas y tranquilas sobre la monotonía y sus
circunstancias. Las tormentas también venían a su cabeza, viviendo una
pesadilla constante por momentos… Y los problemas iban creciendo.
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