jueves, 1 de diciembre de 2011

Parte 11

La vida ahora pasaba en otros brazos, en aquellos donde había ido buscando el amor de su vida, pero como se suele decir... no busques porque encontrarás lo contrario.

Simulaban una vida normal de jóvenes llenos de ilusiones, con proyectos a largo plazo. Aunque realmente la ilusión solo habitaba en él. Verónica andaba como un fantasma de un lado a otro. Continuaba con todos aquellos problemas familiares que enturbiaban sus ojos, tenía que seguir con aquel papel de madurez, soberbia y fuerza para transmitirla a los corazones ajenos, a aquellos que por diversos motivos comenzaban a ser más débiles. Donde ella estaba no solían existir las penas y si lo hacían, ella se encargaba en un momento de borrarlas con un desaire o una broma de humor inglés.


En pocos meses su estado emocional se había ido estabilizando, no así su vida exterior, todo la agobiaba, todo le suponía un esfuerzo sobrenatural, empezó a tener una ansiedad que nunca había existido, en público simulaba que eran desvanecimientos de cansancio, pero en la soledad de su habitación se ahogaba, asomaba la cabeza a la ventana con la intención de respirar pero no era suficiente. Le empezaban a fallar las fuerzas.


Junto a Héctor recorrió media España tras escapadas de fin de semana que les sacaran un poco de toda aquella rutina que no les dejaba tener ni un momento de intimidad. Los teléfonos de ella no paraban de sonar, sino era un amigo con lágrimas de cocodrilo en busca de un rato nocturno, era un compañero con algún problema de escasa importancia profesional y sino algún familiar informando sobre las evoluciones de aquella enfermedad. Él comenzaba a estar harto de no adquirir el protagonismo que creía merecer. Los celos encendían sus ojos en furia, pensando que cualquiera que la llamase podría ser él, aquel que en su día se la robó, a ella y a la alegría que la morena tenía por vivir.


Un fin de semana el chico pensó que sería bonito llevarla a encontrarse con lo que a Verónica tanto le gustaba respirar, el aire puro de la montaña. Fue en su busca a la hora de comer del último día de semana, le llevaba una mochila con cuatro complementos y recambio para poder andar libremente por allí.


-  Monta en el coche bonita, que nos vamos. - Con toda su alegría contagiosa, una sonrisa cegadora la cogió de la cintura plasmando un beso en sus labios, de los que te dejan sin respiración de repente.


- Pero... ¿dónde vamos? Héctor que no puedo, que tengo que estar esta noche en el Pub y mañana he quedado con una compañera para resolver...- Quedó interrumpida de repente por la mano del chaval.


- Me da igual todo lo que tengas pendiente, ahora vamos a ser tu y yo, sin teléfonos ni nada, así que apágalos. Tu familia ya tiene mi teléfono por si ocurre algo grave, que nos llamen, así que anda morena, apágalos, por favor...- Suplicaba a la vez que ponía aquella carita de inocencia y con la que conseguía todo lo que se proponía.


Verónica actuó tal como él le decía, se lo merecía, tanto él como ella. Se dejó llevar quedándose dormida en el asiento del copiloto. Cuando abrió los ojos ya había anochecido y, según él, quedaban escasos metros para llegar al lugar. Ella no veía nada, estaba todo muy oscuro, no había luces por ningun lado, solo naturaleza, árboles con formas extrañas, muy altos y frondosos. Bajó la ventanilla y respiraba aire puro, limpio, con aquel perfume húmedo y fresco que caracterizaba a todos aquellos lugares alejados de contaminación y civilización. A él apenas le miraba a la cara, sentía vergüenza de hacerlo, pocas veces le miraba a los ojos ya que no buscaba los suyos y lo sabían. Casi siempre que hablaban miraban al frente o cualquier punto que no fueran las caras. Héctor prefería pensar que era por el grado de cariño que había entre ambos, que no les hacía falta porque había la confianza suficiente... Pero no era así.


Al llegar, bajaron del vehículo, andaron unos metros por un camino lleno de hojas caídas y mojadas por las heladas nocturnas, el muchacho sacó unas llaves y procedió a abrir la puerta a aquella vieja casa. Desde fuera el encanto de aquel lugar no tenía precio, un paisaje increíble en lo alto de un pequeño valle, piedras enormes rodeando el patio trasero, hierba, raíces de maleza... Era todo lo que ella necesitaba para sonreir. Cuando iba entrando veía aquella decoración entre clásica y moderna, el suelo era de madera oscura, al estilo de los parquets de los años ochenta, brillante y crujiente a los pasos, una chimenea al fondo con un sofá muy acogedor de color marrón, en cuero antiguo, el olor de aquel lugar era único, como a polvo acumulado mezclado con limón, a sus espaldas dejaban una pequeña cocina que contenía lo justo para una cena precocinada, un par de sillas y una mesita pequeña que, para ambos, sobraba. Sobre la mesa, un mantel rojo, una vela y dos copas.


- ¿Hambre o... directamente pasamos al vino?- Preguntó Héctor a la vez que sacaba una botella de la pequeña maleta que cargaba.


Verónica solo supo sonreir, se dirigió a la chimenea, le encantaba el fuego controlado, sentarse y observar cómo se consumían aquellas piezas de madera cortadas por cualquier hombre fornido. Podría pasar horas y horas mirando sin hacer más, sin pensar en nada, sólo mirarlo. Prendió una hoja de periódico preparada a uno de los lados para la ocasión, y dejó que comenzara a nacer la llama. Se arrodilló frente a ella y se cruzó de brazos esperando que llegase la chispa que encedía el resto de los maderos. El chico desde la barra que había en la cocina la observaba con un gesto de preocupación, de querer saber qué estaba pasando por su cabeza. Decidió dejar los pensamientos a un lado y colocarse tras ella.


Comenzó a acariciar su espalda en forma de masaje, ella cerró los ojos dejándose llevar a donde sus manos quisieran. Sentir aquellas caricias fuertes y ardientes en sus hombros a la vez que le despojaba de la chaqueta de lana que cubría su piel. Él quiso dar un paso más, acercando sus labios al cuello de la joven, ésta se giró a su encuentro cuando al abrir los ojos... No era él. No. Directamente se sentó con las piernas cruzadas rompiendo la magia del momento, borrando ambas sonrisas.


- ¿Qué ha pasado? ¿Otra vez él? Vero... yo ya no sé qué hacer para que... - Intentaba explicar el pobre chico.


- Héctor, el problema no eres tú, el problema soy yo. No me siento capaz, no soy la que era y lo sabes, no puedo despertar de aquella pesadilla. Tú eres mi amigo fiel, leal, la persona que incendiaría la casa blanca por mi sonrisa pero... Yo no puedo. No son el estrés, ni el trabajo, ni mi familia como te hago pensar, soy yo. No nace nada de mi. Estoy vacía, le dí todo y no me queda nada para tí. Pero ni para tí, ni para mí, ni para nadie. Solo dame tiempo, déjame respirar... Espacio, por favor, espacio. Pero eso no significa que no valore lo que haces por mi... - Intentaba explicar de alguna manera que no resultase ofensiva, queriendo dejarle claro el inmenso aprecio que le guardaba.


Aquella noche, ella quedó allí en su silencio, él se sentó tras ella acompañándola en ese silencio, sin tocarla, sin acercarse a menos de un metro, aún deseándolo con todas sus fuerzas. Pensaba que la mejor manera de mostrarle lo mucho que la quería era darle lo que pedía. Horas despues cayó rendido por el calor y el sueño, allí apoyando la cabeza en el filo del sofá. Verónica le tapó con una de las mantas que había en la habitación, cogió su abrigo y salió a caminar bajo la lluvia en la oscuridad de la madrugada y el bosque, mojando su pelo, limpiando su alma en gotas heladas, ya que las lágrimas salían ya a cuentagotas... Al llegar a la mitad del camino, casi a un kilómetro de la casa, sus piernas flojeaban, le dolía medio cuerpo y dió un grito de rabia que necesitaba pegar desde hacía meses, desde que la voz desgarrada había cubierto su garganta. Su gente pensaba que era un resfriado crónico que le había quedado pero, no... Era la impotencia, el dolor, la tristeza, la pena... todo se acumulaba en su voz cuando algo, que no era físico, le dolía.


Desde aquel punto sus piernas comenzaron a ir más deprisa, a correr, a luchar por llegar a la cabaña y poder besar a aquel que tanto lo merecía, a aquel que le hacía sentirse como una princesa y no como una más. Fue tan deprisa que la respiración parecía acabársele y en lugar de un suspiro salían pequeños gemidos de su boca, llegó al salón donde le había dejado dormido, allí seguía en la misma posición, se sentó sobre sus muslos despertándole de un sobresalto y le besó con toda la pasión que fue capaz de derrochar, cerrando los ojos para que su cara no rompiese aquel momento, no por nada, sino porque no era la que ella imaginaba. Se formó en aquel momento una laguna en su mente donde ahogar el recuerdo de Andrés, donde él estaba muerto para ella, para renacer al alma viva y sonriente de años atrás.


Héctor recibió encantado esa muestra de deseo que no sentía que le correspondiese pero tanto buscaba él desde meses atrás. Al alba cayeron rendidos bajo aquella manta y sobre el frío suelo del alma confundida. La sonrisa de él no tenía descripción posible, ella dormía plácidamente sin pesadillas, sintiendo el abrigo de aquellos brazos protectores... Desde aquel momento dejaba paso al tiempo, a la vida y sus controversias, sus alegrías y sus preocupaciones... Dando lugar al sentir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario