Al llegar la
noche se dirigió a aquella cita que tenía preparada desde por la tarde,
aquel chico moreno que le regalaba, prácticamente a diario, aquella sonrisa.
Había decidido coger el teléfono y mandarla unos cuantos mensajes, hasta que
ella se decidió. Sin saber muy bien si lo hacía por despecho o porque realmente
le apetecía. Se vistió de la mejor manera que pudo, contorno de ojos, una
sonrisa y caminando. Habían quedado en la otra punta de Madrid, zona reservada
para “o seas” como los llamaba ella.
Pero mientras iba de camino, le comentó sino le gustaría más ir a un sitio algo
más normal, su contestación fue “con lo
que me ha costado decidirme, ya me da igual donde me lleves.”
Se dejó guiar por ella y fueron a aquellos sitios
típicos donde ella se solía mover, él estaba como pez en el agua, cosa que la
sorprendió, viniendo de quien venía, pero quizá es que ella también estaba juzgando
de antemano. Él apenas abría la boca, porque ella y sus nervios no le dejaban.
Ella con aquella risa nerviosa que le entraba, no paraba de decir tonterías de
unas cosas y de otras, hasta que provocó que él se pusiera hablar, al llegar a
la plaza Mayor, le frenó en seco poniéndose delante suya, con aquella mirada
que sólo ella sabía poner y él se le tiró a los labios, como un pez muerde el
anzuelo. Ella rompía toda su ira en aquel beso, queriendo desgastarle, él
respondía con la misma fuerza. Cada momento la impresionaba más. Tras la cena,
pasaron al reservado del asiento trasero del coche de él… El vendaval de
lágrimas que rompió el punto más álgido de aquel momento, no lo esperaban ni
él, ni ella. Cogió muy deprisa todas sus cosas y se marchó. Su móvil no paraba
de sonar, tanto mensajes como llamadas y ella no quiso contestar. Mientras
volvía a casa no sabía distinguir qué había pasado. Si había quedado con él por
distraerse, porque le gustaba, porque… porque…
Mientras en su coche sonaba aquel que le describía
su vida en canciones, en su mente sólo se repetía aquella frase de Ángel, la
que había estado recordando todo el día. “Sólo
tú podrías sacarme de allí, porque las circunstancias de mi vida habrían
cambiado.” Aquella frase que salía a raíz de otra de las veces en que
Verónica decidía marcharse. Él se había ido convirtiendo con ella en un
charlatán de feria, que vendía perritos a los mismos perros. No se daba cuenta
de las mil cosas que decía alimentando su ilusión para después romperla en
pedazos con alguna de sus paranoias. Sin apreciar que quizá ella no quería una
vida, o quizá sí, no lo sabía. Pero lo que sí tenía claro era que sólo quería
alegrarle la vida, hacerle sentir el centro de su sonrisa, cosa que no tenía
que implicar una relación, aunque a veces le necesitase demasiado. Ángel no
entendía que no era ella quien tenía todas aquellas ilusiones, ni pájaros
rondando su mente, sino él. No se percataba que estaba tan ciego con ella que
no veía nada más lejos de ella.
Contestaría a una de aquellas llamadas y terminaría
en casa ajena, allí pasaría todo el fin de semana, llevaba, casualmente, ropa
en el maletero del coche porque había previsto una salida que finalmente no se
produjo, así que fue al encuentro de aquel al que había dejado tirado sin más.
Una vez allí, la miraba con cara de preocupación y atontamiento.
- Te conozco
poco, pero lo suficiente para saber que esto no es habitual en ti. Se te ve más
divertida, despreocupada… No así, llorando a la primera de cambio. Si quieres,
me lo cuentas, sino… Nos bebemos esos dos cola caos que he preparado y tú
duermes en una habitación y yo en otra. Aunque me conozcas de nada, aquí tienes
un amigo. Me partes el alma con esas lágrimas.- Le explicó según abría la puerta y los brazos
para acogerla. Ella sólo pensaba en cuántos hombres terminaban queriendo ser
solo sus amigos. “Qué fácil es no querer
problemas, huir de ellos y coger las migajas de lo que realmente quieres.”
- No te contaré nada, porque no creo que sea
de tu incumbencia, lo primero. Pero sobre todo porque no quiero que eso se
convierta en un reto para ti. ¿A ti tampoco te pongo?... Vaya manía os ha
entrado con la amistad… Antes por una cosa y ahora por la otra… El caso es que
estoy rodeada de tíos a los que no les pongo ni medio gramo. Es acojonante. Bésame
y cierra el pico de una puñetera vez.- Se reía de su propia sombra mientras
aquel chico le comía hasta el último milímetro de su boca. Se quedaría allí
dormida frente a aquella chimenea artificial y escuchando una agradable música
que no conocía, mientras él enredaba en su pelo, mirándola como quién explora
una cueva.
Esa noche dormiría pocas horas, soñando con
situaciones que podrían darse, con cosas que la superaban. Ángel quería
mantener aquella amistad, aquella picardía de antaño, transformándolo en algo
que Verónica no entendía muy bien qué era. Le había mostrado que podía mantener
aquella normalidad de siempre pero ¿qué más amistad quería?... No conseguía
entenderlo y ella, no es que no lo quisiera, sino que sabía que después, poco a
poco, él se enredaría en su propia red, como hacía siempre, se dejaría llevar
al mundo del sueño y la ilusión, la chispa de la vida que no tenía en aquella
monotonía. Ella no quería una relación formal, porque si la quisiera, la
tendría hace tiempo y no con él. Lo que no quería era que la marease, tan
pronto se acercaba, como se alejaba. O que si, de verdad, eran amigos pudieran
estar él o ella cuando se necesitasen. Porque se engañaban a ellos mismos
cuando decían que no se hacían falta. Sólo a ellos mismos. Solamente había que
echar un vistazo a sus conversaciones de aquel sistema que habían inventado en
la era de la tecnología. Ella le daba esquinazo viendo cuando podía molestar, e
intentando no encontrarse con aquella frase “tengo que dejarte, te dejo que…” y él continuaba la conversación
hasta que era quien le ponía fin.
Al despertar con aquella canción que tanto le
recordaba al hombre de su vida, miraba a su izquierda y se encontraría con
aquellos ojos extraños, no porque fuesen raros, sino porque no se hacía a
dormir con alguien que no fuesen sus almohadones y su peluche. Se levantó de
aquel sillón, corriendo, rebuscó en aquella cocina que no era la suya, se
estaba medio haciendo un café cuando unos pasos irrumpieron aquel estrés. No
tenía comida, solamente el tupper que le había dado tiempo a fregar. Él
interrumpía…
- Vete a duchar que ya te hago yo el café y te
echo algo de comida, venga. Tienes un secador, lo que no hay son peines porque
yo me peino con las manos, pero viendo que traes hasta pasta de dientes no me
extrañaría que sacaras un cepillo de tu mini bolso.- Ella sonrió y corrió a
aquella ducha preparada a conciencia para el relax y el gozo. La pena era no
poderla disfrutar por el tiempo. Y él, tan atento que a ella le desconcertaba
toda aquella situación.
- Bueno, ¿esta
tarde vengo a ver el partido…o me voy a casa?...- Preguntaba ella al no
saber cómo debía proceder.
- Yo no sé a
qué hora saldré, pero toma una copia de las llaves por si llegas antes, que es
posible y me esperas, no vendrá nadie sino quieres. Lo vemos aquí tranquilos o…
no lo vemos, lo que quieras.- Estaba como loco por agradar, no sabía con
qué acertaba, le dio un beso en la cara dejando sus labios esperando algo más y
se marchó. Durante el resto del día irían hablando.
Aquella mañana fue horrible en el trabajo, aparte de
ser ya el último después de aquella maratón que se había pegado de horas, se
juntaron tantas cosas que ella y su particular volcán se iban encendiendo por
momentos, intentando no mostrar mucho más histerismo del que le corría por las
venas. Al salir, quedaría con Ángel pues habían tenido una conversación
subidita de tono provocada por las ganas de él de hablar de aquello, de saber
que, aunque fuese rabia, seguía provocando algo en ella, como si fuese su
peculiar penitencia. Que ella le fustigase rebotando toda su furia contra él. Hacerse
una víctima a costa de los reproches de la chica, pero ella, que le podía
siempre la razón, le pediría perdón mil veces. No quería dejarse dominar ni por
él, ni por el sentimiento, ni por nada. Su frialdad debía imperar ante ciertas
actitudes, ya que la estaba convirtiendo en la niña peleona que no era. Una
llamada irrumpió aquel momento de sosiego y calma entre tanta tempestad vivida
durante aquel día. Al oír ese móvil y ver aquella foto, se acordó que ella también
debía correr. Se le olvidó por completo que había quedado con Bruno, por suerte
para ella no había llegado aún. Le mandó un mensaje para saber qué cenarían, pero él ya se había encargado
de comprar aquella comida asiática que a ella le chiflaba. Cenaron, rieron, se
olvidaron del futbol, escuchando música tranquilamente mientras las velas
alimentaban la oscuridad de ese chalet. Ella volvió a rendirse ante aquel
sillón tan acogedor, mientras él hacía de ama de casa. Al despertar, él no
estaba, se había ido a trabajar y ella ni se había enterado. Una nota…
“Preciosa, te
dejo café en el micro, ya tiene azúcar, no le eches más. Tienes un par de
tostadas puestas, solo tienes que apretar si las quieres, la mermelada en el
armario de la derecha, arriba, no sé si llegarás, ja. Ha sido un fin de semana,
aunque tranquilo, muy dulce para mí, no imaginaba que pudieras transmitir esa
calma. Si quieres, tienes las puertas de mi casa abiertas, sino… nos iremos
viendo, espero. Y no te estoy echando ¿eh? Pero imagino que tendrás más vida… Y
ropa. Mil besos en ese maravilloso cuello.”. Al leerla ella sonreía y se
decía a sí misma lo bobalicona que se sentía y se preguntaba cómo había llegado
a la cama, no recordaba nada. No se había levantado de la cama y escribiría a Ángel
para felicitarle el día de su cumpleaños. Al ver su fría reacción, se desmoronaba
en aquella cama, tapándose con aquella almohada que aún olía a Bruno. Le
escribió agradeciéndole aquel desayuno, mientras recogía lo que había ido
dejando, hacía la cama y se iba hacia la cocina, Ángel le propondría tomar ese
café que ella tenía pensado semanas atrás. En dos segundos pensó, como siempre,
“arrepiéntete de lo que hagas y no de lo
que no hagas”. Se fue a su encuentro en nada y menos.
Le tocó esperar a ella, pero bueno, no lo tenía muy
en cuenta. Al llegar, la miró desde su coche, como solía hacer. A él le marcaba
aquella sonrisa pero temía tanto la reacción de ella, le tenía tan confuso que
se convertía en temor. Tomaron aquel café, Verónica quería mantener aquella naturalidad
aunque le costara, y la única manera, era hablar de lo de siempre. Prefería
evitar otro tipo de cosas y aparentar la ilusión de antaño para aportarle un
buen día de cumpleaños. Él parecía querer dejarla ir pero le costaba casi más
que a ella. No dejaba de reconquistarla con detalles, con cosquillas a su
moral. Aunque él dijese que eran simples detalles y maneras de mostrar su
agradecimiento, ella seguía pensando que su corazón no le permitía dejarla ir.
Porque era rebelde, era luchador… Aunque tanto le doliese tenerla en sus
brazos, sabía que estaba a gusto y tranquilo en ellos. Verla, suponía un eterno
dilema para él, andar o no andar, tocar o no tocar… No podía más con toda
aquella situación pero tampoco sabía ponerle freno. Hasta que, quizá, la mirada
de Verónica cambiase de dirección… O, simplemente mostrase indiferencia. Al
marcharse, su espontaneidad la llevaría a buscar sus labios, recordando aquella
petición a la pregunta que le haría semanas antes. Y sintiendo que le partía en
dos al hacerlo. Lo que no podía superar era su rechazo. Aquello la hundía pero
remontaba al ver que en las nubes, aunque fuesen pequeñas, se vivía mucho
mejor.
Para poder tomarle como un amigo más, ella daría un
paso, uno que le habría costado un año dar. Escribirle a través de una de
aquellas redes sociales, con aquella complicidad que les caracterizaba, transformándolo
en algo normal cara al resto de la gente, pero que para ellos decía más cosas
entre líneas de las que pudiese ver cualquiera. Verónica miraba aquella
pantalla viendo la poca sal que tenía todo y decidió echar un poco de pimienta,
él reiría, porque ella no podía hacer algo normal, no. Tenía que ser diferente,
siempre. Si no, no sería ella. Rieron, le devolvió un poco de aquella energía
que siempre había tenido, llenándose de vida a la vez. Mientras seguían
charlando por la otra vía y sin parar ni un segundo de reírse del mundo, de la
vida y de ellos mismos. Intentaba regalarle otro cumpleaños especial… Aún sin
velas… Pero con vida…
Verónica conseguía sonreír sabiéndole tranquilo, feliz y en brazos de aquella que le hacía sentirse vivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario