miércoles, 3 de octubre de 2012

Parte 48


Ángel había aprendido algo de ella, a sacar una sonrisa de donde no la hubiese. Después de aquella petición de tiempo y silencio, Verónica no sabía cómo actuar, le flaqueaban las fuerzas queriendo escribirle un correo, un mensaje, algo. No podía soportar la idea de dejarle así, en momentos de dudas, de interrogaciones, cada uno pensaba más en el otro que en sí mismo. Esa mañana, ella se levantaba encolerizada con el mundo, pero en lugar de mostrar tanto incendio en su cuerpo, ponía la más falsa de sus sonrisas, la chulería, la soberbia, las indirectas que se clavan en la espalda y en la mente. Decidió escribir un texto que no sabía si enviar o no, y decía…

 
Fui creando un universo sobre cenizas que aún estaban calientes, de tal manera que la vida no podía florecer por ningún lado, por mucho que las regase. Se quemó la esperanza, la ilusión y la confianza en un bosque de árboles naturales, cuando quise plantar lo artificial, no dio ningún fruto.

 
Esa noche en la que se encendió la primera chispa y provocó la llamarada de aquellos rastrojos, fue consumiéndose lenta y suavemente la selva de mi piel.

 
¿Quién me diría a mi que estaría mucho más a gusto sin saber?... Hace unos días, cuando perdí toda expectativa de lucha, mi mundo se derrumbaba, todo iba cayendo como las piedras de aquel camino al paso de un camión. Todo sueño a los pies, rompiendo en mil pedazos los jirones que había ido dejando mi alma. Me faltaba el aire, me ahogaba ante un mundo sin lo que era mi sonrisa. Imaginaba todas aquellas situaciones que nos habían llevado hasta allí, y me ponía en dichos momentos sin esa complicidad, sin esas miradas, parecía que me quitaban la vida allí mismo. Viendo aquella mirada entre impotente, frustrada, aquellas manos que querían alejarse pero no podían. Me sentía tremendamente angustiada y con un dolor superior al de la pérdida de aquella persona que me hizo sobrevivir.

 
Hoy… Ciertamente me siento a gusto, cómoda, con la decisión tomada, con saber que la felicidad no está en mí sino donde habías de encontrarla. Sabiendo que luchas por algo, por alguien, aunque no sea yo. Me siento muy en paz conmigo misma, porque sé que como te amé, y hoy te quiero, nadie lo hará jamás. O quizá sí, pero ese ya no es mi problema. Ahora tienes la posibilidad, todo en tus manos para crear un mundo de ilusión, tanto para ti como para quien quieres.

 
La vida no se acaba para ti, ni tampoco para mí, aunque se quede en stand by durante un tiempo. Todo volverá a su cauce, tú podrás hacerte una foto y verte completo. Estoy segura. Y continuar con aquellos planes a África que tenías en aquel momento, esto solo ha sido un paréntesis. Un kit kat necesario por tanto y tanto estrés, agobio y, quizá, falta de comunicación por evitar crear problemas donde has de dar  estabilidad, les pasa a muchos, por no decirte a todos.

 

La parada del tren está aquí. Donde las campanas de llamada no suenan, donde el silencio es nuestra única condena. Donde las miradas regaladas se pierden en la noche. Y donde la verde luz de nuestros ojos alimenta nuestra pena. Pero nuestras penas no han de ser nuestra condena. Sino aquel motivo de orgullo que comentabas. El orgullo de saber que regalo tu amor a quien más lo merece, sin ser yo. Porque yo no lo quiero, ni lo merezco. Porque yo solo vine a enseñarte una realidad que nunca habías barajado.

 
En dos ocasiones, has decidido que el deber forma parte también del querer. En dos y alguna más… Por ello ahora has de querer de verdad, con toda la intensidad que lo hiciste conmigo, con toda la ilusión y energía que te entregan día a día, y volver a ver florecer ese inmenso jardín repleto de flores solo para ti, dejar de ver una flor que te obstaculice la visión. Porque quieres hacerlo. Quieres sobrevivir a lo que pudiera ser el final de una vida llena de recuerdos, de momentos buenos, y no tanto.

 
Olvídate de ese falso sentimiento que te empujaba a estar conmigo, que no era más que la obligación de recomponer lo que se iba marchitando. De volver a ver la cara que conociste y, que difícilmente volverás  a ver, no por indiferencia, ni desprecio, ni odio, sino porque esto también me ha enseñado a mi. Me ha devuelto al mundo real que había dejado por corretear tras nubes de juegos y fantasías inexistentes. Pero preciosos. No debes sentirte responsable de mí, ni de lo que haya pasado entre ambos, que ha sido maravilloso, pero solo ha sido fruto de la soledad mutua. Del consuelo de esa soledad.

 
Una ventana a la libertad… Una vía de escape… Y una ilusión que ha llegado a su final. Pero sonríe, lo mereces tú y tus raíces. Sed felices por mí.
 
No hay experiencias buenas ni malas… Solo aprendizaje.

 

  Aunque no te guste… Siempre tuya."

 

Finalizaba aquella carta con una promesa, de aquellas que endulzan los oídos y el alma, como regalo de despedida y del día que se acercaba. Se sentía algo más segura de sí misma, no por nada en especial, sino porque sabía que ella podía conseguir lo que quisiera y cómo quisiera. Aunque en aquel momento sólo le quisiera a él. Pero atrapándole solo sería egoísta.

 
Ese día hablaría con ese amigo, con su fiel consejero.

 
-  A ver Vero, relájate, retoma lo que me estabas contando del verano. ¿Tu de verdad te ves así? Con él, como pareja, saliendo, aguantando sus neuras, sus malos sueños, sus futuras discusiones familiares, sus no discusiones, sus momentos en los que necesite estar solo, que los tendrá, o los momentos en que tenga y quiera estar con su familia… Venga, sinceramente, segura y valiente. Contesta.- La chica pensaba en todo aquello que le decía, se ponía en esas situaciones y se miraba a sí misma, en ese momento. No supo responder. Se calló sin más, porque ella misma sabía que era una completa locura, pero su corazón le gritaba que sí. Y cada vez latía más fuerte. Su amigo al oír el silencio que se hizo, continuó.-  Bueno, creo que es momento de echar el freno ¿no?, venga anda, que te has quedado muda, ja. Con lo que tú vales, que mal aprovechada estás.- Intentaba hacerla reír de la manera que él sabía, y lo conseguía. Era único para hacerla dejarse el estómago en una carcajada.

 

La historia llegaba a su punto final. Ella lo sabía. Se dejaba llevar al mundo del que vino… A su soledad… Su mundo que se quedó estancado en aquel cajón, donde sus cuentos a mano, se amontonaban sin ver la luz. Lo que siempre había sido su particular, salvación.
 
Ella, sus pensamientos, su ironía, su filosofía y su libertad...

No hay comentarios:

Publicar un comentario