martes, 13 de diciembre de 2011

Parte 12+1

Aquel que aparecía en ese momento no sabía que se convertiría en motivo de asfixia, de alegría, de desazón, de ímpetu, de coraje... Que desgarraría cada rincón del alma de Verónica, no lo sabían ni ella, ni él. Aquel que, como su nombre indicaba, era su Angel.

Sólo por él tenía ganas de sentirse viva, de volar, de imaginar, de soñar, de recuperar todo lo que no sabe en qué momento de su vida perdió. Los días pasaban, se dejaban caer, se alejaban, se reían, se conocían básicamente. El primer encuentro fue como muy forzado por la necesidad física, como muy alocado, apasionado y lleno de fuego. Pero despues... Fueron pasando los días, las conversaciones, las tonterías, las lágrimas de una y las tormentas del otro.

Deseaban perderse de vista, no tener que verse nunca más, no necesitar aquellas sonrisas, aquellos brillos en los ojos, se tenían odio por desearse y comprenderse... Dos personas negando la evidencia.

Hubo un día en que Verónica necesitaba respirar, huir, salir corriendo de allí... Cuando aquel día en que con toda su buena intención decidió que debía hacer algo especial, que tenía que dar la mejor de sus sonrisas tras días de lejanía y orgullo. En ese día vió los ojos de felicidad infinita por el supuesto perdón, la sonrisa amplia y sincera, la preocupación y tormenta en su mente... Aquel día se dió cuenta que los dos estaban fingiendo algo que no querían, o que sí querían pero debían ocultar.

Días más tarde la chica emprendería un pequeño viaje en que las nuevas tecnologías la dejaban completamente incomunicada, no habría conversaciones, ni risas, ni nada que hiciera recordar esas manos, labios... nada. Pero en aquel viaje notó su presencia a seiscientos kilómetros de distancia. Estar en un lugar lleno de gente, oscuro, con la música a todo trapo, decenas de hombres donde fijar su mirada y su obejetivo... La miraban, la buscaban, la rondaban... Ella no cedía, se reía, bailaba y pasaba de todo. Fue en uno de esos momentos bailando, con aquel chico que llevaba toda la noche intentando conseguir un rato de sus labios, cuando se dió cuenta de la presencia. Se giró como si él estuviese allí, mirándola desde el rincón más oculto de la barra. Con su copa de Ron y su sonrisa insoportable, la que tanto adoraba pero odiaba al intentar olvidar. De repente apartó al muchacho como si fuese un muñeco en llamas que la estaba quemando. Al día siguiente, en aquel teatro mágico, con luces atenuadas, con el escenario más bonito que podía haber visto en mucho tiempo, sentada mientras apreciaba aquel espectáculo que le daba vida cada vez que ocurría, en una de esas canciones que nunca había apreciado las lágrimas empezaron a rodar por su rostro sin saber cómo ni por qué, se reía de ella misma porque no entendía si es que quizá le habían puesto aquella planta herbácea debajo de su asiento... Cuando al girar la cabeza para mirar la amplitud del teatro y el gentío que allí había, una camisa blanca, su último recuerdo, en la oscuridad confundía aquel hombre con el que inundaba sus sueños. Volvía a sentir su presencia como si estuviese acariciándola el hombro. No entendía por qué le sucedía todo aquello. No sabía que estaba pasando por su cabeza ni su corazón.

Al volver, aquella noche, la sonrisa de Angel, hechicera, pero sin apenas efecto ya que había decidido helar su alma para que nada le afectase ni doliese. Al encontrarse, la frialdad de ella intentaba ocultar el deseo de besarle y abrazarle. Él, en parte, la miraba con alivio, pues notaba que quizá no estaba pasándolo tan mal como creía. Allí, en medio de la carretera, al pasar ese coche, él aprovechó la mínima oportunidad de agarrarla por la cintura acercándola contra su pecho, ella sintió ese hormigueo que no le dejaba escapar de aquella enredadera, las miradas se encontraron para girarlas inmeditamente y transformarlas en disimulo, pues alguien les estaba observando. Ese alguien se dió cuenta de todo en el mismo instante, aunque se transformaría en el cómplice leal, en el silencio infinito y nunca se lo confesaría a ninguno de los protagonistas. Pero ella sabía que era evidente... Excepto para ellos mismos....

No dudaban en darse el perdón necesario, la rendición a la necesidad de sus cuerpos como ellos querían llamarlo, caer una y otra vez en aquel bucle sin final que les mantenía separados pero unidos, el secreto de lo prohibido, del quiero y no puedo, del debo y no quiero... Días más tarde... Volverían a encontrarse sus cuerpos, sus besos, sus abrazos y sus miradas de deseo puro. Reconciliando algo que no era una separación pues nunca había existido la unión... Se enmascaraban con el rol de la amistad y la magia momentánea para marcharse cada uno a su vida, a su lugar con una sonrisa que se borraría unos kilómetros más tarde.

Semanas y semanas de conocimiento, de miradas temerosas y cohibiendo sus verdaderas formas de ser para no dañar, para no meter la pata en el momento menos oportuno, dejando que el miedo invadiese todo ese cuadro que habían decidido ir pintando primero con colores vivos para despues pasar a los pastel, cogiendo entre medias los negros, grises y pocos blancos...

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