viernes, 2 de diciembre de 2011

Parte 12

Aquel fin de semana dió lugar a muchos pasos que ella no estaba dispuesta a asumir por el temor a hacer más daño del que debía. Pero a veces, las decisiones que marca la razón son las peores. Su mente le decía que estaba en lo cierto, que lo merecían, que debían llevar una vida común, con sus planes, con sus sueños. Y mientras actuaban, todo era perfecto. Héctor dejó su casa para ir a la de ella, vendió lo que tenía por estar con ella. Pasaron meses de felicidad inmensa, ella no estaba completa pero se conformaba con seguir un ritmo normal. Al llegar él a su vida, Verónica decidió ir soltando cargos, dejando lugares que no le gustaban porque ya podría mantener todo con su ayuda. Las noches de diablesa se terminaron, las mañanas de ángel guardian tambien, solo quedaba un punto por romper que era la estabilidad de aquel lugar que le traía tantos recuerdos. Dió el paso y todo giró de repente.

Pasaron unos pocos meses, cuando la partida de aquel ser tan querido para ella le rompió por la mitad. La larga enfermedad había ido consumiéndole a él y a ella, al resto de su familia, todos habían envejecido de repente. Aquella noche de incesante agonía, tanto en la respiración asistida como en los ojos de la morena, al marcar el reloj las nueve... El respirador se paró, con ello, el crujido del corazón de Verónica, no fue capaz de soltar ni una de las gotas que cubrían su retina, solo pudo decir un adiós ahogado. Un no hay más... Se acabó. Los médicos decían que el año anterior había sido como un regalo que el propio cuerpo del hombre le había dado. Como un alargamiento del dolor con opción a despedida. Durante aquel año gozó, rió, fue feliz sabiendo que se iba. Escribió cartas de despedida que la muchacha tenía ahora en su poder para ir repartiéndolas a sus destinatarios. Aconsejado por ella, ya que para cuando él era joven lo de estudiar no se llevaba. Aquel mes de enero fue el más duro pero a la vez, y egoístamente para ella, el más liberador en todos los aspectos.

Aquella mañana salió el sol al despedirse, Héctor estaba detrás aliviando con sus parches chistosos, hizo que aquel suceso fuese lo menos traumático posible. Aquel día se dió cuenta que los amigos... Los falsos amigos, solo hubo uno que supo estar a la altura de las circunstancias, que sin preguntar de qué, ni cómo, ni por qué, simplemente hizo lo que ella le pidió. Fue su particular solucionador de eventos de esta categoría. Hubo otro, que sin querer, sin saber por qué, la llamó, ella sorprendida, cogió el teléfono pensando que al otro lado habría alguien con sentimientos, pero... no.

Meses despues de la soledad tan fria, no buscada sino encontrada, giraría todo de repente. Sin saber por qué ni cómo... se vería sumida en una felicidad increíble, las sonrisas no desaparecían de su rostro. Todo iba como sobre nubes de algodón. Parecía haberle traspasado todas esas tormentas al chico, al pobre muchacho que nunca había hecho mal a nadie. Que era bueno por naturaleza, que podían hacerle cualquier cosa, lo que fuese, que él lo perdonaría.

Una noche, Verónica se encontraba en su lugar de trabajo, su nuevo lugar, y se empezó a encontrar mal de repente, en diez años que llevaba trabajando nunca le habia pasado nada igual. Pero aquel día, de tanta comida basura que había consumido en las últimas semanas, su estómago se debió rendir. Héctor se encontraba trabajando pero en cuanto escuchó la voz de su chica en ese estado, no dudó en coger el coche y salir corriendo a buscarla. Un hecho sencillo, simple y sin nada especial sino fuese porque un par de días más tarde perdería su puesto por ello. Se quedaba aumentando la larga lista que en aquella época preocupaba a todo el país.

Verónica se sentía culpable de su desgracia, él lo había dejado todo por ella... Pero ella ni siquiera era capaz de quererle un poco. Mientras él pasaba las horas sentado en el ordenador buscando lugares donde rellenar formularios para obtener un trabajo, ella seguía con su vida sin querer pensar en la pena que él sentía. Sería aquella tarde mientras ocupaba el baño de la casa cuando decidiese que aquello debía terminar ahí.

La joven se marchó tras los gritos de él, y Hector no volvería a saber de ella hasta unos días más tarde cuando ya no le quedaba más remedio que acudir a la casa para lavar la ropa. Aquel día hablaron, se dijeron todo como debía ser, con calma, tranquilidad... Pero no había vuelta atrás, ella no sentía nada, sino pena por haberle llevado a eso. Y él lo sabía utilizándolo inconscientemente a su favor.

Durante aquel tiempo él insistía en una oportunidad pero nunca la tendría. Verónica había comenzado a hacer su vida por otro lugar, por otros derroteros. Llenándola de gente positiva, de personas que al menos le hacían olvidar todo lo acontecido, almas que se empeñaban en devolverle la paz que ellos creían que necesitaba pero ella sabía que no, que no era así, no necesitaba a nadie para estar en calma, y tampoco quería estar así. Le bastaba con vivir sin pensar.

Unos meses despues... Una noche calurosa de otoño ya, recibiría aquella llamada... Aquella que le diría que Andrés se había marchado para siempre con un "te odiaré el resto de mi vida", que aquella curva, el acohol, la velocidad y su moto le quitarían de golpe lo que tanto había ido buscando perder. La vida. Verónica en aquel momento solo pudo sentir el enfado de saber que, ni así, le dejaría hacer su vida. Ella quería vivir en su mundo, en el globo en que se había montado desde que vió aquella sonrisa, no quería más recuerdos, ni buenos, ni malos, quería su aire, quería sonreir. Solo sonreir para aquel que había empezado a hacerla sentir por una vez, mujer de verdad. Pero el eco de Andrés lo rompió todo en un momento.

Semanas más tarde reuniría el coraje suficiente para ir a corroborar lo que tanto le costaba creer. Allí tras el mármol frío se encontraba lo que quedaba de sus sueños rotos. Una inscripción con su nombre, una corona con "tu amiga, tu leal confidente, tu hija, te echa de menos." Verónica supuso que sería de Tamara, cogió el teléfono en aquel momento, lo miró una y otra vez, rebuscó en su agenda. Tenía abierto justo por su nombre, llamarla o no... Qué hacer, qué decirla si les había fallado a ambos. Si no pudo conseguir que él dejase aquel veneno que le mataría más tarde o más temprano. Un tono...dos tonos...

- ¡Vero, vete a la mierda, no quiero saber nada de ti, eres lo peor que nos ha podido pasar, lo peor, nos has jodido la vida, olvídame!- Apenas pudo ni decir hola, Tamara entre sollozos y gritos la echaba de su vida para siempre. Mientras quedaba en ella la culpa de pensar que así podía ser, que era cierto... Que solo pasaba por la vida de los demás para ir dejándolas destrozadas... Andrés, Tamara, Héctor... Y los que quedarían...

A raíz de aquello quería desaparecer de todas las vidas que había ido ocupando, no quería continuar traspasando toda aquella suerte a nadie. Quería estar sola, pero ahora de verdad. Sola. Sin que nadie consiguiese un poco de su cariño para no terminar estropeando nada, ella sabía que era demasiado cobarde para quitarse del medio, por eso quería huir de todos. Pero había alguien de quién no podía hacerlo... De una persona que sin saber, sin juzgar, solo jugando a la libertad, consiguió devolverle un poco de esa esperanza perdida... Nunca preguntó, quizá porque para el juego al que ambos habían entrado no se requería tener nigún tipo de información, solamente las ganas de sentirse vivos y nada más. Pocas eran las veces que hablaban de algo que no les concerniese a ellos expresamente, pero cuando lo hacían, conseguían lo que necesitaban, unos oidos que escuchasen sin plantear dudas, ni preguntas ni ruegos por ninguna de las partes...

Solo él conseguiría la sonrisa sincera, el olvido completo y la evasión a un mundo lleno de artificios y colores...

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