lunes, 8 de octubre de 2012

Parte 52


Al llegar la  noche se dirigió a aquella cita que tenía preparada desde por la tarde, aquel chico moreno que le regalaba, prácticamente a diario, aquella sonrisa. Había decidido coger el teléfono y mandarla unos cuantos mensajes, hasta que ella se decidió. Sin saber muy bien si lo hacía por despecho o porque realmente le apetecía. Se vistió de la mejor manera que pudo, contorno de ojos, una sonrisa y caminando. Habían quedado en la otra punta de Madrid, zona reservada para “o seas” como los llamaba ella. Pero mientras iba de camino, le comentó sino le gustaría más ir a un sitio algo más normal, su contestación fue “con lo que me ha costado decidirme, ya me da igual donde me lleves.”

 
Se dejó guiar por ella y fueron a aquellos sitios típicos donde ella se solía mover, él estaba como pez en el agua, cosa que la sorprendió, viniendo de quien venía, pero quizá es que ella también estaba juzgando de antemano. Él apenas abría la boca, porque ella y sus nervios no le dejaban. Ella con aquella risa nerviosa que le entraba, no paraba de decir tonterías de unas cosas y de otras, hasta que provocó que él se pusiera hablar, al llegar a la plaza Mayor, le frenó en seco poniéndose delante suya, con aquella mirada que sólo ella sabía poner y él se le tiró a los labios, como un pez muerde el anzuelo. Ella rompía toda su ira en aquel beso, queriendo desgastarle, él respondía con la misma fuerza. Cada momento la impresionaba más. Tras la cena, pasaron al reservado del asiento trasero del coche de él… El vendaval de lágrimas que rompió el punto más álgido de aquel momento, no lo esperaban ni él, ni ella. Cogió muy deprisa todas sus cosas y se marchó. Su móvil no paraba de sonar, tanto mensajes como llamadas y ella no quiso contestar. Mientras volvía a casa no sabía distinguir qué había pasado. Si había quedado con él por distraerse, porque le gustaba, porque… porque…

 
Mientras en su coche sonaba aquel que le describía su vida en canciones, en su mente sólo se repetía aquella frase de Ángel, la que había estado recordando todo el día. “Sólo tú podrías sacarme de allí, porque las circunstancias de mi vida habrían cambiado.” Aquella frase que salía a raíz de otra de las veces en que Verónica decidía marcharse. Él se había ido convirtiendo con ella en un charlatán de feria, que vendía perritos a los mismos perros. No se daba cuenta de las mil cosas que decía alimentando su ilusión para después romperla en pedazos con alguna de sus paranoias. Sin apreciar que quizá ella no quería una vida, o quizá sí, no lo sabía. Pero lo que sí tenía claro era que sólo quería alegrarle la vida, hacerle sentir el centro de su sonrisa, cosa que no tenía que implicar una relación, aunque a veces le necesitase demasiado. Ángel no entendía que no era ella quien tenía todas aquellas ilusiones, ni pájaros rondando su mente, sino él. No se percataba que estaba tan ciego con ella que no veía nada más lejos de ella.

 
Contestaría a una de aquellas llamadas y terminaría en casa ajena, allí pasaría todo el fin de semana, llevaba, casualmente, ropa en el maletero del coche porque había previsto una salida que finalmente no se produjo, así que fue al encuentro de aquel al que había dejado tirado sin más. Una vez allí, la miraba con cara de preocupación y atontamiento.

 
- Te conozco poco, pero lo suficiente para saber que esto no es habitual en ti. Se te ve más divertida, despreocupada… No así, llorando a la primera de cambio. Si quieres, me lo cuentas, sino… Nos bebemos esos dos cola caos que he preparado y tú duermes en una habitación y yo en otra. Aunque me conozcas de nada, aquí tienes un amigo. Me partes el alma con esas lágrimas.-  Le explicó según abría la puerta y los brazos para acogerla. Ella sólo pensaba en cuántos hombres terminaban queriendo ser solo sus amigos. “Qué fácil es no querer problemas, huir de ellos y coger las migajas de lo que realmente quieres.”

 
-  No te contaré nada, porque no creo que sea de tu incumbencia, lo primero. Pero sobre todo porque no quiero que eso se convierta en un reto para ti. ¿A ti tampoco te pongo?... Vaya manía os ha entrado con la amistad… Antes por una cosa y ahora por la otra… El caso es que estoy rodeada de tíos a los que no les pongo ni medio gramo. Es acojonante. Bésame y cierra el pico de una puñetera vez.- Se reía de su propia sombra mientras aquel chico le comía hasta el último milímetro de su boca. Se quedaría allí dormida frente a aquella chimenea artificial y escuchando una agradable música que no conocía, mientras él enredaba en su pelo, mirándola como quién explora una cueva.

 
Esa noche dormiría pocas horas, soñando con situaciones que podrían darse, con cosas que la superaban. Ángel quería mantener aquella amistad, aquella picardía de antaño, transformándolo en algo que Verónica no entendía muy bien qué era. Le había mostrado que podía mantener aquella normalidad de siempre pero ¿qué más amistad quería?... No conseguía entenderlo y ella, no es que no lo quisiera, sino que sabía que después, poco a poco, él se enredaría en su propia red, como hacía siempre, se dejaría llevar al mundo del sueño y la ilusión, la chispa de la vida que no tenía en aquella monotonía. Ella no quería una relación formal, porque si la quisiera, la tendría hace tiempo y no con él. Lo que no quería era que la marease, tan pronto se acercaba, como se alejaba. O que si, de verdad, eran amigos pudieran estar él o ella cuando se necesitasen. Porque se engañaban a ellos mismos cuando decían que no se hacían falta. Sólo a ellos mismos. Solamente había que echar un vistazo a sus conversaciones de aquel sistema que habían inventado en la era de la tecnología. Ella le daba esquinazo viendo cuando podía molestar, e intentando no encontrarse con aquella frase “tengo que dejarte, te dejo que…” y él continuaba la conversación hasta que era quien le ponía fin.

 
Al despertar con aquella canción que tanto le recordaba al hombre de su vida, miraba a su izquierda y se encontraría con aquellos ojos extraños, no porque fuesen raros, sino porque no se hacía a dormir con alguien que no fuesen sus almohadones y su peluche. Se levantó de aquel sillón, corriendo, rebuscó en aquella cocina que no era la suya, se estaba medio haciendo un café cuando unos pasos irrumpieron aquel estrés. No tenía comida, solamente el tupper que le había dado tiempo a fregar. Él interrumpía…

 
-  Vete a duchar que ya te hago yo el café y te echo algo de comida, venga. Tienes un secador, lo que no hay son peines porque yo me peino con las manos, pero viendo que traes hasta pasta de dientes no me extrañaría que sacaras un cepillo de tu mini bolso.- Ella sonrió y corrió a aquella ducha preparada a conciencia para el relax y el gozo. La pena era no poderla disfrutar por el tiempo. Y él, tan atento que a ella le desconcertaba toda aquella situación.

 
- Bueno, ¿esta tarde vengo a ver el partido…o me voy a casa?...- Preguntaba ella al no saber cómo debía proceder.

 
- Yo no sé a qué hora saldré, pero toma una copia de las llaves por si llegas antes, que es posible y me esperas, no vendrá nadie sino quieres. Lo vemos aquí tranquilos o… no lo vemos, lo que quieras.- Estaba como loco por agradar, no sabía con qué acertaba, le dio un beso en la cara dejando sus labios esperando algo más y se marchó. Durante el resto del día irían hablando.

 
Aquella mañana fue horrible en el trabajo, aparte de ser ya el último después de aquella maratón que se había pegado de horas, se juntaron tantas cosas que ella y su particular volcán se iban encendiendo por momentos, intentando no mostrar mucho más histerismo del que le corría por las venas. Al salir, quedaría con Ángel pues habían tenido una conversación subidita de tono provocada por las ganas de él de hablar de aquello, de saber que, aunque fuese rabia, seguía provocando algo en ella, como si fuese su peculiar penitencia. Que ella le fustigase rebotando toda su furia contra él. Hacerse una víctima a costa de los reproches de la chica, pero ella, que le podía siempre la razón, le pediría perdón mil veces. No quería dejarse dominar ni por él, ni por el sentimiento, ni por nada. Su frialdad debía imperar ante ciertas actitudes, ya que la estaba convirtiendo en la niña peleona que no era. Una llamada irrumpió aquel momento de sosiego y calma entre tanta tempestad vivida durante aquel día. Al oír ese móvil y ver aquella foto, se acordó que ella también debía correr. Se le olvidó por completo que había quedado con Bruno, por suerte para ella no había llegado aún. Le mandó un mensaje para saber  qué cenarían, pero él ya se había encargado de comprar aquella comida asiática que a ella le chiflaba. Cenaron, rieron, se olvidaron del futbol, escuchando música tranquilamente mientras las velas alimentaban la oscuridad de ese chalet. Ella volvió a rendirse ante aquel sillón tan acogedor, mientras él hacía de ama de casa. Al despertar, él no estaba, se había ido a trabajar y ella ni se había enterado. Una nota…

