Días después, Verónica querría recuperar su vida. Él
pasaba a formar parte de otro gremio, de otras prioridades y no había vuelta
atrás. Había sentido tanto por él, en todos los aspectos que ya solo le quedaba
la indiferencia. A veces le resultaba hasta incómodo hablar con él y ver
siempre las mismas respuestas, las mismas chorradas, en definitiva… Saber que
la tenía, por suerte o por desgracia, siempre acaba estando ahí para él si la
necesitaba. Le superaba por momentos. Quería mandarle al quinto pimiento y que
no volviera a decirla ni hola. Su amigo la abría tanto los ojos cada vez que
hablaba con ella, que le estaba empezando a coger hasta manía. Todo el tiempo
que había pasado lamentando cosas que no la pertenecían, que eran carga y
problema de él, no de ella. Prefería ignorar cualquier tipo de halago o conato
de acercamiento. No entraba al trapo de conversaciones que antes la
ruborizasen, era fría. Hielo.
Mientras, Bruno vivía en su mundo particular,
intentando subir aquello que se encontraba en cualquier lugar menos a sus pies.
Verónica ya no estaría a los pies de nadie, sino que la besarían los pies a
ella si de verdad la querían.
- Buenos días ojazos, espero que hoy tengas un buen día y si me
necesitas, grita que correré a tu auxilio.Ja.- La
despertaba con un mensaje que había mandado la noche anterior. Ella sonreía
como si naciese algo en su interior. De nuevo, algo volvía a florecer, aún sin
saber muy bien qué era. Bruno era de ese tipo de chicos que no se mezclaba con
nadie, solitario, con una sonrisa y una mirada muy expresivas, lo decía todo y
no decía nada. Sabías cuando tenía, o no, un mal día. Era mejor alejarse si era
malo, porque su cara de niño bueno podía transformarse en algo muy
desagradable.
Era tan educado que parecía elegante, pero la
elegancia no la da el dinero ni los buenos pantalones sino una buena calle. De
eso a él le faltaba aún mucho, era su única pega, por lo demás era un chico,
para su edad, muy correcto.
Ese mismo día, sería la última conversación con
Ángel, ella había llegado a tal punto de desolación y desesperación que su
rabia le haría decir cosas de las que después se arrepentiría, pero era eso, o
dejar su vida por el camino. Llegaban tres días de desconexión, en los que se
refugiaría en Bruno, haciendo tantas cosas como se había ido dejando en el
tintero durante año y medio. Ir al cine, andar por un parque, en definitiva
disfrutar de todo aquello que había ido perdiendo. No tendría dinero, ni
amigos, ni nada, pero aún le quedaba aquella ilusión por ver el sol, el agua
correr por sus pies y respirar.
- Vero, debes
coger las riendas de ti misma, ya no de tu vida, sino de ti. No puedes dejar
que su infelicidad te hunda a ti donde nunca quisiste entrar, ni si quiera por
tu propia familia. Siempre has tenido una sonrisa en los peores momentos,
sácala ahora para ti.- Intentaba convencerla su coach, su amigo fiel. Ella
se sentía algo perdida pero recapacitaba sobre todo lo que había vivido y le
daba la razón. Aquella misma tarde, Bruno decidió llamarla para llevarla a ver
esa película que la dejaba sin palabras sólo con el trailer. Sin decirla nada
de adonde iban, la buscó, y cogieron carretera.
- ¿Dónde me
llevas?... Si nos vamos a algún sitio, dímelo porque tendré que coger algo.-
Ella reía nerviosa, le gustaban las sorpresas y, sin miedo, se montaba donde la
dijeran.
- Si fuésemos
a algún lugar que debieras saberlo, te lo habría dicho. ¿No puedes ser una
rubia normal y hacerte la tonta?... Preguntona.- No hacía más que meterse
con ella, y la chica ponía cara de enfado pero con aquella sonrisa infantil que
le hacia de escudo.
Continuaban dirección alguna parte, escuchaban
música que ella no conocía y visto el grado de confianza que él había cogido,
ella cambió la emisora de radio a lo que le gustaba. Él se enfadaría diciéndola
que tenía que tener un poco mas de cultura musical. Como dos niños pequeños se
pegaban por poner unos acordes u otros. Llegaron a su destino y ella, impasible
diría…
- ¿tanto
misterio para esto?...Buah… Y yo pensando que me llevabas al Ritz.- Se reía
a carcajadas viendo la cara de panoli que se le quedaba al pobre chico.
