Bruno pasaría a estar en un segundo, tercer, cuarto o quinto
plano… Dejaría de hablarla casi de inmediato. Tras aquella llamada
intercambiarían unos cuantos correos electrónicos sobre aquella afición común y
poco más. Ella ya no quería darle pie a nada, intentando aclararle lo que había
sucedido.
“Hola morenito, me
gusta mucho (y lo sabes) debatir contigo sobre todos estos temas culturales en
que nos perdíamos aquellas tardes pero verás… Hay una persona, lo que nunca te
conté ¿te acuerdas?, pues esa persona es lo único que soy incapaz de perder en
este mundo porque si lo pierdo, me pierdo a mí. No quiero que esto pueda
afectar a lo que ahora tenemos, que es lo más bonito que me ha dado en mucho
tiempo y, a pesar de lo que nos hemos reído y lo bien que nos lo hemos pasado,
tengo que dejarte “tirado”. Sé que no tendrás problemas en seguir con lo que
tenías, porque ya lo demostraste una vez y además tienes todo de tu lado para
ello, así que, sigue sonriendo. Nos seguiremos viendo por allí y, sin rencores,
ja. Un beso enorme.”
Con esto, pretendía que entendiese lo que la llevaba a
actuar como si fuese un cuchillo ardiendo, si querer hacerle daño a él. Y el
chico no tardó en contestar.
“¡Qué alegría saber de
ti!, no puedo echarte nada en cara, todo lo contrario. Eres un angelito, aunque
un poco incomprensible a veces, pero es normal que no quisieras abrir esa
coraza. Sin que me lo dijeras, supuse que el dolor había sido grandioso. Así
que no tengo nada que perdonarte, lo único por lo que podría enfadarme es
porque perdieras esa sonrisa y esa locura que te hace diferente y especial. No
lo cambies nunca. Y espero que esa persona siga haciéndote tan feliz porque si
no saldrá mi peor Bruno… Ja. Por lo demás, no te preocupes, si te hablo mal en
algún momento no será por ti, sino porque tenga un mal día. Gracias por
regalarme tu presencia aunque fueran solo unos días. Mil veces, no lo olvides.”
Así se despedían ambos, él tenía que continuar en su clase
social, con sus barbies y ella con su
chico.
Ángel y Verónica quedarían ese día para compartir lo que
tanto tiempo habían soñado el uno y el otro, una mañana en compañía, caminando
juntos, de la mano, de sus brazos, sonriendo, mirándose y mimándose en cada
rincón de las calles que recorrían. Viviendo juntos aquel sueño sin igual.
Hablaban de temas sin importancia, de unos, de otros, él se ponía un poco serio
con algunos temas y ella hacía cualquier tipo de broma al respecto para
quitarle hierro, como solía hacer. Juntos las horas se hacían cortísimas, se
les pasaba el tiempo volando.
Desgastaban cada segundo de vida como agua de un manantial, bebiéndolo
a pequeños y grandes sorbos, comiéndose las ilusiones y dejando el postre para
después, para posteriores encuentros.
Esa semana compartirían su rutina, como decía ella. Con más
momentos para hablar, para reír, para seguir escribiéndose, pensándose y recordándose
cada segundo. Aquella noche se tiraron horas chateando, como era costumbre,
riendo de aquello que les había sucedido esa mañana e intentando verificar que
aquel momento había sido real. A la mañana siguiente, Ángel pasaría a buscarla
para ir a un lugar al que estaban obligados a asistir.
Allí, en medio de la oscuridad, les esperaban dos amigos
comunes que nada sabían de lo que ambos callaban y encerraban, los cuatro
juntos con otra decena de personas como testigos, reirían y compartirían una
mañana de las que Verónica no solía
olvidar, la complicidad entre ambos era tan grande que Ángel se atragantaría en
una mirada, ella habría corrido tras él en ese momento, riendo tanto como él,
pero debía simular que era una torpeza de las que le solían rodear al hombre,
interiormente estaba desmoronada de la risa y a su regreso intentó evitar la
mirada clavada en sus ojos. Tras aquellas horas de risa, se dirigían juntos de
nuevo en el coche de él, ella vivía en una eterna nube. Flotando con cada beso,
con cada guiño de ojos. Al llegar cada uno a su destino se rendirían en los
brazos de sus almohadas, descansaron como nunca lo habían hecho. El humor de él
se notaba cambiado, lleno de fuerza y energía que transmitir. Ambos sentían el
agradecimiento de esa oportunidad que se estaban dando. Imaginando mundos en compañía, uno leyendo y
el otro escribiendo o escuchando música en la tranquilidad de cualquier rincón.
Eran felices soñando, volando…. Solamente eso.
Hablaron hasta muy entrada la madrugada, ayudando a aquella
amiga que les necesitaba y, en parte, viéndose reflejados en aquella situación
pero Verónica sabía que todo era completamente diferente.
A la mañana siguiente despertaría con un mensaje de su chico
y se le dibujaba la sonrisa infinita de nuevo el rostro, no podía evitar
llenarse de felicidad cada vez que oía aquella campana, no se cansaba de ver
sus buenos días, sus piropos, sus ganas de hacerla feliz. Cuando otros, como
Bruno, lo hacían y la llenaban de rabia, Ángel conseguía que ella desease más y
más, no podía evitar sentirse completa con tantas atenciones, que aunque no
tuviese su cuerpo pegado a su piel, le confirmaba que su cabeza seguía con
ella, que no se iba, que estaba ahí.
A lo largo del día recibiría llamadas laborales, la echaban
de menos en sus vacaciones y apenas la dejaban descansar. Pero no la agobiaba
como antes, lo tomaba de nuevo como ella era, con una sonrisa y viendo el lado
positivo de todo aquello. Ya no lo veía como ataques directos, sino con cariño.
Ocupó su día en diversas tareas, como reordenar su habitación, sus libros
colocados por autor y saga, mientras escuchaba la música que les unía a ambos. Volvía
a ser ella, a tener ganas de algo más que estar tumbada en su cama mirando al
techo. Le pasaban las horas más rápido y lento, a la vez. Estaba deseando que
llegara la mañana siguiente para ver su luz, para tener su calma en sus brazos.
Sin esperarlo, sonaba de nuevo la campana. Su chico la
llamaba y la tranquilizaba con un mensaje. “No temas. Hay que recordar el
pasado como eso. Pasado”… Cada día la
convencía más de estar viviendo una realidad preciosa y perfecta. Su voz
conseguía sus nervios y su tranquilidad. Todo a la vez. Solo oírle reír la
bastaba para sobrevivir la espera… El momento dulce de acariciar su pelo,
pintando de colores el cielo y olvidar el mundo en sus besos…
La historia estaba más viva que nunca en su piel.
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