Habiendo empezado todo de una manera física y terrenal, no tardarían mucho en crearse las dudas, los temores. Mientras Angel quería seguir helando su corazón para no sentir más allá de su cabeza, Verónica quería imitarle y tomar su ejemplo. Ambos necesitaban encontrar ese punto de odio que les obligase a no querer verse pero... no había una manera para hacerlo.
Con las semanas, el hambre de información el uno del otro les llevaría a conocerse, a saber por dónde cogerse en ciertos momentos. Verónica era más imprevisible que él, eso le desestabilizaba pero en el fondo le gustaba. Angel por momentos le hubiese gustado tirar por el camino del medio y huir. Sentía que ya tenía suficientes problemas como para que ella le echase más encima, pero tampoco la quería perder del todo. No le gustaba su presencia pero tampoco su ausencia. Parecía dejarla rienda suelta pero cuando menos lo esperaba iba con su vocecita susurrante y se rendía a sus pies. Sabía que ni debía ni podía retenerla pero tampoco quería ni pensar que no estuviese. Se sentía a gusto en sus brazos, en sus besos porque eran recíprocos, porque cuando se siente algo de verdad por alguien, los besos saben tres veces mejor.
Jugaban infinidad de veces al ratón y el gato, si ella mostraba su lado tierno, cariñoso y comprensivo, él le devolvía todo lo contrario, si ella era agresiva, pasiva y fría, él la buscaba hasta obtener esa ternura que tanto le enganchaba sin encontrar el por qué. Pasaban así días y días como dos niños pequeños... A veces eran como un niño y su madre o como una niña y su padre.
En todo ese tiempo, las conversaciones se hicieron casi más importantes que el tenerse fisicamente, eran más amigos que amantes. Verónica tenía que aprender a disimular un dolor que llevaba dentro, no podía perder ni la calma ni la sonrisa ante él porque sino se destrozaría todo. Pocas veces pensaba en ella misma. Lo hacía en la soledad, en la distancia, pero le veía aquellos ojos sedientos de alegría y no podía. Le intentaba dar la tranquilidad y seguridad necesarias para que no se fuese de su lado aunque fuese por pequeños ratos.
La vida iba pasando, en el mundo que ella se movía, se encontraba a diario con todo tipo de hombres que le ofrecían calmar su sed de cariño, pero ella no miraba más que al frente, no veía el inmenso bosque porque aquel arbol le tenía los ojos tapados. No quería verlo. El mientras tanto, vivía en su mundo, vivía teniendo la certeza de que ella estaba ahí, como un muñequito que guardas en una cajita y cuando quieres le sacas para que vuele un rato. Verónica había conseguido lo que quería, darle la confianza suficiente para que él supiera que estaría ahí. Pero tambien se cansaba en muchas ocasiones.
Las preguntas del resto del mundo, el que ella estuviera más o menos apagada... No podía contarselo a nadie, y mucho menos a él. Todo aquello creó un cúmulo de sentimientos encontrados que la desgastó. Hubo una tarde que se le juntaron problemas variados, entre su vida privada, su trabajo y él... consiguieron que terminase de explotar, perdiendo la respiración, las ganas de llorar acumuladas y esas lágrimas que no salían... No podía más. En alguna ocasión ya le dijo que cuando ella llegase a ese punto poco podría hacer, acababa con todo de raiz.
Esa tarde apraeció una persona, de la nada, con sus ojos verdes y sus brazos fuertes, consiguiendo devolverle la paz por un instante, quizá Verónica confundió aquello o quizá era el momento de cambiar... De ver el bosque y no el arbol. Sentía estar jugando a dos bandos que no sabía por donde la llevarían, en un primer momento pensó en seguir manteniendo la situación pues tenía alguien que le devolviese lo que Angel le quitaba pero... No podía seguir engañandose...
Sus ojos, los de él, los de ella... Se volvieron a apagar... Sin intención de encenderlos... Volver a disimular... Romper lo que más le había dado pero tambien lo que más le había quitado...
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