Verónica pensaba que aquel ya era el adios definitivo, tardaría apenas unos días en pasar por todos los procesos hasta llegar a la aceptación, saliendose de su cuerpo para poder analizar desde la distancia todo lo que les había rodeado. Aquella mente de infinta imaginación que no cesaba en su empeño por sorprender a Angel con toda la originalidad del mundo, decidió poner la amistad como barrera a lo que sabía que ninguno de los dos sentía. Pero era lo necesario, lo que requería el momento. Ya que habían llegado a un punto de estancamiento que no les permitía caminar hacia delante ni hacia detrás. Ya no podían enmascarar lo que habían sentido pero tampoco tenían el valor suficiente para continuarlo. En aquella distancia, se dio cuenta que solo había sido un títere manejado por una sonrisa y aquello le hería su orgullo, que a veces parecía no tener.
Ella pasó días de angustia, de dolor infinito, de intranquilidad, de remordimientos, de rabia, desesperación... Sobre todo porque aquel no parecía el momento oportuno, había sido muy egoísta por parte de Angel hacer aquello, así, en aquel preciso instante en que las nubes y las estrellas decoraban el paisaje. Despues se convenció a si misma de que era lo más coherente, lo más apropiado porque aquello no había sido más que un producto de su imaginación, una vivencia más que adornaría con florituras y palabras bonitas, era su manera de protegerse contra el dolor, deshaciendo el mito y el pedestal en que había encumbrado a Angel.
Pasados unos días conseguirían ponerse de acuerdo para establecer aquellos puntos del convenio que acatar sin más, sin resistencia, sin lamentos. Al fin llegaba un poco de paz y esclarecimiento.
Para subsanar todo aquello, ella se pasaría días caminando por las calles de su ciudad, imaginando su mundo perpendicular al del resto de la población, viendo en cada pareja un acto de falsedad que le hiciera pensar que no era ella la única a quien le pasaban esas cosas. Recorrería cafeterias en soledad, sin mirar a nada, a nadie. Su teléfono era un constante ajetreo, un mensaje de uno, otro de otra, otro de aquel, despues una llamada. Había días en que sentía haberse borrado del mapa sin escuchar aquel sonido en una sola ocasión, pero había otros en que parecía ser la única existente en la agenda de todo el mundo.
Aquella tarde de viernes, tras salir de visitar a un amigo en el hospital, antes que la fuesen a buscar para llevarla a casa, entraría en aquella cafeteria. Se sentó en la barra, pidió su café con leche fría por si tenía que salir escopetada poder beberlo de un trago y mirando a la pantalla de escasas pulgadas, por el rabillo del ojo notó algo extraño. Un chico, moreno, de ojos marrones tan claros como la miel, no hacía más que observarla. Ella en su interior se decía; "no mires, te está llamando, no mires.." pero su cabeza no pudo evitar que el cuello girase.
- Tengo la sensación de conocerte pero no se de que...- Dijo el chaval con una media sonrisa que le hacía parecer falto de algún grado de inteligencia.
- Tendré una cara muy común, no se...- Contestó Verónica mientras ocultaba su timidez y su mirada en el vaso de café.
- No, no... Yo te conozco. Pero tu no has tenido siempre el pelo así. Tu antes lo llevabas de otra manera.- El chico seguía indagando en los rincones de su memoria para conseguir ubicarla, ella se asustó porque era cierto que había cambiado el peinado, pero podría ser una frase que usaba con todo el mundo hasta que alguien picase.
- Pues creo que te confundes de persona, bueno tengo un poco de prisa, si me conoces ya me recordarás. Hasta luego.- Se despidió ella rápida y timidamente. Hacía algún tiempo que no habría mirado a casi nadie pero se quedó con la cara del joven y empezó a darle vueltas. "Ay, que ya se quien es..." Un antiguo amigo de Andrés, de hacía muchos años, había cambiado mucho y no le había reconocido. Inmediatamente volvió hacia atrás cuando le apreció caminando dirección al hospital.
- ¡Oye!¡Eh!¡Vas a ver a Hugo ¿verdad?!- Llamaba a gritos la atención de su amigo, del que había sido cómplice de tantas y tantas mentiras. Se giró y de un grito...
- ¡Verooooo! ja ja.. sabía que te conocía.. ¡Cuánto tiempo!¡Ven aquí bruja!- Le abrió los brazos de par en par. Se dieron un abrazo de aquellos que les absorbían. Por primera vez en muchos días volvía a sonreir.
Hablaron, se pusieron al día de todos sus éxitos y fracasos, recordaron a Andrés, sus peripecias... Tanto tiempo se llevaron hablando que ella tuvo que anular que fuesen a recogerla a la hora indicada. Él la llevaría a casa un par de horas despues. Aquel fin de semana quedarían para pasar un día juntos.
Verónica aquella noche dormiría recordando lo vivido con aquel grupo de gente que no pertenecía a su clase social, que estaban niveles por encima de ella pero que estaban sedientos de humildad, de risas y de realidad. Aquellos días en que reir era una norma y llorar estaba prohibido. A pesar de todos los problemas que les habían rodeado, habían pasado grandes momentos juntos. Durante sus sueños entremezclaba a Andrés, a Angel, a Héctor... Estaban todos juntos y enfrentados, peleando, gritando, se despertó entre sudor y lágrimas, de un sobresalto, como si alguien hubiese dado un portazo y le hubiese asustado en sueños.
Al despertar... El mensaje de Angel calmaba su ansiedad... pero a la vez, torturaba sus sentidos. En aquel instante decidió que todo estaba acabado, que su vida debía continuar. No quería más malas pesadillas, ni sonrisas borradas de un batacazo, llegando incluso a convencerse que nunca se habían amado.
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