Morfeo la acogió con tantas ganas en sus brazos que
al día siguiente no conseguiría despertar por sí misma. Llevaba días con la
garganta mal, tomando aquellas pastillas que la recetaron contra los vacíos que
provocaba su cabeza en su alma. Y se debieron juntar ambas, formando una
combinación de esas que te hacen caer en un sueño profundo y sin sobre saltos.
Cuando de repente sonaba el teléfono y vio la numeración del trabajo
“estupendo, me dormí”, pensaba ella. Al descolgar, a su jefe no le dio tiempo
decir más, ya lo dijo ella sola. Empezó a respirar de aquella manera que le
hacía entrar en un estado de nervios usuales en ella, era dada a tomarlo todo
demasiado a pecho, pero es que en los últimos meses acumulaba demasiadas
casualidades en su historial y se ansiaba por momentos. De esas malas épocas
que cualquiera podía tener, a ella le parecía que la tenía continuamente. Durante
aquel día, pasaría aquellos instantes de tensión pagándolo con todo el que se
acercaba, con su carácter irascible, no quería saber nada de nadie. “Y encima
con este resfriado”, pensaba ella. No conseguía mirar algo positivo en nada ni
nadie. Tuvo un par de sucesos que le alteraron de más, pero bueno, al fin y al
cabo, era trabajo y le suponía poco.
Ese día pasaría por allí aquella sonrisa de oreja a
oreja, hacía días que no le veía. Y volvió a pasar a la misma hora y por el
mismo lugar. La sonrió, como de costumbre, y ella no podía ni levantar los
labios.
- Uy.. Estás malita…- Le decía con voz de niño y
cara de pena.
- Pues un poco, sí.- Respondía con la poca voz que
podía y con tan pocas ganas como sol había aquella mañana.
- Pues habrá que cuidarte… Digo, cuidarse. Ja, qué
bobo, me traiciona el subconsciente.- Se rió avergonzado de lo que acababa de
decir. Y ella sonrió sin más. No pudo ni contestarle porque no tuvo reacción.
Aquello le animaría algo más la mañana y la pasaría
un poco más en lo que ella había sido siempre. Pasaron las horas y comenzó a
hablar con Ángel, diciéndole que tenía algo para él pero que no sabía muy bien
cuando dárselo. La teoría, hacía unas semanas, habría sido quedar el mismo día
de su cumpleaños, a tomar café, pedir un bollo y ponerle una vela encima
mientras le daba el regalo. Pero ahora, todo era diferente. Así que, tenía que
quedar con él ese día y dárselo.
Lo hicieron. Estuvieron hablando mucho sobre el trabajo
de ella, de sus cosas, cosas casi sin importancia, hablar por hablar, más bien.
Pero es que ella no quería volver a retomar otro tipo de conversaciones, quería
ser distante. Al verse, ella le dio aquella bolsita que contenía el regalo y
una carta, muy infantil y quinceañero, pero como iba a ser lo último, ya le
daba igual tirar su imagen por los suelos. No pretendía causar nada en su
interior, como le reprochaba su amigo, sino explicarle un poco el motivo de
aquel regalo tan simple. Que era lo que cualquier hombre vería, la simpleza, pero para
Verónica tenía un significado diferente.
Volvió a ver aquella mirada y sonrisa, esa que a
ella le hacía crecer de repente diez metros sobre el cielo, intentaba helarse
ante ese rostro, tan aniñado como agradecido, ilusionado. Sus manos abrieron
con delicadeza el papel, sin romperle apenas, como solía acariciarla a ella,
con esa dulzura tan hipnotizante. Al abrirlo, sonrió más ampliamente, salió
aquel sonidito que solía provocar con su garganta, la miró, miró al regalo y
Verónica supuso que no había sido suficiente, que no había pillado el mensaje
que ella le quería transmitir. Así que añadió, “después, lee esto, ahí está la
explicación, porque seguro que no lo has entendido”. Y el rió.
Una vez lejos el uno del otro, Ángel leía aquello. Y
coincidían en lo que la chica contaba, que a él le había pasado lo mismo, solo
que ella siempre sabía reproducirlo en papel. Verónica pensaba en su interior,
que aquel ya era el último adiós. El definitivo, sin dar marcha atrás, para no
volver a caer en tentaciones, para dejar todo de una vez ya por todas.
Volverían a hablar pero ya no de ese tema, aún intentando él sacarlo en alguna
que otra ocasión, ella quería pasar página y volver a sonreír.
Media hora después de aquello, mensaje al móvil y no
era de Ángel… ¿Qué venía ahora?
Surgían planes de la nada… Mientras Ángel volvería a
retomar otras conversaciones acerca de la vida y sus circunstancias, al ver
cómo ella se agotaba de habladurías absurdas y que no iban a ningún lugar,
cortaba tajante aquel momento de cosas sin sentido.
Empezaron a “criticar” el comportamiento de alguien
cercano a ambos pero que tenían cientos de similitudes y quizá por eso, ella se
dejaba llevar al mundo de las contradicciones. Pero en esta ocasión si podía
opinar con algo más de libertad, ya que no había ningún tipo de implicación
emocional. La cuestión era que a él le gustaba seguir aquellos hilos, seguir
riendo como antiguamente y buscar la manera de volver a conectar. Pero Verónica
no le daría ese gusto, sencillamente porque no le apetecía, no podía seguir
hablando o manteniendo una actitud más íntima sin equivocarse, sin confundirse,
prefería hablar de mil banalidades a tener que soportar aquello, porque aún le
dolía y él estaba siendo bastante egoísta en ese sentido. Quería conservar el
confesionario veinticuatro horas y trescientos sesenta y cinco días, sin darse
cuenta que a ella la iba consumiendo en la pena. Quería escuchar sus lamentos, pero cuando los tuviera de verdad, no porque sí, para retomar nada. Porque cuando algo acaba, acaba sin más.
Se despidieron aquel día, él risueñamente, como siempre que la tenía cerca, ella pasando ya un poco de él y dejando por imposible a un ser, prácticamente imposible.
La noche la acogería en su regazo, con aquella luminosidad que regala la esperanza y la ilusión, aquella de ver un nuevo despertar en otro lugar... La historia volvería a empezar... Temía tanto el golpe que no sabía si subir aquel peldaño. Le tendían la mano, pero ella seguía temiendo. La agarraba con fuerza para soltarla un poco después. Así pasaría las horas pegada a esa banda ancha que le proporcionaba su teléfono y la imagen...
La mancha de una mora... ¿Con otra mora se quita?
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