martes, 2 de octubre de 2012

Parte 47

Sonaba el despertador, había dormido apenas cinco horas, pero merecía la pena el sueño, volvía a reencontrarse con su sonrisa. Con aquella que le hacía sentirse viva, completa, pequeña y grande a la vez. Se prometía sí misma no probar el sabor de aquellos labios ávidos de ternura y pasión.

Café con legañas pegadas en sus pestañas aún, frotándose los ojos una y otra vez, intentando abrirlos para no pegarse contra ningún mueble, cosa habitual en ella. Se apoyaba en la barra de su cocina mirando al suelo, a la alfombra, donde meses antes se perdían sus piezas de ropa íntima, la ropa de él, y recordaba aquellos susurros que provocaban sus manos en lo más profundo de su piel. Terminó bebiendose el café frío. Miró el reloj y se le hacía tarde. Corrió a pequeños pasos hacia la ducha. Bajo el agua y su sonido, se dejaba llevar a aquel lugar perdido en medio del mapa, donde los únicos testigos eran ellos y sus miradas. Las risas, las conversaciones, el olvido del mundo ajeno. Nada de moviles, ni relojes, solamente el silencio y sus manos. Salía corriendo ya hacia el sitio de reunión, encontraba algo de atasco por el camino pero aún tenía tiempo de sobra. Cuando no llevaba cinco minutos de camino, Angel ya estaba dando señales de vida. A ella toda distancia ya, le parecía eterna. Corría por aquella carretera entre coches de alta gama y camiones, con la música a todo trapo, las guitarras, aquella voz enrabietada, le aceleraban el pie para pisar y el cuerpo para latir.

Al llegar, él ya llevaba unos minutos esperando, la verdad que en las últimas ocasiones siempre esperaba él por un motivo u otro. Allí le vió, en su coche inconfundible, ella se activaba viendole simplemente caminar. Un medio abrazo entrecortado por las miradas ajenas y a tomar café. Las manos de él no paraban, no estaban quietas, no había manera de tranquilizarlas. Se miraban y Verónica intentaba ser distante, no fría pero sí algo más lejana, por el bien de ambos. Se notaba cuando le  miraba, si ella sonreía con los ojos, los dientes de él iluminaban el lugar, pero si por el contrario, miraba al suelo o se hacía la ignorante, él mantenía algo más la distancia. Los abrazos salían solos, quizá por intentar romper el hielo que había entre ellos. En uno de ellos, a Angel se le escapaba un beso a la orilla de los labios de la chica. Y ella miraba al suelo, no le gustaba negarle un beso, ni un abrazo, ni nada, ya que a ella el corazón se lo pedía. Pero sabía que no debían.

Se encaminaron al idílico sitio que tenían planeado ir, ella intentaba mostrar ilusión por estar allí, pero no por estar con él, para no confundirse, ni confundirle a él. Mientras andaban hacia el bosque, la cogió por el hombro, la apretó contra su pecho, besándola en la cabeza y dándole las gracias, aún no sabía ni entendía muy bien el por qué, solo quería abrazarle y cobijar su dolor en sus pequeños brazos. Algo que parecía conseguir. A mitad de camino, ella y su magnífica destreza para desequilibrarse, obligaron a que se fuera apoyando en él. En una de esas paradas, ella miraba al suelo cuando al levantar la cabeza se encontró con la mirada directa del hombre que más amaba y sus labios deseosos de imantarse con los de ella. Y sucedió.

- Es que han sido muchos... uy... Iba a decir años, ja ja ja... Ha sido mucho tiempo.- Decía él entre risas por sus equivocaciones, estaba tan poco acostumbrado a hablar que no sabía expresar ni la realidad. Ella sonreía y pensaba en su interior que si costaba tanto deshacerse de un año... Qué no costaría desengancharse de más tiempo. Seguía entre decepcionada y dolorida. Pero sobre todo, por lo que estaba obligando a cambiar en la actitud de aquel que la enamoró. Ella no quería cambiar un ápice de sus principios, ni de sus maneras, quería que siguiese siendo él, pero eso a ella le costaría su dignidad. La cual le dolía perder. Y enfocaba su propia frustración en situaciones que ni la iban, ni la venían. Tenía miles de contradicciones morales y racionales.

Llegaron a lo alto, a donde querían estar para obtener una visión de altura sobre lo terrenal. Se tumbaron, ella sobre su pecho, y se sintió la persona más feliz del mundo, la más afortunada de tener aquel corazón bajo su cabeza. Respiraba aire, tranquilidad, tiempo a bocados... Un pequeño contratiempo les alteró el momento, él corrió de un lado a otro. Ella se quedaría esperando e intentando encontrar aquel sonido, le oía gritar y se le iba volcando el estómago por momentos. Hasta que pasados unos cinco minutos escuchó aquel tintineo y suspiró. Se solucionó sin mayor trascendencia, y volvieron a caminar hacia abajo.

En ese trayecto, hablarían de más cosas, de sus silencios, de lo que ella intentaba no opinar y no implicarse, pero no podía. Escuchaba con el corazón y ese era el gran problema. Que su niña interior sacaba toda la rabia que sentía, habiendo llegado a patalear de haber sido necesario. Y no le gustaba sentirse así. Cuando sus cuerpos estaban frente a frente, esperando la despedida. Ella deseaba, ardía en ganas de sentir su piel. De revolucionarse con sus besos. Pero él, prefería dejar aquello a un lado, honrándole por una parte, pero la mujer que llevaba ella dentro, se hundía por momentos. No porque se derrumbase ninguna esperanza de nada, ni pretensión. Sino por sentirse sucia, por ver que le podía  más aquella atracción que cualquier otra cosa. Verónica era contraria a todo ese tipo de actitudes, condenándolas fuertemente cuando las veía en otras personas, y verse en esa situación le hacía hundirse un poco más en su mundo negro. Donde no se sentía deseada, ni guapa, ni nada bonito sino todo lo contrario.

Sentía toda la culpa del universo sobre su cabeza, su cuerpo... Solo sabía pedirle perdón y él negarle tanta disculpa.

Todo aquello, consumió a la chica en una pesadilla sobre sí misma. La envolvió de tal manera que nada ni nadie le importaba a la mañana siguiente, ni ella. Dolía tanto amar que prefería helarse. O, al menos, intentarlo. Retomaría las conversaciones con su amigo, aquel que un día la hizo creerse el centro del mundo, lo necesitaba aún sabiendo que no hacía bien. Tenía que oir de boca de alguien, que no fuese Angel, que ella era importante. Y que si ya había conseguido estabilizar, un poco, a aquel hombre, que ahora pensase en ella. Como siempre, aquel moreno de sabiduría e inteligencia, otorgadas por la vida y sus golpes, la llevaba a un lugar que ella había olvidado. A su realidad y a la persona que era.

Angel llamaría a su puerta, horas despues... Mostrando su interés, su intención de apoyo, de amigo incondicional... Pero ella no necesitaba aquello pues solo le hacía sentirse mucho más rastrera y penosa. Agradecida por ello, pero necesitaba tiempo y silencio. Sin más.

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