- Vale, vale…
Sorpresitas contigo las justas…- Fingía un enfado inexistente mientras ella
le abrazaba por la cintura para hacerle cosquillas y él agachaba su cabeza
besándola en la mejilla.
Pasaron a ver aquella película y fue allí donde ella
volvió a pensar en Ángel, en que no podría sobrevivir con la amargura de
aquella conversación, si algo les sucedía, a cualquiera de los dos. Empezaría a
darle vueltas y forma a la manera de hacérselo ver. Una de sus escenas le hizo
recapacitar sobre lo que, quizá, había sentido él con todo aquello. Lloró todo
lo que tenía guardado mientras hundía su mirada en el fondo del cubo de palomitas,
la mano de Bruno comenzó a limpiarle las lágrimas y la sonrió. Ella se empezó a
reír a carcajada limpia, viendo como una simple película podía provocar todo
aquel mar.
Al llegar al chalet de Bruno, empezaron a
acariciarse y cobijarse el uno en el otro, cuando ella de repente se heló.
- Niña, no
quiero que hagas nada de lo que te vayas a arrepentir, se que te gusto, no
tienes que demostrármelo de ninguna manera que no quieras. Tú a mi también,
pero si se ha de esperar, se espera. Prefiero verte una sonrisa y que me mires
a los ojos, a que te tapes la cara con mi hombro.- Ella sonrió odiándole
por ser tan respetuoso. Se dejó caer en sus brazos y prefirió llamar a la calma
desde ellos.
- ¿no puedes
ser un tío normal?... Dios… No hay manera de cogerte asco ¿no?- Le
recriminaba con una sonrisa retorcida pero llena de tranquilidad. Parecía que
él iba más en serio de lo que ella imaginaba. Y se empezaba a sentir un poco
mal por creer que estaba usándole pero, a la vez, feliz por ver que alguien
entendía un poco su amargura, a pesar de no saberla.
Ángel, ajeno a todo aquello, seguía en su mundo
dando vueltas a todo lo que les había pasado en ese tiempo. Sentía haber roto
algo que jamás pensó que llegaría a tanto. Sus contradicciones le habían podido
de tal manera que le habían demostrado que su sentimiento no era tan fuerte
como pensaba. Indagaría por los lugares en que ella le dejaba mensajes
subliminales, buscando un aliento, una forma de suspirar aliviado sabiéndola
feliz. No serían momentos fáciles para ninguno pero tenían que pasarlos y
superar aquel mal trago del destino y de ellos mismos.
Verónica pasaría todo el fin de semana con Bruno, de
un lado a otro, solos y tranquilos, sin mucha charla y con infinidad de risas
ante la locura inagotable de ella, las ironías y sarcasmos que salían de su
pimentada boca. Los ojos con los que la miraba aquel chico eran para
enmarcarlos, entre la sorpresa, la vida, la ilusión, le recordaban a los de
Ángel cuando empezaba a conocerla y todo le sorprendía de ella. Recorrieron
parques juntos, mientras él se hinchaba a hacerla fotos, ella no paraba de
investigar en un lado y otro, haciendo de cómica solo para él, poniendo poses
para esas fotos. Hasta que llegaban a algún lugar más solitario y tranquilo,
ahí era cuando todos sus demonios venían a verla. Sintiéndose culpable de que Ángel
pudiera, o no, estar bien. Le preocupaba en exceso la tranquilidad de aquel
hombre y, aquello, era algo que debía superar, pues era lo que le estaba
arrancando la vida. Tenía que empezar a pensar en sí misma y dejar a la gente
en paz, que si la necesitasen, ya la llamarían.
Siempre estaba aquel amigo, ese que llevaba la
tragedia y la pena por compañía, nunca era feliz, siempre estaba llorando, si no
por una cosa, por otra. La llamó aquella noche, provocando de nuevo la
desestabilización de los sentidos, a veces lo comparaba con Ángel por diversas
situaciones personales y familiares, haciendo que ella se sintiese mal. Bruno
viendo como iba cambiando el brillo de sus ojos, le arrancó el móvil de la
oreja, lo apagó y la abrazó.
- ¿Qué haces?
Ni se te ocurra volver a hacer eso, para empezar. Pero para seguir, ni se te
ocurra volver a tocar mi móvil, ¿entendido?- Le recriminaba a voces
mientras Bruno ignoraba todo grito, la acariciaba la cara y muy seriamente
respondía.
- Me da igual
lo que digas, lo que pienses pero no lo que hagas. Y no pienso consentir que te
amargues la vida por gente a la que le saldría más barato ir a un psicólogo,
porque lo que no saben es lo caro que te está saliendo a ti, así que ahora… Me
mandas a la mierda si quieres… Pero me importas tú.- Verónica se quedaba de
piedra ante esa respuesta tan segura como enérgica, simplemente calló y
asintió. Se tiró a sus brazos y le besó.
- No tienes que agradecerme nada y menos así pequeña, ese es tu problema.
No debes agradecer nada a nadie, porque lo que tienes, te lo ganas por ti
misma, por cómo eres y el valor que tienes. No me beses si no lo sientes.- Bruno parecía conocerla más de lo que ella creía, apenas habían
cruzado cuatro frases sobre sus vidas pero ella empezaba a sentirse
transparente.
Continuaron cenando hasta que él durmió a la fiera
que ella guardaba dentro. Despertó en sus piernas, con la mano de Bruno tapando
su cabeza, ella la apartó suavemente para no despertarle, pero aún así, le
despertó. Comenzaban un nuevo y apaciguado día.
Pasado el fin de semana, la chica, que no cesaba ni
un segundo de sopesar lo que había sucedido con Ángel, decidió dar, una vez
más, el paso al acercamiento. Le daría los buenos días y expondría lo mismo que
en su última conversación pero de manera más sosegada. Para poder seguir ambos
con esa tranquilidad que da saberse perdonados, aún sin tener por qué pedir
perdón. Sin rencores ni malos sentimientos. Todo se había hecho como muy
traumático, dado también por todo lo que habían sentido. Había sido todo tan
intenso que renunciar a esa manera tan salvaje de vivir se hacía muy cuesta
arriba. Cada uno tendría su apoyo, de una manera u otra. Ángel tenía a su hija
y su vida allí, Verónica tenía a Bruno que le sacaba de toda la soledad y
rutina en que estaba envuelta, volvía a ver un rayo de luz. A sonreír por las
mañanas con un mensaje o cuando pasaba por allí con su sonrisa tan amplia.
Las vidas paralelas se hacían más paralelas que
nunca, sin puntos que se cruzasen. Solamente caminar y seguir viviendo donde
estancaron sus vidas. Les quedaba el camino más difícil, el de vuelta. El de
vuelta a la realidad, a la amistad, a la normalidad. Lo que fue una alfombra de
sueños se convertía en frío para no mirarse más, no desearse, no quererse y no
amarse. Porque sus propios corazones lo agradecerían.
Tras todos los actos de rabia, impotencia, tristeza,
llegaba la desolación. Al menos para ella, seguía caminando sin saber por dónde
pisaba. Quería seguir teniéndole, abrazándole, besándole. Pero sabía que él se
estaba helando muy decididamente. No podía seguir adelante, quizá porque ella
ya no le daba aquella fuerza, porque él sentía que la destrozaba con cada
gesto, paranoia… Él decía sentirse impotente por no poder estar, por no darle
aquellos abrazos que buscaba en otros, por no poder calmar su rabia o
simplemente dar una vuelta por cualquier calle con ella. Prefería dejarla ir,
mostrando su calidad como hombre pero a Verónica aquello la mataba cada
segundo. Sentía la rabia de ver lo grande y bonito que había sido todo,
dejándolo escapar, viendo que no podía hacer nada por evitar aquella huida.
Por otro lado Verónica pensaba en qué derecho tenía
él de decirla lo que debía o no hacer, si continuar aquella aventura con Bruno
o no, no era consciente que él no debía decirla si querer o no a aquel joven,
era un simple espectador. Igual que ella en la vida de él. Le había dado tanta
libertad que Ángel pensaba que podía decir o hacer cualquier cosa. Cierto era,
que no la importaba compartir con él lo que habían estado o no haciendo, pero
muy distinto era que le dijese si debía entregarse o no. Aquello a la chica, le
provocaba una risa de esas que te hacen sentir idiota. Se dejaba llevar a sus
conversaciones de tal manera que parecía que le estaba pidiendo permiso para
estar con alguien.
Todo iba, poco a poco, recobrando la mayor normalidad
posible, Ángel seguiría con sus locuras, con sus paranoias que eran solamente
suyas, aunque ella le escuchase. Bruno intentando hacerse importante para ella.
- Me duermo y
ni te preocupa si llego o no a trabajar… Te da igual.- Le recriminaba
aquella mañana el chico.
- Mmmm... Esto…
Perdona pero, primero, no tengo ni idea a qué hora entras, segundo no soy tu
despertador y tercero no soy tu madre, eres libre de hacer lo que te dé la
gana. Vamos, lo que faltaba… Me he debido perder algún capítulo ¿no?- Respondía
ella que, precisamente, no le gustaba ni que la controlaran, ni controlar a
nadie.
- Pues, sí.
Tienes razón. Déjalo, tendré el día torcido. Ya hablamos.- En cierto modo a
ella le indignaba aquella actitud, no podía entender que alguien le hablase
así, mientras intentaba, supuestamente, conquistarla. Pasaron las horas,
mientras hablaba con Ángel y se reían de todo aquello, de esa actitud, había la
suficiente confianza para ello, pero también la dolía un poco. Bruno no
volvería a dar señales en todo el día.
Ella le llamó insistentemente y él no respondía.
Finalmente cuando estaba a punto de quedarse dormida en su cama, sonó el móvil,
hablaron durante una hora, ya era algo más de lo que había conversado en
persona. Bruno tenía razón, en parte.
- Yo sé que me costará mucho que llegues a ver lo mismo que yo veo en ti,
lo sé, pero no pienso dejarlo ni un segundo hasta que lo veas, al menos hasta
que lo veas, luego tú decides, si te quedas o te vas, pero al menos déjame
enseñarme.- Era lo único que pedía aquel muchacho, una
oportunidad.
- Sí, tienes
razón. Vale, no tienes ni idea de lo que me pasa porque no te cuento nada, pero
aún así ves en mí la desconfianza, creo que es algo normal cuando no conoces a alguien.
¿Que he dormido en tu casa? Sí, pero eso no significa nada. Soy así. Desconfío y
confío, depende para qué cosas. Seguramente la culpa sea mía por darte unas
esperanzas que no son. Lo siento.- Intentaba explicarse ella.
- Mira, que seré un “pijo”, seré un niñato, seré lo que quieras que sea.
Pero se nota a leguas que llevas a alguien muy dentro de ti. Se huele, se
palpa. No pretendo ni borrarle, ni sustituirle, simplemente que te ilusiones.- Tal como terminaba de decir esto, ella se ponía a temblar literalmente
por no soltar la bola que llevaba en la garganta y echarse a llorar, ante tal
muestra de observación.
- Solo puedo
decirte que… lo siento. Me encantas y eres un cielo pero… Dame tiempo. Podemos
seguir siendo amigos y quizá algún día, pero yo no puedo estar para nadie
ahora. Si alguien quiere estar para mi, perfecto. Aunque suene egoísta, es lo
que hay. No voy a poder darte lo que tú ofreces. Al menos ahora. Lo siento.- Entre
lágrimas se intentaba excusar por el daño que hubiese podido hacerle.
- Vente a casa
y duermes conmigo anda. Que yo solo quiero verte corretear como antes, tonta.- Intentaba
hacer sonreír a la chica y ella dibujaba aquella sonrisa.
- No, en
serio. Déjame, no cierro las puertas a nada, y sé que es muy, muy egoísta lo
que estoy diciendo. Pero, pasado el tiempo, verás que lo hago por tu bien,
intento evitar que te estrelles como lo han hecho otros, porque te considero
una persona a tener en mi lista de contactos y amigos y, si continuo, lo único
que haré, será que no me mires ni a la cara.- Respondía ella negándose la calma
que le daba por no dañar más aún aquel chico que derrochaba ilusión.
- Perfecto, como
quieras, no me enfado. Sigo aquí. Porque si por algo me has enganchado, ha sido
por eso, porque no te vendes, no te dejas convencer si estás convencida de
algo. No es que seas cabezota, no, lo siguiente, como dices tú. Eres raza,
pasión y libertad. Y me encanta. No lo voy a negar. Así que, tú misma. El
tiempo dirá lo que haya de decir.- Tras toda aquella parrafada, se dijeron
hasta mañana, mandándose mil besos y ella se quedaría agotada, pensando en cuál
sería el remedio a tanto quebradero. Cambiaría veinte mil veces el mensaje de
estado de aquel chat móvil, sin saber cuál expresaba más. Hasta que decidió
poner su cómplice “mil veces”… Sólo ellos sabían que significaba y era una
muestra de afecto, tal como él había hecho.
Empezaban
nuevas batallas en su pecho…
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