Tras meses de intensa relación, de intercambio de palabras, mensajes, llamadas... Verónica acumulaba cada vez más frentes abiertos. Empezaba a girar su vida sin darse cuenta de tal transformación.
Bruno había hecho su vida, tal y como le advirtió que pasaría, en ella había visto una puerta abierta al cielo para no tener que hacerlo pero ella se la cerró. El chico construía su pequeño fortín para su próxima princesa. Verónica se alegraba de ello. En aquellos momentos se alegraba casi de cualquier cosa, ya que ella era feliz y veía todo perfecto.
En su lugar habitual de trabajo, las cosas funcionarían como siempre, saturándola cada día más, al igual que el mundo en su casa. En su mundo de siempre, las preguntas empezaban a ser constantes, las explicaciones que nunca había dado, estaban más presentes que nunca, empezaba a tener tantos cables cortocircuitando como felicidad por el comportamiento de Ángel. Era su ventana al mundo. Su aire. Se dejaba adormecer por su voz y acunar por sus brazos. Era la única persona capaz de comprenderla, de sosegarla y de hacerla sonreír.
Llegaron las navidades, un año más. Ella pintaría de colores su casa para celebrar algo ya que, por una vez, había algo que celebrar. Un año más, un año lleno de esperanzas en los cambios, lleno de vida en sus ojos y los de él. Nunca había barajado la opción de que la vida de Ángel cambiase por ella pero con sus gestos, con sus palabras, con su manera de actuar en general, empezaba a pensar que fuese posible. Que la vida que soñaba noche sí y noche tambien, podía ser. Ella no quería dar importancia a nada de lo que él decía, ni credibilidad para no desmoronarse en ilusiones. Intentaba esquivar ciertos temas para que siguiese siendo el mismo mundo. Sin embargo, todo empezó por una semana de infarto. De Verónica que no quería ni tenía fuerzas para levantarse cada mañana, porque en casa la oprimían, porque en el trabajo la asfixiaban, todos esos nudos se fueron apretando en su garganta y en su corazón. No podía más. Además de estar haciéndole la "vida imposible" a la persona que más fácil le hacía la vida. Una mañana estalló todos sus silencios en lágrimas, en falta de aire, en palabras envenenadas contra aquel que la ahogaba. Aquella mujer con tanta experiencia como paz al escuchar, fue la mano que descorchó la botella. Salieron sapos y culebras entre quebrantos, ella comprendía y expulsaba alguna que otra carcajada con los símiles que hacía la chica. Verónica se dió cuenta que hablar tampoco suponía una guerra mundial.
Semanas despues, estando en su celda, en la casa que tantos sueños como pesadillas guardaba, dió un golpe en la mesa mientras se levantaba sin coger más que su teléfono y diciendo que no la volverían a ver. Aquella noche, sus lágrimas las consolaba aquella bruja de ojos verdes a la par que su Ángel por mensajes. "No vuelvas atrás, no vuelvas atrás...." se repetía. En otras ocasiones ella habría corrido tras aquel que la cortaba las alas, sobre todo para que no hiciese ninguna locura. Aquella noche no. Decidía que ya no más. Que no iba a aguantar ser el salvavidas emocional de nadie. Mientras Ángel seguí allí, a su lado. Esas semanas de cambios, ella descubrió una paz y una libertad, que ya tenía, triplicada. Era como que ya nadie podía callarla, que ya tenia la cara tan descubierta que el miedo se había ido. Nada que esconder y mucho por regalar.
Ángel se vio inmerso, queriendo o sin querer, en ese ansia de libertad, en correr junto a ella y agobiarse él mismo por querer estar a su lado. Al menos eso quería pensar Verónica, no quería creer que todo aquello hubiese sido una mentira. La chica había vivido mucho, sí. Pero no en modo libertad triplicada. Necesitaba abrazos que nadie le daba, solo él, uno y a escondidas. Necesitaba cobijo que nadie le ofrecía, porque todos aquellos que la lloraban en el hombro, desaparecían. Tampoco los quería a su lado. Tenía que estar completamente sola para asimilar todo lo que le había ido pasando. Para colocar su cabeza e ir haciendo un plan sobre cómo funcionaría su vida a partir de ahora. Había planes hechos desde antes que todo aquello sucediese y debía seguir con ellos, aunque no la apeteciese. Se tiraría semanas sopesando los pros y los contras de acudir a ciertas citas. Ahora nadie la impedía hacer o deshacer. Ángel siempre iba con ella, en su mente, en su alma... Siempre. Pero éste adquirió un rol que no podía tener, quizá eso fue lo que le envenenó. Se adjudicó unos derechos que, en parte, ella tambien le había otorgado. Le regaló la potestad de cuidarla y de mimarla pero no la de retenerla. Y ella se sintió retenida.
Semanas después se verían por última vez en lo que, ella sabía, sería su despedida. Lo disfrazarían de veinte mil cosas, ella querría jugar a la esperanza pero sabía que no. Que no volvería. Que aquel era el último adiós. Porque él no podía, no quería, porque ella ya no consentiría que la hiciesen daño. Ni el, ni nadie más. Porque ya no necesitaba a nadie para caminar, porque ella quería a alguien con quien caminar, que era diferente. Un mes de soledad, de llantos, de mordiscos a la almohada, de sueños interrumpidos por pesadillas y golpes en el pecho. Un mes de desprecios, de ahora te acojo, ahora te suelto... Un mes lleno de tanta falsedad en el mundo que no quería más a su alrededor.
Por eso, al escuchar a Ángel decir aquella frase, en lugar de comprender, aún comprendiendo, quiso hacerse escuchar, quiso que supiera que tambien sabía pensar. Pero todo aquello, a parte de liberarla de miles de silencios, solo le causó dolor, porque sabía que con cada palabra le calavaba un puñal, porque sabía que solo lo hacía para herirle y devolverle todo lo que ella había sufrido. Porque sabía que ella, no era así. Que ella no obligaba, ella no juzgaba ni sentenciaba... Pero él abrió una batalla, una herida que aun no estaba cicatrizada por muchas curas que hubiese hecho... Y como lobo herido... Atacó sin más.
Verónica pasaría días de hastío y de sonrisas a solas. No iba a ser aquella niñata en que se había convertido tras tanto ataque. Porque ella era una persona que, a parte de racial, pensaba las cosas, recapacitaba y nadie la tenía que hacer cambiar. El dolor... Era solo eso, dolor. Ahí quedaba y ahí curaría. Ella no necesitaba morder ni atacar. Simplemente caminar. Le cerró la puerta. Porque sino la cerraba, la enredadera sería la de siempre. Siempre sería lo mismo. Ahora ven, ahora adios... Ahora tal... Ahora pascual. Eso no es lo que ella quería en su vida. Ella quería al hombre. Al que siempre la sacaba una sonrisa. Al que se armaba de valor y sonreía con ella. No quería a lo que estaba viendo. Un niño perdido que no sabía cómo controlar todo lo que se le estaba yendo de las manos. Y todo... ¿Por culpa de ella?....
El tiempo, solo el tiempo dara las respuestas. Ahora era momento de... Vivir. Con límites, con sus responsabilidades y sus problemas, pero no cargar con los de nadie. Ahora era una mujer. Que nada echaría en cara. Que nada quería más. En las puertas de la libertad.
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