Llegaban días de rencores en el corazón de Verónica, viendo todo el daño causado, de distancia y alejamiento, de no querer saber nada pero desearlo desde lo más profundo de su alma. Prefería pasar aquel desamor en la soledad de sus paseos por aquellos barrios oscuros de Madrid, sin dar cuentas a nadie, sin ver aquel color del que veía todo anteriormente. Queriendo aparentar absoluta normalidad en todo lo que hacía o decía, intentando no ser fría, pero sí distante para que ambos recapacitasen sobre todo lo acontecido ya que habían sido días de emociones muy fuertes. Para bien y para mal.
Cuando creyó estar preparada para retomar aquellas conversaciones fue Angel quien dió el primer paso, quien abrió la puerta con sus pensamientos, sobre su vida, sus problemas. Ella no podía dejar que él pensase que ya no sentía nada porque solo le estaría engañando, era incapaz de ocultarle nada. Él llevaba días rogando sutilmente, a su estilo, que le diese aquella información, que le dijese qué le pasaba por la cabeza porque aquella medio indiferencia le estaba dejando bloqueado y descuadrado, sin saber por dónde coger el tren.
Se armó de valor y actuó conforme a su verdadero yo, a la forma de la chica ingenua de sorpresas infinitas, de espontaneidad, de sonrisas inesperadas. De repente tocó a la puerta de Angel como a ella le gustaba hacer, con unas palabras ya escritas por otras personas pero que realmente decían todo lo que ella quería expresar. Aquel día él sonreía, pero ella no le creía por aquella desconfianza generada en momentos de silencio.
Decidieron verse, con intención de decirse todo cara a cara y dejarse de mensajes continuos, de palabras que pintaban bonitas en la pantalla de un teléfono móvil pero no servían de nada.
Aquella mañana, tras días de calor extenuante, hacía aire y frío pero prefierieron quedarse en aquel parque, andando, hablando y gastandose aquellas bromas que les hacía acercarse poco a poco, despojando el velo del orgullo. Angel le pedía que estallase su ira y su rabia contra él, ella quería, deseaba hacerlo cuando no le miraba a la cara, pero veía aquella sonrisa y todo se le iba a los pies, cincuenta o cien mil kilómetros bajo tierra. No era capaz.
Apoyado él en ese muro de piedra que hacía de vallado, ella se acercó, no podía evitar imantarse con su cuerpo, era cómo una reacción instantánea. Se pegó a su pecho, con la cabeza a mitad de su hombro porque él le sacaba una cabeza de altura.
- Si sólo el estar abrazados así ya...- Decía Angel mientras ella le miraba a los ojos y les interrumpía un beso que no sabían de dónde salió, ninguno de los dos. Aquel beso seguía siendo tierno, elegante, apasionado, furioso, cálido... Verónica empezó a notar su corazón a doscientos por hora, miraba a un lado para no mirarle a los ojos y volver a reunir sus labios con los de él pero era imposible. De repente se apartaron el uno del otro como si fuesen piedras ardiendo. Se miraban y se reían como si fuesen quinceañeros en su primera cita. ¿Qué les estaba pasando?¿Qué extraña fuerza les empujaba a aquello si sabían que no podía ser, que no debía ser?
Volvieron a resignarse tras aquel suspiro entre angustiado y lleno de alivio por tener en sus seres lo que más deseaban, comenzaron a hablar desde el corazón sin darse cuenta que nunca antes habían hablado así. Se decían el uno al otro entre parodias y risas, lo que habían pasado aquellos días. Pero debían separarse, ambos lo querían... O más bien, las situaciones lo requerían.
Volvieron a sentarse en aquel muro de piedra, ella volvió a imantarse con el cuerpo ajeno. Continuaron los besos finales, los que daban paso a una nueva etapa, a otro tipo de relación. Mientras él hundia su mirada en los ojos de Verónica, el brillo que cegaba a ambos.
- Te quiero.- Dijo Angel como quien da el último suspiro de vida, caminó sin mirar atrás, ella seguía sus pasos y él no quería parar, le agarraba por la espalda pero no paraba. Al fin se giró y le miró a los ojos, pedían clemencia, pedían a gritos que se acabase aquella tortura que les enredaba en lo más bonito que habían podido encontrar, felicidad.
Verónica y su peculiar forma de apaciguar aquellos momentos, comenzó a hablar de cosas que casi no venían a cuento pero había que capotear el temporal como mejor se pudiese. Hablaron de aquella noche mágica, perfecta en que pudieron sentir sus cuerpos tan cerca como sus corazones. Ella escuchó de sus labios, lo más bonito que había podido salir de su boca en mucho tiempo, mientras la abrazaba por la espalda y besaba su cuello. Aquello que sintió en ese instante, sería el único y último recuerdo que le quedaría. El que más paz le aportó en aquellos intensos meses de amor y pasión.
- Prometeme que no vas a volver a besarme, aunque eso no se pueda prometer...- Rogaba Ángel al corazón que semanas atrás había roto en un pedacito más... Verónica no lo prometería pero sí lo intentaría con todo su alma.
Ahora sus palabras fluían en calma y sin miedo...
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