Jorge había pasado de hacerla sentir la persona más especial del mundo a que sintiera que era ajena a todo lo que sucedía en su vida, como si ocultase mucho a sus espaldas. Aquella noche a Verónica le podía la ilusión y los nervios de tener entre sus brazos lo que ella consideraba su sueño, mientras el chico seguía con sus toques de atención, dejando los resquicios de pensamientos que le hacían desconectarse por momentos. Nunca quiso hacerle daño, intentó no mentir nunca pero sentía que no había servido de nada. Pero aquella era su noche, ni quería, ni debía estropearla, no era el momento.
Esperando, como siempre, Verónica intentaba aplacar sus nervios junto con sus amigas, que estaban casi más histéricas que ella misma, las habría faltado ponerse a saltar sacudiendo las manos cual niñas de quince años. Ya en la calle, ellas miraban continuamente a un lado y a otro mientras la chica miraba el movil, esperando un, "ya" cuando levantó la mirada y le vió aparecer como si fuese una bala. Su amiga empezó a ponerla nerviosa, acelerando su lento corazón, la miró y la dijo:
- Ya, nena, relaja ¿vale? que estás tú peor que yo, ja. - Su amiga la miró, cerró la boca y sonrió complacientemente, como solía hacer.
- Perdón, disfruta, pasalo muy bien y...venga corre que está allí el pobre esperando.- Le hostigaba. Y Verónica intentaba caminar con paso sereno. Cuando llegaba al punto y el abría la puerta recibiéndola, al mirarle pensó que no le recordaba tan guapo, con aquellos ojos tan brillantes y aquella sonrisa tan perfecta. Ya no pasaban coches, no existía la gente, de repente todo había parado, o ella no lo escuchaba. Montaron en el coche, se miraban, ella intentaba enfriarse para no mostrar aquella agitacón interna. Angel venía peor que ella, la adrenalina que tanto le gustaba quemar en otras ocasiones, en esta ocasión le torturaba. El sentía la misma ilusión que ella pero también se mezclaban otros sentimientos que le provocaban aquellos vaivenes en su cabeza.
Se dirigieron hacia el lugar que les haría parar todo con sus besos, largos, interminables, dulces, acelerados, entregados... Los abrazos de pasión, amor, deseo... Todo se mezclaba cuando estaban juntos. Empezaron por desenvolver aquello que la amiga de la chica les había preparado, él reía y reía, ella para calmar sus nervios y la timidez que siempre le rondaba cuando estaba junto a él, solo sabía derrochar ingenio, soltando sus frases más típicas, era su velo contra el pánico escénico. Era ella misma cuando estaba a su lado pero aquel punto de observación de Angel, le ponía en una tesitura un poco incómoda en ocasiones, sabía que él no la juzgaría pero se sentía tan pequeña a su lado, quizá ella le había idolatrado tanto que sin querer creó aquel sentimiento.
Mientras juntos examinaban todos los trastos de aquel lugar, Angel comenzó a besarla, a acariciarla, haciendo que ella se olvidase de todo, poco tardó en desaparecer todo lo que impedía que sus manos rozasen su cuerpo. Cómicamente ella pensaba... "cariño, tenemos una cama para nosotros solos..." pero seguían allí de pie hasta que él dijo lo que la mente de la chica reproducía. A veces podía llegar a ser muy bufón. Tras el despilfarro de pasión y, aunque no quisieran reconocerlo, amor, llegaron las conversaciones profundas que siempre les rondaban. Verónica no podía hacer preguntas normales, no. Ella siempre tenía que indagar en lo más recóndito de su alma. Angel cambió la cara en un momento, decía que no era nada, ella no le creía y optó por empezar a interrogar, a sacar temas que le llevaran a liberar su angustia.
Con tanta duda revoloteando por la cabeza de la chica, mientras ella guardaba silencio, provocaba que él se atormentase con sus miedos, con sus negaciones, que reviviese momentos que le habían hecho tan feliz que la nostalgia se le notaba en todo el rostro, hundió su cabeza en la almohada, mirándola, los ojos empezaban a enrojecer como en aquellos días de adioses sin por qués. Ella odiaba verle así, se sentía la única culpable de todo aquello y, por un momento, vino a su mente la conversación mantenida con aquel amigo leal y silencioso.
- No sabes cuánto admiro tu valor, morena. Yo no sería capaz de renunciar a lo que más quiero por su bien, aunque suene contradictorio. Eso dice mucho de ti. Solo puedo decirte que estaré aquí para hacerte reir cuando lo necesites y si precisas de un abrazo, cuenta conmigo.- Aquellas palabras resonaban en la cabeza de Verónica sintiendose un despojo, viendo que no era tan fuerte como lo que su amigo creía. Que el deber no podía con el querer. Pero, aunque su corazón gritase, su boca decía lo que la mente le pedía. Las lágrimas amenazaban con salir.
- Angel, si te prometo que no se perderá la amistad ¿se acabará? - Ella intentaba darle la libertad, que fuese feliz, con o sin ella, pero que sonriese, que aquellos ojos no enrojeciesen más. Que sus manos siguieran siendo tranquilas y seguras. Él la miraba en silencio, no decía nada porque no sabía qué decir. Para ella, sería el amor de su vida aunque nunca lo tuviese, aunque nunca lo confesase, aunque estuvieran a miles de kilómetros, aunque él siguiese con su vida. Con lo cual, nunca podría negarle esa amistad que solicitaba.
- Pase lo que pase, siempre saldré perdiendo. - Él no entendía aquello y preguntó por qué con mucho asombro, la chica no quiso explicarle que siempre sería así, en la sombra, nunca tendría un protagonismo que tampoco quería, le gustaba más ser espectadora, solo intentaba hacerle ver que no era necesario cambiar nada porque aún así, nada cambiaría.
Tras aquel momento de reflexiones, comenzaron a jugar de nuevo con sus cuerpos, a arrancarse sonrisas que podían iluminar la cueva más oscura, dejando a un lado la tristeza para disfrutar de su momento. Rendidos ya, entrada la madrugada, decidían dar paso al descanso, aunque fuese leve, ella no podía cerrar los ojos ya que todo lo que quería soñar, lo tenía consigo bajo las sabanas.
- No me creo que esté aquí contigo.- Decía él con su sonrisa tierna, no la pícara. Empezó a acariciar su espalda y besarla dulcemente mientras cerraba los ojos para intentar dormir. De vez en cuando despertaban sobresaltados, los cuerpos extrañaban el lugar y la situación. Ella acostumbrada a no tener nada a su espalda que no fuesen cojines, normalmente no sentía el calor de otro cuerpo y, mucho menos, unos labios rozando su espalda. Increíblemente no rechazaba aquella presencia como le hubiese pasado antaño, tan arisca que ponía en medio todo lo habido y por haber para no sentir el roce de nada. Incluso rodeó el cuerpo de él con sus brazos y sus piernas, intentando enroscarse para que no se lo llevase nada ni nadie. Angel no era consciente de lo feliz que le hacía, de la paz y el amor que le daba, inconscientemente le daba mucho más de lo que pretendía.
Sonó el reloj... Como la cenicienta, acabó aquel sueño que se quedaría grabado en su retina y su alma eternamente.
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