Días
de sentimientos encontrados, peleados entre sí. Verle la cara y sentir un ardor
interno que le partía en dos, le descomponía ver aquel rostro intentando
mantener la calma, o ver aquella sonrisa como si nada hubiese sucedido. Era una
ira completamente anormal, mezclada con pena y dolor. Su cabeza agachada
mostraba algo más que impotencia, era un querer remediar pero dejar escapar.
Quizá
pensó que actuando con normalidad, Verónica se sentía cómoda, y lo hacía, pero
cuando le vio sacar aquel recuerdo, aquel regalo que le hizo en uno de esos
días señalados. Le partió el alma. Aún lo llevaba consigo y ella ya se había
deshecho de aquello que él le dio. Por no pasarse las horas mirando y
recordando cosas que ya no le llevaban a ningún lugar.
Ángel
le dijo que lo que más le dolería sería que le apartase la mirada, que eso no
podría llevarlo de ninguna manera, pero es que ella no podía evitar mirar a
otro lado porque mirarle a él sería hincarse un cuchillo en el pecho, el
temblor en las manos, el no poder estar de pie a menos de un metro suyo porque
le flaqueaban las rodillas. Simular ante él y todo el mundo que todo fluía en
calma, una sonrisa pintada que no existía. Se moría por dentro.
Días
atrás, hablando con uno de sus compañeros, sobre la vida de éste y lo que le
había ocurrido por “culpa” de las mujeres, o de su obsesión por ellas, Verónica
había comprendido que debía facilitar las cosas al ser que más quería y que era
parte de ella misma. Escuchando a aquel que, parecía algo falto de
inteligencia, pero un simple problema de inadaptación al mundo, algo similar a
lo que le pasaba a ella, solo que la chica seguía intentando implicarse más con
la gente, lo cual le traía más desgracias que alegrías porque se llegaba a
olvidar de ella misma. En aquellas pequeñas, o largas, charlas que se pegaban
el uno al otro, él hombre de pelo cano a los lados, le hacía ver que a veces
dejar todo por un inconformismo que nace de nosotros mismos, no es la solución.
Él llevaba años guardando secretos, cosas que ocultaba a todo aquel que no
reparaba en mirarle, igual que Verónica, las iba acumulando en rabia, en no
aceptación del ser humano, en rebeldía, etc. Convirtiéndose todo ello en su
peor enemigo. Y causándole una falta de cariño hacia los demás que podría rozar
lo enfermizo. Eran diferentes, pero parecidos mentalmente. Quizá ella estaba
menos arraigada a la realidad que él y, poco a poco, se fue dando cuenta de la
razón que tenía en sus palabras.
Verónica
llevaba muchas cosas guardadas dentro, unas por no dañar al de enfrente, otras
por no dañarse a ella misma, pero desde que era un mico, siempre fue así. Porque
la enseñaron que coartar sus pensamientos, era lo correcto para evitar
problemas, pero el dolor se quedaba dentro y los demás sonreían plácidamente.
La solución no era liarse a golpes con la primera papelera que pillase, ni
buscar el cuerpo de un hombre para utilizar, la solución estaba en los relatos
sumisos de su represión. Había mil maneras de decir las cosas solo que ella
cuando estallaba solamente conocía dos, el silencio que se convertía en su
grito más profundo , o dejando airear su lengua viperina con cien mil palabras
que abultaban más que ella. Fue aprendiendo a decir todo con una sonrisa en los
labios, sin darse cuenta que los tontos no entendían qué clase de sonrisa les
ponía. Para ella, escuchar a aquel personaje, se convertía en una manera de ver
otra realidad, otro punto de vista y cargado de motivos inteligentes. No se
transformaría en él, pero sí que le abría las puertas a otra dimensión.
Una
mañana intensa de mil ideas que explotaban en su mente, todo congestionado,
todo pululando cuál polillas comiendo ropa. De repente una llamada que le
preguntaba por un cambio. “¿Cambiar ahora?...primero debería pensar en
cambiarme a mí y después cambiar lo que viniera…” pensaba para sí misma
mientras la respuesta sería… “Vale, a lo largo del día te digo algo.” Empezó a amontonar sucesos pasados, palabras,
gestos, vacíos… Todo lo que tanto le costó superar, para volver a atrás.
Rendirse y huir, o armarse de coraje y caminar. Si ya había huido de Ángel…
Escapar de aquello también… Miraba al cielo y pensaba que el camino era aquel,
ese era el que debía seguir, ir con los que allí la esperaban. Su respiración
se paraba, saliendo un pequeño gemido que oía aquel compañero y miraba con cara
de preocupación. Mientras ella no paraba de andar de una punta a otra de aquel
lugar. El teléfono sonaba… Ángel al otro lado y su respiración se paraba… No podía
soportar su voz. Sólo quería su abrazo…Ni palabras, ni nada, su abrazo. Quería
colgar el teléfono desde el minuto uno, pero es que necesitaba oírle. Cuando
colgaron, ella quedó en su mundo, intentando aclarar su cabeza que parecía un
sonajero. Al tranquilizarse, le pidió perdón. No quería hundirle a él en una
culpa que no tenía. Todo formaba parte de la acumulación. Terminaron volviendo
a hablar y riendo como antes lo hacían. En el minuto cuarenta de la llamada, la
conversación era absurda, pero estaban al otro lado del teléfono, que era lo
que contaba.
Él
sentía la culpa de haberla dejado en la estacada, olvidándose de que fue ella
quien empezó todo aquel desenlace, el desencuentro se produjo cuando la
angustia de la muchacha entristeció sus ojos. Allí empezó todo. En aquel día
que su cuerpo estaba encima del de él, y simplemente se besaban, de repente
rompió a llorar, en modo ansiedad, la que nunca había visto él y tantas veces
había sufrido. Porque quería gritarle “vámonos de aquí, tu, yo, y quien quieras
que se venga, pero vámonos juntos.” Pero no quería hacerlo. Porque nunca quiso
cargar con una culpa que no le correspondía. Todo empezó aquella tarde, en que
decidía que era mejor dejarle ir que desearle. Porque hay que tener
cuidado con lo que se desea, se corre el
riesgo de no quererlo cuando sea tuyo.
Terminaron la tarde con risas, con calma tras la
tempestad. Con vuelta a la normalidad. Ella ya no sabía si seguía necesitando
tiempo y silencio. Pero, en el fondo, se sentía mejor así. En silencio… Y se lo
agradecería eternamente.
Ya tendrían tiempo para la amistad... Más
adelante... Ahora tenía que curar... Y el silencio era su única medicina.
Aunque para salvaguardarse siempre le buscase... Intentaría no hacerlo más. No
era justo para ninguno de los dos...
Seguiría buscando en su piel, el cerrojo que pusiera
la llave a aquella necesidad.
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