 
Preciosa, te dejo café en el micro, ya tiene azúcar, no le eches más. Tienes un par de tostadas puestas, solo tienes que apretar si las quieres, la mermelada en el armario de la derecha, arriba, no sé si llegarás, ja. Ha sido un fin de semana, aunque tranquilo, muy dulce para mí, no imaginaba que pudieras transmitir esa calma. Si quieres, tienes las puertas de mi casa abiertas, sino… nos iremos viendo, espero. Y no te estoy echando ¿eh? Pero imagino que tendrás más vida… Y ropa. Mil besos en ese maravilloso cuello.”. Al leerla ella sonreía y se decía a sí misma lo bobalicona que se sentía y se preguntaba cómo había llegado a la cama, no recordaba nada. No se había levantado de la cama y escribiría a Ángel para felicitarle el día de su cumpleaños. Al ver su fría reacción, se desmoronaba en aquella cama, tapándose con aquella almohada que aún olía a Bruno. Le escribió agradeciéndole aquel desayuno, mientras recogía lo que había ido dejando, hacía la cama y se iba hacia la cocina, Ángel le propondría tomar ese café que ella tenía pensado semanas atrás. En dos segundos pensó, como siempre, “arrepiéntete de lo que hagas y no de lo que no hagas”. Se fue a su encuentro en nada y menos.

 
Le tocó esperar a ella, pero bueno, no lo tenía muy en cuenta. Al llegar, la miró desde su coche, como solía hacer. A él le marcaba aquella sonrisa pero temía tanto la reacción de ella, le tenía tan confuso que se convertía en temor. Tomaron aquel café, Verónica quería mantener aquella naturalidad aunque le costara, y la única manera, era hablar de lo de siempre. Prefería evitar otro tipo de cosas y aparentar la ilusión de antaño para aportarle un buen día de cumpleaños. Él parecía querer dejarla ir pero le costaba casi más que a ella. No dejaba de reconquistarla con detalles, con cosquillas a su moral. Aunque él dijese que eran simples detalles y maneras de mostrar su agradecimiento, ella seguía pensando que su corazón no le permitía dejarla ir. Porque era rebelde, era luchador… Aunque tanto le doliese tenerla en sus brazos, sabía que estaba a gusto y tranquilo en ellos. Verla, suponía un eterno dilema para él, andar o no andar, tocar o no tocar… No podía más con toda aquella situación pero tampoco sabía ponerle freno. Hasta que, quizá, la mirada de Verónica cambiase de dirección… O, simplemente mostrase indiferencia. Al marcharse, su espontaneidad la llevaría a buscar sus labios, recordando aquella petición a la pregunta que le haría semanas antes. Y sintiendo que le partía en dos al hacerlo. Lo que no podía superar era su rechazo. Aquello la hundía pero remontaba al ver que en las nubes, aunque fuesen pequeñas, se vivía mucho mejor.

 
Para poder tomarle como un amigo más, ella daría un paso, uno que le habría costado un año dar. Escribirle a través de una de aquellas redes sociales, con aquella complicidad que les caracterizaba, transformándolo en algo normal cara al resto de la gente, pero que para ellos decía más cosas entre líneas de las que pudiese ver cualquiera. Verónica miraba aquella pantalla viendo la poca sal que tenía todo y decidió echar un poco de pimienta, él reiría, porque ella no podía hacer algo normal, no. Tenía que ser diferente, siempre. Si no, no sería ella. Rieron, le devolvió un poco de aquella energía que siempre había tenido, llenándose de vida a la vez. Mientras seguían charlando por la otra vía y sin parar ni un segundo de reírse del mundo, de la vida y de ellos mismos. Intentaba regalarle otro cumpleaños especial… Aún sin velas… Pero con vida…

Verónica conseguía sonreír sabiéndole tranquilo, feliz y en brazos de aquella que le hacía sentirse vivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario